Aquí no hay ratas (I de II)


Como ya he contado en entradas anteriores —Sirenas en Ruidera, Teutoneju : Pueblo Serpiente (I de II) y Teutoneju : Pueblo Serpiente (II de II)—, los tres relatos que presenté para «Calabazas en el trastero» de la editorial «Saco de Huesos», en su XXIV convocatoria de Calabazas en el Trastero: Criptozoología fueron descalabazados. Para no variar.

—Si toda esta parafernalia inicial te resulta cansina, amable pero inquieto lector, puedes saltártela e ir directamente al relato, un pelín más abajo.—

De esos tres relatos, «Sirenas en Ruidera», «Teutoneju: Pueblo Serpiente» y «Aquí no hay ratas», éste último es el que mejor ha quedado, estando relativamente cerca de entrar en la antología. Y, cosas de la vida, uno de los cuentos que con más facilidad y rapidez he escrito. De hecho, entró a última hora formando trío con el dúo que inicialmente tenía previsto —y ya corregido y listo— enviar. Como los anteriores, transcurre en la Mancha Húmeda; está basada muy lejanamente en unos miedos contados por un conocido —y si haces la prueba de bajar a la «mina» de un pozo a oscuras verás esos miedos o los de quedar atrapado, la oscuridad, y algunos más—.

El caso es que creo que parte del mérito lo tiene Ana Katzen con su serie «Cómo escribir peleas (in)creíbles». Gracias a estos consejos,  el par de escarceos que hay en la narración son más o menos verosímiles.

Querría hacer, además, un comentario sobre la presentación de los relatos en este blog: Con la mitad de abstenciones y la otra mitad de votos en contra —vamos, uno a uno en concreto—, después de éste continuaré poniendo los cuentos enteros y no por capítulos. El motivo de dividirlos era facilitar la lectura, pero parece ser que es mejor colocar las narraciones enteras. En cualquier caso, son bienvenidos comentarios al respecto.

En fin, impacientes lectores, aquí os dejo con la narración.


Aquí no hay ratas (I de II)

Unos buscan el sabor metalizado que brota de cuerpo ajeno. Otros regresan siempre al punto donde querían terminar y no le dejaron.

marguimargui

Bajé con cuidado los primeros escalones tallados en roca arcillosa, iluminados con parquedad por un tragaluz que permitía pasar más niebla que sol. El olor a humedad y a macetas mojadas me entraba hasta por los oídos pero, por suerte, esa misma tierra humectada amortiguaba mis pasos. Como no tenía luz, me dejaba guiar por la que delante llevaba el chulo a quien perseguía. Él había pasado un recodo en la escalera y el resplandor que me orientaba se había parado. Bien, si pensaba seguirlo para ver lo que estaba haciendo estaba en el sitio correcto pero, cuando me quedaban bajar tan solo tres escalones hasta el recodo, me dí cuenta de mi imbecilidad. ¿Qué iba a pasar en el momento en que él terminase sus labores y decidiese volver arriba? Pues que se iba a encontrar cara a cara conmigo.

El caso era de lo más sencillo. Una vieja loca podrida de dinero se había liado con un chaval y pretendía que éste le fuese fiel. Y me había contratado para seguirle y confirmar que no tenía demasiados cuernos. Ni demasiado grandes.

—Yo estoy segura de que mi «churri» no me la pega. —Era fina esa tipa de olor a romero seco y chinchón. Mucho dinero y poca clase.

—Señora, si descubro lo contrario, tendré que informarle.

—Estoy convencida de que no sucederá.

—¿Se da cuenta de que si tiene ese convencimiento no es necesario que me contrate? Se lo digo por experiencia. —No llegué a terminar la frase cuando ya la jefa comenzaba a agitar la cara y un brazo negando y exigiendo la palabra.

—Quiero dormir por las noches tranquila. Por eso le pago. —Y de esa manera, tan impertinente como le permitía serlo su dinero, zanjó la conversación. Le di la cuenta para que hiciese la transferencia por el móvil, esperó a que fuese yo el que se despidiese y se marchó.

