Cuchillo, dinero y niebla


El 20160915 presenté, a última hora como siempre, un par de relatos para el festival «La Mano». Y de los organizadores tengo que decir sólo cosas buenas —si tienes prisa, impaciente y, sin embargo, paciente lector, ya sabes, al final, el relato—:

  • Lo original de la convocatoria, que incluye diversas propuestas artísticas —cine con largo y cortometrajes, audiorrelatos (en este viaje no me he atrevido, pero amenazo con hacerlo el que viene), relatos y alguna cosa más que me dejo—.
  • Organización, con fechas de presentación y de publicación de fallo y presentación de los premios; todo muy bien ordenado y colocadito.
  • La interacción con los participantes. Sin llegar al nivel de «Calabazas en el trastero», que sabemos que es la convocatoria periódica que más interacciona con los postulantes a publicación, tenemos tanto el acuse de recibo cuando enviamos el relato como un mensaje para decirnos que no hemos sido seleccionados. Parece algo tonto, pero es de los poquísimos concursos en los que se hace.

Como digo, presenté un par de ellos, y en esta ocasión os suelto el primero, que creo que se ajusta a lo pedido por las bases en cuanto a argumento y estilo. Pero también creo que es un relato complicado de leer —que soy yo, por favor—. Por tanto, me voy a permitir escribir a continuación un párrafo que sólo se puede leer si se selecciona, porque estará con el mismo color la letra que el fondo —invento que copié de la siempre grande Ana Katzen—:

Hay tres escenas. El orden cronológico está alterado, el orden en el que ocurrieron las escenas es 2, 1, 3. Personajes:

  • Quitín: Un joven de pelos rizados, a quien Ramiro ha recogido de la calle para unirlos a una banda —nombre de los años setenta, ochenta, época en la que está ambientada la narración—.
  • Ramiro: Un componente de la banda, maduro, que metió a Quitín en la banda. Con la complicidad de éste, decide dar un golpe contra su propia gente.
  • El Viejo: Es el jefe, de origen trasatlántico, del grupo que opera en un puerto indeterminado del norte u oeste peninsular. Su oficina la tiene en un prostíbulo que también regenta.
  • El hombre de la chaqueta: Segundo, y además «tiburón» o «matón» del jefe.
  • Jiba: Un pobre desgraciado que raquea por los muelles y hace de «correveidile» del jefe por unos duros. Es testigo del falso asesinato de Ramiro por Quitín, y lo toma por verdadero.

Resumen resuelto: Ramiro y Quitín se ponen de acuerdo para robar a su banda. Para ello, en una entrega que tiene que hacer Ramiro, la lían y Ramiro escapa con la mercancía y el dinero. Quitín provoca al jefe para que le mande matar a Ramiro, y preparan un falso asesinato, sabiendo que Jiba será testigo. Pasado un tiempo, cuando las aguas vuelven a su cauce, Ramiro se despide de Quitín, y éste aprovecha para matarlo de verdad y quedarse con el botín, y, además, seguir con la banda. El jefe lo sospecha, los sigue y al ver lo que ocurre, lo manda asesinar.

Y ya está bien de tanto rollo, malandrines, leed y disfrutad:


Cuchillo, dinero y niebla

La niebla del atardecer junto al puerto, fría, se le colaba por la camisa desabotonada y le traía olores mal disimulados de algas y pescado pútrido. Esperaba a alguien con las manos en los bolsillos de la cazadora. Las gafas, doradas de pera con los cristales verdes, las encajaba sobre la cabeza, fijándola con los rizos castaños.

El hombre llegó de frente. Venía mirando hacia un horizonte inexistente, devorado por una niebla que no permitía ver más allá de uno o dos pasos, agitando las campanas de su traje al ritmo marcial de sus pasos. La escena la iluminaba la luz ámbar de las farolas del propio puerto.

