Desafío II: Desgarrón cardíaco (II)


Si la semana pasada me enfrentaba a un abrefácil a pecho descubierto, ésta he tenido mis más y mis menos con un cargador de móvil: lo conecto y funciona, lo dejo y cuando le da la real gana, deja de funcionar.

—Estimado lector, como podrá usted suponer, la diatriba no va a terminar aquí. Muy al revés, como la semana pasada, se extenderá como petróleo en playa. Y además será igual de espesa: como la de la semana pasada, ya digo, y como el petróleo. Yo lo aviso. Por tal motivo, y si así le place a vueced, acuda allende la barra horizontal, que es donde está el desafío de esta semana.—

De nuevo, toda esta tecnología que pugna por hacernos la vida más fácil, me hace reflexionar sobre la futilidad de nuestras vidas frente a la inmensidad del universo: volvemos a los infinitos.

No os preocupéis, eso sí, porque sólo quedan éste y otro —que no sé cuando saldrá, porque la semana que viene, «en no» pasando nada, comienzo con «La extraña cardiopatía del Barón Seymur de Blackwindstone»—, porque el cuarto es el que quiero completar. Sí, acertaste, mardito malandrín, ése es el que le debo a Doña Poli Impelli, de Abrazo Infinito. Poli, aprovecho de nuevo para pedirte disculpas por la tardanza.

Decía que volvemos a los infinitos. Y es que, aunque parezca mentira, es fácil llegar a ellos a la que te descuides un poco. No es que vaya a decir que si miras a lo más negro de la noche llegues a él, no. Pero casi. Me refería a que es fácil llegar a ellos matemáticamente. De hecho, cuando tu ordenador o tu móvil se quedan sopas puede ser por una operación que da lugar —y si alguno trabajáis con hojas de cálculo lo conocéis desde muy cerca— a un error del tipo «División por cero» o «#¡DIV/0!» o «División by zero» —¡pérfida Albión!—. Y resulta que tú lo que quieres es llamar a tu tía Genara: ¿qué tiene que ver tu tía Genara con el infinito, releñes?

Pues el error de división ocurre… porque divides por cero. Lo que a su vez ocurre si calculas el promedio de nada, o si buscas en una base de datos y el resultado es nada y usas ese resultado en un cálculo posterior… y resulta que tu tía Genara estaba en esa base de datos. Y claro, como eso da lugar a un error, el programador se enfada haciendo que salga un mensaje feo como sacudirle a un padre con un calcetín sudado. ¡Pero si el error es suyo, por qué se empeña en echarle la culpa a un infinito o a un cero!

Y todo viene de un concepto relativamente sencillo pero muy difícil de explicar. Por ejemplo, si tomamos cuatro infinitos, el resultado será… infinito. ¿Nos damos cuenta de cómo incluso el enunciado está mal y es tan difícil hablar de estos maravillosos infinitos? Vamos, que por definición no podemos tomar esos cuatro infinitos juntos, ya que inmediatamente forman uno solo. Sí, algún avezado lector—y paciente, porque para llegar hasta aquí, tela— habrá pensado en las gotitas de mercurio que se van uniendo conforme las recoges. Pues aparte de lo tóxico —por los gases de mercurio, no por el propio metal líquido— del experimento, tampoco es correcto porque el mercurio va formando gotas cada vez más grandes conforme se le unen gotitas, mientras que todos los infinitos son iguales, se les sumen los que se les sumen —mentira cochina, pero de eso ya hablaremos luego—. O sea: ∞·x=∞ —permitidme, malandrines puntillosos, que me salte la discusión de los signos—. Por tanto cualquier número multiplicado por infinito es… ¡tachán! infinito.

