Plata y marfil


Éste es el segundo de los de hombres lobo de los del V Polidori, aunque no me he decidido aún a presentarlo. Es cierto que el primero no ha causado demasiada buena impresión, pero tampoco ha hecho el ridículo, al menos no demasiado, por lo que la tentación de presentar éste es fuerte.

—Querido y apreciadísmo lector: agradezco hasta el infinito y más allá (no sé de qué me suena esta frase) que hayas dejado de ver GHVIP edición especial para pasarte a leer uno de mis relatos, por lo que, como siempre, si este comienzo te aburre, puedes dirigirte a la barra horizontal con la que comienza el relato. En cualquier caso, yo hubiese querido poner una relación de páginas porno recomendables, pero dado que este blog puede ser ocasionalmente visitado por menores y adultos acompañados (de sus parejas), he desistido. Lo siento. Ya digo, a la barra horizontal. La barra libre es ahí, al lado, en el otro local.—

En fin, que no me veo entre los trece seleccionados, ni mucho menos, y eso que de momento la proporción es de 13/20 (65%) para clasificarse. O de 7/20 (35%) para no clasificarse. Pero me quedo a gusto.

Y sin embargo, no estoy del todo satisfecho. De los dos borradores que escribí, el segundo lo desarrollé como «Licántropos C.B.» y lo presenté. Pero tenía el primero enconado, como un pelo en la oreja. El caso es que era muy «convencional», pero me atraía. Es lo que tiene ser mosca. Acudes, indefectiblemente, a la mierda. Así es que me puse a revisarlo y remozarlo y cuajó como «Plata y marfil». No, no ha sido un parto sencillo. Incluso podría decirse que con conato de cesárea, si admitimos como tal el casi esparcir los sesos, y argumentos, con una puerta al levantarme de madrugada al retrete, pensando en el dichoso cuento. Digo que no ha sido un parto sencillo porque quería haberlo acabado para el jueves, cuando suelo publicar, pero no ha sido posible hasta hoy por muchos motivos: que vuelvo a estar de trabajo hasta arriba, que hay que atender a la familia, vagancia… Motivos que, por cierto, me tienen alejado de los amigos y no puedo visitar los blogs con la asiduidad que debiera.

No sé si lo acabaré presentando al Polidori, aún tengo tiempo hasta el trece de febrero. Pero aquí lo dejo de todas formas, después de esta demente diatriba a modo de introducción. Que lo disfrutes. Eso sí, cuidado con la puerta del retrete.


Plata y marfil

Niklas Granqvist, Digital painting #45

— ¡Hace tanto tiempo! Demasiado para mi memoria.

La dicharachera locura del anciano era un castigo añadido en la sórdida, miserable y hedionda prisión. El viejo se levantó en toda la escasa dimensión vertical del cubículo y anduvo encorvado el paso y medio que le separaba del lado opuesto de la celda. Dio unas patadas a la paja sucia y maloliente y se acuclilló a la vez que se levantaba los maculados faldones de la camisa.

—Es cierto que le hice coplas al alférez. O a sus cuernos. Pero eran disimuladas y habría quedado mal que me apaleasen: se habría sabido la certeza de lo contado. Así es que aprovecharon para meterme como hereje por las otras coplas. No les gusta que las cante a la puerta de la catedral por pan y vellón. Y, la verdad —el viejo pausó para hacer un esfuerzo—, es que no estoy para aguantar tormentos.

Se irguió hablando y se limpió con dos dedos que luego restregó en la pared:

—No lo voy a negar: a mí me da miedo la muerte, pero sobre todo, el paso final. Soy un descreído después de lo que viví y me importa un ardite lo que haya al otro lado.

» ¿Usarced no será Gil Laínez? ¿O Faínez? Creo que le dio vuesa merced un buen repaso al hijo del señor de Villadós y al par de sayones que con él iban.

