Nekghel : La muerte verde


Comenté en la entrada anterior, «Cuchillo, dinero y niebla», que el 20160915 presenté, a última hora, costumbre bien arraigada, un par de relatos para el festival «La Mano».

Como siempre, lector ilustre, o quier plebeyo, el relato está al final de la página: Pasa y sírvete si estas palabras preliminares te aburren.

También comenté que me gustó cómo está organizado el festival. Además de esa perfecta organización, también me agradó la consideración hacia quienes se presentan al certamen, con un recibí al enviar el relato y con un amable mensaje al comunicar que no había sido seleccionado. E, insisto, que lo que puede parecer algo tan simple como esa muestra de respeto está ausente en la inmensa mayoría de certámenes y concursos.

En fin, que me explayo. Voy a poner a continuación una explicación del relato, porque éste es de los más «míos» con todas sus consecuencias. Vamos, que es de esos ininteligibles —por desgracia, la causa no es una gran inteligencia narrativa, sino la incapacidad de describir determinados conceptos o situaciones de manera clara—, aventura confusa sin argumento o estructura demasiado bien definidas. También es cierto que trata de ambientes y temas no demasiado «de moda». Y las modas son siempre aclaratorias: la existencia de lugares comunes ayuda a la inteligibilidad de la narración —esta es una buena excusa, la acabo de pensar, oye, y creo que la repetiré más veces para justificar mi «farragosidad»—. Decía hace unas pocas palabras que iba a poner una explicación «en blanco». RÓMPASE SÓLO EN CASO DE INCENDIOQuicir, en caso de inetelegibilidad y siempre, después de haber leído el relato. Si quieres, claro. Es que hace de reventón —ya sabes lo de spóiler y la Pérfida Albión—. Sólo tienes que seleccionar el espacio en blanco para poder leerlo.

El texto trata las aventuras y desventuras, más bien estas últimas, de un explorador en un mundo envuelto en una atmósfera tóxica verde. Da igual que sea un planeta de nombre desconocido que una distopía terrestre. El nombre, nekghel es mi propia adaptación —osadía del ignorante— del protoindoeuropeo para «muerte verde».

Los hechos son simples: El explorador tiene prisa por una razón que no se concreta; bien porque es perseguido, bien porque tiene algo urgente que hacer. El caso es que necesita para avanzar una serie de protecciones —botas, mono, etc.— y equipos personales. Uno de ellos, la máscara antigás que lo protege de la «muerte verde», o mejor, su filtro, se le agota y tiene que cambiarlo. Esto ya lo ha hecho varias veces, aunque es una maniobra arriesgada. Pero esta vez le trae una consecuencia inesperada: La amnesia. El final del relato es simplemente la descripción de esa amnesia tal como me ocurrió un día al levantarme y no saber donde estaba. Esto, que a todos nos ha pasado durante un par de segundos angustiosos en algún momento de nuestra vida, lo he multiplicado para martirizar a nuestro —o nuestra, a ver si alguien es capaz de adivinarlo— protagonista, produciéndole ansiedad, temblores, desesperación y que acabe como acaba. Además se incluye algo de mi propia experiencia con el uso de máscaras antigás, en especial lo peligrosísimo de los ataques de pánico y del ejercicio descontrolado, porque se producen mareos por la dificultad para trasegar todo el aire necesario.

Si no te has hartado de leer hasta aquí, puede que te interese continuar un poquito más. Sí, efectivamente, ansioso malandrín, aquí te dejo con el relato:


Nekghel: La muerte verde

Sus zapatos crepitaban al avanzar sobre el duro suelo congelado. Bajó la vista y los miró, viéndolos apenas en la semioscuridad: calzado de trabajo con cordones elásticos, manchados con la tierra por la que andaba. Punta, talón, zancada con el izquierdo, zancada con el derecho. El paso de sus botas calcaba la música monocorde del tiempo. El frío seco como pecho de anciana le penetraba a través de su mono; en un rato sería mucho peor, justo en el momento en que la luz asomase por un horizonte verdoso.

Al amanecer la niebla tomaba una cierta tonalidad esmeralda que la hacía aún más inquietante, más sólida, más tóxica. Aunque no la podía oler, su aroma debía ser de amoniaco o bisulfitos, siempre asfixiante, siempre venenosa. Irritante en todos los sentidos.