Seguí a su chavalín ese mismo domingo, que era cuando decía la vieja que tenía la costumbre de desaparecer.

Por su modo de vivir, sacándole los cuartos a esa Matusalén, supuse, erróneamente, que era un cabrito que se gastaba el dinero en chicas diez años más jóvenes que él y cuarenta más que su novia. Pero no, no se fue derecho a un club a ponerme las cosas fáciles. Tomó dirección sur hacia la autovía. Llevaba un coche caro aunque no muy llamativo, al límite de velocidad y sin hacer ninguna tontería. Y ahí fue cuando supuse que el caso sería más interesante de lo que aparentaba: No es normal que un tío ande aprovechándose del dinero de una vieja rica para no lucir traje, coche y palmito de gimnasio en un bar de putas de categoría. Y menos para madrugar un domingo.

Salió de la autovía, transcurridas un par de horas, en un pueblo con molinos de viento, como los de Don Quijote. Nota mental: Traer a una casa rural de la zona a la morena de la biblioteca, ahora que se había quedado sin novio.

Después, giró hacia una comarcal hasta llegar a un polígono que me hizo las veces de recibidor de la localidad. Callejeó un rato y, con la soltura del conocimiento del lugar, aparcó en la plaza.

Hice lo propio y le seguí hasta el bar en el que se metió. Llevaba mis auriculares puestos, y una chaqueta muy discreta pero lo suficiente recia para hacer una persecución en moto incluso en ese día tan frío. Entré con desparpajo y, sin mirarle, pedí una caña y me fui a jugar a la tragaperras.

Los micrófonos direccionales de hoy en día son la leche. Antes tenías que ir cargado con un paraboloide del tamaño de un balón de baloncesto y toda la parafernalia asociada. Ahora basta con dos pequeños micrófonos: Uno se dirige a la conversación y el otro elimina la señal ambiente, o algo así. El caso es que lo puse debajo del sobaco, porque además son adhesivos, y apunté hacia mi nuevo compañero de aventuras, que departía con el camarero.

—¿Te convences? —dijo el camarero.— Aquí no hay ratas. Ni gatos.

—La verdad es que la cosa fue perfecta. —Dentro de lo que cabe, trataba de ser discreto, pero se le notaba a la legua que era un pijo bronca. Sólo el peinado debía costar lo que la máquina de café de ese barucho.

—Pues allí quedó, como la otra vez. Dame lo que hablamos por teléfono. —El camarero hablaba sin mirarle, mientras trajinaba con la bayeta y los cacharros. Mi amigo sacó una lata de las de botellas de «brandy Peinado, 12 años» de una mochila que le acompañaba y la puso al desgaire sobre la barra. El camarero, con un gesto también descuidado la tomó y la colocó en la estantería de los licores calidad. En la lata debían caber una centena o dos de miles de euros.

El chulo sacudió su melena castaño rubia peinada con raya en medio, se levantó y se fue. ¡Qué desperdicio de tortilla de patatas que se había dejado! Yo había tenido la precaución de pagar al pedir y de simular una llamada telefónica por la que salí a la calle cuando intuí que mi amiguito iba a terminar la conversación. Le precedí hasta el coche, dando voces a un compañero imaginario que, al parecer, se había equivocado de lugar de cita.

El sitio no era favorable para una persecución sigilosa. Una llanura interminable llena de caminos por los que sólo de manera esporádica veías algún tractor agrícola. La fuerte niebla era a la vez una ayuda y un estorbo. Cuando tomó el primer camino seguí su luz antiniebla trasera y apagué las mías. Los pequeños claros que aparecían me obligaban a retrasarme para mantener una buena distancia y mi invisibilidad, pero aumentaban el riesgo de perderlo.