La cara del joven interpelado era alumbrada por un fleco de luz que se introducía por la rácana claraboya. Calvo y forzudo, yacía abatido por el dolor y la pesadumbre sobre un jirón de camisa y un puñado de briznas de paja. Los hombros rotos y los dedos quebrados reposaban contra la pared y el suelo como una brea espesa o como babosas desangeladas. Escupió, más sangre que babas, hacia donde había estado sentado el viejo y lo miró con una mezcla de odio y resignación. El viejo se le acercó:

—A ver esa boca.

Más impotente que sumiso, el compañero la abrió.

— ¿Cortarte la lengua?, te la han arrancado. ¡Qué brutos! No, no aguanto la tortura. Por eso confesé todo, ¿se lo he contado ya? Y tampoco aguantaré esta noche el auto. En cuanto que huela el fuego, me retracto, me desdigo o confieso, o lo que quieran. El fraile me dará la extremaunción, el verdugo retorcerá la cuerda y antes de la cuenta de veinte, mi gastado cuerpo quedará güero. Luego, ¡que me asen si quieren! Sí, claro, yo preferiría que fuera sin enterarme, meterme en un montón de paja al lado de la catedral y no levantarme al día siguiente. Y no me ha de quedar mucho, no. Pero han decidido que esta noche sea la mía última y, por lo que he oído, la de una ambuesta más de condenados, como usarced.

El viejo alcanzó el tazón del agua y le dio de beber a su compañero.

—No, no y no. Las llamas untarán de llagas mis pies, el humo se alzará para acallar mi respiración, y la túnica húmeda alargará el suplicio. Diré que es sólo un recuerdo de un viejo que chochea, que hace mucho tiempo de aquello, demasiado para mi memoria. El miedo es más poderoso que el amor. Te lo dice un vate gorrón que antes guardaba ovejas.

***

»Ella era muy guapa. Pobre, como hija de pescadores de río, pero guapa. Y él, recio y alto como una noguera; de la mano, casi la arrastraba por el encinar. Al atardecer los árboles permeaban la luz en mil rayos que trazaban sombras por la vereda que iban siguiendo. Los dos tenían miedo de lo que ya estaba ocurriendo y de lo que iba a suceder por la noche. Tan solo el miedo puede más que el amor. Querían estar muy lejos cuando hombres y lobos se enfrentasen. Después de un par de centurias de odios mutuos había mucho rencor acumulado. Y a ellos los perseguirían a muerte por ser causa del encuentro.

El viejo apartó unas guedejas de esparto blancuzco del ojo sano y siguió hablando:

—Yo creo que la maldición la habían traído… lo que he dicho, ya me repito mucho, ciento cincuenta o doscientos años antes, más o menos, cuando se hizo la ermita. Bueno, cuando se hizo, no. Algo antes. No estuve, claro, pero creo saber. Y si no, me lo invento.

»Un par de caballeros monjes que llegan al pueblo. No esos orondos presuntuosos que ahora se pasean con cruces de colores los domingos después de misa. Más bien dos guerreros pobres, machacados, huidizos que tienen una dura, difícil mejor, misión que cumplir. Hacen parada en la posada y venta que entonces era disputada por una orden militar y por el rey. Sus hábitos son desconocidos por avejentados y exóticos. Los pellotes ajados y desvaídos, las capas jironadas, las cotas renegridas. Se sientan a comer unos sopones de pan en vino caliente o en un caldo con dos garbanzos perdidos. Al más joven le faltan la mitad de los dientes por el escorbuto o por otras penalidades. Al más viejo, por edad y por la gracia de un mangual bien blandido. Cicatrices y barbas en la cara; arrugas, quebrantos y aun faltas en los dedos; ausencia de oro en las bolsas. El mayor, casi anciano, trocó la sobrecota a tiempo de librarse de la hoguera, el más joven la tomó nueva por segundón. Pero nadie osaría toserle a ninguno: tienen buenas armas y mejores caballos, y pinta de ser prácticos con ambos.