Le costaba bastante más respirar que ayer. El filtro de la máscara debía estar para cambiar. En la mochila llevaba dos de repuesto. Dos filtros, dos meses de vida, una esperanza vital que sería irreal si no lograba conseguir otros tipos de suministros en aquella tierra arrasada, miserable, paupérrima.

Tocó la mochila. Le daba seguridad saber que estaba allí, tan a mano, todo lo que necesitaba para sobrevivir. Siguió avanzando otro poco más hasta que la luz le permitió confiar en hacer la maniobra sin errores. Paró en un páramo desarbolado que ocupaba todo lo abarcado por la vista. Al lado de algo que no podía determinarse que fuesen escombros o un afloramiento rocoso natural, dejó la mochila y aprovechó para sentarse y apoyarse.

Tomó aire varias veces mientras cogía el nuevo filtro de la mochila y preparó el envoltorio para ser abierto. Aguantó la respiración y desenroscó lo más rápido posible el viejo, abrió la funda, extrajo el nuevo y lo colocó en su sitio.

Ahora venía una operación delicada que requería concentración. Debía expulsar la mayor cantidad de aire contaminado que hubiese entrado en la rosca y en el empalme del filtro con la máscara. Por ello expelió el aire contenido de una manera controlada en un proceso que había aprendido con la práctica. Después vino una respiración corta que no le supo a mierda de burro porque jamás la había comido, y de nuevo una expulsión controlada. Toda esta parafernalia le agotaba los pulmones, pero era necesaria. Ya bastante arriesgaba al cambiar el filtro ahí fuera.

De nuevo hizo uso de la mochila y se agenció su extraña cantimplora que acopló a la máscara. Sorbió dos dosis de agua y la devolvió a su sitio. Se permitió entrecerrar los ojos un momento.

***

Sabía que había sido sólo un momento, que no había llegado a dormirse, porque no podía permitírselo.

Pero algo había pasado. Conocía la urgencia, conocía el entorno, pero no lo que tenía que hacer. Agitó sin control las manos como si tuviese frío, que de todas formas lo tenía. Empezó a respirar muy deprisa, casi por pulsos, por espasmos.

Intentó recordar. Tenía que saber qué hacía allí, qué era tan urgente. Por qué tenía tanta prisa. ¿Quizá la toxicidad de la atmósfera le había dejado desmemoriado?

El apremio por salir de allí le ayudó a dominarse un momento, por lo que se puso de pie y se preparó para andar. Pero ¿hacia dónde? Presintió un nuevo ataque de ansiedad y trató de ponerse a pensar de manera intensa.

El corazón se le aceleró aún más cuando dio con la idea. Buscó sus propias huellas y las encontró. Sólo tenía que continuarlas. Le espoleaba la premura, no debía que perder ni un minuto, no importaba por qué. Al compás del subir y bajar de sus piernas fue hilando pensamientos que lo atormentaban.

No tenía claro si aquel lugar era un planeta extraño en el que estuviese realizando una labor que ahora tenía olvidada, o si tal vez era la Tierra después de una hecatombe y tenía que buscar refugio. Era la angustia del desconocimiento, de la amnesia. Iba acelerando el paso hasta casi correr. El simple hecho de subir y bajar las costillas para respirar requería su atención. Fue aumentando el ritmo para no pensar. Un, dos, un, dos.

Gotas de sudor sucio exploraban su piel caminando desde su frente hasta la garganta bordeando la máscara. Otras barajaban la costa de sus orejas con destino a su cuello. Incluso con el frío que hacía la ropa se le pegaba, con una tibieza incómoda, a la piel.

Primero fue un pequeño traspiés, luego las piernas empezaron a llevarle zigzagueando por el borde de la senda que sus propios pasos habían marcado. Por fin las rodillas fallaron cuando el oxígeno no llegó ni a sus músculos ni a su cerebro.

Se quedó allí, tumbado de medio lado, arrojado por su propio cuerpo, desechado como algo inútil, hasta que su inconsciencia lo tranquilizó y le devolvió la normalidad en la respiración. Abrió los ojos al poco, pero no podía moverse aún. Sabía, sentía, la premura, pero no se desplazó ni siquiera para comprobar que la máscara estuviese bien puesta. Y más aún cuando vio que el terreno por el que había venido era algo pedregoso y no había conservado sus huellas. ¿Cómo continuar?

