5.003 metros


¡Mierda de mes que llevo! ¡Con las ganas que tenía de celebrar las más de cinco mil visitas! En diciembre he escrito entre nada y algo menos. Y todo por culpa del trabajo. Yo me levanto todos los días temprano, voy al curro, cumplo y me vuelvo a casa. Todos los días, ya digo. Pero resulta que mis jefes se agobian llegando fin de año. Que si los cierres, que si los balances… Si yo no tengo que ver con nada de eso. Y se ve que alguien no ha hecho su trabajo y se ha puesto nervioso y…

—Que sí, malandrín impaciente, el relato, al final. Ya lo sabes.—

En fin, que no os agobio con mis problemas. El caso es que las ideas se acumulan en mi cuaderno y no acaban de escribirse. ¡Y eso que pensaba presentarme a tres certámenes este mes!

Os traigo la celebración de las cinco mil tres visitas —que es un número primo— en forma de un cuento que tenía preparado, pero no escrito, hace semanas. Ha quedado un poco en bruto, sin barnizar. Y además, repite tema. Ya sabéis, la doble barra con un par de puntitos de los músicos, el bis del espectador, el for – next del BASIC, o las sardinas con morcilla que cené ayer y hasta hoy las noto. Pero no nos angustiemos, que es mejor repetir que tener ardor. Quiero decir, que espero que a pesar de el tema doble del doble en una dimensión doble, sea el relato el doble de original y entretenido. Eso sí, como sabéis ya por alguna otra celebración, en estas ocasiones, y tirando de generosidad egoísta, hago lo que me viene en gana y os lo regalo todo; contradictorio pero congruente.

Y lo que me viene en gana es salirme, aún más, de lo escolástico. Reconozcámoslo, no es de ser un gran artista el romper con las normas más a causa de la ignorancia que de sapiencia y, aún mejor, de sabiduría. Pero para mí es un pequeño desahogo. Está muy bien hacer las cosas en condiciones, porque el profundo conocimiento de las normas te ayuda a llegar al punto de poder saltártelas; sin embargo, a veces, conviene soltar la diarrea creativa y disfrutar, aún más, escribiendo.

Bien, y esto iban a ser las dos líneas que esperaba poner como introducción a este meditado y, sin embargo, precipitado cuentecito. Y ahí os queda.


5.003 metros

Es un hecho indiscutible que a la gente, sí, al conjunto de personas que conforman la humanidad, le gusta viajar. Le gusta viajar en el espacio pero no en el tiempo; aunque quizá esto último haya que matizarlo.

Cualquier persona, y cualquier entidad universal, ya se desplaza en las tres dimensiones geométricas y en la temporal. Haced un experimento: quedaos tumbados en el sofá con un vinito y un buen queso en triangulitos a mano: te estás moviendo con la Tierra. Pero además, el tiempo va hacia delante. Sí, siempre hacia adelante, indefectiblemente rítmico. Vale que en unos lugares del universo más deprisa que en otros. Pero siempre igual para el individuo que lo vive. Y ese viaje en el tiempo es el que no se aprecia.

Y sin embargo, está el otro viaje: Quiero ir hasta allí, porque allí está mi amada, o porque allí el cielo es más azul, o porque allí la hierba es más fresca, o porque ponen la cerveza más barata. Y te pones en marcha y llegas. Ese es el movimiento deseado. Pero eso no se puede hacer con el tiempo. No ya hacia detrás o hacia delante, sino ni siquiera en la dirección esperada pero cambiando la velocidad.

Al menos hasta que me puse a ello. Pasé a pensar en las cuatro dimensiones, a ver la relación de la cuarta con las otras tres en el tensor espacio – tiempo. El secreto, sin entrar en detalles, era mezclar —es que la palabra combinar no me gusta— los tensores geométricos de lo más pequeño y de lo más grande, es decir, el de la métrica de Friedman-Lemaître-Robertson-Walker y la de Schwarzschild modificada para radios mínimos, particulares. Esa combinación me llevó a establecer la teoría plasmar, al descubrir la partícula de intercambio entre ambos sistemas y cuyo estado único de agregación era el plasma. La partícula «torpeyvagüión».

