Oro y sangre de herejes,… reloaded


Tengo pendientes de publicar varios cuentecillos pero, lo reconozco, voy un poco pillado de tiempo para meterme en el blog por Sigue leyendo

Anuncios

¡Mírame!, es tarde


Os traigo hoy el segundo de los presentados en el VI Concurso homenaje a John William Polidori, de ociozero. Como ya comenté en la entrada anterior, los tres que presenté formaron parte de la lista de seleccionados Sigue leyendo

El vientre de Escila (y III)


Estimado lector, tras el retraso por avería del guorprés, tras el retraso de mi desidia por recuperar la entrada, traigo hoy aquí la tercer y última de la serie.

—Sí, así es, estimado lector, ahora vendrá una explicación farragosa sobre la tendencia a procrastinar de los juntaletras aficionadillos. Te la puedes saltar acudiendo allende la barra horizontal.—

Pues sí, estoy pensando en largarme del guorprés, aunque, lo reconozco, no es fácil. No lo es porque me gustaría llevarme todo el contenido ya hecho. Además, la dificultad de comentar en o desde otras plataformas es uno de los problemas que quiero evitar y eso, a día de hoy, es algo que ocurre en todas las plataformas. O sea, si eres de blogspot no puedes comentar fácilmente en guorprés y viceversa.

Y luego, que me he puesto a elegir en plan chuminoso. A una plataforma le pido que:

  • Esté en español.
  • Gratuito —aunque se pueda donar, ampliar a servicios de pago, etc.—.
  • Que no haya que programar. Al menos, no demasiado.
  • Y que sea lo más universal posible… por favor, hombre ya.

He mirado WIX y alguno más, pero vamos, que en este mar proceloso de la religión informática —y sus fanatismos, claro— es difícil tomar una decisión racional. Ya veremos.

Por cierto, y hablando de mares, vuelvo a lo prometido: la tercera parte del relato de la convocatoria sobre el mar de ocio cero. Os dejo los dos anteriores por si se os ha olvidado, que hace ya mucho de la publicación:

En fin, que lo disfrutéis:


El vientre de Escila (y III)

»Yo ya estaba hundido del todo en el agua y tuve que trepar hacia el otro lado de la cubierta, inclinada cada vez más conforme el barco se hundía. Apoyado en la borda, vi las dos cabezas que parecían disputarse el turno para merendárseme. Y me decidí, a pesar de que no estaba seguro de que mi voz pudiese atravesar toda esa construcción de ruido:

»—¡Yo sé lo que quieres! —Me dirigí hacia la cabeza de mujer.— ¡Yo sé lo que quieres!

»No es que el tiempo se interrumpiese, porque el barco seguía naufragando y las olas me golpeaban con fuerza las rodillas. Pero la mujer dejó de gritar, lo que casi produjo un silencio; también dejó de mover los brazos arañando el aire y me miró. Las dos cabezas parecían molestas por la interrupción. Muy molestas.

»—¿Y qué es lo que quiero?

»No sabría cómo describir la voz. Tenía, eso sí, tres cualidades. La primera, era femenina, muy femenina. Otra es su volumen: atronaba; seguro que se podía escuchar a millas de distancia. La tercera un curioso eco, mucho más grave, como el del ladrido de un perro grande, pero sin que dejase de ser voz de mujer.

»Sí, seguro que no era el primer marino que pasaba por allí y que la antigua ninfa soberbia de su belleza y habituada a conquistar hombres seguía habitándola. La verdad es que, ¿cómo te lo diría? Tenía la piel agrisada con reflejos azules, pero las formas eran muy bonitas. El pelo negro y ondulado caía húmedo pero con volumen sobre los hombros y le llegaba hasta casi la cintura. Los ojos eran algo rasgados pero de un azul mar borrascoso, y las algas, que podrías creer que se le habían pegado al azar, en realidad formaban un pequeño tocado, casi una diadema. El pecho era juvenil, potente, desafiante, con unos pezones cónicos y oscuros. Las manos, una vez relajadas, resultaban ser grandes pero estilizadas, y las aparentes garras eran uñas arregladas y largas, cada una de un tono de coral distinto.

»Pocas de las chicas con las que he estado, y he estado con muchas, podían parecérsele siquiera. No. En realidad era mucho más guapa. Y yo ya tenía que contestar porque, me comían, o me ahogaba y me comían.

»—Tu quieres un hombre y yo una mujer.

»Pensé que en mi atrevimiento me iban a destrozar, a ser echo trocitos o a hacerme sufrir de las mil maneras posibles con ese poder sobrenatural y desconocido para mí..