»Andan preguntando por ciertas habladurías de miedos y de horrores que seguramente trajesen años antes sus camaradas de tierras lejanas. Y ahora les han enviado a ellos para solucionarlo. También recuestan noticias de la plaga de tétanos y de quién o quiénes han sobrevivido. O bien son ellos mismos portadores del remedio y la enfermedad. Buscan un lugar de ritos antiguos, de viejos templos de la diosa Tierra, preguntan y preguntan hasta dar con una muchacha, doncella no muy agraciada ni en lo físico ni en lo espiritual, que les conviene a sus propósitos, a la que por drogas o por tramoya se le aparece una imagen. Incitan a erigir un templo sincrético, sin la sospecha de los lugareños que piensan que los caballeros son hombres piadosos. Será una ermita o un santuario en lugar pagano, pero con los ritos nuevos para proteger, si no se puede eliminar, de la maldición que vino del Jordán, de Sicilia, de Malta…, qué sé yo. Y logran que se vuelva a adorar, sin saberlo, a Isis. Colocan símbolos de demonios barbudos con los sentidos aguzados en forma de mil miradas como gárgolas en iglesia. Y, por fin, señalan que a los muertos hay que enterrarlos con una moneda de plata con la imagen nueva del santuario. Pero, ¿quién tiene una moneda de plata para dejar a los muertos? Sólo tres curas, el maestre y dos hidalgos. Y seguro que alguno de los últimos, hipócrita, ni un ochavo ha en casa.

***

»Pero volvamos a mi historia. ¿Está usarced dormido o muerto?

Como respuesta a esta pregunta ilógica se escuchó un sonido gutural que nunca se supo si fue de afirmación o fastidio. La escasa luz se alargaba hacia la puerta de la celda, cada vez más lejos de los protagonistas conforme pasaba el tiempo, que se trasegaba a favor de la muerte de los condenados. El anciano escuchó los lamentos en las celdas adyacentes y, por gustarle menos lo que oía que su propia voz, prosiguió:

—El caso es que los dos amantes continuaban su huida, desesperados, cuando a un par de leguas dieron con el poblachuelo de los pescadores. Estaba vacío. Los habitantes, salvo la pequeña fugitiva, habían acudido al aviso del pueblo. Ella tomó entonces la iniciativa. Bajaron hasta el río y en el embarcadero, un par de piedras y troncos mal colocados, robaron una barca. Cada una de ellas era la vida de una familia, pero no creía que volviese nadie a reclamarla, al menos humano. Siendo ya casi de noche recorrieron los pantanos entre eneas, carrizos y los primeros cantos de los autillos. Ella manejaba con habilidad la garrocha, tal como había hecho mil veces con su padre. Y así salieron de la laguna cuando el sol ya estaba bien acostado y recostado; tan solo un manto rojo a su izquierda, párpado del día que poco a poco se cierra, alumbraba su camino.

***

» ¿Qué hora será? Cenemos, que cuando hemos de dar las ánimas conviene que se queden los cuerpos con algo dentro.

El alienado tomó la escudilla del agua y el mendrugo, y fue haciendo trocitos que echaba al líquido. Después los cogía en pequeños pegotes que repartía entre su compañero, cebándolo como a oca, y él mismo.