El flip-flop del filtro marcaba el pulso de su vida. Hace mucho tiempo, vivió un atardecer de invierno, la habitación en penumbra, metido en sus pensamientos al amor de una mesa camilla con un brasero; mira por la ventana donde ve la luz del ocaso entrelucida con la de las lámparas de la calle y es capaz de distinguir todos los colores. Pero ahora no, ahora, es todo niebla de muerte verde, nekghel, eso sí lo recordaba, esa era la palabra nueva en un idioma antiquísimo, la muerte verde. El paisaje le parece de ese color y cuando cierra los ojos aparecen luces moradas; el cerebro trata de adaptarse a ese continuo sobreestímulo contrarrestando sensaciones con el color complementario. Su mundo era de verde realidad y de onirismo púrpura.

Tiene sed y se incorpora. Busca en la mochila y encuentra lo que le parece una botella. Pero tiene un cierre extraño. Y no sabe cómo beber sin quitarse la máscara. Arroja la botella lejos. Sentado en el suelo se agarra los tobillos y baja la cabeza para mirar sin ver su entrepierna.

¿Por qué esa urgencia? ¿Lo persigue un animal? ¿O es una persona? O visto de otra manera, ¿un ser irracional o uno inteligente? ¿Quizá varios? Si no es lo anterior, ¿qué catástrofe, qué entidad, qué peligro? Quizá tiene que llegar a tiempo a algún sitio, encontrarse con alguien, buscar algo…

Sacude la cabeza, rasca el suelo con la punta de sus guantes y decide. Necesita un arma, y seguro que lleva alguna.

Se acerca la mochila, la abre y comienza a extraer objetos que le son desconocidos: algunos bultos que le parecen envoltorios o recipientes de comida, otra botella más pequeña que la que tiró, un filtro de la máscara que reconoce por la imagen exterior del embalaje y lo que ve del que usa por encima de la nariz, otras cosas que podrían ser herramientas, y un par de ellas que es incapaz de relacionar con algún uso. Pero nada que pueda asociarse a un arma.

Surge una idea. Un arma ha de estar a mano, lo suficientemente cerca como para alcanzarla sin dificultad. Prueba a mirar en su cinturón del que pende una variedad de trastos de los que ignora su utilidad.

Hay dos que no puede mover del cinturón. El tercero, al sacarlo, se enciende de manera inopinada; parece una linterna. Un cuarto tiene forma de cilindro con una especie de puño añadido en ángulo. Quizá haya tenido suerte. ¿Cómo funciona?

Se entretiene un rato intentando que pase algo, manejándolo, hurgando, buscando un mecanismo. Al fin, también lo arroja lejos. Quería terminar aunque fuese por su propia mano. Ahora se debe resignar a dejarse morir allí o a que lo que sea que le persigue lo remate.

Pone los codos sobre las rodillas y cruza los antebrazos.

Apoya la cabeza encima.

Y llora.

Francisco Torpeyvago

En Daimiel, a 29 de noviembre de 2016

¿No te gustó mi forma de ver el verde? ¿Y ese mundo verde?
Bueno, no es verde ecologista, desde luego, pero tú comenta, comenta...

 

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34 comentarios en “Nekghel : La muerte verde

    • Listo, Valeria. Ya está totalmente en blanco :D. De esa manera puedo poner la explicación sin reventar el cuento. Si no se entiende o quieres profundizar en cómo lo he escrito, seleccionas el texto y lo lees.
      Muchas gracias por avisarme, por pasarte, por comentar, pero sobre todo, por leer.

