Teutoneju : Pueblo Serpiente (II de II)


Me presenté, de nuevo, a las «Calabazas en el trastero» de la editorial «Saco de Huesos», en su XXIV convocatoria de Calabazas en el Trastero: Criptozoología. Y, de nuevo, había presentado tres relatos, tres relatos a los que les han dado calabazas.

¿Cómo? ¿Que ya has leído tres veces esto? Por supuesto, porque lo he escrito tres veces —y un par más de veces que faltan—.

De hecho, presento aquí la segunda parte del que os mostré la semana pasada.

Para quien no lo sepa, este relato se basa en varios bulos, leyendas y sucesos de la comarca de Daimiel, en muchos casos muy deformados por mi astigmática imaginación, tanto que algunos son absolutamente irreconocibles. Otros, como la historia del «Ojo de la Señora» —ojo en este caso con el sentido de afloramiento de agua— sí que resultan más discernibles. Y para más información sobre el escenario, aquí tienen vuestras mercedes: http://www.motilladelazuer.es/

Y aunque aún no he recibido el dictamen detallado —sí, señoras y señores, estas convocatorias tratan a los participantes como a personas, indicando en qué puesto se ha quedado y los motivos; ojalá cundiese el ejemplo—, estoy seguro de que resulta farragoso e ininteligible. Sigue siendo mi principal defecto. Me quedan dos soluciones: corregirlo o convertirlo en una virtud.

En fin, pensaba limitarme a las dos primeras frases, pero me enrollo, me enrollo… que os dejo con la segunda parte y final del relato.


Teutoneju: Pueblo Serpiente  (II de II)

—¡Qué pasa ahora!

—No sé, señora, las mulas se han quedado quietas. Ni tirando de ellas consigo que avancen. —El pobre mulero se empapaba bajo la lluvia, que había comenzado a limpiar la sal del sudor de los pobres animales. La oscuridad era tal que que la señora no era capaz de ver al cochero al frente de las bestias.

—Desóllalas si es preciso, pero haz que avancen.

Eso es lo que no pensaba hacer el mulero, que le ordenaban hoy que las matase a palos y mañana lo apaleaban a él por haberlo hecho. Dos relámpagos seguidos iluminaron la galera, en medio de aquel sendero entre los bancos de agua.

***

Taraduc se acercó al poblado de pescadores abandonado desde hacía tiempo. Bueno, al final él acabaría habitándolo. Su abuelo le contó que el primer ataque fue sobre este pueblo, en concreto, en la zona en la que se había construido un pequeño dique donde dejaban encerrados jarabugos que pescaban con tejidos y sazonaban al sol. Se tumbó a esperar, tapado por un matorral. Miró al cebo, un pobre cabritillo desventrado que balaba desesperado; lo había robado, claro, otro motivo de castigo. El agua arreciaba, y hacía rato que los truenos se habían convertido en un sonido constante de fondo.

Dos ojos enormes surgieron del agua y otros dos atrás a la izquierda del primero. Mientras los cuerpos correspondientes a esos ojos emergían, detrás aparecieron más.

El abuelo tenía razón, hacían mal en llamarlos hombres serpientes. Tenían cuatro extremidades y cola, andaban erguidos y no distinguía si lo que llevaban puesto era su propia piel o vestidos muy ceñidos. En sus manos portaban rodelas y cuchillos de un metal blanco.

Media docena acudió a apoderarse del agonizante cabritillo.

Taraduc surgió frente a ellos y blandiendo su alabarda decapitó a dos de ellos sin dejarles moverse. Aquella arma estaba diseñada para esa labor y sus ejercicios diarios para usarla. El triángulo de la punta tenía un vértice punzante a un lado y por el otro una media luna afilada que acababa de usar con el escaso cuello de estas criaturas.

Los otros cuatro retrocedieron con un movimiento brusco, inhumano, poniéndose a salvo. A Taraduc le temblaba la mandíbula por unas vibraciones de baja frecuencia, y no eran las producidas por los truenos. Más bien coincidían con los movimientos de las gargantas de aquellos bichos. Avanzó despacio hacia ellos. Cuando el primero de ellos se abalanzó sobre él anteponiendo el escudo, el se lo hendió con la parte puntiaguda de su lanza y, girando, le propino un fuerte golpe con la cantera. Los otros tres habían tomado el movimiento de su compañero como una señal para atacar.

Uno lo hizo justo de frente, rechazando con el machete el ataque de la lanza y propinándole a Taraduc un golpe con el escudo. Los otros dos habían atacado por los laterales en el momento en el que Taraduc recibió el golpe de la rodela. Con un movimiento desesperado, rodó por el suelo adquiriendo de casualidad una posición ventajosa para amputarle una pierna a una de esas criaturas. Sacudió la cabeza para quitarse ese sonido profundo que se hacía más intenso por momentos. Los dos enemigos que quedaban de pie se le acercaban de frente sin terminar de agredirle. De hecho, no mostraban más intención que hacerle retroceder hacia el agua. Es difícil conocer la procedencia de un sonido grave pero la sospecha, el miedo, le hizo tardar un tiempo en atreverse a volverse a mirar.

