La exótica paradoja del gallo de la Emenancia (I de II)


No estoy conforme conforme me va en esto de la escritura —y no, no he podido evitar el primer juego de palabras, que no será el único hoy—. ¡Ojo!, que no es que me esté quejando de si gano tal cosa o publico aquesotra. No, es que para hacer tales cosas debes tener escrito algo. Y bueno, algo tengo, peeeeero…

—Que sí, que hoy te traigo medio relato, «mardito» malandrín, que puedes trampear si quieres e irte allende la barra horizontal. La vertical está en ese local de aquí al lado, sí ese de luces brillantes y mala fama.—

Tengo como diez relatos pendientes de corrección. Tengo mucha pereza. Y con esas dos cosas que tengo, resulta que no tengo nada. Y se preguntará el paciente lector qué releñes me traigo hoy —el dilecto lector es muy educado y no emplea las palabrotas que uso yo, por supuesto—. Pues hoy traigo un derrame literario, una cagalera mental, un a tal cosa estrambótica que no sé de qué tiene más, si de extraño o de farmacia. Sí, acertaste, viene con acertijos y juegos de palabras y poca ininteligibilidad.

Pero tampoco es esto tan malo. Lo de los acertijos y juegos de palabras, quicir. Recuerdo que en una cita romántica, él, jovencito, yogurín, tenía a la dama madura ya en el bote. Vamos, para entrar a matar. Y como quiera que dudase él o que la dama ya estaba algo impaciente, ésta le animó:

—Estoy muy caliente. Pero ¿sabes que me pone aún más? Unos versos de Dante.

—¿«Dantes» de Melendi?

El final fue dos adultos viendo porno cada uno en su casa. Creo que la anécdota tiene gracia salvo para ellos dos.

Un caballero, por llamarlo de alguna manera, se encuentra tendido en el sofá, ombligo al aire por la presión que ejerce la barriga sobre la camiseta enmarranada. Acompañan a sus leves ronquidos y el suave gotear de una babilla sobre un almohadón, unas cervezas vacías y unos restos de frutos secos en forma de envases, cáscaras y migas. Entra ella, cargada a dos manos con la compra y bastante calentita por tener que aguantar a tal vago. Desolada por el panorama, deja las bolsas de la compra en el suelo y dice cercana al llanto:

—¿Cuándo volveré a amarte?

Él semidespierto por el ruido responde:

—¿Y cuándo has estado tú en Marte?

Siento, paciente lector, haberte traído por este fangal de chistes malos, pero quería presentarte una criatura que ha sido bastante improvisada y sobre la que se cierne la maldición de las adivinanzas y juegos de palabras. La semana que viene publicaré la segunda parte y después, bien en los comentarios, bien en una entrada aparte, las soluciones.

Y esta vez no son localismos. Bueno, alguno que paso a apuntar ahora mismo:

  • Casilla: Casa de labor en donde convivían personas y bestias, valga la redundancia, en una sola habitación.
  • Migas: Plato tradicional que aprovechaba las sobras de pan duro. Hoy en día, por suerte, se cocina añadiéndole «colesterol» en diversas formas. Se acompaña con uvas, si las hubiere, frescas o pasas, y vino.
  • Número: Soldado raso en la Guardia Civil, y que suele patrullar en pareja con otros oficios de tropa como otro número o un cabo.
  • Bota: Envase de cuero que sirve para llevar vino y del que se bebe dejando caer el líquido a chorro directamente sobre la boca. —Personalmente me tengo, si no por virtuoso, sí por experto en el uso de tal adminículo.—
  • BUP: Bachillerato Unificado Polivalente. Plan de estudios secundarios en los que era obligatorio el estudio —en mi caso, sólo la matrícula, que estudiar, estudié poco— del latín.

Por tanto, no te preocupes de no entender este macrotocho oleoso, relatucho infecto donde los haya. Diviértete con él. O simplemente aprovecha la ocasión para manifestar tu disgusto para conmigo.