—Era la Coja de García una conocida bruja o curandera, que se libraba del calor de un fuego en exceso cercano porque reparaba gotas, dientes podridos y malos humores mejor que boticarios, barberos o bachilleres a todos los pudientes de los adelaños. A ella acudieron nobles y plebeyos, aldeanos todos, como conocedora de hierbas y ritos antiguos, cuando cundió la noticia de la venida de los hombres lobo y la sapiencia de que habría batalla. Es cierto que los curas de las seis parroquias al principio se negaron a participar. Se empeñaron en encerrarse en las iglesias y rezar para protegerse de los demonios, pero al verle las orejas al lobo, sí, me sale el alma de vate, incluso cinco de ellos comenzaron a ayudar. El sexto, el de Santa Brígida, el único que quedó vivo de los seis, fue el que escribió a monseñor que aquello había sido una plaga, una enfermedad terrible y que se habían salvado por un milagro mariano de la patrona del pueblo; y, la verdad que, como Isis, algo tuvo que ver. Pero en aquel momento, no se le ocurrió otra cosa que atrancar la iglesia después de que los vecinos robasen toda la plata, y meterse en un mausoleo que se estaba preparando para un señor ahora olvidado, en la capilla de San Bartolomé. Cagadito y medio muerto de frío y hambre se lo encontraron los supervivientes a los dos días, entre mármoles a medio tallar.

»Gracias a la Coja de García, la defensa se disponía con prontitud y diligencia. Los poblados de los alrededores, afectados por los ataques anteriores, habían acudido a la alarma: los ocho molinos del río, las alquerías de la Tomasa, de Juan Guito y la del sur, las ventas de Onofre y San Honorato, las dos torres, Calamuza y Guadalba, las aldehuelas de pescadores, cuatro en total y… yo qué sé. Dos mil almas se juntaron. Como locos se pusieron a buscar plata de los incensarios, monedas de los adinerados, medallitas de las damas, en fin, todo les valía. Y con ella se engarzaban cuchillos, picos, hoces, unas pocas espadas, incluso espadines de paseo. Hasta dio para un puñado de postas de los arcabuces y mosquetes que se pudieron aprestar.

***

»Mírese usarced, ayer lozano y galán y hoy es hereje a cocinar por darle dos tortas bien dadas a quien se las merece. Y le han quitado la lengua para que no deje testimonio, ni falso ni verdadero. En dos días, todo acabado. Pero yo llevo toda una vida de tormento, de pesadillas que no me dejan vivir. ¿Usarced ha visto a alguien morir de tétanos? A mi padre se le quebró la espalda. Decían que fue por las heces de las ovejas. O que le mordió uno de los perros.

Calló de nuevo el anciano. Quizá estaba atento a que comenzasen a sacarlos de las celdas, pero aún era temprano. Parte del mejunje del cuenco, ya abandonado sobre las piernas estiradas, le resbalaba, frío, por la pantorrilla. Se miró los dedos de los pies, que en su movimiento parece que le devolvieron a la realidad.

—En poco tiempo iremos caballeros del revés en unos rucios desganados, bien tocados de capirotes y sayas, y seremos aclamados como nuestro césar. Pero mientras tanto, quiero echar fuera todo lo que llevo encima. Sí, hace mucho tiempo que crucé el Guadiana y el Tajo para refugiarme en la catedral, que a la sazón estaba ya en remate. Requerían gentes para todo y yo me aproveché, entrando y saliendo, aprendiendo incluso las letras, hasta que me pillaron, de esto hará quince o veinte años, con una moza en una capilla. Desde entonces, he convivido en las cadenas con lo más granado de la sociedad de Toledo, para quienes he aviado, cantado, mercado… Claro, al salir al mercar, maldita sea la hora, me cogieron.

» ¿Qué le decía a usarced? ¡Ah, sí!, que si unas zagalicas encuentran a dos amantes en el pajar del tío Colilla, ambas familias se enfrentan hasta que hay boda o reparación del daño. Pero cuando ocurrió con estos dos amantes no había salida. Unos habían sido descubiertos, y los otros confirmaron lo que ya pensaban. Unos y otros tan diferentes y tan parecidos. La ignorancia hace al miedo y el miedo hace al odio.

»Las encinas ralean cuando comienzan a subir el monte. Aparecen jaras y alcornoques y pinos. Ella lleva prendida en su pobre tejillo una misericordia, robada o encontrada al arar, vestigio de pasadas batallas, a la que ha atado una cadenita de plata en forma de aspa en torno a la cruz. Y mientras se alejan, comienza la batalla en la aldea. Las preñadas y los muy pequeños o muy viejos se encierran en la gran casa, casi una fortaleza, del hidalgo Don Juan de Peñas. El resto, se reparten a la entrada desde la vega, que es la entrada natural al pueblo. Incluso los zagales son encaramados a árboles, carretas y tejados bajos con hondas y piedras.