Sí, los conceptos de grandes números dan lugar a equívocos cuando están en el límite de lo que nosotros conocemos por infinito. Por ejemplo, para una calculadora infinito puede ser 1.7 x 10^308 (o sea, 17 seguido de 307 ceros). Este número es alto, tanto que puede empezar a producir errores en el procesador pero NO es infinito. Para explicarlo tomemos por ejemplo algo tan cotidiano como el papel higiénico, de retrete , de baño, de sanitario, o de combate. Os juro que en muchos de ellos ves la inscripción de «200 servicios». Eso, en mi familia de cuatro miembros, con dos usos por persona y día, un rollo debería dar para veinticinco días, o quince rollos al año. Pero compro los rollos por cienescienes, luego hay un problema de lo que el fabricante considera «servicio» y de lo que es realmente «servicio» —y no, no voy a entrar en lo escatológico, comentando que uno solo es en exceso débil y existe la probabilidad de desagradable rotura y penetración de dedo o sobre inconvenientes peculiaridades pilosoanatómicas de un servidor, no—. Esto es lo mismo, hay una diferencia de concepto entre número intratable e infinito. —Otro día me meto en el albañal de los infinitesimales, pero eso será, como digo, otro día.—

En fin, que para terminar, sólo un comentario sobre indeterminaciones —y no me refiero a si te vas a declarar al objeto de tu amor, el nombre a poner a tu vástago o a qué vas a cenar hoy—. Es más sencillo: un número dividido en infinitas fracciones queda en cero por fracción. —Una tarta divida entre infinitos niños da lugar a trozos inexistentes.— Pero eso significa que, al revés, cualquier número dividido de cero, y volvemos al principio de la cuestión, es… infinito. O más concretamente: a la vez infinito positivo y negativo. Apasionante. ¿Y si el número a dividir es infinito? Pues si cualquier número multiplicado por infinito es infinito, infinito entre infinito es… cualquier número. Otra vez a hacer de detectives matemático para saber cuál es en concreto.

En fin, que ya tenéis material para acallar a cuñados pedantes, como diría el gran Jenaro Aranda en su blog. Os dejo con el reto, que me enrollo.


Desgarrón cardíaco: policíaca cotidiana

Notas aclaratorias: Podéis terminarla con el deje particular que os parezca, aunque yo haya comenzado con un olor a manchego que tumba. Yuyu es un ataque o un achaque repentino como un desmayo. Sintrom es un medicamento anticoagulante que suele prescribirse a quienes han tenido un accidente cardiovascular y que requiere una supervisión periódica, por lo que suele verse a tales afectados en el centro de salud que van «al sintrom», es decir, a esa revisión periódica.

Una historia convencional

—¡Benita! ¡Benita! ¡Aquí! —La Emenancia gritaba como si le fuese la vida en ello, a la vez que se levantaba en puntillas y agitaba la mano lo más alto que podía. Con las voces, inopinadas en el consultorio, un niño se despierta en su carrito y la joven madre mira con poco cariño a la vocinglera paciente.

—¡Emen! ¿Qué vienes? ¿A recetas? ¿Y el Eulogio? A tu hermana la vi ayer, hija, qué bien que está para tener lo suyo. ¿Y los niños?

Dos señores maduros en muy distinto estado de conservación, pero ambos vistiendo chándal caminan interponiéndose entre ambas diletantes en medicina.

—Pues la niña estudiando en la capital, que yo no sé cuándo va a dejar la pobre, que se quiere ir al extranjero y se lleva al marido y los niños, que a ver dónde irá el zote de mi yerno… ¡Ay! y mi hijo, en el sofá todo el día, como no lo cogen para trabajar…

Una pareja no muy joven con un carrito se dirigen a la zona de pediatría, anexo a donde se encuentran las habladoras.

—¡Qué me vas a decir a mí, con mi Genare! ¡La que tenemos que aguantar!

—Pues aquí estoy, Emen, a por lo del sintrom, como todas las semanas, que ya va para tres años que me dio el yuyu…

Francisco Torpeyvago

En Daimiel, a 4 de mayo de 2017

Dos señoras cotillas,
una de ellas con una patología cardiológica 
que parece haber superado.
Dos señores maduros.
Una pareja con un carrito...
No me digas, mardito malandrín, que no «te se» ocurre como acabará.
Pues cuenta, cuenta...
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36 comentarios en “Desafío II: Desgarrón cardíaco (II)

    • No sé si no creérmelo y poner cara de circunstancias, o creérmelo —que va a ser que sí—, emocionarme, casi echar una lagrimita… y poner cara de circunstancias 😛
      En fin, que gracias por pasarte, por comentar y, más que nunca, por leer hasta el infinito y más allá. —¡Qué paciencia tenéis algunos!—

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      • Jajaja ¡¡Ha sido divertido!!

