Aquí no hay ratas (II de II)


Ésta es la segunda parte y final de «Aquí no hay ratas». Y también, el final de los relatos que presenté para «Calabazas en el trastero» de la editorial «Saco de Huesos», en su XXIV convocatoria de Calabazas en el Trastero: Criptozoología, y que os he mostrado en Sirenas en Ruidera, Teutoneju : Pueblo Serpiente (I de II)Teutoneju : Pueblo Serpiente (II de II) y Aquí no hay ratas (I de II)—, que, como era de esperar, no fueron seleccionados.

Me siento orgulloso de este cuentecito por lo que os escribo en la entrada de la primera parte,  y debo repetir que el mérito en parte es de Ana Katzen y su estupenda serie «Cómo escribir peleas (in)creíbles», por lo que sirva este párrafo de agradecimiento a esta didáctica bloguera.

Y, mira, hoy sí he sido breve, «y con cuánta gana debes de estar esperando ahora, lector ilustre o quier plebeyo» esta segunda parte.


Aquí no hay ratas (II de II)

Cuando me recuperé, me sentía mejor, a pesar del sabor de la regurgitación y el tacto áspero de los dientes. Miré en el bolsillo derecho con la mano izquierda y saqué el móvil: Funcionaba, pero no había cobertura. Bueno, y tendría que cambiar la pantalla. O todo el móvil.

Seguí ascendiendo, no sé como. Volví a vomitar. El tobillo derecho era un conjunto de dolores que pinchaban con cada latido y que no sangraba más porque debía tener un trozo de uzi clavado a modo de tapón, respirar y moverme era un calvario, el brazo me dolía hasta hacerme llorar, y cada vez veía menos.

Cuando tuve cobertura, en los escalones finales cerca ya de la entrada, envié un mensaje a mi poco cariñosa abogada, Amelia, diciéndole donde estaba. Que ella llamase al 112 o a quien quisiese. Traté de coger una postura cómoda y me puse a esperar, saboreando el aroma a vómito, el sabor a sangre y el tacto húmedo de mi espontáneo asiento. En menos de media hora, eterna, eso sí, llegó la ambulancia y la Guardia Civil.

—Sabes que has tenido mucha suerte. —Estábamos en el despacho de Amelia. Yo permanecía de pie sólo por llevarle la contraria, pero el tobillo aún me dolía y apenas podía apoyarlo. Me volví despacio para no sentir el aguijón doloroso en mi pecho y le contesté.

—Puntos en el tobillo, en el pómulo y en la cabeza como para cambiarlos por tres móviles y una cacerola. Una conmoción grave, fisura en el epicóndilo derecho, tres costillas rotas y dos fisuradas. Sí, mucha suerte.

—Tu compañero quedó bastante peor. Además, lo digo por las denuncias. Te extralimitaste. Tu licencia te da permiso para seguir a alguien por encargo, legal, de un tercero. No a penetrar en una propiedad privada y atacarle sin previo aviso. —Toda esta parrafada la emitió con un tono de suficiencia que me exasperaba. Y, mientras, miraba a unos papeles, en lugar de a mí, sólo para darse importancia.

—Fue en defensa propia. Él me atacó primero.

—¿Sí? No es eso lo que dice la acusación. Especialmente la particular. —Hizo un mohín asqueroso cuando iba a contestarle.— Pero has tenido la suerte de recuperar cuatro quilos y medio de pasta de coca, y de que la Guardia Civil haya atrapado a media banda. Suerte, te lo he dicho antes. —Aún más suficiencia. La podría haber matado con el pesado cenicero de cristal de la mesa de no haberme dolido tanto el cuerpo.— Y queda el asunto de tu cliente…

—Ya le devolví el dinero cuando salí del hospital, hace tres días. Fue lo primero que hice; y no hace ni una semana que estaba haciéndome el encargo. El recibo está entre los papeles que te he traído. Por cierto, que tuve que hablar con su secretario, ella no quiso ni verme. —Supongo que estuvo buscando el recibo porque me dejó en paz un rato que aproveché para ver el atardecer desde un balcón de un edificio histórico de la ciudad, un balcón en uno de los pisos más altos, y más caros, de la construcción. Las temperaturas ya habían subido y una suave neblina embellecía la tarde reflejando el rojo sol poniente. La calle emanaba perfumes, sonidos y vaharadas que llegaban hasta aquellas alturas para formar un decorado urbano perfecto.