Cuando desapareció la luz supuse que había parado. Tuve que dar un par de vueltas hacia adelante y hacia atrás hasta localizarlo en una casa de labor. Un caminito aún peor que los que ya había transitado me guió hasta una arboleda con una casa o almacén de aperos. Debajo de un árbol vi su coche. A su derecha había una alberca llena de agua sucia congelada y al lado una curiosa construcción, común en la zona por lo que me había parecido ver a pesar de la niebla, similar a los accesos a las azoteas de las casas antiguas, con la puerta, de madera mal pintada, entreabierta y en la parte superior un tragaluz sin cristal; era una casa estirada cuyo tejado parecía sumergirse en el suelo crujiente por el frío. Como sospeché, se trataba de una escalera de bajada hacia el subsuelo. Los muros eran de tierra encalada y la cal se había desprendido en varios lugares y caído por los escalones, que a su vez estaban labrados en la propia tierra. Rezumaban humedad y sólo se percibían los primeros con la escasa luz que reptaba desde la puerta y el ventanuco. Pero vi el fondo, muy abajo, iluminado; debía ser el interfecto laborando algo. Y me dispuse a seguirlo.

Puesto que ya me había arriesgado a que me descubriese, osé asomarme tras el recodo. A la izquierda había un par de motores eléctricos viejos, al fondo un hueco que debía ser del antiguo pozo, que ahora parecía entubado y a la derecha estaba nuestro protagonista, apartando unos ladrillos de un montón, dejando al descubierto un espacio donde había cuatro o cinco botes de aluminio, como del doble de una lata de cerveza.

Ese era un buen sitio para los intercambios. Un pueblo tranquilo, en el que la policía solo se preocupa de los altercados de los sábados por la noche, una llanura que te permite otear varios quilómetros a la redonda, y un pozo sin uso. Además, un domingo por la mañana sólo te toparías con un par de cazadores y algún agricultor despistado. Los botes de aluminio, del todo herméticos y anodizados, serían irrastreables por cualquier perro.

Por lo menos cinco quilos se llevaba el gachó en la mochila. Me apoyé para mirar un poco mejor y fue cuando se desprendió un trozo de pared. Eché de menos a mi «Hermenegilda, la convencedora», una H&K USP Compact 9 mm, porque el tío se revolvió como un gato con un uzi de defensa personal en la mano que no sé de dónde lo habría sacado.

La escalera era un mal sitio para defenderme y, aunque bloqueé el primer envite, me llevé un buen tajo en la cara que me dejo medio ciego. Solo que yo había proyectado antes mi rodilla, que le impactó en el abdomen haciéndole retroceder hacia el hueco. Me hubiese gustado poder escapar, estando desarmado como estaba; pero sin luz y medio tuerto no creo que hubiese llegado muy lejos, así es que, viendo su situación, avancé para rematar la faena con una buena patada. Pero el muy cabrón aún no estaba vencido; me bloqueó la pierna derecha y me clavó el uzi en el tobillo, sin embargo, no se si por el impulso o porque el borde cedió, o por ambas cosas, nos fuimos los dos para el hueco.

Tal hueco era en realidad el antiguo pozo, con un tubo más moderno en medio que se proyectaba desde el fondo hasta la superficie, allí, muy arriba. Unas escaleras estrechas y empinadas bajaban otro dos o tres metros hasta la base de piedra, ya sin agua.

Y conté todos los escalones con mi cuerpo, especialmente con mis costillas y con mi cabeza.

***

Eran los calmares de Helzm… o de Horst… o de Humb… y algo más de lo que no me acuerdo. Esos calamares, según contaba el documental, eran gigantes y relativamente mansos. Hasta que te confiabas y mostrabas tú también mansedumbre; entonces comenzaban a atacar a los submarinista empezando por el cuello y poniéndolo, si no tomaba las medidas necesarias, en un aprieto. Había que mostrarles que te podías defender.