»Llega la manada a enfrentarse a un muro de horcas, varas y garrochas. El tío Beno, mosquetón en mano, viudo de muy joven por un mal parto, reconoce enfrente al que fue su sobrino, hijo único de su hermana, y que ha criado como propio. Se miran sin piedad el uno al otro. Y comienza la matanza con truenos de arcabucería.

»Las garras esparcen vísceras por doquier, las mandíbulas quiebran gargantas, los golpes, puñadas, clavas y sajas deshacen vidas. Los hombres y mujeres luchan por sus familias guardadas en casa de Don Juan. Los lobos porque no tienen salida. Y los lobos son menos pero terribles, apenas un centenar y algo frente a casi dos mil aldeanos; aún así, avanzan sin parar. Joaquín el tabernero, que fue soldado y ahora descarga fardos de contrabando y está en todas las peleas del pueblo, blande un azadón. Un lobo enorme se acerca a él, pero un zagal le suelta una pedrada que lo distrae. Joaquín, encorvado, esquiva la garra y en un movimiento circular clava la azada en el pecho del monstruo. Los testigos sienten el mismo dolor en muñecas y manos que el héroe, como el de darle con un astil a un árbol. Sin embargo, cuero, carne y huesos ceden y el aroma de sangre caliente se esparce en una nueva vaharada. La bestia cae con medio pulmón al aire; boquea su propio fluido vital, de su pecho salen burbujas viscosas y, después de muerto por una herida de hierro y plata, vuelve a su ser algún conocido desaparecido hace tiempo.

»Cuando parece que por fin pueden parar a los lobos, otra carga enrojece la entrada de la vega. El empedrado, del que los vecinos otrora presumían con orgullo, se llaga de sangre, orina y sesos. Un lobo que ha matado a manotazos a seis o siete sin pestañear, hendiendo cráneos, despellejando caras, desalojando entrañas, recibe un hachazo en su brazo derecho, que se lo deja colgando. Arruga los belfos; de un solo zarpazo oblicuo quiebra  la cara de su agresor y lo deja en el suelo, moribundo. Es recompensado con cantos del río repartidos con generosidad por los chavales. Mira a uno de éstos y de dos saltos, el brazo inútil como macabro aditamento, se encarama lo suficiente para rozar un zarpazo al pastorcillo, que cae a trompicones. Sin ver de un ojo, no pierde la ocasión de vivir cómo el lobo va a rematarlo cuando el arma del gigante Joaquín alcanza al ser del inframundo en el espinazo. Bendita azada. Otro lobo caza a Joaquín por la espalda. Crujen los huesos de su cuello y la sangre salpica al chaval. Sangre y lágrimas en el paladar para toda la vida. Puyas, espadas y hoces acuden a la venganza que se confirma con un aullido estremecedor. Para el pastorcillo han sido emociones de sobra y toma, con la entrepierna mojada y la cara ensangrentada, el camino del norte sin aguardar el fin de la batalla.

»Quizá, por suponer, los que quedaron heridos después de masacrar a los lobos fueron puestos en cuarentena en capillas o sótanos por los escasos incólumes. Y aquel que fuese atacado por el mal era enviado con su dios o con su diablo y enterrado con una moneda de plata en la boca.

***

»Los amantes llegan a un claro bien iluminado por la luna saliente, donde se quieren por última vez. Se miran. Él retrae el hueso peniano y ayuda a la joven a colocar el estilete de misericordia apuntando hacia arriba sobre su pecho desnudo. Ella ofrece el cuello, blanca piel, casi enfermiza a la luz de la luna, pero en realidad lozana, joven y amante. Caliente. Él se agacha, brusco, y aplasta su tráquea de una sola dentellada mientras se clava el puñal en el corazón.