***

Las mulas seguían empecinadas en no avanzar. No respondían ni a las golosinas ni a los palos. Al fin, el macho de atrás comenzó a lanzar coces a la nada. Primero alguna suelta, pero pronto pareció ponerse como loco. La histeria había poseído al tiro; relinchaban, enseñaban los dientes, coceaban y abrían los ojos tanto que mostraban más de la mitad blancos. El cochero apenas era capaz de sujetar las riendas, sin saber realmente lo que les ocurría. La señora asomó la cabeza a la lluvia para saber qué pasaba.

Una silueta oscura surgió de la noche delante del cochero. Otra y otra más se encaramaron a los brutos aterrorizándolos y haciéndoles galopar a una muerte segura en el agua fuera del camino, arrastrando carro y señora.

Unos chapoteos y luego quedó solitario el sonido de la tormenta.

***

El agua por el que nadaba la bióloga ocultaba una rampa que iba subiendo hasta llegar al final de aquel pasaje cavado con precisión en la roca. La pequeña lámpara que le había guiado en su húmedo viaje atenuaba la oscuridad. Al llegar al aplique se percató que formaba parte de una hilera que alumbraba a su vez a un pasillo perpendicular al que había transitado. Siguió por este último hacia la derecha, desembocando a los pocos pasos en otro que parecía mucho mejor acabado, aunque la luz tenue, que parecía ser algún tipo de fosforescencia, pudiera ser que biológica, no le permitía distinguir detalles. El suelo estaba formado por una corriente de agua de apenas un palmo. Estaba segura de que este pasillo y el primero estaban a distinto nivel, por lo que había algún sistema hidráulico que gobernaba aquella instalación.

La bióloga se revolvió asustada por un gran dolor en el hombro, pero algo, una opresión viscosa, le inmovilizaba el cuello y brazos. No pudo gritar porque una náusea infinita le atenazaba la garganta y sus brazos, piernas y cabeza comenzaron a bailar al son de las convulsiones del veneno.

La borrachera no le dejaba ver claro y el mareo le hacía bambolear la cabeza. Quiso cerrar los párpados para evitar la reverberación de las luces y aquella angustia insoportable. Ella nunca había bebido. O casi nunca, le sentaba fatal. No recordaba en qué bar estaba, pero el techo era líquido y el chico que había intentado ligársela parecía andar hacia atrás y boca abajo. No era atractivo ni quitando de en medio esa cola bamboleante de la cara. O quizá era llevada cogida por piernas y brazos con la cabeza colgando por dos lagartijas gigantes.

La estancia le pareció más un museo que otra cosa. Allí, adornando las paredes largas, altas, algo curvadas en su parte superior, aparecían los más dispares objetos: Armas medievales, un traje renacentista, prismáticos, algo que parecía una calculadora… Se fijó en un escudo heráldico, ella no sabía que su forma ovalada indicaba que pertenecía a una dama, con un hombre serpiente dibujado en el. Se fijó también en un triángulo verdoso, con la apariencia de metal oxidado, al que le faltaba un bocado semicircular en uno de sus lados.

Un golpe, un sonido grave, la sacó de sus ensoñaciones. Era su propio corazón que había latido. ¿Cómo era posible aquello? Esperó y no hubo más latidos. El veneno, droga o lo que fuese, parecía mantenerla viva a un bajo nivel metabólico, pero no dejaba de ser consciente de sus sentidos ni de sí misma; lo más, si acaso, era que estaba algo confusa, algo lenta en su pensamiento.

Miró, figuradamente porque no se podía mover, a su alrededor. La sala, al igual que el primer corredor, parecía tener el suelo acuoso. Vio varias lápidas de piedra sobre las que se encontraban, en algunos casos, una especie de sacos de trozos de carne. La ubicación de su lápida parecía ser un lugar privilegiado de la sala, en alto, ligeramente inclinada hacia delante y en el centro de la pared curva. Justo debajo de ella había un guarro jabalí —guarra quiso pensar ella, por algún tipo de extraña solidaridad femenina— mirándola. Al principio le pareció muerta, por la coronilla apoyada en el suelo, la boca abierta y lengua colgando; estaba extrañamente abultada, tumbada boca arriba y con las pezuñas separadas por la hinchazón. Sus ojos, sin embargo, parecían mirarla, y alguna contracción esporádica de sus pezuñas indicaban que aún estaba viva.