Las primeras frases se confundieron con el ruido del mar, invisible, a apenas un paso a la izquierda del de las innecesarias gafas de sol:

—Quiero ver al viejo y explicárselo —dijo el que se acercaba, incluso antes de terminar de andar, apenas notó insinuada la presencia del paciente interlocutor.

—No se lo creen.

—Pero yo no me quedé con el dinero. Fue una redada. Desapareció el dinero y el alijo.

—La policía no encontró nada.

—Pero yo tuve que saltar por la ventana y dejarlo todo dentro. El intermediario se quedó y les hizo cara.

—Ya lo sé. Y los muertos no dicen ni «mu».

El bigote canoso hizo una pequeña mueca y su propietario miró de nuevo a la derecha sin ver el mar:

—Tú me conoces. Yo te saqué de la mierda y te hice de la banda. Me lo debes.

—Yo te conozco. Y el viejo también. Y eres tú quien le debes cosas.

—Te he llamado para que me hagas ese favor —contestó. La voz le había temblado ligeramente. Avanzó el cuerpo sin mover los pies y acompasó la frase colocando las manos hacia arriba. Levantó las cejas negras que hacían contraste con el pelo canoso. La luz del puerto perfilaba unas facciones más demacradas que esbeltas:

—Y tú, la persona en quien más… desagradecido…

—Fuiste tú el ladrón. —Sacó una navaja del bolsillo y avanzó. Unos ruidos de fuelle afónico, unos quejidos, un golpe en el suelo. Sonidos de arrastrar sobre hormigón, el ruido del cadáver en el agua,  y nada más.

Casi todo el mundo recuerda que en aquel puerto comenzó el contrabando de la zona. Cualquier paquete echado a unas pocas millas desde más allá de la boya llegaba, con la marea adecuada, hasta la playa. Ahora aquello estaba muy controlado como para seguir con el estraperlo. Pero lo que sabía muy poca gente es que con la marea contraria, cualquier fardo arrojado desde ese preciso muelle era tragado por la altamar en unas horas. Jiba lo sabía. Y sabía permanecer de manera discreta en las situaciones como aquella, cuando raqueaba por el puerto, viendo y oyendo sin hacerse notar. Le sacaría al viejo unos duros por esa información: Quitín se había cargado al Ramiro.

***

Ese mismo día, un rato antes, por la mañana, un personaje alto, fuerte, en el filo de lo elegante y lo hortera tronó al entrar en el garito:

—Vengo de hablar con el nuestro de la «poli» —dijo el hombre moreno mientras se quitaba el largo chaquetón de cuero.— Era como usted decía, sin rastro de la maleta ni de las pelas.

Aquel a quien llamaban viejo dio una profunda calada a un Faros de los que cruzaban el Atlántico para calmar su nostalgia.

—Sí, sí, ya lo imaginaba. —Movió el bigotito dictatorial y miró hacia el techo. Continuó— Ramirín sabía lo que se hacía, como siempre. Un tío listo. Tarde o temprano iba a intentar ir por su cuenta. Cárgatelo.

—Pero…

—¿Qué pasa, Quitín? —El viejo miró al grupito de nuevos talentos que mosconeaban en la lujosa trastienda del prostíbulo a la espera de una orden que les hiciera buenos ojos a su jefe.

—Y si… ¿Y si no ha sido él?

Se volvió hacia el grupo que había dejado de jugar al «hijoputa» y que presentía una buena bronca; todos deseaban estar en ese momento fuera con alguna de las furcias.

—Pues entonces me lo cargo por fallar. Aquí no se falla, niño, ¿está claro?

—Sí, señor.

—Además, tú le tienes en algo porque fue él quien te trajo aquí. Pues sabe que también te ha traicionado a ti. Si perdemos dinero, lo perdemos todos, ¿está claro?

—Sí, señor.

—¿Sabes lo que vamos a hacer? —dijo el viejo. Dejó el cigarro y tomó un sorbo de Dupeyron en una copa del tamaño de un balón de balonmano.