La exótica paradoja del gallo de la Emenancia (I de II)

El gato de Andrés Rodríguez se paseaba ampuloso, pagado de sí mismo, voluminoso, casi suculento, por la escueta casilla. Ésta olía a humo añejo y estaba presidida por una chimenea que flanqueaban dos poyos y a cuyo jefe se tendía una viga que sostenía unos anaqueles de obra. El interrogado, más espatarrado que sentado, se hallaba frente a mí en el poyo alejado de la puerta, atendiendo a los avances de unas migas que se pergeñaban en una sartén de tres patas cuyo culo era acariciado por las suaves llamas de un par de cepas. Antes de contestar a mis preguntas se marcó un solo de bota y gañote, se limpió con el antebrazo, parte en la camisa, parte en su piel, y, por fin, quiso mirar al poyo de la puerta, donde estaba situado un servidor.

—Mire usted, mi capitán…

—Sólo soy cabo. Y me puede llamar Ochoa.

—Sí, señor Ochoa. Es que me parece usted muy serio.

—Los hechos son severos, sí.

—Y él mismo es severo —dijo el número que me hacía pareja y que se apoyaba en el quicio de la puerta.

—Pues verá usted, señor Ochoa, el caso es que los gemelos de María, la «Curia», que le dicen así por ser sobrina del párroco, que fue la que descubrió la radio que había escondido el abuelo en el pajar para no gastar «pelétrica»… ¿Por dónde iba?

—Por los gemelos.

—¡Ah, sí!, que estaban haciendo no sé qué experimento o pitoflautas que les había explicado el maestro, don Quevedo, hijo de la de Torres, que también fue maestra…

—Por los gemelos.

—Eso, eso, que estaban en el gallinero María «del Haba» persiguiendo pollos. Ya sabe, esa señora de la casilla de ahí abajo, la que se pasa todo el día preparando el baño. El caso es que llevaban unos días apareciendo restos de pollos muertos, que se achacan a una comadreja o un turón que se ve que se ha colado. Pero para mí que eran los chavales, que vaya usted a saber lo que estaban cavilando.

—Sí, pero los gemelos han desaparecido. ¿Sabe o no sabe dónde están?

—¡Arrea! ¡«Vayausté» a saber! ¡Menudo par de ellos!

Al salir de la casilla buscamos a nuestra diestra un pequeño sendero arañado en el suelo calizo por las marcas de las ruedas de los vehículos. El número escoge el derecho y yo el izquierdo. El gato de Andrés Rodríguez, con pompa y boato, decide marchar justo por el montículo central de tierna hierba y con algún bocado en forma de insecto que llevarse a esa tinaja que tiene por estómago, silo de nunca acabar. Debe ser que nos cogió cariño el animalito para acompañarnos con tanta devoción en nuestras pesquisas.

—Mire mi cabo, allí está. —El número me señalaba a una persona, como a quince pasos, apoyado en una fuente al final del camino.— He quedado con Juan Rodríguez en el abrevadero, el de Aguilera, que traía todos los años los calendarios de Salamanca cuando volvía de pastorear…

—…et tu quoque Brute fili mi!

—¡«Tó», mi cabo! ¿También sabe latinajos?

—Poco, que hace mucho que me hice el BUP. «Cucha», el gato, por ejemplo, es félix.

Rodríguez, de la fuente, extrajo una botella puesta a refrescar y atalajada con un cordaje de esparto para poder recuperarla y mantenerla húmeda y fresca. Pero por la cantidad de líquido que desapareció de la panza de vidrio, diríase que no era necesaria tal parafernalia enfriadora sino es para sólo unos instantes.

Nos saludó, y siguió, navaja en mano, con una colación que se traía a base de pan y una longaniza de la que ya quedaba poco. Y de quedar poco, la botella ya parecía una de Klein, en la que el interior y el exterior podrían considerarse lo mismo, del último trago que se apretó. El gato de Andrés Rodríguez, que había andurreado un tanto estocásticamente, quizá debido a algún hongo encontrado en la humedad de finales de otoño, pareció despejarse al notar que podría echarle la zarpa a un resto de salchichón de tripa gorda.

—¿Qué pasa, señor Juan? ¿Cómo andamos? —dijo solícito el número.

—Tirando vamos, que se note que vamos «sobraos».

—Nada, aquí el cabo y yo mismo que andamos detrás de los gemelos. A ver si nos puede decir usted algo.

