Cómo usar tu vagancia para ser mejor escritor


Hace ya algo más de un año publiqué en «Pluma en acción» —o mejor, me dejaron publicar; o mejor aún, me publicaron— esta especie de artículo – relato o relato – artículo y que llamaré «eso».

—Estimado lector que colmado de paciencia te encuentras al borde de la impaciencia por ver colmada la paciencia, al final de esta diatriba se encuentra el… «eso», por si este discurso se te hace pesado, cual lingote de oro falsificado con tungsteno.—

«Eso» muestra mi propia experiencia con la vagancia, adquirida a través de luengos y escabrosos años de lidiar con ella, no sólo en la escritura, sino en todos los ámbitos vitales, sociales y laborales. En estos últimos, más, claro. Del aspecto estudiantil, ni hablamos: ni siquiera tuve ganas de aprender a jugar al «mus».

La forma que escogí en su día para «eso» fue la de «diálogo entre el listo y el tonto» que tan buen y pedagógico resultado dio en determinadas épocas para explicar cuestiones científicas y filosóficas. Creo recordar, aunque no lo tengo documentado, que para lo único que no dio funcionó fue para explicar unos cuernos un poco raros… ¿algo con Mesalina y Escila?

En fin, para terminar, que el título original era «Divagar. Di vagar» pero que la editora, con muy buen criterio, cambió al que aparece como título de la entrada. Sin embargo, como soy así de cabezón, dejo estas divagaciones y comienzo con las siguientes:


Divagar. Di vagar

—Te lo digo en serio, fue así. —Es posible que mi interlocutor no me creyese porque ya hacía varias horas que estábamos apoyados en la barra trasegando vermú.— Pero es verdad que me pasó: conseguí un trabajo diciendo en la entrevista que soy vago.

»Cierto es que dije que era vago y honrado, y que por eso mismo me gustaba hacer las cosas bien y a la primera. Y a tiempo. Ni horas extras, ni leer el periódico en el trabajo, ni nada que no fuese terminar cuanto antes para irme a casita.1 Más eficiente que nadie.2

—Eres un fantasma —dijo él.

La verdad es que sí, algo fantasma soy, pero oírselo decir a él apescado a la tabla, que a ver quién sujetaba a quién, con la cara congestionada y las orejas coloradas, no me parecía un insulto. A aquellas alturas estábamos ambos en la hora fantasma.

—El que es vago, es vago y punto.

—No. Lo primero, es que se puede cambiar en función de los intereses que te atraigan, fomentado precisamente el RETO. En la mitología islandesa3 existe el personaje «comebrasas» que es un vago redomado y que gasta su vida junto al fuego sin hacer nada de provecho. Pero, de cuando en cuando, uno de estos «comebrasas» se levanta y se transforma en un héroe, en un aventurero, en un…

—Pirata vikingo que vive de lo que «bucanea» por esos mares; vamos, un sinvergüenza que puede ser un corsario, un ladrón o un político corrupto.

—Estás confundiendo al vago con el caradura. Un caradura trabaja para no trabajar y dedica mucho esfuerzo a esa labor. Y, además, basa su existencia en parasitar la de los demás.4 Un vago tiene conciencia y normalmente esto le produce problemas, porque ve que no puede hacer algo a lo que se ha comprometido. ―Aproveché que él apuraba su vermú para pedir otros dos con una seña y respirar sin que me interrumpiese. Continué:

—La sociedad nos demoniza porque nos confunde con los sinvergüenzas, llegando a incongruencias como la de la condena de la pereza y el asesinato de quien trabaja.5 Aunque, insisto, realmente tenemos problemas de conciencia para terminar lo que estamos haciendo, pero hay herramientas para mejorar nuestra vida.

—¿Para mejorar vuestra vida aún más? —contestó rebosando ironía.

—Sí, y casi todas esas herramientas hacen uso de las virtudes que realmente tenemos los vagos. Mira, la primera cualidad de todo vago que se precie es la sinceridad . Tanto para los demás como para sí. Las mentiras dan trabajo. Al final, cuesta menos ser sincero, incluso a la hora de enfrentar problemas, como el cura del Marqués de Sade.6 Utilízala a tu favor.

»Para aprovecharse de esa sinceridad natural el escritor vago debe, en primer lugar, no prometer nada antes de haberlo acabado, ya sabes, no cobres por adelantado por un trabajo que no sabes si vas a realizar, no propongas plazos que no vayas a cumplir. Porque, aunque ese plazo sea más que generoso, puedes acabar haciéndolo a última hora y sin poder concentrarte por el agobio.

