Una pequeña ucronía de pi


La gilipollez humana no conoce límites. Eso no significa que sea infinita. Mira, volvemos a los infinitos, aunque no,  no es el último capítulo del «Desgarrón cardíaco». No es lo mismo «ilimitado» que «infinito» —estimado compañero en estas lecturas, loado has de ser siempre por tu paciencia, y, como siempre, te invito, en caso de que estas palabras preliminares, que en muchos casos llegan a ser el grueso de la entrada, a veces con obesidad mórbida, te aburran, puedes pasar al relato al final, tras la barra, como striper abnegada—. De hecho, nuestro universo es así. Pero de lo que quería hablar es de la gilipollez. Aunque al escribir sobre tal tema me surgen dos… errr… llamémosles cuestiones. La primera, que para tratar el asunto se requerirían decenas de miles de millones de blogs publicando en paralelo durante unos cuantos eones. En segundo lugar, que basta darse una vuelta por la plaza de cada pueblo o de cada ciudad para encontrar ejemplos de esa gilipollez sin necesidad de recurrir al extenso estudio que proponía antes.

Así es que termino aquí el tema y asunto acabado.

No, no he acabado. Aún quedan un par de cosas por comentar:

Es cierto que la semana pasada prometía contar algo terrorífico sobre las obras en casa —y de la gilipollez por parte del propietario de acometerlas; sigo de obras, lo que informo a mis admirados seguidos, por si acaso me echan de menos—, pero la inspiración surgió en otro ámbito y de otra manera. Aunque seguimos dentro del tema que tratamos hoy: la gilipollez. Y está basado en hechos reales. Muy reales. Furiosamente reales. Así es que, para que disfrutes de esta realidad, te dejo en el cuento. Creo que me ha salido casi redondo.


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NIKLAS GRANQVIST

Una pequeña ucronía de pi

Bernie «Wildmath» O’Sea arrojó con algo más que ímpetu sus lentes en el interior del pequeño coche que le esperaba a la salida de la moderna oficina de telégrafo de Boston; incluso los caballos se asustaron. A las gafas le siguió un portafolios realmente caro, el propio Bernie cubierto con el capote y sombrero alto, ambos empapados, y una serie de imprecaciones y maldiciones impropias de tal persona. Entre palabrota y taco, introdujo una dirección para el cochero: su vivienda en la parte alta de la ciudad.

Estaba hasta los mismísimos. Como presidente fundador de la Asociación Mundial —ya se sabe que cualquier asociación estadounidense tiene aspiraciones a lo… mmm… eso, mundial— de Profesores de Matemáticas Desmotivados por la Desaparición de la Mitad de los Números Trascendentes Clásicos, la MatSam —de Matemáticos hasta los Mismísimos o «Math till de Sames»— acababa de enviar el enésimo telegrama de protesta a Washington.

Mientras soportaba, cada vez menos, eso sí, el traqueteo del coche, pensaba que había que parar el asunto, pero ya. Desde que Indiana aprobó hace casi un año el valor erróneo de pi por una ley absurda, a instancias del maldito doctor Edwin J. Goodwin, la iniciativa se había extendido como el fuego en pólvora y ya eran varios los estados que habían seguido su ejemplo. Parece mentira que en pleno siglo XIX pudiesen pasar esas cosas. Y que se dé tal cúmulo de casulidades como que su colega, el profesor C. A. Waldo, otro de los socios fundadores de MatSam, y asesor de Educación de la Casa de Representantes estuviese acatarrado el día en que se presentó la propuesta.

Había quien, incluso, le encontraba ventajas a la situación, como que los incivilizados del oeste hubiesen dejado de agujerearse los cueros con los revólveres al no casar la munición con el calibre de los cañones, a pesar de tener la misma medida; ahora volvían a despellejarse a base de cuchillos, con efectos menos perniciosos para la población civil de alrededor. Pero llegaría el fin del mundo por un desequilibrio de la dinámica astronómica en unos pocos años, en el Pacífico había aparecido un territorio extra, con una estructura aún desconocida —fractal, N. del A.—, las ruedas traqueteaban, e incluso las «faquin» lentes de la «milk» no le permitían ver en condiciones por la curvatura incorrecta. Sin embargo, lo peor no era eso.

Ella había venido de New Orleans a la casa de Madama L’Équation, y era la preferida del Profesor O’sea, «Doc Bernie» como le llamaba ella. Unos buenos ratos en la casa de amores mercenarios tras un duro día de clase y gabinete en la facultad le dejaban con fuerzas —no literalmente— para continuar en el despacho de su casa con sus investigaciones. Desde que la conoció, esos ratos se habían vuelto exponencialmente más agradables. Hasta que por culpa de la degeneración de pi, la bella y voluptuosa «Roundass» Katty había perdido su sobrenombre.