—«Ná», poca cosa, que me choraron el «arradio» del «tranlstor» viejo. Pero no les haga malos usted, es que son de no parar. Luego, si te tienen que echar una mano a echar mieses al pajar, allí que los tienes. Hacía años que tenía el «tranlstor» «embozao» en la era.

—¿Y cuándo fue eso?

—Hará como dos días, cuarta arriba o abajo. —Se había metido cuatro dedos bajo la boina para rascarse la frente, despejada por genética o por exceso de prurito, y al sacar la mano, la funda volvió a quedar colocada con precisión nanométrica.

—El tiempo que hace que aparecen pollos muertos…

De pie, entrabierto de piernas, con la mano izquierda en el sobaco derecho y la diestra sujetándome la barbilla, reflexioné.

El gato de Andrés Rodríguez miraba al señor Juan como se miraría dios dadivoso. El gato ocupaba un volumen de por si notable del universo; cuando sacó la lengua del tamaño de un pulgar para lijarse la nariz y la pata derecha —sin perder de vista las manos del señor Juan— quedaba justificado que si todos sus complementos tenían ese tamaño, el estuche había de ser de las dimensiones adecuadas.

—¿Y el maestro? ¿Dónde estará ahora?

—Siendo domingo, en la taberna del «Celes» —contestaron a dúo.

—¿El «Celes»? —en mala hora se me ocurrió preguntar.

—Mi cabo, un ex convicto de traficar con hierba. José Celestino hizo mutis hace años con un buen alijo, pero ya se reformó y heredó la taberna de su tío, que su padre fue más sinvergüenza que él y no tenía ni oficio ni beneficio…

Levanté la mano para parar la verborrea, casi vómito dialéctico, del número. Él, que en los pocos días que llevaba allí destinado ya parecía conocerme, calló de inmediato.

El gato de Andrés Rodríguez por fin pudo atrapar un cordel con un pico de grasa, pimentón y tripa arrojado por el señor Juan. La pinta del deshecho era la de un ratón de campo cianótico. Y una vez más, en la Naturaleza, se produce la lucha entre múridos y félidos.

—Bien, pues hablemos con el maestro.
El número se entretuvo despidiéndose saludando a toda la parentela del señor Juan. Yo permanecía en pie bajo las dos gotillas que molestaban más que mojaban, con los brazos en jarra. El gato de Andrés Rodríguez, satisfecho, de momento, a modo de «clronclreta» se rebozaba girando su redondez por el suelo empedrado frente al abrevadero. Pero tan apacible momento desapareció por la brutalidad de una voz contundente, chillona:

—¡Que han aparecido! ¡Que han aparecido!

El cuerpo asociado a ese sonido tan desagradable surgió pataleando el suelo desde el otro camino que llegaba a la fuente de tres caños. Un montón de pana gris, garrote de pastor y boina sujeta por una mano trotaba como cabra montesa sin parar de vocear. Detrás, lo que parecía una mujer envuelta en paños negros de eterno luto y que, a pesar de la velocidad que desarrollaba, pude identificar como a mi reumática casera. Cuando llegaron a nuestra altura, comenzaron las explicaciones:

—«Señol» cabo, que ya han aparecido, que me ha «mandao» mi «mama» que se lo diga.

¡Zaca! Pescozón de mi casera al zagal.

—¡Que se llama señor Ochoa!

—Da igual, da igual. ¿Qué o quiénes han aparecido?

—¡Los gemelos, «señol» Ochoa!

¡Zaca! Pescozón de mi casera al zagal.

—¡Que dejes que termine de hablar el señor cabo, releñe!

El mozo, ya casi pasado de quintas, pastorcillo hijo de mi casera, era un poco corto de entendederas, pero pudiera ser que fuese de recibir tantos golpes en tan castigado cerebro. O por sus excesivos romances con las ovejas que corrían menos que él. O por ambas cosas. El caso es que todos los presentes me miraron con curiosidad, como si mis órdenes fuesen determinantes para que el mundo siguiese girando sólo. El mismo gato de Andrés Rodríguez me miraba con los enormes ojos de un autillo, curiosos e imperativos a la vez. Y caí en su celada:

—¡Vamos a casa de María «del Haba»!

