Isla Sudor Negro —Hēi Hàn Dǎo— (I)


«El mar, la mar, Puerto de Santa María, el puerto…» Ahora que me acuerdo, esto no es mío. ¡Rediez!, ya me había entusiasmado escribiendo. Con razón me decía a mí mismo que qué bien que iba.

—Amable lector, y digo amable en el mejor sentido de la palabra, como no conozco tus ganas de lecturas en el día de hoy, que puede ser que ayer te visitasen cuñados o suegras hasta las tantas y que hoy el jefe te haya encasquetado el mayor marrón del universo (en forma de energía y materia oscura, incluso), te sugiero, si así te parece por obviar estas elucubraciones fruto de ciertos «resbalizamientos» neuronales, consecuencia de «resbalizar» en el baño y darme con la calculadora, es decir, con la cabeza, en uno de esos comodísimos sanitarios, comodísimos para el trasero, pero perniciosos para la mente, para le mente que se golpea con ellos, decía… ¿por dónde iba? Que, bueno, que la narrativa comienza allende la barra horizontal. Aquende me pondré a roznar varias neuroescoras, lo aviso.—

Como sabéis, y si no, para esto está esta explicación, soy muy de un par de certámenes que me gustan muchísimo por su especial relación con los concursantes. Casi todos los concursos se limitan a recibir  los manuscritos y publicar el fallo del jurado. La editorial Saco de huesos, a través de el foro de Ociozero, gestiona un par de concursos que son, lo contrario, tremendamente participativos.

Uno de ellos es el certamen homenaje a John William Polidori, que hace su sexta convocatoria. La presentación es pública, los escritores presentan sus trabajos en el foro y los lectores pueden juzgarlos en las mismas páginas. ¡Es fantástico! Insisto, está abierta la sexta convocatoria con el tema de Frankenstein —aprovechando el bicentenario de la publicación—. ¡Que está abierta!

VI Concurso Homenaje a John William Polidori

Pero no era de esto de lo que quería hablar. O mejor, no era este asunto el central de la entrada. En realidad es de el mar, la mar, Puerto de Santa María… Quiero decir, las convocatorias de Calabazas en el trastero, otras que tienen cierto retorno, ya que te dicen el puesto en el que quedas y algún comentario sobre los cuentos, amén de que puedes publicarlos a posteriori en el foro para su posible despellejamiento por los propios participantes y otros merodeadores. En este caso, el tema era el mar, XXVIII Convocatoria de Calabazas en el Trastero: La mar, y no, no tuve suerte con los dos que presenté con este tema. Como son algo larguillos, los pongo por capítulos.

Este primero tiene que ver con la devolución de Hong Kong y es, incluso para mis patrones de escritura, algo raro. En fin espero que lo disfrutes. Y acuérdate: el mar, la mar… No, mejor: ¡el mar, idiota, el mar!


NIKLAS GRANQVIST

https://niklasgranqvist.wordpress.com/2017/01/04/watercolor-painting-a4-33/

Isla Sudor Negro —Hēi Hàn Dǎo— (I)

El interrogador miró al hombre que tenía enfrente. Casi sesenta años, pelo entrecano, algo de perilla; un pantalón de lana de verano, un cuello vuelto negro fino y una chaqueta de cuero ligero, todo bastante pasado de moda, pero con mucho estilo. Luego acercó el cigarrillo, que sostenía entre los dedos índice y corazón, y dio una calada colocando los labios de manera sensual, casi obscena. La ceniza aumento de longitud hasta romper y caer sobre un cenicero de aluminio lacado en crema.

—Disculpe la tardanza, pero ha habido que revisar todo su informe. Parece ser que es usted muy conocido en Francia, «lieutenant» d’Agincourt…

—Por favor, apéeme del grado, ya que ni siquiera soy, oficialmente, militar.

—Bueno, señor Simon d’Agincourt, si así lo prefiere. Sus…

—¿Cómo le puedo llamar a usted?

—Smyth está bien. —El interrogador, en traje gris bastante convencional, se tocó la corbata negra, como para aflojarla e intentar aliviarse del calor y la humedad, pero resistió la tentación. Cambió de postura o, mejor, de glúteo, que tenía apoyado en una anodina mesa de melamina y chapa gris de acero, en una posición dominante sobre su oponente, que a su vez estaba sentado con soltura en un sillón de oficina con ruedas, con una pierna sobre otra, y las manos unidas frente a su barbilla.

—Decía, señor d’Agincourt…

—Simon, por favor. —El interrogador sonrió alumbrado por la luz azul del flexo.

—Decía, Simon, que es usted muy conocido por nuestros colegas franceses. Fue un héroe adolescente primero de la Resistencia y luego del ejército de De la Gaulle. De cabo ingresó en la academia de suboficiales y participó en algunas campañas en Indochina, donde fue condecorado dos veces. Luego, de repente desaparece, pero se hace sospechoso de liderar un grupo mercenario. —Otra calada al cigarrillo. El humo le hace guiñar. Por un momento duda asesinar el cigarro transformarlo en colilla sobre otra mancha del cenicero. Mira el informe que tiene en la mano:

—Y aparece usted aquí y ahora, confesando que ha sido mercenario en Angola, el Congo, Corea, Vietnam, Nicaragua, Bolivia, Cuba… Suficiente para ser fusilado un par de docenas de veces por otros tantos gobiernos y guerrillas.

Smyth abandono su incómodo asiento y buscó él también otra silla. Dejó la carpeta se la que estaba leyendo sobre el escritorio, del que había apartado el fax y una máquina de escribir eléctrica.

