¡Un, dos, tres! El espectro vas a ver


Ésta es mi propuesta para la XXVII Convocatoria de Calabazas en el Trastero: Juegos. Está basada en la idea que tuve para Estrellas con acero, pero ampliada y notablemente cambiada.

—Estimado y amable lector, como siempre, puede usted ir hasta la barra y más allá para encontrarse con el relato, y evitarse así toda esta rutilante diatriba.—

Viene con retraso y con peticiones, como inspector de haciendasomoscasitodos. Con retraso porque, ¡oh, sorpresa!, sigo de obras, aunque ya a punto de terminar. Y con petición porque, como pediros opinión para el Polidori V me dio buen resultado, ahora os la pido, «portolmorro» para éste.

Sí, lo sé, hay que tener mucha caradura para estar ausente dos o tres semanas y venir a estas alturas a pedir lecturas, opiniones y comentarios. Y además con prisa. El plazo acaba el día treinta VEINTIOCHO.

En fin, no te molesto más, querido lector. Sólo espero que una especial luz azul haga brillar este relato.


¡Un, dos, tres! El espectro vas a ver

Los ocho muchachos se dirigían hacia las obras al atardecer. Los perros de guarda agitaron los rabos al reconocerlos. Hoy estaban atados y no podrían jugar con ellos. Luiz, el más pequeño del grupo que trabajaba durante el día en el vertedero, tenía preferencia por una hembra, «chucho» con predominancia de pitbull. Se quedó acariciándola mientras el resto terminaba de pasar por la valla. Los últimos fueron Márga y Joâo «el Corto»:

—¡No me toques! —gritó Márga. Cuando Luiz se volvió, la vio cubriéndose el apenas abultado pecho: parada, miraba a el Corto con rabia y enfado, y el Corto andaba con sus piernas larguiruchas, desarrapadas, riéndose de su gracia.

La verdad es que Joâo comenzaba a ser cargante. Estaba ya en plena adolescencia y tanto su cuerpo, alto, desgarbado, astroso, que le había dado el irónico nombre de el Corto, como su mente habían salido de lo infantil, entrando es ese extraño limbo a la espera de madurar. Luiz se acercó a Márga:

—Es un estúpido y un creído.

—A la próxima, si viene él, no vuelvo yo. Estoy harta.

—Vente conmigo: el otro día estuve explorando todo el hospital y he encontrado unos sitios estupendos.

—Es que he quedado en esconderme con Sebastiâo. —Luiz era pequeño, pero no tonto. Se encogió de hombros y se dispuso a atravesar el solar que daba entrada al antiguo hospital. Este edificio, el hospital, no era accesible desde la calle, ya que estaba protegido por una serie de rejas para impedir su asalto desde que se abandonó, pero al empezar la obra en el edificio de detrás, tras el desescombro, había quedado al descubierto el patio desde el que los muchachos podían entrar para jugar.

Joâo se dirigió enseguida al sótano, mientras daba voces para que el resto se preparase para esconderse. Hacía un par de semanas que había descubierto un curioso aparato, del que había desmontado varias piezas para vender. Pero un cilindro, grande como sus dos puños, le llamaba la atención por su peso. Otro día, cuando no estaban los mocosos, aprovechó para traer una sierra de metales y cortarlo. Apareció un polvo, que ya brillaba, en la entreluz del sótano, con una preciosa e inquietante luz azul. Tomó una porción con los dedos y estuvo jugueteando con ella. Y en ese momento decidió darle una lección a los mocosos.

Como ya había previsto, se untó el polvo por todas sus extremidades. Estornudó; el catarro le duraba desde la noche en que abrió la cápsula, aunque no pasó frío. Incluso había vomitado estos últimos días, pero nada le iba a privar del susto que le iba a dar a los peques. Comenzó a cantar:

—¡Un, dos, tres! El fantasma vas a ver.

—«¡Mierda!» —pensó Luiz, que iba todavía subiendo la tercera planta:—«Escondite corrido». —O sea, en vez de esperarse a contar sin mirar, iba dando voces para que los otros participantes supiesen donde estaba, pero no había espera para esconderse.

Luiz se ocultó bajo una escalera de mantenimiento, a su vez bien tapada por un buen montón de tablas y restos de puertas. Procuró entrar sin dejar huellas en el polvo, y las que dejó, las tapó con un trozo de madera muy ligera. La última vez le habían descubierto por dejar sus pisadas en el polvo.

##

Los gritos llegaron del piso de debajo, el segundo. Y no eran gritos de juego. Seba nunca gritaría así. Sonaron unas carreras bastante histéricas y unos golpes que le parecieron una caída por las escaleras. Después, gritos más tenues y pasos irregulares. Aquello inquietó bastante a Luiz, aunque no se movió. Suponía que el Corto iría subiendo poco a poco, explorando todos los escondites, pero sin perder de vista las escaleras, y Luiz tenía ahí su as.