El olor a sudor y tabaco se había hecho con aquella sala hacía mucho tiempo. Y el aroma del miedo les acompañaba siempre.

—Pues vas a tener tú el privilegio de cargártelo sin que quede de él ni una uña del dedo meñique. —El viejo estaba colorado a pesar de su color cetrino; con cada sílaba con sabor a serpiente se movía el flequillo aún moreno.

Quitín tragó saliva. Cuando los presentes dejaron de prestar atención, separó las manos del regazo de donde no las había movido. Se volvió hacia la mesa, agarró un vaso de cristal trasparente con unos topitos serigrafiados en verde y lleno de Marie Brizard con hielo. Se echó la palomita para el coleto y deseó haberse pedido siquiera un 501.

Salió al pasillo por donde entraban los invitados que pasaban del bar a las habitaciones de las chicas. Un compañero le siguió. Se apalancaron en la barra y señalaron ambos la botella del ansiado brandy.

—¿Qué vas a hacer?

—Matarlo.

—Pero ¿tú crees que lo ha hecho?

—No. Me llamó hace un rato a la pensión para explicármelo. Ha sido una trampa, pero no sabe de quién. Quizá el viejo quería deshacerse de alguien tan listo. Ya lo has oído. Y de paso, quedarse con todo.

—Raro lo veo, porque a ver cómo sacaron todo el material de la habitación.

—Primero, que yo no estoy seguro de que matasen al intermediario, segundo, para eso tiene a gente a sueldo hasta en comandancia. —Pegó un trago de destilado y levantó la mano para que su interlocutor no le interrumpiese. Bajó el vaso y esperó a que la camarera en tetas se alejase junto con su perfume a canela y vainilla:

—Y tercero, Ramiro no es un traidor. Ha tenido docena de ocasiones mejores para dar el palo. —Los ojos comenzaban a brillarle, lo mismo que la frente. Las manos dejaron de temblarle y ya tenía los esfínteres bajo su completo control. Metió la mano en el bolsillo de atrás de su pantalón y sacó una chirla de mariposa, la desenganchó y comenzó a juguetear con ella:

—¿Sabes? Me pidió que nos viésemos en el puerto para arreglarlo con el viejo. Le debo mucho a Ramiro, pero el viejo es el viejo. —Los reflejos de la navaja iluminaron su sonrisa torcida. Pero su compañero ya no le hacía caso: Estaba acariciando las tetas de la camarera.

***

Unas semanas después de arrojar el cuerpo al mar, en el mismo punto, Quitín vuelve a esperar. Es por la mañana y la niebla se ha transformado en unas nubes bajas que parecen aunar cielo y tierra, difundiendo una luz extraña, intemporal, que casi ciega. Las gotas frías le dejan sal en las gafas que se ha tenido que quitar. Por detrás, llega Ramiro.

—¿Cuántas veces te he dicho que no le des la espalda a nadie?

—Y menos a los fantasmas —contestó Quitín sin volverse.

Ramiro se puso a su lado. Pensó en los preparativos de su muerte simulada. Él mismo había preparado al perro grande que degollaron y después Quitín arrojó al mar mientras Ramiro desaparecía por los bloques del muelle hacia la playa de rocas. Jiba no podría ver claro lo que pasaba, tan solo podría haberlo intuido. Además, antes de montar la escena, Quitín siguió a Jiba y avisó a Ramiro desde la taberna. Cuando hicieron todo el teatro, Jiba estaba en la otra vertiente del muelle, oyendo y viendo lo que ellos querían. Estas reflexiones fueron interrumpidas por Quitín, quien parecía estar pensando lo mismo:

—Me pregunto qué hubiese pasado si no hubiésemos tenido la niebla o si el Jiba hubiese visto lo que no debía.