—Te tengo que pedir un favor —dije.

—¿Otro?

Tras la conversación, salí a la calle con mi portafolios debajo del brazo. El dolor había remitido bastante gracias a las curas y a los analgésicos, pero aún estaba presente, sobre todo en el pie. Y eso creo que me salvó. Puse el pie izquierdo con soltura, pero me retuve cuando fui a poner el derecho.

Hay tres maneras de ganar una pelea a navaja. La primera es pegarle un tiro al desgraciado que te amenace. La segunda es huir cuanto antes. La tercera, y mejor, es que no te ocurra. Si no, en el mejor de los casos, te llevas un puyazo en un brazo. Del peor, ni hablamos.

Aquel interfecto me lanzó un navajazo de izquierda a derecha para barrer y lograr un primer daño rápido y luego rematar. Como me quedé corto en el paso, y lo vi, no me alcanzó. Un segundo ataque parecido me hizo abrirme de brazos y dar un salto hacia atrás sacando el culo, y dí contra la pared, al lado de la puerta. Estaba perdido. O me tiraba a la cara o al pecho. Puse la carpeta de cuero delante del pecho y acerté. Trató de hundirme la navaja en pleno abdomen.

Lo malo de las navajas de mariposa es que no tienen guardamanos. Cuando el cuchillo fue interceptado por la carpeta, su palma avanzó sobre el filo y se cortó a sí mismo. Se lo pensó poco y salió huyendo. Debía haber sido una saja importante.

No tenía claro a qué se debió el atentado. Un robo no parecía, ni tampoco una venganza de los narcos. Estaban todos, creo, «reinsertándose» por años. Y no habrían mandado a un chapuza de navaja floja.

—Y ¿dice que eran rechonchos, con las patas hacia afuera?

—Sí.

—Y ese andar raro, ¿lo era porque alternaban las patas como un lagarto?

—¡Eso es!

—Pero que, básicamente, eran ratas peludas carnívoras, como todas, por cierto, con dos largos colmillos frontales en lugar de dientes de roedor, del tamaño de un gato grande. Resumiendo, un roedor con cabeza de perro de presa y dientes de vampiro de película añeja.

—Sí.

—Espere un momento. —Tras una breve espera, la bióloga me enseñó una foto. —¿Se parece?

—Sí, bastante, pero la nariz no era tan puntiaguda ni las orejas tan pequeñas, ni el color. Pero el de la foto es su primo hermano…

—… que desapareció junto con toda su parentela hace más de sesenta millones de años. No queda ni un solo triconodonto en todo el universo conocido. Y me atrevería a decir que, en el desconocido, tampoco. ―Me quedé mascando lo que acababa de decir y, supongo, con cara de tonto.— Le he recibido por venir recomendado por Amelia, pero le aseguro que no me gustan nada estas tonterías.

—Pe… pe… pero si los vi, y la policía tiene las pruebas de las mordidas… y habrá ADN y algo, que sé yo…

—El informe que ha conseguido Amelia con sus artes de bruja dice claramente que nuestro común amigo fue parcialmente comido por alimañas desconocidas. Punto. Y no vamos a pedir una prueba de ADN porque un loco, que está a punto de salir de mi despacho, lo pida. —¡Claro que era amiga de Amelia!, y tan poco gachona como ella.

—¿Está segura de que son esos animales?

—¿Qué parte de «va a salir de mi despacho» no ha entendido?

—Bueno, como guste, ya le daremos ambos las gracias a Amelia. —Y, cuando iba a cumplir su deseo de abandonar la habitación, y a modo de mordaz despedida, le dije:—¿Ni siquiera tiene curiosidad por ver uno de esos bichos? —Me volví y seguí el movimiento de salida, que iba a ser breve porque el despacho también lo era.

—Consígame un pelo, uno solo, aunque sea de un animal muerto; usted tendrá su análisis de ADN y se hará famosete y tertuliano. Y yo tendré algo que me saque de esta puta universidad.

—De acuerdo, buenas tardes.