        Yo no soy capaz de escribir textos tan extensos. Debería intentarlo pero no puedo. Así que me dáis envidia los que podéis desarrollar una idea o dos o tres…

        Un abrazo

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      • Me alegro de que te haya resultado divertido. La verdad es que las intros las escribo a vuelapluma, conforme se me van pasando ideas por la cabeza. Y como estas curiosidades de infinitos me gustan… realmente no es desarrollar una idea, sino dejarla escapar.
        Pues eso: gracias por tu soberana paciencia. Y un abrazo.

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  1. Tras esquivar con gracia el chapapote, ver a una señora a lo lejos que tenía pinta de llamarse Genara, y quedarme con el cerebro en pantallazo azul con letricas blancas que dicen cosas raras con eso de las divisiones por cero, con esfuerzo termino el reto. ¡Que voy, cual elefante en cacharrería!:

    —¡Vayapordiós! —exclamó uno de los señores en chándal cuando la luz se apagó en el consultorio. Pasaba cada dos por tres, y un cartel muy apañado, escrito a mano por la administrativa de recepción, explicaba que la culpa era de la subestación eléctrica cercana, que tenía que servir a más abonados de los que podía, recalentándose.
    La oscuridad no le gustaba a Emenancia, al recordarle esas noches en el monte antes de que saliera el Sol, cuando salía de casa para ir a las faenas labriegas, madrugadora como una jabata. Cuando una tormenta de esas que se califican como históricas descuajó un árbol cercano al camino por el que andaba, dándole un sulto que le dejó con el corazón en la boca, se quedó traumatizada para toda la vida.
    Noche. Rayo. Árbol. Susto.
    La correlación está clara para cualquiera con un mínimo de conocimientos psicológicos.
    Su amiga notó una presión en el antebrazo seguida de unas uñas —duras, muy duras— clavándose en su carne de anciana.
    —¡Ay, hija, suelta! —dijo— Que me haces daño…
    Pero Emem no soltaba a Benita. La pobre mujer estaba rígida, tan rígida que parecía una estatua de bronce.
    El Sintrom no había sido suficiente para dar fuerzas a su pobre corazón anciano, y la impresión acabó con ella, allí, a escasos metros del médico.

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    • ¡¡Joooooodd…. lín!! Qué pedazo final. Cómo introduces un nuevo elemento, recordatorio éste de pasadas vivencias, a lo Athur Conan Doyle. Un trauma del pasado que nos persigue hasta el fatal encontronazo. Ya digo, muy a lo Sherlock Holmes.
      ¡Ha estado estupendo! Especialmente las imágenes del penúltimo párrafo.
      Muchas gracias por pasarte, por regalarnos este magnífico final en el comentario y, cómo no, por leer ese chapapote playero.

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      • Gracias a ti, por dejarme hacer un poco el bobo con las abuelas 😀
        Eso sí, el final no me acaba de gustar, me resulta un poco precipitado, pero, claro, no era cuestión de escribir trescientas mil palabras para describir la muerte de la pobre mujer 😉

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      • Chico, todo es ponerse: «La vida. Instrucciones de uso» de Georges Perec, sin ir más lejos.
        Si eso da de sí montar unos simples rompecabezas…
        Gracias a ti de nuevo por la respuesta.

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    • Pues disfruta, ahora que cómo dices tienes tiempo. «Cotilla» es una persona en exceso curiosa y que además orea los asuntos ajenos y los suyos propios sin ningún tipo de consideración. Vamos, personas muy poco discretas.
      Y gracias por pasarte, comentar y, sobre todo, gastar tu tiempo libre leyendo por estos lares.

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  2. “Qué bien que está para tener lo suyo”, esa sí que es una frase infinita multiplicada por infinitas marujas, aunque las mismas tengan infinitas por cuatro frases más para subrayar lo infinitamente mal que se ha quedao la Manoli (por decir algo, que nos perdonen las infinitas Manolis sanas).
    Y no hay petróleo en la playa: a lo sumo parecen unos hilos finitos, como de plastilina, pero nada más.