»Pero también usa la sinceridad, y esto es muy importante, para escribir. Marca tu estilo. Salirse de él cuesta trabajo. Y sé sincero también con el lector. Escribir con tu propia personalidad es siempre más cómodo.

—Y de paso te estás evitando adquirir compromisos. Sin compromisos no hay escritor, ni sociedad…

—No es tanto que no te comprometas con nada como que solo lo hagas con aquello que seas capaz, y que preferiblemente tengas terminado. Además, empléate a fondo en aquello que te guste.

—Sí. La jarana, la fiesta, levantarte a las tantas…

—¡Qué pereza! Irte de fiesta hasta las tantas, no dormir, al día siguiente resaca… No, no, no. El escritor debe estar descansado. Si realmente estás para el arrastre, descansa. Eso es tumbarse y cerrar los ojos. No es estar en el sofá viendo la tele, actividad que es realmente el enemigo del vago. Si estás cansado de verdad, insisto, descansa. Muchas veces la falta de ganas viene simplemente del agotamiento, que, incluso, no te deja pensar.7

—Ya, y como vago, estás cansado todo el día.

—¡Qué va! Siempre es posible extraer lo mejor de ti. Mira por ejemplo al Barón Harkonen,8 al kogo9 o a Winston Churchill. Solo trabajaban para lo que les convenía, que en todos esos casos era mantenerse en el poder, pero luego, físicamente, eran unos «dejaos», unos auténticos vagos. Dedícate a lo que te apetezca de verdad. La procrastinación no es mala si se enfoca convenientemente. El problema viene cuando estás tratando de hacer algo que no te gusta y a la vez estás pensando en lo que te gusta. Así, al final, no haces nada. Déjalo todo y dedícate a lo último; aparca la conciencia un rato. Puede ser que, al acabar, al liberarte, te dé por terminar tus obligaciones. Y en caso de que no sea así, al menos habrás hecho lo que te gusta. Si no, te quedarás sin lo uno y sin lo otro. Céntrate.

Mi compañero elevó el vaso del que se desprendía un agradable olor a genciana y vino, tomó un sorbo que le dejo unas gotas del almagre líquido en los labios y otra transparente del hielo en la nariz. Suspiró. Eliminó la gota de los labios con la lengua, pasó de la otra y contestó:

—Sigo diciendo que lo que le apetece al vago es vaguear. Tumbarse a ver la caja tonta y no pensar.

—Insisto en que en parte llevas razón. Ese es el mayor enemigo del vago. Pero incluso el más perezoso tiene arranques de energía, ¡Mira el dueño de la granja!10 Hasta un borracho degenerado como él era capaz de preparar ocasionalmente proyectos viables, de cuando en cuando. Se trata de una cuestión de tamaño. Los proyectos muy grandes nos gustan, pero nos agobian. Pero un relato o una novela por capítulos sin prisa se nos hace más fácil; es una especie de aquí te pillo, aquí te mato, y no tienes el agobio de una obra en el futuro. Divide cuanto puedas tu faena. Los pequeños trocitos son más fáciles de digerir.

—Y, además, es más sencillo mantener la atención y la ilusión poco tiempo. Casi más me suena a excusa que a método para escribir.

—Si te ayuda a escribir, por poco que sea, no es una excusa. Es un método.

»Y si al final tienes que tumbarte un rato porque la vida te aplasta, tampoco pasa nada. Utiliza esos momentos para pensar en cómo salir del parón argumental, en tus personajes, en una historia. Pensar un rato antes de actuar puede que sea gastar el tiempo, pero no perderlo. Perder el tiempo es actuar sin pensar. Al revés, un paroncito para reflexionar puede ahorrarte tiempo… Y trabajo.

—Y ahora me dirás que la desidia también vale para escribir.

—No. La desidia no es lo mismo que vagancia. Cuando se da junto con la vagancia se comporta como un arma de doble filo. Por un lado, te permite, como al cura, ejecutar en lugar de andarse con medias tintas. Pero, por otro, puedes caer en cierta dejadez con cosas tan deleznables como la ignorancia. ¿Por qué? Por la pereza de no preguntar.11 Solo tienes que considerar que una sola pregunta a tiempo te puede ahorrar mucho trabajo. Y eso es lo que quiere un vago de verdad.

—Todo eso es muy bonito, pero al final, o trabajas algo, o no terminas nada. Te toca sentarte y ponerte a escribir. Y luego corregir y corregir.

