El badajo de Sálem


De nuevo tenemos convocatoria en OcioZero. Unas nuevas Calabazas en el Trastero, en esta ocasión dedicadas a Sálem —¿o «Salem»?; bueno, del pueblo ése en el que estaban todos como chotas y les dio por colgar brujas como si fuesen jamones puestos a secar—. El caso es que, aunque presentaré alguna cosa seria, no sería yo si no hubiese puesto en algún sitio mi huella. Sí, como un perrillo marcando territorio con una meada. Pues eso.


El badajo de Sálem

Suena la campana de la iglesia en Sálem. Es una campana vieja siendo nueva, de mal metal, fundida de manera improvisada con cualquier cosa. Desgastada por dentro y quebrada por fuera, suena por fuerza, porque tiene que sonar.

El tribunal ha sentenciado a otra bruja, una vieja inocente que sale cabizbaja. Por suerte para ellos, esta vez no ha habido gritos, insultos, maldiciones ni, esto es importante, escupitajos.

Vuelve a sonar la campana afónica.

Esta vez le toca el turno a una muchacha guapa que no llega a la veintena, alta, espigada mejor, atractiva a pesar del atuendo tan conservador que preserva de las miradas y preserva también a los piojos y pulgas por largo tiempo.

—¡Gulugulu!, —chilla un pavo con una gran banda azul colgada entre sus mocos y acabada en un pequeño cascabel — cencerro. Está sentado en el asiento correspondiente al presidente del tribunal, con un suplemento de madera para poder elevar la cabeza por encima de la mesa.

—¡Me tiene hasta los cojones el puto pavo éste!, —le dice un miembro del tribual al que tiene al lado.

—¡Sshhh!, que te va a oír, y ya sabes la mala baba que gasta el señor alcalde.

—Si es que había que darle un premio a la bruja que lo transformó…

—Calla, anda, calla.

—¡Gulugulugulu!, —vuelve a chillar el ave. El intérprete traduce:

—¡Que desnuden a la acusada!

—Mira, por lo menos ahora tendremos un espectáculo agradable, porque las anteriores…

—¡Shhhh!, que tiene el oído muy fino. Y estate atento por lo del tatuaje, que por tal se le reconocerá como autora de la fechoría.

—¡Nah!, eso le pasa al cabrón por irse de putas con el centeno del ayuntamiento. Y con el hambre que hay. Estoy por degollarlo y comérmelo. Le quitamos la cinta azul y así nadie…

—¡Shhh!

Mientras estos dilectos ciudadanos conversan sobre los asuntos del tribunal, los alguaciles tratan de despojar a la joven de las pesadas telas. Pero la joven se encoge y se retuerce y parece tenerlos en jaque. Hasta que uno de ellos la ase por detrás y le coloca un cuchillo en el cuello. Los otros dos le quitan la cofia, el vestido, la combinación. Ella parece darse. Sus captores relajan la presión. Vuelve la tranquilidad. Hasta que le quitan las enaguas. En ese momento, ella se apoya sobre la pierna derecha, coloca las manos en las caderas y mira altanera al tribunal que, repentinamente, calla. Sólo hay una reacción:

—¡Gulugulu!… ¿cloc?

El asunto del badajo de Sálem fue borrado de las actas del juicio, pero yo sé que ocurrió.

Francisco Torpeyvago

En Daimiel, a 24 de noviembre de 2020

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