La exótica paradoja del gallo de la Emenancia (II de II)


La exótica paradoja del gallo de la Emenancia (I de II)

¡Qué bien que se acerca el otoño! Con su vuelta al trabajo, su frío, sus catarros… Yo ya he pillado el primero, para no quedarme atrás. Pero hablando de paradojas, con catarro y todo escribo al mismo ritmo que antes. Claro que 2 x 0 = 0. Bueno, no tan poco, porque voy haciendo cosillas. El problema es que si se mantiene un nivel bajo de oxígeno en el «celebro» por la falta de sueño, con el catarro ni hablamos. Lo que sale puede dar miedo.

—Sí, impaciente y sin embargo paciente lector, la segunda parte de las aventuras, desventuras, historias y milagros del gato de Andrés Rodríguez acompaña a esta diatriba, y como te sabes el camino me permitirás que no te acompañe allende la barra horizontal y que departa un poco con los amigos que si se quedan zanganeando por aquí antes de leer tan dichoso final con enseñanzas que han de placer a todo lector avisado.—

Decía, sí, decía que me he metido en las microjustas y en las calabazas y en la górgona y en una ambuesta más de concursos y certámenes. Que por meterme que no quede, y ya iré publicando los relatos conforme me vayan echando de todas estas convocatorias, que, como ya expliqué, relatos tengo. Lo que no tengo son ganas de corregirlos. ¡Qué pereza! Creo que me voy a ir de parranda con el gato de Andrés Rodríguez.


 

La exótica paradoja del gallo de la Emenancia (II de II)

Durante el camino que hice, más acompañado que el patrón del pueblo el día de la fiesta mayor, el zagal siguió recibiendo esas especiales muestras de cariño de su madre:

—Como cuando esté «aviao» el pote hoy no estés en casa y tenga que comer sola, te enteras, vas a ver las estrellas…

—No, «mama», no comas sola, que no quiero ver las estrellas.

¡Zaca! Pescozón de mi casera al zagal.

Cuando la procesión formada por cuantos momentos antes estábamos en el abrevadero, incluyendo a cierto felino orondo que seguía olismeando todos los posibles escondites de cosas jugosas pero sin perder la dignidad de su paso y de su peso, pareció llegar a su destino, dicho felino aceleró el paso. Ramoneando, ramoneando, llevó sus acolchadas pezuñas al umbral de la casa de María.

Allí, en la misma puerta, dos chavales vestidos de pantalón corto y con sendos petates a la espalda, departían con María y con un señor de traje de lana fuerte caqui, tocado de sombrero de ala corta de fieltro verde y un bastón bastante historiado para lo que se ve por estos lares. Mi número me evitó la pregunta:

—Mire usted, mi cabo, el maestro también está.

El gato de Andrés Rodríguez, en un alarde de conocimiento astronómico, se hizo agujero negro capaz de tragar todo lo que se le presentase. Pero en vez de esperar a atrapar algún cuerpo celeste, prefirió ser él mismo quien orbitase aquel cúmulo aviar, decenas de aves de varios colores y tamaños, con los que calculó que, a uno por hora, podría pasar lo que quedaba de mañana y quizá la tarde. Pero la curiosidad atrajo su trayectoria orbital hacia donde comenzábamos a departir. Llegó, vio y se sentó.

—Bueno, venga, contadle a este señor la que habéis liado —dijo la madre.

—Dadle lo que tenéis en las mochilas —intervino, más suave, el maestro.

—Sí, a ver que llevan ustedes ahí —terció el número.

—Es que… —comenzó a decir uno de los hermanos.

—¡Ni es que ni leches! ¡Que no tenemos todo el calendario para vosotros! ¡Abran el zacuto!

—Tranquilos, tranquilos —dije yo,— pero contadnos todo. A ver, lo primero, qué es eso del experimento.

—Pues verá usted, que aquí Cajal y yo decidimos hacer la prueba que nos propuso el señor profesor en clase. El experimento de la partícula, el gato y el veneno.