Pero no se esperaba lo que vio:

—¡Cuatro, cinco, seis! ¿Dónde os escondéis?

Los pasos se acercaban. La excitación iba en aumento. Porque el cazador le amenazaba. Porque tenía un buen refugio. Y, sobre todo, una buena salida. Levantó un poco la sucia arpillera que cubría el cúmulo de palés donde se ocultaba. Su campo de visión era muy amplio. Aguantó la respiración.

Pero no pudo reprimir un un pequeño espasmo cuando comprendió las voces y las carreras que había oído.

Las farolas, mucho más abajo, y el breve atardecer ecuatorial filtraban suficiente luz en el pasillo como para iluminar a través de los sucios ventanales los jirones de pintura que adornaban las paredes, otrora blancas y verdes, junto con telarañas añejas y restos no identificables. El polvo se acumulaba en el embaldosado del suelo, lo único que los raqueros de la extraña playa que era el hospital habían respetado. Los techos habían sido casi desmantelados para obtener el cobre de los cables, los metales de las lámparas y la chatarra de los ductos. Flecos del techo ya vacío se unían a restos de puertas y ventanas también esquilmadas. Tan solo algunos banales sin valor se acumulaban en los rincones, como en el que se parapetaba Luiz.

Por su derecha apareció el Corto. O algo parecido al Corto. Unos vaqueros pasados y unas bambas bien curadas por años en pies sucios. Una camisa en cuadros de lo que un día fue blanco y rayas finas oscuras. Pero donde debería haber una cabeza y manos, sólo quedaba un resplandor azul, inquietante, realzado por la penumbra del lugar. Iba andando con los brazos hacia adelante:

—¡Siete, ocho, nueve! ¡Deja que te lleve!

El engendro azul que antes había sido el Corto se volvió hacia él. Luiz bajó de golpe la pringosa arpillera. Aunque estaba a punto de llorar, pensó que ése era el momento de ir en secreto a su salida secreta. Justo detrás de él estaba el hueco del ascensor. No lo empleaban en el juego porque estaba vacío y eran siete pisos de caída libre. Pero él había colocado varios restos de puertas entre los topes de cada piso. Se deslizó entre dos tableros hacia el hueco. Pensaba escapar hacia el piso de abajo y luego correr, como el resto hacia la calle, huyendo de la pesadilla. Pero al asomarse, vio que el tablero que le conduciría al piso inferior estaba caído. Sólo quedaba la posibilidad de huir hacia arriba. Subió dos pisos, puesto que en esa planta había una bifurcación de los antiguos quirófanos que le permitiría bordear el ataque del engendro, según éste fuese a un lado u otro.

—¡Y diez…! ¡Empezamos otra vez!

En lo que fue el pasillo de limpio de los quirófanos habían abandonado varios restos no vendibles de lámparas, de embalajes de equipamiento médico y bidones y bolsones de plástico llenos de cascotes. En ese hueco se escondería: a un lado, el pasillo, al otro los quirófanos y enfrente la entrada a la planta, por donde podría ver entrar al monstruo y así decidir cuál sería su manera de escapar hacia las escaleras y los pisos inferiores. Comenzó a apartar un par de pesados bidones cuando una mano que no había visto, desapareció detrás de los bidones.

—¡Qué susto me has dado! —susurró Márga.

—Para susto el mío. ¿No habías escapado con Seba?

—No, me dejó sola. Seba y sus dos «amiguitos» salieron corriendo. Yo me quedé encerrada entre el fantasma y la pared del escondite. Pasé corriendo a su lado cuando se asomó al ruido de la caída de uno de ellos y subí las escaleras. ¿Has visto el fantasma?

—Sí. Viene hacia aquí.

—Tú no me dejes —ordenó y suplicó a la vez.

—Mira, ahí, debajo del bolsón, donde está ese papel grande hay un hueco que no se ve. Desde allí, si el espíritu viene a la derecha del mostrador nos vamos por la izquierda y al revés.

—¡Un, dos, tres!… Creo… creo… —La voz era mucho más apagada. Pero los niños sólo oían la amenaza del espectro.

—¡Venga, Márga!, tú ahí y yo debajo del papel.

Margá se desplazó debajo de un palé con un par de bidones de plástico rellenos con los escombros que los esquilmadores habían acumulado al sacar el plomo de la pared que separaba ese pasillo de la zona de radiología. Era pesado y casi inamovible y estaba apoyado sobre tres o cuatro montones de escombros, lo que dejaba un hueco para una pequeña persona.