—Y además, se entrega para decirnos que estamos amenazados por una… mmm… ¿plaga? de extraños seres que surgen del mar. —Simon movió apenas el antebrazo izquierdo para ver la hora, como si el comentario no fuese con él. —Y además —insistió Smyth, obstinado en la enumeración— quiere que intervengamos… ¿cómo? Si estuviésemos seguros… si tuviésemos la sospecha de que hay una enfermedad infecciosa estaríamos dispuestos a investigar, a recoger muestras o a aceptarlas, pero… ¿una entidad acuosa? ¿Un… bicho de agua de mar?

—Bueno, ya lo he escrito, el Almirante Lacoste debe ser informado.

—Sí, la Direction Générale de la Sécurité Extérieure —dijo Smyth con cierta sorna— estará encantada de acogerte.

—El incidente con el Consulado Francés no ha tenido que ver con la DGSE. De hecho, éste trabajo ha sido para ellos, para la CIA, el KGB, el MI6 y otro puñado de agencias con mil siglas. Si en el consulado no hubiese tenido problemas cuando me reconocieron los guardias de la entrada, no estaría aquí.

—Bien. —De nuevo el cigarrillo, que casi se había consumido, soltó la ceniza sobre el cenicero. Smyth aplastó la colilla y sacó la cajetilla. Le ofreció a Simon, que dijo que no con una mano, pero contestó:

—¿Cigarrillos turcos? Vamos estando pasados de moda. —Se quitó las enormes gafas de montura dorada. —Este mundo se nos acaba.

El agente del MI6 lo miró y trató de digerir el comentario; cuando reaccionó, retiró el paquete.

—Bien, parece que no me entero, comience por el principio.

Simon se sacó la patilla de las gafas de la boca y respondió:

—Vale, nos vamos acercando. Le he dado un informe por escrito y ahora tengo que repetirlo sin caer en contradicciones. Es el procedimiento, ¿no? Como explico en el documento, nuestra sección mercenaria lleva en activo desde hace más de treinta años. Hemos trabajado por medio mundo sin importar el pagador…

—Y con los mejores medios…

—No, qué va. En caso de éxito no hay problema, pero si hay prisioneros o muertos, nuestros paganos no querrán que se sepa quién organizó el «cotarro». Armas rumanas con munición noruega. Balas de estraperlo de la guerra mundial, transportes obsoletos…

—¿Y cómo terminaron en Hong Kong?

—Con el tiempo, me he ido haciendo mayor —dijo, señalando sus gafas. —Más de doscientas acciones, seis heridas de bala, otras tantas de metralla, quince o dieciséis de arma blanca. He sido torturado dos veces hasta casi la muerte. He perdido el oído izquierdo y parte de la movilidad en una rodilla. Y el mundo está que no para. Mercenarios nunca faltarán, pero están cambiando los bandos y la manera de jugar. Ahora, la sección es más pequeña y nos dedicamos a operaciones de… cirujía.

—Ya. Insisto, ¿y aquí en Hong Kong?

—Supongo que lo mismo que usted: la firma del tratado. Cuando lo supe, permitirá que no delate a mis fuentes, acudí a todas las agencias que conozco, pidiendo trabajo. Siempre se necesita una tercera mano en estos asuntos.

»Respondieron todos, y alguno más. Un auténtico chollo. Una decena de objetivos buscados por todas las agencias. Algunos repetidos inclusos por los del mismo país. Un caso tenía seis peticiones, del KGB, del FBI, de la CIA… Imagínese: un solo trabajo cobrado seis veces. Partimos en tres pelotones desde Madrid, París y Roma hacia Tokyo. Allí nos armamos y navegamos en un transporte fantasma hacia Hong Kong.

»El mar me encanta. No de forma profesional, claro. Casi fue un crucero de placer; en esta época, el mar está muy calmado y apenas soplan unas brisas. Era el uno de diciembre cuando llegamos. Y limpiamos la ciudad en apenas dos semanas. Nos quedaban cuatro objetivos cuando acometimos uno especial solicitado por el MSS Chino y que estaba también en la lista del MI6. Se trataba de un ex jemer, auténtico salvaje sin escrúpulos, refugiado en Macao, parece ser que por gustarle mucho el dinero ajeno, que atendía a los intereses de traficantes que no deseaban la cesión de ambos puertos. Nos remitieron a la pequeña península de Hēi Hàn, donde estaba por algún asunto.

—¿Dónde…?

—Le hacía conocedor de esta zona.

—Y lo soy, pero no conozco tal lugar. —Al final decidió ceder al calor y se aflojó la corbata. Esta vez la ceniza cayó fuera del blanco.

Simon miró hacia la mesa de al lado. Aquel despacho debía ser de alguien importante en la gobernación. Un «Macintosh 128k» recién salido de fábrica presidía la mesa, junto a su exótico ratón y a una impresora de margarita. La miró con ojos perdidos mientras continuó hablando:

—Se encuentra en Lantau. Es una península, pero no encontramos la manera de acceder al barrio si no fue por pontones formados por decenas o cientos de embarcaciones, algunas varadas y otras activas, y por toneladas de basura. El propio barrio tiene una parte construida sobre tierra y otra sobre estructuras apoyadas en el mar. El lugar es nauseabundo.

»Ya digo que llegamos a Hēi Hàn por los pontones. Habíamos tenido que atravesar varias embarcaciones con familias reunidas en torno a la cena, que nos miraban en silencio. Aunque supusimos que el silencio debía ser sólo para nosotros y que las noticias debían viajar como el Concorde entre ellos. Una vieja desdentada me miró mientras acercaba el arroz con los palillos a su boca. Todas eran unas bocas negras, malolientes. Jamás había visto orientales con tal descuido…

—¿Es usted racista, Simon?

 Francisco Torpeyvago

En Daimiel, a 7 de junio de 2018

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2 comentarios en “Isla Sudor Negro —Hēi Hàn Dǎo— (I)

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