Francisco Torpeyvago

En Daimiel, a 3 de junio de 2017

¿Cómo?
¿Que conoces la manera de triseccionar un ángulo?
¡Pues cuéntalo!
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16 comentarios en “Una pequeña ucronía de pi

  1. Que conste que me lo he tenido que leer dos veces y con el diccionario de la RAE abierto en otra pestaña. Mis abyectas entendederas así me lo aconsejan. La primera en la frente con
    “ucronía”, pero ya sé lo que significa. Significa que ya soy una palabra más sabio o una palabra menos ignorante, lo cual es de agradecer. Me encantan los apodos Roundass Wildmath, y la Math till the sames, ¡Buenísimos! Mucho arte destila esta entrada.
    Abrazos

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    • ¡Pardiez!, ¿tan complicado lo he hecho? Juro que he intentado que éste fuese fácil de entender, que lo de la ininteligibilidad es uno de mis puntos flacos.
      ¡Que me place que le hayan divertido los apelativos!
      Y la anécdota de fondo es cierta: a punto estuvo de ocurrir que a instancias del malvado Doctor Edwin J. Goodwin se fijase por ley un valor erróneo de pi. Pero aquel día, nuestro verdadero héroe, el profesor C. A. Waldo, asesor de los Representantes NO estaba acatarrado y pudo salvar al mundo de un pi más grande de lo debido. Que sí, que los dos personajes sí que existieron.
      En fin, una anécdota más de la ilimitada gilipollez humana. Como te dije en la entrada tuya, hemos coincidido en tema.
      Muchas gracias por pasarte, por comentar y, sobre todo, por leer con el diccionario al lado 😉

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  2. 😀 😀 😀 😀 😀
    Pues sí, te ha salido “redondo”, aunque haya que calcular su perímetro de maneras torticeras…
    Humor de referencias matemáticas, muy elegantes pero sin pedantería, en el que la escena introductoria del cabreo del pobre hombre prologa una sucesión de absurdos cada vez mayores, dignos de humoristas de la talla de Faemino y Cansado, por poner un ejemplo solo.
    Y es que la percepción humana, la visión antropocéntrica, puede ser muy dañina a la hora de construir la realidad objetiva…

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    • ¡Que me place tal comparación!
      Sí, el antropocentrismo es lo que tiene: miopía.
      La verdad es que repasando la propuesta de ley —se puede consultar en veinte mil sitios, incluso traducida al español— creo que el tema daría para toda una saga de novelas por la cantidad de «cosas» a las que afecta. Desde la estabilidad del universo hasta la intromisión política en las ciencias o la perversión de la democracia. Ya digo, para toda una saga.
      Muchas gracias por pasarte, por comentar y, ante todo, por redondear esta lectura.

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      • con una trilogía y sobra de 3.14 partes, lo que vendría a ser La ucronia de Pi, Pi el regreso, Pi & Pie, una aventura gráfica y un pequeño suplemento de mándalas hechos con el Pi descentrado.

        Por mi parte que he disfrutado todo el relato, no desde el principio al fin, sino de su punto de partida hasta el mismo. Sobretodo esa redonda revelación final.

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      • Lo de la trilogía y cacho lo veo bien. El problema sería acertar con el cacho, sin que nos ocurra lo mismo que al célebre doctor. Y además se corre el riesgo de caer en número extraños. Por ejemplo, si te metes en Pi&Pie como usarced sugiere, corres el riesgo de caer en la micción, esto es, pipí, o 6,28….
        En fin, que me enrollo. Muchas gracias por pasar, por comentar y, especialmente, por tan redonda lectura.

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    • Argumento que sospecho de la indecibilidad de la cuestion infinitud o ilimitación de la gilipollez humana. Y por tanto, de quien decide ir de obras, como muestra sumaria de tal estado de la mente. Transmitiré, en cuanto vuelva a coger el anacronópete, vuestro apoyo al señor O’Sea —lo tengo en el taller; el anacronópete, no el señor O’Sea—.
      Muchas gracias por pasaros, por comentar y, ante todo por ejecutar el mejor acto contra la gilipollez: leer. —Aunque no sé si leer mis escritos se pueda considerar tal… pero bueno, ¡será por ego!—

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    • Jeje, seguro que no es para tanto: número trascendente y fractal resultan relativamente comunes; que no, que no eres tan cerrada ni mucho menos, jajaja. Pero lo que me importó de verdad es que la historia te gustase.
      Sí que de números trascendentes me gustaría escribir algo, porque son una parte de la «mitología matemática», si es que tal cosa existe, que me atrae especialmente.
      Mega abrazo gama.

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