El gato de Andrés Rodríguez se puso de pie, arqueó el lomo —o lo intentó— puso los pelos de punta, aumentando su volumen de manera alarmante por la cantidad de oxígeno que desplazó, y bufó amenazante. Al darse cuenta de que había perdido su dignidad, volvió a su postura normal, entrecerró los ojos y con toda la pompa que fue capaz de reunir, y eso es mucha pompa, se dio media vuelta y nos mostró su trasero, levantando la cola y un algo las caderas. Quedó claro lo que pensaba de estos muchachos.

—Y Ramón y yo nos pusimos a ello. Empezamos con desmontar el «arradiocasete» del tío Juan. Con unas bobinas, el relleno de un condensador, la cinta del Fary y poco más montamos un «separador de átomos».

—Sí, algo como para que les del el premio Nobel, o alguno de verdadero prestigio, a estos muchachos —dijo el maestro con verdadero y regio orgullo y satisfacción.

—Cajal y yo cogimos prestados unos tubos de plomo y el antiguo pararrayos de la sacristía, ese que escondió el alcalde porque le iba a costar los cuartos que se supiese que existía por ser radioactivo.

—Y entonces Ramón y yo preparamos el equipo para que seleccionase un sólo átomo de radio 226 y esperar su decaimiento en mil seiscientos segundos.

—¡Almas cándidas! —intervino otra vez el maestro— ¡Años! ¡Mil seiscientos años!, no segundos. Además es muy peligroso por la radiación, ya os lo dije.

—Es que le colocamos una pedazo de caja de plomo lo primero. Y bueno, da igual. Porque nos falló la parte del bicho. Cajal pensó que el gato de Andrés Rodríguez no iba a querer participar por las buenas. Así es que buscamos una alternativa.

El susodicho estiró las patas hacia adelante y cargó todo su volumen hacia atrás, en un extraño movimiento parecido al de los seudópodos de las amebas, tal era su untuosidad, cerró los ojos, volvió las orejas. Cuando hubo terminado de estirarse, recuperó la posición inicial, bien sentado, abrió la boca, cerró los ojos de nuevo y después sacó la lengua y se volvió a lijar los morros. Como si el asunto no tuviese que ver con él.

—Y pensamos en el gallinero de la «mama». Cajal tuvo una buena idea.

No sabría cómo describir la cara de la madre abrumada por dos niños inteligentes y con iniciativa pero que día tras día, travesura tras travesura, le traen a casa problemas, responsabilidades y cargos que asumir. Orgullo, enfado, presunción, ganas de darles una colleja y un premio. Los brazos debajo de las exiguas tetas, abrazando una rebequilla verde sin abrochar, el mandil cogido de cintura para abajo, medias de lana visibles desde la canilla y unas alpargatas que ya hacía semanas que debería haber cambiado por el frío y que tocaban rítmicamente el suelo. El gesto algo torcido, y la lengua mordida, de momento, para no soltar un exabrupto delante de la mitad del pueblo.

Digo que la alpargata sacudía con cierto ritmillo de seguidillas el piso. Pero el gato de Andrés Rodríguez no pillaba la alusión. Era un gato de pocos bailes. Más aún, aprovechó para tumbarse repatingado de manera bastante obscena.

—Cazamos una comadreja y Ramón y yo la usamos para disimular el destino de los pollos que le cogíamos. Porque teníamos un problema con la parte del veneno. —El chico me pasó esa mochila, donde al abrirla me encontré con la cara de pícaro sinvergüenza robacarteras que intenta dar lástima de una preciosa comadreja bien cebada. Le pasé la mochila al número.