»Marfil contra marfil. Hierro y plata contra carne.

»Un sacrificio, otro, inútil como una oración, de dos jóvenes amantes a Selene que los alumbra inconmovible. Y un pastorcillo que huye por su mismo camino puede que los vea con un solo ojo, casi al amanecer, yacientes entre las hojas de un otoño temprano.

»O puede que no. Hace ya tanto tiempo…

Francisco Torpeyvago

En Daimiel, a 18 de enero de 2017

Vil bellaco, ¿huyes de la batalla y encima no comentas?
Malandrín, dilo, ¡pero ya!
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30 comentarios en “Plata y marfil

  1. El estilo del cuento, así como rural pero culto, me ha recordado poderosamente a Sapkwoski, con lo que solo puedo decir que me gusta el tenor empleado. Un discurso que se marca el “vate gorrón” ágil y gracioso, salpicado de palabras que dan mucho color al texto.
    Con tu permiso, te doy unos pareceres estilísticos, que para concursos siempre se aprecian 😉
    “maloliente”, todo junto.
    “que me apaleasen, se habría sabido la certeza de lo contado”, esa coma la cambiaría por “:”
    “Un fleco de luz que se introducía por la rácana claraboya alumbraba la cara del joven interpelado” es para mi gusto es una construcción bonita, pero enrevesada por la parte final, por ese “joven interpelado”. Es decir, nada que objetar a la imagen previa de la luz y la claraboya, con unas palabras exquisitas, pero la frase queda al final un poco huérfana… ¿Quizá cambiándole el orden en plan “La cara del joven interpelado era iluminada por un fleco de luz…”?; de esa forma, la frase queda redonda al final y, por cierto, es seguida por una descripción sublime del pavo torturado.
    La descripción de los caballeros que llegan en la historia relatada es genial también. Y hace poco comentábamos ese blog sobre heridas de armas medievales…
    La batalla está muy bien descrita, recreándose en detalles de peleas individuales que crean una gran sensación de confusión, sangre y muerte… con un contrapunto delicioso en ese pacto de suicidio que no lleva la calma del epílogo, sino a más horror.
    En resumen, muy buen texto, sí señor. Me gusta más que el otro de licántropos, ya que estamos, y aunque el argumento puede ser una vuelta de tuerca a los romances imposibles entre enemigos, la forma de contarlo es, sin duda, lo más destacable, todo un dechado de frases que destilan la locura del narrador pero, al mismo tiempo, un manejo de vocablos que me han hecho sonreír.
    PS: Con respecto a la intro… ¿Y la barra americana, ya que hablas de enlaces porno y no sé qué más? ¿Dónde está la barra americana :D?

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    • Lo primero, pues muchas gracias por los consejos, todos acertados. Sí, mi idea era crear ese ambiente sórdido del final del medievo, esa cotidianidad terrible frente a los dulces mitos de reyes, caballeros y princesas. La gente vivía a pesar de las circunstancias que ahora nos parecen terribles.
      Y en cuanto al argumento, lo admito, soso y trillado. Por eso me extraña, pero que me place, ¡qué releñe!, que le haya gustado a usarced, Milord, más que el de «Licántropos, C.B.». Y con defectos en el estilo. De hecho, la parte en la que se explica la venida de la «enfermedad» haciendo mención a templarios transformados en caballeros de otras órdenes, vírgenes negras, bafomet, etc. me parece que me ha quedado demasiado críptica. O el uso de las cadenas de la catedral, los procesos inquisitoriales «reales»… Hay cosas que creo que no he sabido mostrar adecuadamente. Eso es lo que me echa para atrás a la hora de presentarlo.
      Pero desde luego, es de agradecer tan detallado comentario, y a corregir que voy. —Ahora no, que estoy en el curro 😉 .—
      PS.- La barra américana creo que se la llevaron los gringos con las bases. En cualquier caso, mi propia no me deja investigar demasiado el asunto 😛 .