En definitiva, logré el viaje total en el espacio – tiempo. Se precisa una cantidad ingente de energía, pero se puede hacer, obteniendo esta partícula en un ciclotrón. Curiosamente, el viaje dura, en teoría, el tiempo medio de existencia de esta partícula, leptón desconocido de vida caduca.

Viajé un par de semanas adelante, en plena fiebre mercantil navideña, cayendo, geométricamente, cerca de un paso de cebra que une dos grandes y conocidos centros comerciales. Me llamó la atención la leve neblina luminiscente violácea que me rodeaba, pero a la gente que había alrededor no parecía sorprenderle. Quizá tan solo era capaz de verla yo, desde mi plegada dimensión. Esa neblina, tal como predecía la teoría, era el plasma de torpevagüiones, que producía un aterrizaje, si así se pudiese llamar, suave y que me aislaba del nuevo medio. Esto era cierto hasta tal punto que casi resbalo por la disminución de la fricción con el suelo.

Me dirigí al paso de cebra, simplemente por caminar entre aquella gente del futuro cercano. Y justo enfrente de mí, lo vi. Me vi. Mi doppelgänger en pleno sentido de la bilocación. Yo aquí y yo allí. La verdad es que empezaba a ser divertida la situación. Al menos para mí, porque yo —el de enfrente— iba cargadito de compras. Y, la verdad, tampoco para mí, porque ese era mi futuro próximo: hacer de recadero —que no de Recaredo de la casa— por Navidad.

El caso es que esperando al cambio de semáforo me percaté de ciertos detalles. Por ejemplo, que los coches circulaban al revés. Que la gente era zurda: aquel miraba el móvil con la izquierda, ésa gesticulaba con la siniestra hacia éste que se tocaba la nariz con la zurda, con todo éxito. Incluso mi sosias se rascaba la coronilla —¿tengo yo ese tic? Parece ser que sí— con la contraderecha. Y lo normal es que hubiese más diestros y no al revés. En fin, que creo que el pliegue fue especular, por lo que estaba inmerso en un universo inverso.

Cuando se puso el semáforo en verde, me dirigí hacia mi doble del futuro, que parecía no haberme visto. Pero como no puedo dejar de medir, analizar, contar, inducir, suponer, lucubrar, caí en la cuenta de que podía ser un anti universo del que me mantenía, por suerte para todos, separado mi plasma de torpeyvagüiones. Un choque directo de mi materia contra cualquier antimateria de la que parecía hecha ese anti universo produciría una explosión inmediata con la energía prevista por la ley de Einstein.

No podía dejar de intentarlo. Me fui derecho a por mí. Tenía que saber que iba a poder más, si mi imaginado plasma morado o la fuerza narrativa de este cuento.

Fue una explosión de 3.320 megatones, como ciento sesenta mil bombas de Hirosima, que dejó un cráter de 5.003 metros de diámetro y quinientos metros de profundidad. Arrasó por completo la ciudad en un radio de veinte quilómetros y destrozos totales en cincuenta quilómetros; se produjo un terremoto al límite de la escala Ritcher, 6,9. Yo lo siento por los siete millones de personas de esa dimensión zurda que murieron en la explosión y los otros tres por las consecuencias. Pero aún volatilizado en infinidad de rayos gama me siento orgulloso del pedazo de diámetro del cráter: 5.003 metros.

Francisco Torpeyvago

En Daimiel, a 15 de diciembre de 2016

¿Tú también te transformaste en plasma volatilizado en la explosión? 
¿O, por el contrario, tuviste que terminar tus compras navideñas?
En cualquier caso, cuéntanos cómo te fue.
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32 comentarios en “5.003 metros

  1. Ya me pensaba que te habías montado en un Delorian o algo similar jajaja Es que entre tanta terminología espacio-temporal me ha venido a la cabeza cierta peli ochentera sobre viajes en el tiempo.
    Original forma de agradecer esas 5003 visitas. Jeje Felicidades, por cierto.
    Un saludo.

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    • Jeje, hace poco vi la saga completa con los niños. No, yo soy más bien de 850 Spyder, o incluso de no conducir. Como ves el personaje sale andando. Claro, que me acabas de dar una idea: ¿existirán viajes en el tiempo en transporte público?
      Me alegro que te haya parecido original el agradecimiento colectivo. También lo hice con los 1.000 y con los 2.500 —«1.001 piojos» y «Dos mil quinientas gotas y un viaje en el tiempo»; de aquí venía lo de repetirme—.
      Gracias por las felicidades, por comentar y, cómo no, por leer.