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  1. Cómo te gusta angustiarme, sobre todo la amnesia, debe ser algo horrible, sobre todo con esa sensación de peligro…
    Tienes razón con lo del verde, como ecologista me gusta y pienso que es lo mejor que hay, pero bueno, quizá era otro planeta.
    Creo que el protagonista es hombre, por dos adjetivos que detecté.
    Muy bien la descripción del paisaje, me hiciste sentirme ahí y veo que te gusta la niebla, no falta, jajaja.
    Abrazos G

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    • No me creas mala persona si te digo que me alegro de haberte angustiado. Era esa la intención del relato, y tus palabras me halagan: Sé que acerté en la escritura, al menos un poquito.
      Lo de la amnesia se me ocurrió un día de estos de viajes por trabajo en que te despiertas sin saber dónde estás y pasas un par de segundos de ansiedad; pensé que podía multiplicar ese miedo para un relato… y helo aquí.
      En cuanto a la niebla, yo sé que son famosas las de Londrés o Milán, pero tendrías que venir por la Mancha estos días de invierno…
      Lo de los adjetivos, díme cuáles son, porque sería un error. Mi pretensión es que dé lo mismo de forma absoluta.
      Lo de la «nominación» no tiene importancia. Sabes que soy sinceramente impulsivo.
      Un fuerte abrazo γ, y muchas gracias por pasarte, por comentar y por sentirte un poquito angustiada leyéndome.

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      • jajaja, por eso te dije que te gusta y lo lograste, como era tu objetivo.
        De momento no recuerdo, pero sí hay dos adjetivos en masculino, creo que uno de ellos está al final de un párrafo. Como haces un reto al lector, puse mucha atención en eso y los vi, luego entonces asumí que es hombre.
        Para mí sí tuvo importancia la nominación y la agradezco.
        La amnesia sí me angustió de verdad, debe ser algo terrorífico.
        Abrazos de luz, sin niebla

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  2. Ainsh… como te echaba de menos. No se como te lo haces para generar esa expectación en el relato usando esass palabrejas que tanto te gustan, jajajajaja. ¡Que mal rato, leches!
    Y ahora, me llamas tonta, pero no entiendo lo del espacio en blanco, a mi me ha parecido una broma de”literato” (jajaja) pero tengo la mosca “al nas” de q igual me estoy perdiendo algo.

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    • ¡Hola, Dori! Yo sí que te echaba de menos. Me ha encantado eso de «esas palabrejas que tanto te gustan» ;).
      Lo del espacio en blanco es una manera de poder explicar más a fondo el relato sin hacer spoiler y sin tener que poner esa explicación después del relato. Sí, es que me gusta que lo último sea el cuentecillo; soy un maniático.
      La forma de leerlo es seleccionándolo. Así aparece la letra en blanco y el fondo en azul o en gris, según el explorador y SO que uses.
      Pues, nada, muchas gracias por pasarte, por comentar y, cómo no, por haber pasado un ratito de angustia con mi humilde narración.

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  3. Pero Señor Francisco me voy a poner seria porque esto se merece que te trate como señor, tu te has dado cuenta de como escribes chiquillo, madre mía es sentir cada letra sintiendo que falta la respiración que cesan las bocanadas en ese entorno contaminante, VAYA ARTE. Para cuando el libro? que gusto pasar y ver que los comentarios como siempre surgen de un grande entre los grandes. BESOS ENORMES !!!

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    • ¡¡Jaaarrrllll!! A ver qué hago ahora con mi ego. Me lo has dejado revoloteando y voy a tardar tres días en cogerlo.
      ¿Que para cuándo el libro? Errrr… nunca. La verdad es que no llevo pensamiento de acometer una obra grande, incluso aunque se trate de un compendio de cuentos. Me da la impresión de que me superaría, y más aún con todo el recorrido que tengo por delante antes de ser capaz de escribir algo publicable. —Ya sabes que este blog es una mera inclusa para mis huerfanitos.—
      Pero, ¡vaya!, ¡que me place que me digan esas cosas! Y más, una persona como tú. Superbesos de prefinde.