Mientras Márga empujaba su cuerpo hacia dentro con las piernas y brazos, Luiz preparaba un parapeto con papeles.

—Márga, hazme un poquito de sitio, que si no no puedo ver de dónde viene.

—Es que esto es muy pequeñito.

Y entonces fue cuando la base cedió. Luiz tiró de su pierna y la liberó, pero al mirar atrás vio a Márga atrapada. Su mano izquierda garfeaba al aire, su cara mostraba desesperación boqueando. El resto estaba oculto por tablas medio aplastadas y escombros.

—¡Márga!, ¡Márga! Sal, que viene el fantasma. —Luiz, con lágrimas en los ojos tiraba de la mano de Márga, y ella se le agarraba, clavándole las uñas.

—¡Corre, Márga, corre!, — pero Márga tenía los ojos en blanco y sus inspiraciones eran cada vez más cortas conforme la presión sobre sus pulmones la iba asfixiando.

—¡Márgaaaa…! —Siguió tirando del brazo.

El Corto apareció tambaleándose por el pasillo. Pero no habló hasta que estuvo casi al final del mostrador. Sólo expelió un agónico quejido:

—Cuaaahj… ayudajhh.

Luiz se volvió para ver cómo el espectro azul, se apoyaba en la pared. Su mano derecha se escurrió hacia abajo, dejando un rastro brillante. El hueco oscuro de sus ojos se dirigió hacia él. También apareció una oquedad en lo que podría ser su boca. Todos esos agujeros parecieron, por un momento, suplicarle algo.

Pero el terror en Luiz era brutal. Se había entretenido demasiado con Márga y se había quedado sin salida. El espectro le cerraba el paso y, aunque de momento se había apoyado en una rodilla, parecía que iba a por él.

Sí, sin salida. Salvo el ventanal que tenía detrás de él, pero que estaba a cinco pisos de altura. Soltó la mano inerte de Márga, se puso de pie, dio la espalda al espectro y corrió al ventanal.

El trece de septiembre de 1987 unos chatarreros encontraron una fuente de cesio radiactivo irresponsablemente abandonada en un hospital desierto de Goiânia, en el centro de Brasil. Como consecuencia de la manipulación indebida de la fuente, hubo seis muertos, entre ellos una niña de seis años y su tía, heroína que detectó lo inicuo de la sustancia, y miles de personas se vieron afectadas por radiación superior al máximo recomendado por las autoridades sanitarias. La niña, Leide das Neves Ferreira, fue enterrada en plomo y hormigón el 23 de octubre de 1987.

Francisco Torpeyvago

En Daimiel, a 26 de junio de 2017

Unos espectros a enviar a las Calabazas.
¿Te parecieron brillantes?
Si es un cuento rutilante, 
dímelo, «mardito» malandrín

 

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12 comentarios en “¡Un, dos, tres! El espectro vas a ver

  1. Querido Francisco: me has dejado impactada…

    Entiendo que tu relato está basado en hechos reales. Esto me entristece y al tiempo me llena de rabia al ver la irresponsabilidad que algunas personas tienen abandonando residuos que son mortales para los demás seres vivos.

    En cuanto a tu relato en sí me ha mantenido en suspense hasta el final. Mantienes un ritmo trepidante durante toda la historia que hace que quieras seguir leyendo. Me gustan mucho las descripciones que vas haciendo de los espacios que recorren los protagonistas, cómo buscan los escondites, los objetos abandonados que van encontrando. Todo esto hace que vivamos la historia como si estuviéramos dentro de ella.

    Una vez más voy a tener que felicitarte con tu buen hacer escribiendo. Me has enganchado hasta el final de la historia que me he leído del tirón.

    Un placer leerte, compañero.
    Un beso.

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  2. Mialma, creo que eres demasiado benevolente conmigo. Pero, ¡qué releñe!, ¡que me place tu comentario!
    Sí, por desgracia se basa en uno de los mayores accidentes radiológicos que hemos sufrido, y en el que las víctimas fueron, más que nunca, los más inocentes. —https://es.wikipedia.org/wiki/Accidente_radiol%C3%B3gico_de_Goi%C3%A2nia—
    Me gusta que consideres que tanto el ritmo como las descripciones son adecuados, y que la historia te haya enganchado. Le queda todavía una vuelta de correcciones —hay varias repeticiones por ahí y alguna frase poco clara— pero es básicamente el que enviaré mañana.
    Por cierto, obras casi terminadas, me dedicaré estas vacaciones a ponerme al día con mis lecturas amigas, que os tengo muy abandonados. Y hay blogs en lo que eso es imperdonable 😉
    Gracias por pasarte, por comentar pero, ante todo, por leer de un tirón.