Tardó varios latidos en ser consciente del movimiento a su izquierda y algo más abajo. La sala era un conjunto de terrazas líquidas descendentes y, como dos o tres escalones más abajo, unos operarios recogían los restos de uno de los sacos de carne de una lápida. Operarios de curioso aspecto: Las manos terminaban en abultamientos extraños, la cabeza era deforme, y los ojos sobresalían por encima del cráneo y no de frente. Una cola aplanada en el sentido vertical indicaba que los reptilianos no eran reptilianos. Lo confirmó al observar la glándula parótida al lado de los ojos. Aunque por la forma del cuerpo no parecían vestidos, seguro lo iban, porque no se distinguía el color de su vientre; la escasa luz que emitían las lámparas le impedían estar segura de esto último.

Otros cuantos latidos más y un par de respiraciones y oyó que la gorrina gruñó. Aunque ésta ya tenía los ojos abiertos, los abrió aún más. Se estaba estirando al máximo, cuando comenzaron las convulsiones. Pequeños animánculos comenzaron a aparecer de dentro de su boca, y de detrás de ella, posiblemente por el ano. Los de su boca comenzaron a devorar la lengua y los ojos, y al momento se abrió su vientre por varios puntos dando salida a más de aquellas criaturas, similares a miniaturas de los operarios. En un tiempo realmente breve para la nueva cronología de su consciencia, aquellos animalitos pelaron y mondaron los huesos de la gorrina, e incluso varios de ellos practicaron el canibalismo. Al escasear la comida, buscaron refugio en el agua circundante.

Aparecieron y desaparecieron obreros hasta dejar perfectamente limpia de huesos y restos la lápida sobre la que había estado la marrana.

La sala no tenía, en apariencia, entradas, pero ella vio a los trabajadores entrar y salir del agua en algunos puntos entre las lápidas. De uno de esos lugares, justo enfrente de ella y en el lado opuesto de la sala, surgieron seis o siete de aquellos seres que formaron una procesión hacia ella.

Los que estaban laborando, quedaron de pie inmóviles. Comenzó un concierto de sonidos graves, sonidos que ya había percibido de forma discreta antes. Dos de ellos se habían adelantado más. Uno alto y delgado y otro algo más corpulento. A una señal del más alto, todos menos tres, hicieron un gesto moviendo la cabeza dos veces a la izquierda y desaparecieron.

Quedaron el más corpulento y otros dos. Estos últimos ayudaron al corpulento a quitarse una especie de malla que parecía ser su vestido. De nuevo aparecieron los zumbidos graves, aunque ahora le parecían más audibles. Los que parecían sirvientes hicieron el repetido movimiento de su cabeza a la izquierda y desaparecieron.

Quedó, por fin, sola con aquel ser barrigón. Empuñaba un cuchillo que al principio confundió con una maza hasta que se dio cuenta que la empuñadura era la adaptada a las manos de aquellos seres.

Comenzó a explorarla cortando con el cuchillo trozos de ropa. Cuando estuvo libre, introdujo un largo dedo en su vagina, pero pareció no gustarle demasiado. Después le tocó el turno al ano. Se recreó algo más y ella deseó que la droga hubiese acallado mucho más sus sentidos.

Por último, la boca.

Estaba acostumbrada al olor a charca; aún así, se le encogió el estómago cuando aquel ente se inclinó sobre ella. Le introdujo el dedo por la garganta de forma inmisericorde; a pesar de la parálisis crispó las manos.

El monstruo le agarró las dos mandíbulas y se las separó hasta que sintió el crujido al dislocarlas. El dolor, que no fue amortiguado por la sustancia paralizante, la dejó medio ciega.

Aquel bicho miserable se sentó en cuclillas sobre ella, y colocó la cola sobre el cuerpo de su víctima. La cloaca pareció volverse del revés, dejando un palmo de ovopositor al descubierto. lo introdujo en la forzada apertura de su boca hasta las cuerdas vocales. Aquel barrigón, que ahora sospechaba barrigona, parecía un adolescente que después de dar muchas vueltas al deseo, descubría la masturbación por primera vez.

La entrepierna de la barrigona no le dejaba respirar, aunque tampoco es que lo hiciese muy a menudo. Pero un extraño tapón comenzó a ocluirle la garganta dilatándosela más allá de lo posible. Las lágrimas le corrían por la mejilla, agitaba sus casi paralizadas manos, sus esfínteres se contraían y se relajaban de forma alternativa y las rodillas se levantaron unos centímetros de la losa.

Supuso, con acierto, que el primer huevo, quizá del tamaño de una pelota de tenis, estaba pasando por su faringe y tomó camino del esófago; después siguió una sensación de fibras y gelatina que le taponaba toda la garganta. Y, en seguida, el segundo huevo.