—Y es que pensamos que el experimento requería la muerte inmediata del bicho tras el decaimiento de la partícula. Pero si lo envenenas, la muerte tarda un tiempo más que apreciable respecto del que suponíamos de vida media de la partícula, variando la probabilidad estimada. Por eso es por lo que Cajal y yo ideamos la defunción mecánica: golpe contundente. Y el primer pollo cayó así. Luego, se lo dejamos a la comadreja, la «Elena», más eras que plantíos tuvimos que andar para cazarla, para disimular. —El chaval también me pasó su mochila, ésta mucho más pesada, en la que atisbé un contenedor de plomo del tamaño de una botella de vino, y una serie de piezas de latón elaboradas a mano. Unos artistas, sí señor.

—La segunda idea fue la de decapitación, por eso Ramón y yo montamos el equipo y lo volvimos a probar. Y nos costó dos pollos que le pasamos a «Elena». Ya la pobrecita estaba que no podía más.

—Así es que decidimos que no podíamos seguir con el gallinero de la «mama» para lo que sería el experimento definitivo: la electrocución. Por eso Cajal y yo nos fuimos a por el gallo de la Emenancia.

El gato de Andrés Rodríguez se sobresaltó al oír el nombre de su archienemigo, única entidad viva capaz de hacerle frente. Ni el mastín de la Cruz, bestia tremebunda, ni las ratas del vertedero y del muladar eran capaces de atreverse con él. Su oleoso, fangoso cuerpo tembló de miedo y rabia por un momento. Se repuso y tomó actitud de protagonista de espagueti. Levantó un algo el labio por su lado derecho, entrecerró los ojos, con cierta pausa acercó la mano diestra a su cartuchera, escupió, y se colocó el sombrero: sonó música de armónica y de arpa de boca. En realidad, sólo bufó un poco y levantó la pata delantera izquierda.

—Lo encerramos ahí golosinándolo entre Ramón y yo, pero luego se enfadó y no hubo manera de colocar el invento. Nos asustamos y salimos corriendo a escondernos en el sótano, hasta que nos ha encontrado la «mama».

—¿Cuánto hace que está el gallo ahí? —dije yo.

—Casi dos días —dijo uno de los chavales.

—Entonces estará muerto, ¿no? Pues se recoge y listo.

Se miraron unos a otros. ¿Tan bestia era ese gallo que sumía a los congregados en tal silencio?

—Vamos ver —me contestó el maestro,— pasar, puedes pasar, pero que sepas que ahora mismo estás a la vez aquí y en urgencias. Y que cuando abras esa puerta tu intervención será la que decida cuál de los dos estados pasa a ser único.

Quedé indeterminado.

Francisco Torpeyvago

En Daimiel, a 14 de septiembre de 2017

¿Has pillado a todos lo bichos, «mardito» malandrín?
¡Chívate, lector, chívate!

 

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21 comentarios en “La exótica paradoja del gallo de la Emenancia (II de II)

  1. jajajaja….genial, Francisco, menudo gallo debe ser ese…
    Ahora tiene sentido el título. Has mantenido el suspense hasta el final con mucho estilo.

    Iba leyendo y no entendía: que si dos gemelos desaparecidos, que si un gato por todo el cuento, que si un cabo de la guardia civil y su compañero haciendo una investigación, y todo por un temido gallo.

    Me he encantado de principio a fin.
    Un beso, compañero de letras.

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    • De todas formas, la solución a los distintos juegos de palabras ocultos y al verdadero sentido del relato, para la semana que viene —ya está programada, o sea, que no puede fallar, salvo hundimiento de la red, del guorprés o del universo en sí—.
      Dejo los detalles para entonces 😉 ¡¡schhhhh!! 😛
      Gracias por pasarte, por comentar y, ante todo, por leer.
      Un beso

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      • Señor Torpeyvago, ¿qué puedo decir? Un divertimento literario con base científica, ¡ahí es ná!
        Me lo pasado teta con esta comunidad científica de cachaba y boina (guiño, guiño…).
        Esos gemelos metidos a Schrödingers, ese cabo ilustrado y sobre todo ese gato de Rodríguez, hilo conductor y hallazgo inmenso.