»Se tapó el pecho con la mano y el antebrazo izquierdo. Con el índice derecho ensortijaba, parecía jugar, un pequeño mechón de pelo. Levantó algo las cejas y se mordió, sólo un poco, con suavidad, el labio superior. Sí, no fue el de abajo y de medio lado, no. Fue el superior, tan solo un poquito. Y me miró y no me hubiese importado ser devorado por el mar o por sus bestias si ella me lo hubiese pedido: era la mirada subyugante de una semidiosa. El momento se hizo eterno; incluso una de las cabezas ramoneó la pierna colgada del halador, último resto del Canijo, y demasiado cerca de mí.

El agua ganó en fuerza, tanta que hasta se apagó el cigarro del marino. Debía ser la primera vez que el niño notaba el adictivo, casi una droga, olor del mar profundo; la sal resecaba sus labios, pero era agradable sentir su sabor. También debía ser la primera vez que notaba la fuerza real de las olas, y más en una embarcación tan pequeña. Pero navegaba con su tío, el mejor marino del mundo, y no tenía miedo. Y eso que hacía ya casi seis horas que viajaban con un buen viento.

El marino sonrió al niño y de nuevo le guiñó un ojo.

—Hay cosas que no te puedo explicar. Pero estuvimos juntos un par de días. O al menos eso me pareció. Y sí, se puede amar a una mujer como ella. Mucho. Ya te digo, incluso aunque fueses mayor te tendría que dar un buen número de explicaciones incómodas. El caso es que me dejó libre sobre un pecio flotante en la ruta del guardacostas que ella misma había oteado. Yo estaba dormido. Cuando me recogieron tenía el mismo trozo del chaquetón de tu padre en la mano que cuando naufragamos. Y por eso me tomaron por un héroe; nadie preguntó porqué no estaba deshidratado o hipotérmico.

»Pero yo no terminaba de conformarme. Pensé que tal amor había sido una alucinación durante el naufragio y que había sido un héroe de verdad. Sin embargo había algo en mí, un pequeño dolor de conciencia, que no dejaba de inquietarme. Pasaron un par de semanas, en las que tú naciste y nos despedimos de tu padre.

»Cogí este mismo barco, y en un día tranquilo, soleado, de otoño, avisé que salía a quitarme el miedo al mar. Y me vine hacia el Pueblo Negro.

»Cuando llegué, la llamé hasta desgañitarme. Busqué cerca de la colina que habíamos visto al naufragar, y allí, cerca de esas torres de piedra, y en la playa cerca de la costa. Y la seguí llamando. Y habría seguido hasta morir de agotamiento.

»Ya casi al anochecer, con riesgo de no poder coger buen viento para volver, una voz me llamó desde los acantilados, o eso me pareció. Navegué hacia ellos. Eran estos una serie de rizos de basalto que resultaban en las formas con que la mar había torturado a la lava al enfriarla. Allí sonaba el viento entre diez mil huecos, y las olas se rompían hasta casi los átomos al tomar tantos caminos como moléculas llegaban. Un velo formado por esos millones y millones de partículas acuosas escondían los peligrosos recovecos rocosos a los que me acercaba. Con la proa puesta, valiente, hacia los acantilados desintegradores pensé en que ella me llamaba desde allí, que no era el viento salado ni el rumor pastoso de las olas; y que si no era ella, bien podría morir.

»Pero Escila apareció, impresionante como siempre. Ella, que me había dejado libre por amor, que al único marino al que había amado sin sacrificarlo después tuvo que dejarlo ir, se encontraba con que yo la buscaba…

»Cinco años, casi seis, hemos estado amándonos. Yo vivía en casa, ya sabes, con vosotros, pero también habrás visto que salía al mar y tardaba un par de días o tres en volver. Era por ella. Y ahora allí vamos, a cumplir con una promesa que le he hecho.

El silencio duró un rato. Detrás del niño aparecían ya las dos torres y a estribor la línea de la costa que llevaba al Pueblo Negro. El marino sonrió. Pero el niño, que llevaba un rato rumiando las palabras de su tío, le preguntó algo compungido:

—Entonces, tiíto, ¿Escila me va a comer?

—¿Comer? ¿A ti? ¿Con lo que yo te quiero? —dijo, acariciándole la cara.— No, que va. Te llevo con ella, porque no puede ser madre.

Francisco Torpeyvago

En Daimiel, a 21 de agosto de 2018

No, «mardito» malandrín, no me lo eches en cara. 
Que el relato ya estaba hecho, pardiez.
Sólo había que publicarlo.