—Bien, hay métodos extremos para ponerte a hacer algo útil en tu momento más bajo. Está claro que a un vago no le puedes pedir que haga el esfuerzo de ponerse a trabajar, lo mismo que no le puedes pedir a quien no tiene fantasía que se imagine que la tiene. Pero puedes ponerte, en primer lugar, a leer. Es fundamental para el escritor. Además, ayuda a descansar, agiliza la mente y da miles de ideas desde argumentos hasta aprendizaje de estilo o gramática.

»También puedes ponerte a jugar.12 Hay diversas maneras de hacer del juego una herramienta para el escritor; como la lectura, aviva la imaginación siempre y cuando se juegue de manera variada y…

—Y así encuentras la justificación para pasarte la tarde delante del ordenador jugando al «buscaminas».

—Y, quería decir, más que jugar, servirte de los juegos, jugar a varios juegos, no terminarte en seis horas «El último vándalo, juego de degüelle masivo». Entrar en las estrategias, los personajes, la aventura que resulta y su paralelismo con la vida.

»El último método es el del novelista Chuck Palahniuk13, que no sé por qué se llama la técnica «pomodoro», y que consiste en sentarte tú solo, sin distracciones, frente a tu «espacio creativo» con un cronómetro en cuenta atrás por veinte minutos o media hora. Dice —y a mí me ha funcionado— que, pasado el tiempo, seguro que estás escribiendo y con ganas de más.

—Sí, vamos, que empiezas a trabajar porque sí. Nada, todo son excusas, y…

—¿Excusas?, ¿excusas? Mira, estoy hasta las narices de ti. Yo creo que eres el personaje más plasta que he inventado jamás. Y eres tan tremendamente plano que…

Y bueno, lo plegué y me lo metí en el bolsillo de la camisa. Cerré el portátil y me fui al tresillo a meditar profundamente sobre un argumento para un relato. Espero que los ronquidos no molesten demasiado al vecino.


  1. Esta anécdota es rigurosamente cierta. Pero si quieres usar esta estrategia en una entrevista de trabajo, que sea bajo tu absoluta responsabilidad. Por si acaso.
  2. EL GRAN WYOMING. Un vago, dos vagos, tres vagos. 1.ª Edición. Madrid: Ediciones Temas de Hoy, S. A., 1990. 212 págs. (El Papagayo). ISBN: 84-7880-050-6.
  3. ANÓNIMO, edición de IBÁÑEZ LLUCH, Santiago. Sagas islandesas de los tiempos antiguos. Sin número de edición. Madrid: Miraguano, S. A. Ediciones, 2007. 244 págs. (Libros de los malos tiempos; 96). ISBN: 978-84-7813-316-1. No voy a hacer una reseña de este libro, pero si voy a indicar lo esmerado de su edición, que incluye una curiosísima separata, y lo cuidado de su contenido, especialmente valioso para los interesados en mitos y leyendas de toda cultura.
  4. LONDON, Jack. La quimera del oro. 1.ª Edición. Madrid: Ediciones Generales Anaya, S. A. 1981. 255 págs. (Tus Libros). ISBN: 84-7525-004-1. Relato «En un país lejano». Eso sí son dos caraduras poniéndose en aprietos innecesariamente. De hecho, Jack London los llama «inútiles», no necesariamente «vagos». O al menos el traductor. Es que no tenía ganas de consultar una versión original en inglés.
  5. VV. AA., edición de DE AUSEJO, Serafín. La Biblia. 1.ª Edición. Barcelona: Editorial Herder, S. A. 1975, cesión a Círculo de lectores. 1344 págs. ISBN: 84-226-0712-3. Números 15:32-36.
  6. DE SADE, Donatien Alphonse François, «Marqués de Sade». Cuentos, historietas y fábulas completas. Sin número de edición. Madrid: Ediciones FELMAR,1983, cedida a Ediciones BUSMA, S. A. 139 págs. (Poesía y prosa popular; 58). ISBN: 84-7520-080-X. Relato «La flor del castaño». Que quizá debería subtitularse «Más vale una colorao que ciento amarillo».
  7. KING, Stephen. La larga marcha. Sin número de edición. Barcelona: Círculo de lectores, 1987. 280 págs. ISBN: 84-226-2274-2. Las últimas páginas son geniales. Pero, en general, todo el libro se corresponde con lo expresado en este párrafo.
  8. HERBERT, Frank. Saga Dune. Son seis tomos que tengo prestados, o sea, que no dispongo de la referencia. ¡Hala! ¡A consultar la red, que para eso está!
  9. KATZEN, Ana. Hierro Fatuo. 1.ª Edición—eBook—. Kirin Ediciones, 2016. 304 págs.
  10. WALTATI, Mika. Un forastero en la granja. 1.ª Edición. Plaza & Janés. (Obras completas de Mika Waltari, Tomo I, Maestros de hoy). 1324 págs. Barcelona, 1958.
  11. NIEVA, Francisco. El viaje a Pantaélica. Sin número de edición. Barcelona: Editorial Seix Barral, S. A. cedida a Círculo de Lectores, S. A., 1994. 505 págs. ISBN: 84-226-5870-4. Es que hay que preguntar: El que pregunta parece ignorante un momento; el que no pregunta lo es toda la vida.
  12. http://www.cafeteradeletras.com/2016/02/el-uso-del-juego-de-roles-en-la-escritura.html
  13. http://plumaenaccion.com/la-tecnica-pomodoro/