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  3. ¡Uffff, Paco! qué triste y qué impactante historia, duele el alma.
    En cuanto a tu escrito, me encantó, también me atrapaste desde el principio, fui siguiendo todo como si estuviera yo ahí. De 4.5, porque al final, sólo se habla de la muerte de la niña, Marga, pero El Corto y Luiz también murieron ¿o no?, si no fuera porque eso lo eché de menos, te daría un 5.
    Y a ver si me visitas, que te extraño “cañón” (expresión mexicana de “mucho, mucho, mucho).
    Mega abrazo gama.
    PD, espero que acaben las obras de tu casa pronto y que esto te llegue a tiempo, con eso de la diferencia de horarios…

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    • Sí, creo que la historia es más triste que terrorífica —salvo por el contenido de realidad que tiene—. Tomo nota de lo que comentas al final, porque quizá las muertes de Luiz y el Corto son elípticas y deberían ser explícitas.
      Llevas razón, que lo tengo todo muy dejado con las obras —sí que te voy leyendo, porque os echo mucho de menos, pero ni comento ni nada de nada—. Prometo visitarte muy en breve, porque yo también os echo muchísimo de menos, os extraño «cañón» —te robo la expresión, que me encanta—.
      Y no te preocupes, que el comentario ha llegado a tiempo y con oportunidad.
      Muchas gracias por pasarte, por comentar y, ante todo, por leer desde el otro lado del mar.
      PS.—Un mega abrazo gama.

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  4. Ups! Se me ha ido el plazo… Pero es que aunque no esté en obras, estoy más liado que para qué. Por cierto, hay un dicho aquí: “Esto es más largo que las obras del Pilar”. Pues tú vas camino 😀
    Aunque fuera de tiempo, vamos con el texto 😉
    Bueno, bueno, sin duda, me quedo con el ritmo elegido, intercalando los versos de la canción infantil que me transportan a una de las obsesiones de mi adolescencia (e infancia, mira que ver esas películas de niño…): Pesadilla en Elm Street, con su tonadilla que acompañaba las apariciones de Freddy Krueger. Como decía, el intercalar esos versos con las descripciones (muy acertadas, no especialmente lúgubres pero que ponen en una situación bastante ominosa) y diálogos de los niños, es un acierto.
    En cuanto a la parte final, me ha llevado a pensar en una conversión del juego infantil: de estar cantando y jugando al escondite (por así decir), pasamos al “corre que te pillo”… solo que mortal.
    Y sobre el suceso en sí… más terrible que, por poner un ejemplo, la sustancia de “El color que cayó del espacio”, porque fue real (también me ha llevado un tanto, aunque sea de modo muy general, a este relato lovecraftiano)

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    • Bueno, se pasó el plazo, pero no por vosotros, es que lo puse a últimísima hora, que todo cuenta. De hecho, mandé los dos relatos —éste y otro bastante improvisado que ya pondré por aquí— a las 23:55… Y NO FUI EL ÚLTIMO…
      Me alegro de haber encontrado el ritmo. Mi miedo, como siempre, es que mis elucubraciones rompan ese ritmo, o que hagan el relato críptico o farragoso. Por lo tanto, insisto, me alegro de que vaya bien de ritmo.
      Y también de que las descripciones sean más «realistas» que «tenebrosas» porque era la intención: crear un relato sobrecogedor en su propia realidad, sin necesidad de elementos sobrenaturales.
      Qué gran cuento, «El color que cayó del cielo». Me ha recordado «La amenaza de Andrómeda», así es que esta tarde, si me dejan, la veré.
      Muchas gracias por pasarte, por comentar, pero, sobre todo, por leer.

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    • Tenía miedo de que esas rimas no hiciesen su labor de ir escalonando, o mejor, jalonando los hechos. Por los comentarios, parece que ha gustado, lo que me alegra, ya digo, porque no estaba seguro del resultado.
      Creo, muy personalmente, que dar una idea al lector de cómo y porqué se ha gestado una historia es mejorar la experiencia lectora —al menos, en mi caso, es así: es que soy un cotilla—. Pero también he de decir que hay lectores que me han indicado que ese prólogo les sobra. Hay gustos para todo.
      Muchas gracias por pasarte, comentar y, ante todo, por leer.

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    • Siento haberte hecho pasar un mal rato.
      Que no, que es mentira, que esa era la intención 😉
      Buscaba un cuento para el Calabazas que fuese terrorífico en su realidad, como ya he comentado, sin elementos sobrenaturales —esta vez, claro, 🙂 la próxima ya veremos—.
      Gracias por pasarte, por comentar y ante todo, por leer y sobrecogerte.

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