Por eso hice el viaje de vuelta a aquella finca que fue predio del dueño del bar y ahora lo es de un banco. Lo que me importaba quién era el amo y señor de aquello no se puede transcribir sin incurrir en alguna falta de educación o incluso en alguna ilegalidad, como también lo era el hecho de que iba a meterme otra vez en una propiedad ajena. Esta vez iba bien pertrechado. Me acompañaba Hermenegilda, con bastante munición, porque me había vuelto un paranoico; además acarreaba linternas y lámparas portátiles de varios tipos. Y ciertos aperos para la captura de esos horribles bichejos, como jaulas trampa y cebos de diversa índole. De diversa índole no es correcto: Todo era variado, sí, pero variedades de la misma índole: casquería. Sobre todo, sanguinolenta; aún soñaba con aquel espécimen que lamió mi sangre mientras me enseñaba sus colmillos vampirescos.

Tuve que dar un par de viajes desde el coche al final de la escalera, y empleé el descansillo de los motores como base. Una vez allí, encendí un par de lámparas que alumbraban el fondo y comencé a aprestar las trampas con otra linterna colocada en mi cabeza.

Cuando lo tuve todo preparado, me asomé al vacío. Me iba a dar cierto miedo volver a bajar. Bastante miedo. Me arrepentí de no haber traído una cámara para filmar a las alimañas malditas en lugar de tener que cazarlas, pero confiaba en llevarle al menos uno vivo a la bióloga. ¿Quería un pelo? Pues se los iba a llevar todos. Y moviéndose.

El estampido me sorprendió asomado al hueco, y la bala me empujó hacia delante.

Caí, por segunda vez. Ya me conocía el camino.

El pitido que sonaba a todo volumen dentro de mi cabeza podía deberse al ruido del disparo, pero también a la lesión por la que sentía gotear sangre en mi oído. O desde mi oído; tenía una idea muy concreta de cuál de aquellos monstruitos iba a remover toda mi oreja con su lengua para conseguir ese zumo humano. No podía moverme en absoluto y el dolor era más un estado que una sensación, sobre todo, de cintura para abajo. Quizá la bala había pillado un cable importante a esa altura. Seguro que la vieja bruja me estaba gritando mientras me moría, pero la oía en la lejanía de mi sordera parcial y mi consciencia casi ausente, como si me susurrase:

—¡Te dije que lo siguieras, no que me lo matases! ¡Cabrón!

Si quería consumar su venganza, sólo tenía que esperar a que llegasen los comensales, porque el almuerzo estaba listo y bien iluminado.

Francisco Torpeyvago

En Daimiel, a 20 de octubre de 2016

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19 comentarios en “Aquí no hay ratas (II de II)

    • Muchas gracias por el comentario, que pone mi ego a una altura que luego no va a haber quien lo coja.
      ¡Ojo! que como no sea un ratoncillo sino una cría de los triconodontos, puede ser que luego vayan a vengarse 😛
      Muchas gracias por pasarte, por comentar y, sobre todo, por leer.

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    • Tuve la mala suerte de vivir la época de la heroína, y la buena de vivirla a distancia, y pude ver cosas que, bueno, no quisiera que viesen mis hijos. Y además conté con la inapreciable ayuda de las entradas de Ana Katzen que menciono al principio. Creo que han hecho del preludio y la pelea algo, al menos, creíble.
      Me alegro que te gusten los aspectos del relato que más me gustaron a mí, la prosa cínica con su cosa de misantropía, el giro final y la mezcla agridulce final. De hecho, de ahí nació el relato. Bueno y de una imagen del triconodonto visto por casualidad en Santa Wikipedia Bendita.
      Gracias por pasarte, por el comentario que ayuda tanto a mi ego, y, sobre todo, por leer.

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  1. Me ha sorprendido y gustado el final del relato. La aparición de la vieja clienta al final cuando ya la tenía casi olvidada y como un mero personaje secundario que ayuda a avanzar a la historia al principio, ha sido un golpe magistral.
    Has sabido mantener la ambientación del relato, has conseguido que sienta el dolor del protagonista, que padezca la angustia de tener que ver otra vez las alimañas del profundo agujero… Te felicito, Francisco. Creo que “Aquí no hay ratas” es uno de los mejores relatos que te he leído hasta ahora.
    Un saludo.

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    • Me alegro que te haya sorprendido porque esa era la pretensión. Y lo que me halaga especialmente es que te haya gustado el ambiente del relato. A mí también me ha parecido que ha sido el más redondo. Lo que no sé es si lograré volver a escribir alguno así. Tendré que seguir currándomelo.
      Muchas gracias por pasarte, comentar y por los halagos, por supuesto. Pero especialmente por leer.

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  2. Pingback: Dos premios. Sushine Blogger Award y Blogger Recognion Award | Junior

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