Francisco Torpeyvago

En Daimiel, a 20 de abril de 2017

¿Tú también procrastinas?
¡No me lo puedo «de creer», mardito malandrín!
Cuéntame que eres tan vago, que ni rey de los vagos quieres ser.
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32 comentarios en “Cómo usar tu vagancia para ser mejor escritor

  1. ¡Eres la leche, Francisco! Me he encantado tu teoría sobre la vagancia y tu método de escritura.
    Bromas a parte, tienes unas cuantas frases en tu relato que son auténticas joyas. De todas ellas me quedo con estas:
    – «Los proyectos muy grandes nos gustan, pero nos agobian. Pero un relato o una novela por capítulos sin prisa se nos hace más fácil; es una especie de aquí te pillo, aquí te mato, y no tienes el agobio de una obra en el futuro. Divide cuanto puedas tu faena. Los pequeños trocitos son más fáciles de digerir.»
    – «Si te ayuda a escribir, por poco que sea, no es una excusa. Es un método.»
    Me gusta tu método de escritura.
    Un beso, amigo.

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    • Pues ¡qué decir! La verdad es que escribí desde el alma, porque es tooooooda una vida luchando contra la vagancia hasta que al final me decidía aprovecharme de ella. Así es que puedo decir que las experiencias son verdaderas. Ya lo comenté en otra parte: no entiendo cómo gustándome algo tanto, soy capaz de procrastinar. Pero parece ser que no soy el único. En fin que si hay alguien para quien pueda ser útil, me basta.
      Y que me place que te hayan gustado esas frases.
      Gracias por pasarte, por comentar y, cómo no, por ser de voluntariosa lectura 😉

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  2. 😀 😀 😀 😀 😀
    Risas aseguradas que envuelven algo que, bien mirado, es cierto: confieso haber siempre confundido vagos con getas, pero tu entrada (hilarante, en serio) me ha clarificado las cosas. Yo, que no soy vago y siempre tengo que estar haciendo algo (hasta que me dé un infarto, si te descuidas, menos mal que manejo bien el “stress”), siempre he mirado mal a la gente que remolonea. Pero a partir de ahora, es posible que cambie de idea.
    De todos modos, que se lo digan a Quinto Fabio Maximo Verrucoso Cunctator 😉

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    • Vamos a ver, vago no es inactivo. De hecho no paro. Pero es cierto que de cuando en cuando hay cosas que me dan mucha pereza. Y creo que hay mucha gente a la que se le llama jeta por eso, pero no lo son: son auténticos maestros de la prograstinación y la dispersión. Y en general, personas muy, muy eficientes.
      Pero no, lo de Quinto Fabio me parece que no es vagancia. Es prudencia. Por cierto que lo estocástico de mi conocimiento histórico ha hecho que me tenga que pasar por la Wiki, porque conocía los precedentes —las batallas del lago Trasimeno y la de los Pantanos de Plestia— por lo llamativo del resultado pero no lo de las tácticas «fabianas».
      Yo he puesto a Winston Churchill —¡pérfida Albión!— como ejemplo. Se dedicaba con gran energía… a lo que le apetecía en ese momento. Pero el resto lo dejaba abandonado. Pues eso.
      Muchas gracias por pasarte, por comentar y, sobre todo, por leer con prudencia fabiana.

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      • No, creo que lo has entendido perfectamente. De hecho yo sólo matizaba levemente. Caradura es el que trabaja para no trabajar, parasitando a la sociedad. «Vago honrado» es el que se limita a no ser ambicioso, que se conforma con lo que tiene por no trabajar.
        En fin, no sé si es muy adecuado citar a Rommel, pero: «Los hombres son, básicamente, listos o tontos, y vagos o ambiciosos. Los tontos y ambiciosos son peligrosos, y me libro de ellos. A los tontos y vagos les asigno tareas mundanas. A los listos y ambiciosos les pongo en mi estado mayor. A los listos y vagos les hago comandantes»

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    • ¿Procrastinar? ¡Mira cuándo te estoy contestando! Si es que no tengo remedio.
      En fin, como digo al inicio, me he limitado a escribir mis experiencias con la vagancia. Y espero que le sirva a alguien.
      Gracias por pasarte, por comentar, y, sobre todo, por no procrastinar leyendo.
      Mega abrazo gama.