No sabía si habían pasado horas o días después de ese suplicio. La hinchazón del vientre le separaba las piernas. Su cabeza colgaba de lado con la mandíbula dislocada que notaba perfectamente y la lengua fuera goteando restos de fluidos de la puesta. ¿Cientos, mil? No contó cuántos huevos le habían puesto en su interior. La muy puta se había levantado y aún la tenía en el campo de visión. Mostraba el vientre flácido y la cloaca parecía querer volver a su sitio.

—«Zorra, así te esté escociendo el culo un lustro. Y tu marido te vea tan desmejorada que me venga a visitar con sus dos pollas… Me debe estar faltando el oxígeno. Con un poco de suerte, me podía quedar inconsciente para aliviar todo el dolor. Y para evitar el momento del infernal parto. Además, tu marido no es un reptil, no tenía dos…» ¿Pues no que parecía la estaba mirando con cariño? Claro, hasta ese momento debía haberlos parido vivos. Un par de ellos, quizá alguno más, pero no más de media docena. Y ahora, las circunstancias le hacían cambiar de estrategia. Muchos partos porque había mucha comida y más calor.

Aquel pendón metió la cola entre las patas como para esconder el ovopositor. O para rascarse.

—«Zorra, así te esté escociendo el culo un lustro. Y tu marido te vea tan desmejorada que me venga a visitar… Eso ya lo he pensado antes. Cómo duele la mandíbula, y el vientre, y el hombro, y la garganta; es insoportable. No lo noto, pero seguro que me he cagado y meado y de todo.»

La ribera estaba llena de paseantes que disfrutaban del atardecer de un día caluroso de verano. La enorme seta que crecía nubosa hacia la puesta de sol impedía que el rojo intenso habitual se extendiese, dando lugar a un juego fantástico de luces y sombras. La humedad y el calor se conjugaban para manchar camisetas.

Un niño baja hasta la orilla del río, donde un tritón espera cazar su primera comida de ese día.

—¡«Cucha» papa! ¡Un «lugarto»!

—Es un tritón, hijo.

—¡Y el otro! Si tu hijo te dice que es un lagarto, es un lagarto. Y no te hagas el listo —terció la madre que empujaba una sillita de paseo con su otro vástago.

Sí, sin duda esa misma noche habría tormenta.

Francisco Torpeyvago

En Daimiel, a 13 de octubre de 2016

¿Cómo «tesáquedao» el cuerpo después de esto? ¿Te ha gustado el cuento? 
¿Lo prefieres por capítulos? ¡Manifiéstate si estás ahí, «mardito» 
malandrín!
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8 comentarios en “Teutoneju : Pueblo Serpiente (II de II)

    • Sí, es que parece que el relato entero está escrito por partes y, como ya he comentado, los jueces consideraron que debía acabar de un modo más global todos los argumentos, en lugar de haberme centrado en una sola escena final.
      Taraduc es un guerrero pre íbero, quizá pre carpetano u oretano, muy anterior a las invasiones o migraciones celtas, pero desde luego la atmósfera que he querido transmitir ha sido ésa, por lo que te agradezco el comentario.
      Muchas gracias por pasarte y compartir tus opiniones. Y, sobre todo, por leer.

      Le gusta a 1 persona

  1. Taraduc, también es un nombre que me resuena de algún lado, algún recuerdo.
    Muchas emociones en respuesta a tu cuento, no sé cuál fue mayor, pero muy bien.
    Por otro lado, me gustaría saber dónde acaban las tradiciones y empieza tu inspiración. Me hubiera gustado un poco más sobre lo que encontró la bióloga antes de la escena, que francamente me dio asco.
    Espero el próximo el jueves tu siguiente post.

    Abrazo de luz

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    • Sí, siento que tenga que ser tan gore, pero la convocatoria es sobre literatura fosca y el relato había de cumplir con las expectativas.
      Bueno, las tradiciones son diversas y siempre tienen que ver más con situaciones que con historias o con toponímicos. Y por supuesto, jamás son tan escabrosas. Por ejemplo, en los Ojos del Guadiana hay uno que se llama el Ojo de la Señora —ojo en el sentido de afloramiento de agua—, que parece que se llama así porque efectivamente, una galera fue tragada con señora incluida. De reptilianos, nada, ¿eh? que eso es cosa mía 😀 .
      Y también varios lectores me han comentado que el relato resulta como «resumido», que debería haberlo estirado más, especialmente el final, sonde parece que quedan cosas sin acabar o que terminan precipitadamente. Me lo apunto, como toda crítica constructiva.
      Lo que os puedo adelantar del siguiente, que también lo haré dos partes —a partir de aquí ya te haré caso y publicaré cada cuento completo—es que NO tendrá ratas 😉 . Pero es también para Calabazas en el Trastero, por lo que también será fosco, pero con un toque… bueno, ya lo verás.
      Pero No habrá ratas…

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