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      • Me parece que entonces desconoces tu capacidad de escritor y creo que tendrías muchos lectores asegurados entre ellos yo, y ahora dejaré de soňado yo que soy aprendiz de escritora en un día publicar algo si tú eres capaz de dudarlo, me llevo esos besos conmigo y te mando muchos achuchones locos 💋😘💋😘

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      • No hagas esas comparaciones, que si te visito es por el buen humor y la buena literatura. Y no dejes de soñar; aunque no pueda ser ahora mismo, en mi caso, tengo claro que hay que practicar. Practicando, puede que algún día…
        ¡Venga! ¡Más besos para alegrarnos la semana! 😉

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  4. Tienes unas intro (unos extras del making of, que dirían los de Albión que comentas) que por sí solos merecen una estrellica de “Me gusta”. Eso, para empezar.
    Para continuar, el relato: Veo dos partes diferenciadas, en la primera de las cuales se nos pone en situación con las cuitas del protagonista (digo él porque se utiliza el masculino en alguna ocasión), si bien no se deja claro cuál es el telón de fondo, dejándolo a la imaginación de quien lo lee (personalmente, he optado por el mundo del videojuego Fallout 🙂 ). En ese sentido, no hay problemas de comprensión y la actuación del protagonista (andar, cambiar filtro, beber, etc.) ahonda en la situación destrozada en la que vive (es un decir, más bien malvive). Lo que lleva a la segunda parte, centrada en la mente del personaje, en su angustia y su destrozo sicológico por efecto de esa… ejem… mierda de situación, sea o no de burro.
    Así considerado, el texto se entiende, siempre que el lector participe y llene los huecos que dejas apenas esbozados. ¡Oye, que trabaje un poco! Eso de dar las cosas mascadicas, para los libros infantiles 🙂 Aunque tengo que comentar una pega. Si en tu otro relato para La Mano (al final, por cierto, no me presenté al de este año aunque lo estuve pensando, que lo sepas) no veía tacha, en este la visión unipersonal lo hace un tanto agobiante. Es, evidentemente, la sensación que quieres dar al escribirlo y lo cierto es que el estilo le viene bien, pero unido a la falta de detalles y las preguntas sin respuesta, da la impresión de estar incompleto.
    En realidad, no es esta una crítica mala: Me gusta, está bien escrito y su ritmo asfixia como la atmósfera irrespirable al pobre hombre, pero me deja con ganas de saber más.
    Y ahora, me leo la explicación hecha con jugo de limón, que lo anterior lo he escrito sin leerla.


    Bueno, pues la explicación, argumentalmente, no me añade nada 🙂 🙂 🙂 Será que he consumido muchos productos ci-fi, jurjurjur. E insisto, ese “Sentado en el suelo” es masculino, así que…

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    • Pues qué le puedo decir por lo de las intros sino muchas gracias.
      En cuanto a lo del relato, efectivamente. Cuando escribo de mi manera más personal tiendo a hacer ese tipo de cosas: Una especie de sueños con argumentos difuminados, personajes a trozos, «puzzlerianos» podríamos decir con partes muy marcadas y otras muy difusas, acciones a la vez compulsivas y meditadas mezcladas en un extraño fractal y, en definitiva, un albañal literario. Juro que trato a menudo de corregirme y de adquirir algo de estilo escolástico que me permita ser inteligible, porque esos «sueños» escritos entendibles son los que me gustaría que llegasen al lector. Si puedo ser objetivo diré que sé que poco a poco voy mejorando para llegar al equilibrio entre lo insinuado y lo explicado, pero me queda un laaaaaaargo camino por recorrer. Gracias, eso sí, a vuestros comentarios aprendo y avanzo. ¡Para mí son fundamentales!
      Pero mira, lo de «sentado en el suelo» sí me jode molesta. ¡Mierda!, alguno se me tenía que escapar. A ver si soy capaz de solucionarlo y dejarlo totalmente neutro. Sí ya sé que no vale para nada, pero es un desafío personal.
      Y el año que viene nos vemos en «La Mano», ¿eh? Que yo me quiero presentar al de relatos y al radiofónico, si no me pilla el toro como este año.
      Muchas gracias por pasarte, por comentar y por leer.
      PS.- Me estoy releyendo el ciclo de «El Robot» entero en una versión con relatos inéditos. No es ficción científica «trascendente» de la actual, pero me encanta.