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  2. Bueno, ya sabes que este género, horror o terror, no es mi favorito, sin embargo, disfruto de leerte.
    Me encantan tus descripciones, las historias paralelas, cómo brincas de una a otra y, por supuesto, el tema: el amor de dos supuestos enemigos y todo lo que originan.
    El tema, aunque trillado, es y seguirá siendo vigente “Romeo y Julieta” en otras versiones. El final, muy triste de estos dos, me encantó, me llegó.
    Yo diría que sí lo enviaras, a mí me gustó mucho más que el otro.
    Abrazos gama.
    PD. Creo que los amores que yo manejo son, aunque complicados, menos trágicos.

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    • Pues que me encanta que te encante 😉
      Sí, esa es la palabra: tema más que trillado. El final triste estaba cantado y pregonado. Una relación como ésta sólo lo soluciona nuestro amigo Mcarro.
      La verdad es que al final creo que lo enviaré, aunque te aseguro que me quedo bastante sorprendido, porque pensé que el otro era mejor. Pero por lo que me decís aquí y comentarios de fuera de este foro, gusta éste más. Insisto, me sorprende.
      Mega abrazos gama.

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  3. La verdad es que sí, este es mejor que el otro. ¿cómo decirlo? siento que destila más profesionalidad que el otro, quizás es que se siente más adulto que «Licántropos, C.B.».

    Es un texto fuerte, cargado de tantas referencias que es una delicia leerlo. Pero no cuando estas en el trabajo como yo ¬_¬ que te interrumpen a cada rato.

    Igual lo van a hacer pedazos en OZ… ya lo sabes.

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    • En cuanto a lo primero, sólo puedo decir: ¡ea! ¡Que me place! Pero como ya he contestado, me sorprende. Como tarea me he de poner la de conocerme a mí mismo.
      En cuanto a lo segundo, ¡oh Gran Conde de la Pregunta!, que qué me ha de contar su excelencia si cuando aprovecho la hora del café —que no soy de café, releñe, que me va el sucedáneo laxante con sabor a chocolate— para leer algo es peor que si estuviese viendo una página porno. Aparecen muchísimos más mirones. Al final cuando me preguntan: «¿de quién es esa página?», prefiero contestar: «de la Aria Giovanni». Como es lo normal, parece que llama menos la atención. Vamos, que es mejor tener en la pantalla dos tetas que «El Quijote».
      Y lo de OZ, bueno, no recuerdo quién dijo que aquello era como un curso de literatura gratis. Puestos así, en plan tacaño, prefiero dejarme despellejar por veinte autores a que me despellejen por veinte euros. Es lo que tiene merodear por barrios de tal catadura 😉
      —Aunque debo decir que una de las mejores decisiones que he podido tomar en mi corta vida de escribano (escribir + ano) fue el contactar con un gran profesional para un despellejamiento por euros: algún día lo contaré.—
      Además, OZ es democrático: se «jode» a todo el mundo por igual 😛 No se salva ni el apuntador.

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      • Es verdad, es verdad soberana verdad. Basta que uno se quiera poner a destripar algo o a disfrutar de aquellos para que lleguen los mirones como moscas a la miel, abejas a la mierda o insectos a algún líquido amarillo viscoso. Y claro uno no puede ser sincero y debe quedarse tras sus máscaras. Mira que por acá la más pequeña muestra de interés por algo que pueda calificarse de cultural es excusa para la burla y el resto.
        Ya quisiera yo oir/leer esa historia por cierto y estaré atento para cuando pueda estar disponible.

        Aun debo lo de Oz que cierto es que también quiero ser destripado pero no he tenido tiempo ni de poner tildes. Ud. me entiende.

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  4. Pingback: La huida de Bekenov | Historias malditas, malditas historias

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