—Con la niebla al atardecer puedes contar en esta época, pero lo podríamos haber pensado de otra manera. En cuanto al Jiba, daría lo mismo él que el perro. Sólo que habría que repetir la escenita.

Ramiro también se quitó las gafas, necesarias, a pesar de la ausencia de sol, por una luz difusa pero deslumbrante. De nuevo las gotas del mar rompiente molestaban. Señaló la gran bolsa de viaje y le dijo a Quitín:

—Si quieres más dinero dímelo. Yo no sé cuánto necesitaré, pero entre las pelas y la mercancía, llevo suficiente.

—Nada, no te preocupes, mi parte me basta, y el viejo ya me ha levantado la cuarentena. De hecho, ahora me tiene más confianza.

—¿Sabes? Tenía ganas de salir de aquí. Ahora me iré a un sitio más caliente. Odio esta niebla meona que se mete hasta en el tuétano. Gracias.

—Te debo mucho, no ha sido nada. Hasta siempre.

—Hasta siempre, venga un abrazo.

Se abrazaron como los dos buenos amigos que eran. Por eso Quitín aprovechó para apuñalarlo por la espalda y arrojarlo, esta vez de verdad, al mar. Sin mirar atrás, tomó la maleta y comenzó a andar.

El viejo le pasó los prismáticos al hombre de la chaqueta larga.

—Jefe, se las sabe usted todas.

—Por eso soy el jefe. Recupéralo todo, y a él… ya sabes. ¿Está claro?

Francisco Torpeyvago

En Daimiel, a 23 de noviembre de 2016

¿No tienes preguntas? Pues deberías, porque si no comentas...

Te mando al hombre de la chaqueta.
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37 comentarios en “Cuchillo, dinero y niebla

  1. Juer, macho, pero qué bueno. O güeno, según se quiera o se lleven dos tragos de más de Marie Brizard.
    El contraste entre los pasajes descriptivos y los diálogos es genial, pero no contrapuesto. Hay una lírica en las frases que ponen a quien lee en el ambiente que es sucia, dura, callejera incluso, pero que me dan envidia de la sana con cosas como “Bajó el vaso y esperó a que la camarera en tetas se alejase junto con su perfume a canela y vainilla”, “Las gotas frías le dejan sal en las gafas” o “De nuevo las gotas del mar rompiente molestaban”. Todo un ejercicio de estilo estupendo, sin exagerar ni gota.
    Y los diálogos, ágiles, también brutales y crudos (por eso digo que hay contraste entre ambas cosas, pero no enfrentado, sino complementario) que desgranan la historia de modo suave y ágil, dando toda la información pero sin que esté mascada, de forma que la explicación previa no hace sino confirmarr las impresiones con respecto al argumento (que, por cierto, desde el primer momento he localizado en Galicia, no sé por qué 🙂 🙂 🙂 )
    Una pega, con todo cariño: En “Quitín siguió a Jiba y aviso a Ramiro desde la taberna” me parece que falta una tilde. Es ese tipo de errores que, por mucho que leas y releas lo que has escrito (y me da que con el preciosismo formal que presenta el texto, lo has repasado alguna que otra vez) siempre se escapan…
    ¡Genial!

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    • ¡Yo os maldigo, tildes trabadas, acentos gráficos atascados! ¡Seguro que te he mirado mil, un millón de veces, sin verte!
      Y, por cierto, ¿alguien sabe dónde está el icono de babear ante tamaño comentario? Éste es de los de imprimir para enseñar a los «cuñaos» en Navidad.
      Gracias por pasarte, por leer y por el ¡¡jaaaaarlll!! —aquí va el icono de babear— comentario.

      Le gusta a 2 personas

  2. Hola, ¡no me mandes al hombre de la chaqueta!
    Disfruté mucho tus descripciones, me hiciste sentir esa niebla, ese frío, el tema fuerte, muertes, en fin, bueno, lo que no me gustó mucho, para serte franca, es que antes nos dijeras de qué se trataba, como que le quitó un poco de emoción al relato en sí que, como ya dije, me pareció muy bueno.
    Abrazo de luz.