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    • Lo marujil tiene mucho que ver con varios conceptos del universo. Aunque vayan más allá del infinito, sólo somos capaces de percibir lo limitado por la velocidad de la luz y el tiempo de existencia. Exactamente lo mismo que con las marujas… por suerte.
      Pues fíjate, que cada vez que lo leía se me venían a la cabeza imágenes de brea y betún cubriendo playas caribeñas como consecuencia de la rotura de mi cabezón monocasco.
      Muchas gracias por pasarte, por comentar y, cómo no, por leer la trama de infinitas marujas plastinosas.

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      • Una Maruja a destiempo ya nos parece más que infinito, aunque más que infinito sea infinito en sí mismo. Por otra parte, “brea y betún siempre tiznan al atún”, que reza el dicho que no nos acabamos de inventar (yaaaa, ya lo sabemos, se nota mucho: mentira x infinito).

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  3. Peor lo mío, que te leo una semana después! (deja de pedir disculpas porque no hacen falta; ¡ya me vale a mí que siempre llego tarde!). Esta gente maravillosa que aporta finales me lleva a sentir infinita gratitud (no me calcules nada que entiendo poco, jajaja). Gracias, Fran. Seguimos desgarrádonos.

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  4. Lo se, lo se, es muy tarde para meter mi aportación. Las semanas que estoy teniendo son infinitamente (nótese la gracia) complicadas.
    Con tu permiso…
    (…)
    – Oye, ahora que dices lo del yuyu, ¿sabeis algo del Sergio? -preguntó la Emen, como si cayese en ese momento.
    -Nada. Ni quiero -respondió Benita, seca como un manojo de sarmientos.
    Emen calló un instante. Uno de los usuarios de chandal, el Eutiquio, aflojó el paso como buscando la cartilla mientras ponía la oreja en posición. El otro deportista, Juan “el Aguililla” siguió de largo. Llevaba el audífono desconectado, sin duda.
    -Mira, Emen, no me saques el asunto de la loca de mi Sergio porque acabo otra vez en el hospital y me tienen que hacer otro “bripás”
    -Se dice bypass -metió baza el Eutiquio. Una mirada de fuego de la Emen le hizo batir su propio record camino de casa. Ahuyentado el moscón, Emen volvió a la carga.
    -Escucha Benita, los tiempos han cambiado, Sergio ya no es un marica, ahora es un “gais”. Es muy famoso, podéis estar orgullosos.
    Benita fijo la mirada en algún punto de ninguna parte, se pasó la lengua por los labios y respondió.
    -Emenancia, que Sergio era de “la cascara amarga” lo hemos sabido toda la vida. Y no nos importaba gran cosa, excepto porque le iba a tocar sufrir. Pero jamás le perdonaré cuando le vi de humorista haciendo payasadas y contando cosas de su pueblo y de sus padres. Burlándose. Con saña. Contando cosas de su padre, de mi, de sus hermanos… tratándonos de burros, de pesados, de incultos. ¡Hasta cosas de cama contó!
    Benita hizo una pausa, con sus ojos duros regados por una única lágrima despistada.
    -Ese día me dio el jamacuco, pero lo del Eulogio fue peor. Al Eulogio le robó la risa “pa” siempre. Así que ya lo sabes. Lo de gais no hay que perdonarlo porque es su condición y no hay más cera que la que arde. Pero ¿consentir un “descastao”? ¡Jamás!

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  5. ¡Ostras, Jesús! ¡Eso sí que ha sido irse por los cerros de Úbeda con el ALSA! Ha estado estupendo ese giro tan radical.
    Y nunca es tarde si el ALSA llega puntual 😛
    Te entiendo: yo también estoy infinitamente —que sí, que es que tenemos una gracia que «pa» qué :D— liado. De hecho llevo seis o siete días de retraso de lecturas. Ya vuelvo a estar como antes de navidad.
    Así es que nada de disculpas. Más bien al revés: gracias por pasarte, por comentar y, por supuesto, por leer y contestar con este estupendo final.

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