Encontrados en la tercera fase —«Encuentros en la séptima fase», de Cándido Macarro—


Sí, no queda más remedio. Lo reconozco, ¡oh dilecto lector! Tengo un morro que me lo piso. Porque voy a repetir relato. Pero no es necesario que me lapidéis, al menos no por repetir; si consideras que el relato es un atentado contra la literatura, la cultura y la humanidad, eres totalmente libre de tirar la tercera o cuarta piedra —por si acaso alguien ya ha tirado la primera, que pudiera ser, no vaya usted a creer—.

Además creo que queda justificada tal repetición para hacer honor a la noticia: Don Cándido Macarro lo ha vuelto a lograr, ha publicado un libro descacharrante sobre los «ornis» —objetos raros no identificados, como ya sabéis—. Se trata de los «Encuentros en la séptima fase», y que como el autor mismo describe, es el único libro serio sobre la materia. Y estoy de acuerdo.

En palabras del propio autor:

¿Existe vida más allá de nuestro pequeño planeta? Y si existiera… ¿sería vida inteligente? ¿Estamos… seguros? ¿Seguros del todo? ¿Inteligente? ¿Nos vigilan desde fuera? ¿Nos visitan seres de otros mundos? ¿Y para qué cojones? En la apacible región española de La Mancha hace algunos días que están ocurriendo cosas extrañas. Muy extrañas. Alonso y sus amigos son protagonistas, muy a su pesar, de ello. El más exhaustivo estudio jamás publicado sobre el fenómeno OVNI. O… quizás no sea para tanto. Adéntrate en la historia si quieres… pero será bajo tu responsabilidad.

Palabras a las que un servidor añadió un pequeño comentario:

[La obra es] totalmente ficticia: jamás, en mi casi medio siglo de existencia, he conocido vida inteligente ni sospecha de que exista.

En fin, que no seas membrillo como decía el borrachín de los héroes calladitos, y léelo, releñes.


Encontrados en la tercera fase

A mi buen amigo Pedro,

por aguantar mis «tontás», que son muchas y de buen tamaño.

El cliente estaba enervado. El sabor de pan mohoso que arrastraba el polvo se mezclaba con el intenso aroma del gasóleo mal quemado y se le agarraba a la garganta como alambre de espino a soldado heroico. El calor agobiaba y el sudor le resbalaba desde la calva hacia la espalda y hacia el entrepecho, casi femenino de lo abultado. Además, el tremebundo sonido de la «minirretro» le impedía escuchar lo que le estaban diciendo:

—¡En la primera fase han sido sesenta y siete viviendas, en la segunda, ochenta y dos; y en ésta tercera, de sólo veinte, me estáis dando más quebraderos de cabeza que el resto! —dijo el capataz, congestionado y con los mofletes inflados por el enfado como tetas silicosas.

—Es lo que hablamos con la promotora, y así se va a hacer. —El cliente vocalizaba con voz pastosa por el ambiente, a todo el volumen que le permitían sus cuerdas vocales, para hacerse apenas entender. —Aquí va la barbacoa, y la piscina se alarga hasta allí.

—¡Pero que no puede ser!, que ya le he dicho que he llamado a la Justi de la promotora. Que dice que la llame a ella, que hasta que ella no me lo diga, ¡no puedo hacer nada! —Justo en ese instante, la excavadora paró. —«Vaya, habrá encontrado “tosquizo”, lo que nos faltaba» —pensó el capataz. —¿Qué pasa, Jenare? —le gritó al maquinista, mientras se volvía.

Éste, el tal Jenare, se había apeado de la máquina y se apoyaba en ella. Entre espasmos y temblores apuntaba hacía el hoyo que apenas había comenzado a hacer:

—¡Ah!, ¡aaaah!, ¡ah! —explicó el maquinista.

Ambos, capataz y cliente, se acercaron a ver qué señalaba el maquinista. Una mano descubierta de tierra sobre lo que parecía un torso, y otro cuerpo insinuado al lado pero en sentido contrario, ambos medio enterrados. Era esa mano de color marfil, ososa, reseca, con tan solo cuatro dedos y unas membranas interdactilares entre ellos, y de esqueleto más parecido al de un arenque que al de una persona;  posaba con cierto ademán hacia el zenit, como queriendo ir más allá de la bóveda azul brillante hacia la que apuntaban las nucas de los humanos. El aire se llenó de aromas de putrescina y cadaverina, desplazando a los humos de la máquina. Y el sudor de los tres cuerpos aumentó en caudal y viscosidad.

En el rato que duraba el asombro, los cuerpos fueron tomando volumen. Y un color verdoso que se iba haciendo más y más intenso, sobre todo en la mano que quedaba al aire. Ese tono de algas de pantano, acompañado de una fetidez, cada vez más amoniacal, más viva, se oscurecía, y parecía dotar de cierto movimiento a la extremidad, que iba tomando una posición más y más enhiesta. Llegado un momento, aquellos espasmos se transformaron en un movimiento lento, pero real, deliberado, alzándose centímetro a centímetro hacia los tres humanos.