Francisco Torpeyvago

En Daimiel, a 13 de septiembre de 2017

¿Has acertado más de uno?
Ya lo suponía, pero escríbelo, 
«mardito» malandrín, escríbelo.

 

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12 comentarios en “La exótica paradoja del gallo de la Emenancia (I de II)

  1. Estaremos atentos a la evolución circa Emenancia porque entendemos que vale la pena esperar la continuación (pero sin dilación excesiva, si puede ser, que el mundo actual es de rápido consumo, no como en BUP).
    Propuesta: ¿qué tal un “spin·off” del gato? Como prota promete… Quizá con un episodio piloto visitando a su primo el de la ciudad, puede que funcionase.

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    • La mismísma semana que viene aparecerá la segunda y última parte, que ya está escrita y programada. Salvo fallo de guorprés.
      Ahí te he visto rápido con lo del gato, principal protagonista de esta historia, aunque su función permanece algo escondida incluso al final. Lo del spin-off no termino de verlo. Es que soy incapaz de ver más allá de tres o cuatro mil palabras. Luego, me aturrullo.
      ¿Vosotros también sois de BUP? Os hacía más de eso que llaman ESO.
      Gracias por pasar, por comentar y, ante todo, por leer.
      PS.—Alguno habéis encontrado, ¿verdad?

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      • Algún huevo de Pascua hemos encontrado, sí, aunque seguramente no todos. Descubrimientos para todos los lectores, diversión para toda la familia.
        Parece que los gatos siempre tienen mucho que decir, como el de Cheshire o ese que llevaba botas con voz de Antonio Banderas en el cine. Cunden más de lo que cuestan (aunque a veces cuestan bastante, sobre todo los enclenques). El Spin·off también puede ser de una oveja lenta y su historia de superación bóvida tras un lance traumático, que al ser personajes más secundarios quizá no aturullen tanto. Ahí queda eso.

        Nosotros somos de EGB y ESO, nos gusta recolectar títulos de primaria. Caímos en el instituto pionero de la localidad en implantar la LOGSE, pero a tiempo de catar las mieles del último BUP… y después saltar del mismo porque la ley del mínimo esfuerzo impera en la adolescencia, y si con este mínimo en ESO las aprobabas todas, en BUP te podían caer 3 o 4. Abismal, una diferencia brutal para lo que se supone que debían ser contenidos similares para un mismo curso. Vivirlo en primera persona te hace apreciar el declive de conocimiento que antes se atesoraba a través de la formación reglada (aunque beneficiara a estudiantes vagos como nosotros), al menos en aquel cambio concreto de política educativa.

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      • Estupendo, la verdad es que hay algunos fáciles.
        Lo cierto es que no pretendía escribir un texto adivinanza, pero ya sabéis de mis resbalizamientos neuronales. Ha sido totalmente improvisado —y se nota— y escrito sobre la marcha.
        En fin, que la ESO no es tan mala, aunque yo creo que sí manifiestamente mejorable.
        Y en cuanto a los gatos… son tan particulares que merecen cienes y cienes de relatos. Con ellos tengo una relación amor odio. No los tengo como mascota, pero hay algunos que me resultan simpáticos por inteligente, por cotilla, por tonto, por vividor.. de todo hay.

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  2. Me reí con los chistes, juegos de palabras sí encontré, pero, mi cuate, dices que no hay localismos?? úchala, hay de sobra y me dejaste en ascuas, ya quiero la continuación.
    Me reí bastante, me gusta más esta forma de escribir tuya que lo de terror, lo siento, el terror me da terror, jajaja.

    Mega abrazo gama

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    • Reconozco que los chistes son malos de narices y más allá, pero es que me gustan de este tipo.
      Y de los localismos, nada, un par de ellos que he puesto en la introducción; el resto son palabras mal pronunciadas que coloco entre comillas para marcarlas.
      Creo que me salté «chorar» que realmente no es un término manchego, sino calé, gitano, muy arraigado por aquí en cualquier caso y que tiene el significado de robar cosas de poca monta, o ratear.
      Este jueves, salvo error con guorprés —que bien conoces tú por padecerlos tan de cerca—, estará lista la continuación.
      Muchas gracias por pasarte, por comentar y, cómo no, por leer —hoy sin terror ni temor 😉 —

      Le gusta a 1 persona

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