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      • Cada jueves te leo (si no se me atraviesa una visita al doctor o algo así, es lo bueno de ser organizado (de tu parte), ya sé cuándo publicas, yo lo hago cada vez que puedo, a veces tres en un día, a veces uno en un mes ¡la desorganización en dos pies! pero aún con nuestras “cualidades”, escribimos y publicamos, porque es una necesidad ¿o no?
        Mega abrazos gama

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  3. Bravo! me ha encantado. Me alegra mucho haberme topado con tu blog, hasta ahora lo que voy leyendo me ha hecho sentir un poco novata en el sentido que lo que escribes se escucha muy profesional pero también profundo.

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    • ¡Bueeeeeeenooooo! ¡En qué compromiso me veo! ¡Profesional dice! Pero si no he publicado nada y apenas llevo escribiendo un año y unos meses.
      En cualquier caso, eres bienvenida: pasa y disfruta de lo que te apetezca, que estás en tu casa.
      Gracias por pasarte, por comentar y, cómo no, por leer.

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      • Bueno, según la RAE, dícese de quien ejerce su profesión con capacidad y aplicación relevantes. La frase es ambigua. Yo creo que profesional es el que puede cobrar por su trabajo: he sido clarinetista de mediocre a malo —lo puedo certificar— durante treinta y tantos años y he cobrado por ello, por lo que puedo decir que soy músico profesional 😯 . Como astrónomo aficionado me tengo por relativamente competente, pero jamás he cobrado, por lo que no soy astrónomo profesional. En cuanto que escritor, he publicado un par de cosillas leves, pero jamás he cobrado por ello; por tanto, no soy profesional. Y de hecho, si exploras los relatos del blog verás que son los de un mero aficionado. Pero no desisto: con constancia se puede llegar, casi sin querer, al siguiente nivel.
        Vale que caben matices, pero, oye, es una manera de discriminar, creo.

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  4. ¡Qué buenoooo! No solo me he reído (ya sabes, mis habituales carcajadas), sino has dado unos consejos que valen por mil, en un diálogo con sentido de humor y mucha realidad.
    Voy con tardanza en lecturas, que me estoy volviendo loca con mi novela, pero he llegado, menos mal 🙂
    Van mis infinitos, gracias por compartir.

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    • ¿Te he hecho reír? ¡Que me place!
      Por favor, conmigo no te agobies. Si faltas, te echaré de menos, pero comprendo perfectamente lo que son las presiones, por lo que siéntete sin compromiso alguno de pasarte por aquí. De hecho, te agradezco especialmente, en la sapiencia de que te falta tiempo, que te hayas pasado, comentado y, por supuesto, leído y reído.
      Un álef sub tres de abrazos.

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      • Primero, no pienso hacerte caso (pasaré siempre porque te disfruto).
        Segundo, si tengo que releer (como me pasa con Margui) es porque estoy aprendiendo. Y eso ya me provoca adrenalina positiva :-).
        Gracias, Fran, van los míos de regreso!

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      • No sé qué me pasa con el género femenino, pero no encuentro ninguna que me haga caso… 😛
        ¿Vas por tu segunda novela? ¿O es la tercera? Yo sólo llevo un puñado de relatos. Me recuerdo a mí mismo la película «El luchador novato que aprendió hasta del gato»
        Alef abrazos.

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    • Jajaja, no me lo creo. Aunque, por si acaso, he releído el texto, incluyendo la introducción. Y no, creo que en éste no me meto demasiado con nadie. Aunque podrías pensar, eso sí, que es una incitación a la pereza y una manera, por tanto, de quitarme competencia escritora de en medio: no, demasiado elaborado, hasta para mí.
      En fin, me pides que te aconseje el siguiente. Tengo dos opciones. La primera hacer caso a mi consejo de no aconsejar, no sea que alguien me haga caso. La segunda, obedecer literalmente:
      —¡Te aconsejo el siguiente!
      Ambas maneras son formas de ponerse de perfil para evitar el compromiso. Pero, ¡venga!, me mojo. Cualquiera de los artículos de «Pluma en acción» los creo útiles —si acaso excluiría precisamente los míos porque son más bien divagaciones de un neófito—.
      PS.—Acabo de ver que la página de «Pluma en acción» está cerrada…
      Muchas gracias por pasarte, por comentar y, ante todo, leer con humor.

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