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  2. Pingback: Solo tenéis que votar. Premio ¡ Pero que bonito es mi blog!. | Junior

  3. Tras leerme doblemente la introducción, porque no tiene desperdicio (ni doblez, añadiría), el relato que me papeo. ¿Quién narices quiere bosones de Higgs o gluones con espín un octavo si el futuro del turismo, ese sector que es lo más puntero en España, pasa por el aprovechamiento de los torpeyvagüiones?
    Ahora bien, has demostrado quizá no vagueza, pero sí una gran torpeza en las relaciones con el mundo espejo (quizá nosotros seamos el mundo espejo, pero no empecemos con exquisitices). Y si a ellos les da ahora por venir a hacernos la puñeta como unos tipos cualesquiera salidos de Fringe, ¿eh? No has pensado en eso, ¿a que no?
    Y lo de 5003, no dejo de pensar que tiene que tener un significado. Pero se me escapa…

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    • Gracias por este comentario que me llena de un regio orgullo y satisfacción, a los dos, a tu tú y a tu tú zurdo. Y felicidades a ti por tus 30.000. De aquí a nada, tendrás que hacer un relato sobre los cien mil hijos de San Luis —que para ser santo, hay que ver cómo se prodigó—.
      Siguiendo con los agradecimientos, vayan por pasarte, por formar parte de los 5.003 y por leerme.

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  4. Me gusta que rompas las normas al escribir porque así se respira la libertad creativa en tus relatos. Por cierto, menos más que éste era un cuento precipitado, porque si lo llegas preparar más estoy segura que no te queda mejor.

    Y, ¿por qué digo esto? Porque a mí los relatos con tintes de ciencia ficción, con vocablos que suenen a ciencia, me suelen tirar para atrás. Y tú, sin embargo, has conseguido que lea el relato hasta el final gracias en parte a la perfecta mezcla que haces de pensamientos del protagonista del relato y los hechos que van haciendo avanzar la historia. El uso de la primera persona también le da cercanía a la historia. Todo ello ha conseguido que llegue hasta el final de la historia, cosa que yo no tenía muy clara cuando empecé a leer.

    Así que te felicito por tu buen hacer literario que ha conseguido lo que pocos escritores han conseguido: que lea hasta el final un relato con vocablos como tensores geométricos, plasma o megatones, y que encima me haya gustado.

    Felicidades por tus 5.000 visitas. Te mereces muchas más. Con el tiempo y tu trabajo lo irás consiguiendo, seguro.

    Un beso.

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    • Mi yo alternativo y yo mismo, rodeado de torpevagüiones, levitamos con este comentario. Me apunto lo de que es importante el equilibrio entre pensamientos más mundanos y lucubraciones tecno – científicas para tratar de hacer interesantes siguientes cuentos —y te agradezco que me lo señales—.
      Lo de tener libertad creativa lo veo bien, pero la experiencia de muchos años en otros campos me ha enseñado a primero aprender a caminar antes de correr: conocer bien las normas escolásticas antes de saltármelas. Pero hay veces que, como bien dices, hay que dejar un poquito sueltas las riendas.
      Muchas gracias por la felicitación, por comentar, por ser parte de los «visitadores» y, cómo no, por leerme hasta el final.

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    • Sí, sí, te juro que está escrito en menos de una hora. Pero no es menos cierto que, en trozos y en notas, ya pululaba por mi cuaderno —que creo recordar que tú conoces—.
      En cuanto a lo que tú puedes o no puedes… ahora me sale el síndrome de abuelo cebolleta para darte la murga diciendo que no te hagas de menos. Quizá puede haber temas, o mejor, temáticas, que no son adecuadas para tu pluma, pero ¡vaya! que yo sé lo que tu pluma puede hacer y no es, desde luego, para andar quejándose por ahí.
      Y, en definitiva, muchas gracias a ti y a tu zurda —o a tu diestra si eres zurda— por haber contribuido a las «5.003», por comentar, por las felicidades y, sobre todo, por leerme.

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  5. Pingback: Los ganadores de premio ¡ Pero que bonito es mi blog! Dos. | Junior

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