Aunque tenía los ojos abiertos no era capaz de reaccionar. Veía la cabeza de mi oponente ensangrentada rodeada por unas ratas gigantes. ¡Decía el camarero que allí no había ratas! Y además carnívoras. Una de ellas estaba mordisqueando la mano izquierda de aquel mierda. Claro que, por la postura del cuello del mierda, me parece que le importaba poco que le jodiesen la manicura. Noté movimiento en mi chaqueta. Un bicho de aquellos, del tamaño de un gato grande, me tironeaba del cuero. Levanté la mano derecha… quiero decir, la intenté levantar, pero la tenía debajo del cuerpo. Levanté una piedra con la izquierda y le intenté sacudir un golpe: Ella, o él, fue más rápida. Pero yo había dejado claro que me iba a defender, no fuese que me pasase lo de los buzos con los calamares de Helzm… o de Horst… o de Humb… y algo más de lo que no me acuerdo. Comencé a ver la luz cenital del antiguo petril del pozo al final del tubo moviéndose en curiosos vaivenes. Cerré un momento los ojos, pero me daba miedo quedarme dormido, porque ya había rondando por allí una buena cantidad de bichos de aquellos.

Tomé aire, saboreé el regusto a tierra de maceta que se había alojado en mi boca y traté de moverme. Varias docenas de puntos de mi cuerpo chillaron su dolor, de otros tantos manaban sangre que no me dejaba ver o que hacía resbalar mi mano sobre el suelo. Varias de las bestezuelas se habían enzarzado con las manos y la cara del rubicastaño y otra había encontrado un tobillo desnudo. Una de ellas colocó sus ojos en una mirada demasiado fija y demasiado cerca en mí; abrió la boca y sacó una lengua puntiaguda que paso por unas manchas de la sangre que desprendía mi cara. El muy cabrón tenía un par de colmillos a lo Nosferatu y los lucía con soltura. Me volví para liberar el brazo y ahora sí me pude incorporar; esos animalitos ni se inmutaron, movieron ligeramente las orejas hacia atrás, chillaron un poquito, menearon sus cortas y poderosas colas y siguieron tironeando de los cueros y jirones carnosos que habían conseguido en las manos muertas de mi amigo. Fui desplazándome pegado a la pared, cojeando de los dos pies, medio tuerto por la hinchazón del pómulo que había recibido el impacto del uzi y por la sangre que goteaba de algún lugar de mi cuero cabelludo. Un pequeño desvanecimiento me hizo clavar las rodillas, con lo que terminé con la cara pegada a la pared, ya que con el brazo izquierdo sujetaba el derecho, que apenas podía mover; traté de soportar el infierno que era respirar y, de rodillas, llegué a los pies de la escalera. Ya había al menos una docena de bichos congregados ramoneando lo que quedaba de cara y cuello de mi acompañante en aquella aventura espeleológica, aunque me alarmó que un pequeño grupo se interesase en mí. Como pude, fui subiendo esa escalera empinada que parecía infinita, debajo de la cual aparentaban tener la entrada a la madriguera. Por fin, uno de ellos comenzó a subir rápidamente tras de mí; dos o tres, envalentonados por la actitud del primero le siguieron. Yo ya estaba culminando la escalera, con medio cuerpo en el descansillo; tomé un ladrillo con la izquierda y se lo arrojé al cabecilla. No le di a él, pero le rozó a uno de sus secuaces, con lo que éstos retrocedieron. El valiente paró y se quedó mirando; los otros esperaban acontecimientos en el arranque. A tientas, por miedo a que me atacase por la espalda, y tragándome todo el dolor del universo, logré coger otro ladrillo, pero esta vez apunté bien. Le di en pleno cuerpo, y no sé si del golpe o de un salto propio para esquivar, la rata despatarrada calló por el lateral. Los de abajo consideraron la situación y empezaron a proponerse otras actividades alternativas. Yo seguí reptando hasta el arranque del tramo en el que me había descubierto. Vomité y me volví a desvanecer.