        Confieso que me he perdido unos cuantos chistes y que algunos nombres chirrían (¿Cajal, Quevedo? Hombreeeee) pero es divertido a más ni poder. El cabo tiene fuerza, podría protagonizar una serie de cortos. El numero me parece un pico demasiado listillo. ¿Recién destinado allí y ya concepto obra y milagros de los habitantes? No se.

        Un relato ingeniosisimo, destilado más que escrito. ¡Bravo!

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      • Gracias, Don Bio Jesús, pero como bien dice, es tan solo un divertimento. Hasta tal punto está deslavazado que no he dejado claro que el recién llegado es el cabo y no el número y que hay una pequeña —leve, que tampoco soy tan torpe, ¡releñes!— confusión con las «Marías». Pero me alegra que se haya divertido con este esperpento y que le haya caído en gracia el cabo. Y el gato, claro, gran protagonista de la historia.
        Como dice usted, el relato parece fruto de una destilería. O del resultado de trasegar algún destilado, que también, pero, efectivamente, como divertimento, puede resultar.
        Muchas gracias por pasarse, por comentar y, ante todo, por leer «picoletamente».

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  3. Teníamos ganas de saber qué hacía el gato, y se ha portado felinamente bien (quizá un poco explícito sexualmente, pero no podía ser de otra manera siendo él) en la conclusión de la historia.
    Genial lo de “ahora mismo estás a la vez aquí y en urgencias”! Aunque claro, para los curiosos y/o gores habría estado bien que hubiera atravesado ese umbral, y así comenzase el relato de una batalla a lo noche más oscura.

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    • Como os podéis imaginar, el gato hizo lo que le salió de su… er… ser de gato, ¡no podía ser de otra manera!
      Bien que habéis dado con el quiz del relato, pero me permitís que guarde las explicaciones hasta dentro de unas horas en las que sale el «Anexo» al relato con todos sus secretos.
      Gracias por pasar, por comentar y, ante todo, por una félix lectura.

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  5. Jajaja, excelente, la indeterminación y el protagonista, el gato, pero al final de cuentas el gallo fue elindeterminado ¿o me perdí?
    Me encantó.
    Mega abrazo gamma.

    PD. ya revisé mi blog https://aquevineadondevoy.wordpress.com y https://serunserdeluz.wordpress.com y, al menos desde mi página sí se puede comentar, hasta el final está la ventana para ello, aunque sí vi que junto a los likes no invita a comentar. Espero que ya puedas hacerlo.

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    • No te has perdido en absoluto, lo que me llena de un regio orgullo y satisfacción: he logrado hacerme entender en condiciones.
      Y, por tu comentario, me parece que disfrutaste del estocástico comportamiento de nuestro gato particular, jeje.
      Sólo me queda agradecerte que te hayas pasado, comentado y, cómo no, leído esta diarrea mental, producto de algún extraño virus —no me dio fiebre, eso sí—
      PS.—Sigo sin poder comentar. Pero me acaba de empezar a pasar con otras páginas. Me temo que es cosa mía. Estoy intentando arreglarlo. Pero sabe de mi apoyo en tu situación y en tu literatura
      Un mega abrazo gamma.

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      • El gato me encantó!!
        Pues si tu escrito fue a causa del virus, consérvalo y contágiame, jajaja.
        Gracias por tu apoyo y siento mucho no ver tus comentarios en cada post, como me habías acostumbrado; más bien creo que es cosa de WordPress, ya ves, el mío no guarda ni publica.
        Mega abrazos gamma.

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      • Bueno, un virus, un calambrazo, un golpe en la cabeza con un ladrillo, como dice el gran Cándido Macarro… sea lo que fuere, yo te lo guardo envuelto en papel de periódico… 😉 😛
        PS.- Lo he consultado a los gurús del tema. Lo del papel de periódico no, lo de las respuestas en guorprés.
        Mega abrazo gamma.

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