***

Las herramientas «La castaña» eran conocidas por todos como un paradigma de calidad y profesionalidad. Una de ellas, en concreto una pala de punta, casi recién estrenada, cayó de manera contundente sobre aquella mano que no parecía de este mundo. Tal palazo, propinado por el cliente, hizo palidecer el miembro, fuese brazo o pierna, de la semienterrada entidad. Entre remolinos de gases fétidos, el palazo se repitió. Y entonces, el capataz también reaccionó:

—¡Jenare, echa tierra aquí! ¡Venga, toda ésa que has sacado! Y mire usted… ¡pero deje ya la pala, hombre, que es nueva!… A ver, que creo que ahí donde ha dejado la pala podemos poner la barbacoa, eso sí, se le acorta la piscina un metro, pero mejor no cavar ahí, ¿que no?

—Sí, hombre, sí; sin problema, ni «pa» usted ni «pa» mí. Lo único alargar ese medio metro el entarimado.

—Claro que sí. Mire, vamos «pa» dentro y vemos los colores de la madera y los acabados… ¡Jenare! ¡Pásale bien la máquina por encima, que quede todo bien «apisonaíco»!

Francisco Torpeyvago

En Daimiel, a 13 de junio de 2017

«Mardito» malandrín, ¿es que nunca te has encontrado 
un extraterrestre en tus obras?
¿O es que no nos lo quieres contar?
¡Pues aprovecha la ocasión!
¡Cuenta, cuenta!

 

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15 comentarios en “Encontrados en la tercera fase —«Encuentros en la séptima fase», de Cándido Macarro—

    • Jajaja, me gusta que te haya hecho reír, a pesar de lo trágico que es 😛
      —Se ve que últimamente no has estado de obras, ni eres náufraga de una nave interespacial en un mundo extraño. Especialmente lo primero 😉 .—
      Muchas gracias por pasarte, por comentar y, ante todo, por (re)leer

      Le gusta a 1 persona

  1. Al igual que me ocurriera días atrás con la fantástica reseña que hizo Antonio Caro a mi libro “Luna negra”, me ocurre contigo. No tengo palabras para explicarme ni excusarme. No haber comentado la tuya sobre “Encuentros en la séptima fase”… no sé, aquí están ocurriendo sucesos extraños, si no no se entiende. Se ve que puse un “megusta” y después ocurrió todo: Me quité por un instante el sombrero de paja para intentar disipar los sudores que corrían por mis sienes cual arroyos cantarines y, sin razón aparente más que quizás un presentimiento repentino, levanté la vista al cielo. Nada esperaba del mismo, ya lo tengo asumido, sé que nada bueno debo esperar de él. Pero miré. Entonces (y ahora empiezo a entenderlo todo) la vi. Era una nave alienígena en forma de bote de Mahou (clásica, la verde) que volaba en rumbo de colisión hacia mi entrecejo. A pesar de que la caló me obnubilaba un tanto el celebro, este, en modo reflejos defensivos acabó funcionando en el último momento y ordenó a mi mano detener el inminente impacto. Quizás es que ya tengo muchas pedradas en la cabeza y mi organismo ha reforzado este mecanismo de defensa. El caso es que vime con una lata de Mahou en la mano, fresquita, que todo hay que decirlo, y no se me ocurrió mejor cosa que tirar de la anillita , abrirla con salpicón de cerveza incluido, y jincármela como está mandao. Entonces, esto lo deduje después, me vi perdido. A la primera nave la siguieron muchas otras, en paquetes de doce, de veinticuatro, en botellines de cristal de quinto y también de tercio…
    Mi reacción fue en todos los casos la misma: Neutralizar el ataque con los jugos gástricos de mi cada vez más abultado estómago. Y hasta hoy… No tengo consciencia de nada más desde entonces, hasta hoy que he despertado de nuevo a la vida.
    Y esta es la verdadera razón por la cual cometí la terrible torpeza de no contestar a tu entrada.
    Espero que me se comprenda y no me se tenga en cuenta para el futuro.
    Abrazos… y gracias, amigo.

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    • No te preocupes, que te entiendo. O casi. Es que yo soy más de cinco estrellas o de blancogás.
      Por supuesto, puestos a ser despistados —dícese de quien no tiene pisto—, yo el primero, y, por tanto, no habrá ninguna represalia. —Corro a llamar a mi amigo, un antiguo sargento de un ejército del este, que me hace cierto tipo de servicios para que anule el pedido.—
      Las gracias te las da este lector que ha disfrutado y va a disfrutar de las entretenidas lecturas que nos deparas.
      Por supuesto un gran abrazo. Y una invitación a unas maus o a un blancogás, ¡qué releñe!

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