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      • Los comentarios siempre ayudan, por supuesto. Desde una óptica constructiva y con amistad, son imprescindibles. Leyendo (y escuchando) lo que otros opinan de lo mío, echo la vista atrás y también creo que he mejorado. Es fundamental no pensarse sandiosenmoto y reflexionar.
        Tus textos, la verdad, los disfruto. En serio.
        Y en cuanto a lo del ciclo “El robot”, lo único que me viene a la cabeza es el ciclo de Asimov. ¿Hablamos de eso o es otra obra que no reconozco? 🙂

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      • ¡Ésa, ésa es!
        Tengo por casa una buena colección de sus textos con cosas sueltas por aquí y por allí, pero hace poco se publicaron sus recopilaciones —sólo han tardado veinticinco años en traducirlas— y me hice con los relatos: dos «tomacos». Pero ahora he comenzado con los robots. De «La Fundación» pasaré porque creo que los tengo todos y, además, leídos y releídos. Me gusta por la ficción científica, pero, sobre todo, por el desarrollo de sus personajes, en especial, los antagonistas: nunca son malos «malosos», sino que tienen unos motivos y unas acciones plausibles.
        Y sí, lo de los comentarios, insisto, para mí es imprescindible.

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  5. Bueno, estarás contento, Francisco, porque si tú objetivo era angustiarnos que sepas que lo has conseguido.
    Me encanta la manera que tienes para generar atmósferas, para meternos en ellas de modo que nos parece sentir lo que tus protagonistas sienten.
    Lo único que no me gusta es ese mundo tan contaminado que nos describes. Aunque si seguimos como hasta ahora, antes o después, viviremos en un planeta así.
    Un beso.

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    • ¡Vaya! Pues me encanta que te haya gustado. Como ya he escrito por ahí, este tipo de cuento son los más personales y también los más difíciles de hacer inteligibles. Siempre lo más personal, lo más íntimo, suele ser, al menos para mí, lo más difícil de transmitir precisamente por el cúmulo de cosas que yo conozco y el lector no. ¿Qué debo añadir? ¿Qué debo insinuar? ¿Qué debo callar? Por eso tenía —tengo— cierto miedo a la comparación con el resto de cuentecitos.
      Aparte de que, en cuanto a estilo, me resulta muchíííísimo más difícil. Éste lo he revisado como cien veces más que alguno de los anteriores y soy consciente de que tiene grietas.
      En cuanto a lo del mundo, de acuerdo. Pero como ya estamos muy negativos, pasemos a un cierto positivismo: no nos gusta, andemos para solucionarlo y que nuestros hijos —o nosotros mismos, según la prisa que nos demos— no nos veamos en esta tesitura.
      Muchas gracias por pasarte, por comentar y, sobre todo por haberte sentido un ratito angustiada con este relato.

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  6. ¿Y adónde esta “lo que no se entiende”, me quieres decir? 😉
    La atmósfera, el personaje, la amnesia, la falta de oxígeno, el ambiente, es desesperante si logras meterte allí, y vaya que nos has metido! Pude imaginar absolutamente todo, y sentir esa sensación de no saber dónde estamos, para qué estamos ni hacia dónde vamos. Lo has logrado hasta el llanto final. 🙂
    Abrazos de los míos!
    (sigo creyéndome imposibilitada de escribir algo similar… no insistas. Jajajaja)

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    • ¡Buf! Leyéndote casi me creo que me hago entender. Pero es cierto que puedo ser más claro, más concreto, menos farragoso. Pero que me alegro mucho de haberte resultado asfixiante 😀 .
      ¿Para qué quieres escribir así pudiendo escribir tan bien como lo haces? Ya hablaremos despacio tú y yo 😉
      Abrazos trasatlánticos.

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  7. ¡Qué ratico más malo me has hecho pasar! Depender de tantos miramientos para poder respirar, más luego ser consciente de que estás perdiendo la conciencia… ¡Aterrador! ¡Angustioso!
    A no ser que hayas pretendido contar algo tan profundo que se me escape, se entiende perfectamente el relato (Igual a que a Kafka, ja,ja,ja)
    ¡Fantástico!
    Y voy a estudiar a fondo por qué, si te estoy siguiendo, word press no me manda un correo.
    Abrazos.

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    • ¡Pues que me encanta haberte angustiado! 😉 😀
      No, no hay nada más profundo… mi inteligencia no da para más. Ya me gustaría parecerme a Kafka, pero sin los nazis ¿eh?
      Muchas gracias por el comentario y por haberte sentido un poquito mal con el relato.
      PS.- Ya he visto que lo has solucionado. Ya me contarás. Como buen vago, espero a que otros me solucionen el problema :P.

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