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  3. Coincido con todos aquí, y si mandas al hombre de la chaqueta, ten el detalle de avisar antes. O uno se prepara para la muerte o se ríe a carcajadas mientras espera 😉
    (Quiero creer que no pretenderás que yo escriba como tú… yo puedo superarte en el olvido de tildes y algunas comas, pero jamás en estilo. Aunque me alegro que así sea: es único. Y eso te define. Qué cansina, creo que ya te lo dije alguna vez! 😛 ).
    Divino sentir la niebla, el pútrido ambiente y la sal tan cerquita. Gracias.

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    • Qué buena que eres conmigo. Claro que no escribes como yo: tú eres clara, ordenada, entendible, entretenida y original. Yo, cuando menos, farragoso, entrópico, y, a veces, gañán.
      En cuanto al de la chaqueta, ya avisé… 😉
      Y te agradezco que te hayas pasado, comentado, pero, sobre todo, que hayas sentido la niebla, el olor a pescado y la sal.

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  5. Tras leer todos los comentarios me siento algo intimidado de comentar algo, y lo del hombre de la chaqueta me esta dejando tiritón de irme sin siquiera poner un par de palabras.

    Un buen relato aunque la explicación esta de sobra, se entiende bien de principio a fin. Siempre un gusto pasarse por acá.

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    • ¡Pues no te sientas intimidado! ¡Comenta con toda la libertad!
      Lo del señor del chaquetón, jeje, es como el perro que ladra… 😉
      Qué bueno que por fin haya sido capaz de hacer un relato inteligible, porque te juro que es mi mayor defecto: no soy capaz de hacerme entender.
      La explicación está en blanco precisamente para que se lea sólo como explicación ad hoc, pero en la siguiente trataré de dejarlo más claro. ¡Hasta dando explicaciones debo ser más claro! 😀
      Muchas gracias por pasarte, por comentar y, sobre todo, por leer.

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  7. Me haces meterme en un relato negro, intrigante, donde cada palabra te pide más y esto cuando una va pillada de tiempo no se hace, me veo deleitada en una fantasía que me introduce en una niebla envolvente que te digo donde no parezca una cursi petarda. CHAPÓ !!! 🙂 AHORA TE DEJO BESOS DE VIERNES!!!

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    • ¡¡Uaaaaa!!, me ha encantado el comentario. Pero para otra vez, avisa cuándo puedo publicar que no te robe tiempo, jeje 😉 :D.
      Ni eres cursi, ni eres pertarda. Te explicas perfectamente, y me gusta mucho que te haya hecho sentir de esa manera.
      Besos de calendario y medio. ¡Ah! y gracias por pasarte, por comentar y por leer.

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      • Jajaja al contrario el tiempo está a su merced lo que no puedo es comentar todo lo que me gusta porque aunque me encantaría es imposible, es más aún me pregunto como llego a todo lo que hago cada día, es para sacarlo en cuarto milenio jajaja. Con no parecer cursi ya me voy yo más que contenta, muackisssssss y remuackisssss.

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  8. Digno de una historia de Pérez Reverte, el mar, los secretos, las traiciones… y un palmo de acero entrando en las carnes. Estupendo relato que debería ser solo parte de una gran historia ¿acaso la tienes escrita? si no, deberías.
    Abrazos
    Creo que ya he solucionado el problema de los avisos de tus entradas.

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    • En algún otro comentario lo he escrito: los relatos largos o las compilaciones, o, en general, una obra larga, me da muuuucha pereza. Y no me veo preparado, me hace falta todavía mucho recorrido literario para poder aspirar a algo de eso.
      Pero muchas gracias por el comentario, por pasarte y, sobre todo, por leer.
      PS.- ¡¿Cómo lo has solucionado?! Porque a mí me pasa con varias páginas.

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