Francisco Torpeyvago

En Daimiel, a 20 de octubre de 2016

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28 comentarios en “Aquí no hay ratas (I de II)

    • El jueves que viene a las 20:00. Debido a todo lo que he escrito para varios certámenes, tengo entradas programadas hasta diciembre ese día a esa hora. ¡Por fin lograré publicar de manera regular!
      Y la verdad es que llevas razón. Me ha pasado que los que más he trabajado, pero con diferencia, para Calabazas en el Trastero han sido los que peor han quedado —«Solsticio de invierno» y «Teutoneju: Pueblo Serpiente»—, y sin embargo éste salió muy fluido y obtuvo mejor clasificación. Disfruté escribiéndolos todos, pero unos partos son más dolorosos que otros.
      Muchas gracias por pasarte, por comentar y, sobre todo, por leer.

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  1. ¡Qué angustia! Por Dios, Francisco, que casi me da un vahído.
    Me has tenido pegada al texto hasta el final. Era como si estuviera viendo las ratas enfrente de mí. Espero la segunda parte con impaciencia.
    Sin lugar a dudas, de los tres textos que habías escrito para Calabazas en el Trastero, éste es el que más me gusta. Quizás porque ha sido en el que me he sentido más dentro de la historia, en el que has sabido crear una mejor ambientación para la historia, una mejor caracterización de los personajes. Ha sido el que he leído con más facilidad y al mismo tiempo con más interés, con ganas de saber que iba a pasar a continuación. No sé, es mi opinión personal; no me hagas mucho caso.
    De todas formas, te felicito. Me ha encantado tu relato aunque me hayas hecho pasar un rato de angustia.
    Un beso, compañero de letras.

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    • Muchas gracias por el comentario. Estas críticas constructivas —y positivas, lo que le viene muy bien a mi ego 🙂 — ayudan muchísimo. En cuanto a lo del rato de angustia… es el mejor halago, ésa era la intención.
      Sí, creo que es el de prosa más fluida y el que mejor me ha salido en cuanto a ambiente. Es cierto que en estos tres cuentos he escrito vivencias muy cercanas —salvando las distancias: no he visto un triconodonto en la vida— y creo que eso ha ayudado muchísimo.
      ¡Muchas gracias por pasarte! Y sobre todo por leer.

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  2. 5
    Desde el principio me metiste en el ambiente, estaba yo ahí, me dejaste intrigada, ansiosa por saber qué sigue (ahora entiendo lo que sienten mis lectores cuando hago eso, jajaja).
    Este escrito nos mete totalmente en la historia ¡bravo! No apta para quienes tienen fobia a las ratas.
    No sé por qué te dieron calabazas, me parece excelente.

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  4. ¡Qué bueno! Al principio he pensado que, aunque no soy yo mucho de literatura noir, el estilo sucio, urbano y cínico en el narrador me iba a enganchar. Cierta ha resultado ser tal cosa. Y además, el título me ha hecho pensar rápidamente en Las ratas en las paredes, así que el giro para el pobre detective me ha encantado, como suponía.
    Buenísimo lo de los cuernos que esperaba no fueran “demasiado grandes” 🙂 🙂 🙂

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    • ¡Que me place! Sí, lo del estilo, no me lo explico. O no demasiado, porque gustándome mucho ya lo había intentado usar sin éxito. Pero en este relato me salió casi sin pensarlo. Y es de los menos corregidos —por tiempo, lo escribí un día antes del fin de la convocatoria, creo recordar—.
      Me gusta que te gusten esas expresiones.
      Gracias por pasarte, y por leerme sobre todo.

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      • Es que con los años he desarrollado un gusto por el sarcasmo y el cinismo que no es normal… Las cosas happy-happy, aunque no tenga problemas en leerlas, me cansan enseguida, la verdad, pero lo muy tristón también me empalaga. Prefiero una mirada sucia y directa en muchas ocasiones que me haga torcer los labios en una sonrisa… digamos escocida (de esa que es por no llorar ante la fealdad del mundo)

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      • Jajaja, te me has adelantado. Todo eso lo tendría que haber escrito yo.
        Soy de Quevedo, Borges, Chejov…
        Y de novela negra —vale, sé que ésta no te va por lo que dices—.
        PS.- Y Poe y Lovecraft, por supuesto.

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