Teutoneju : Pueblo Serpiente (I de II)


¿Ya había contado que me habían descalabazado de nuevo? Y de hecho, coloqué el primero de los relatos en una entrada anterior.

Me presenté, otra vez, a las «Calabazas en el trastero» de la editorial «Saco de Huesos», en su XXIV convocatoria de Calabazas en el Trastero: Criptozoología. Y, de nuevo, había presentado tres relatos, tres relatos a los que les han dado calabazas.

Para este segundo, voy a hacer un experimento. Ya había comentado en alguna ocasión que había entradas que se me hacían largas. Así es que intentaré hacer de las más largas, dos.

Por eso aparece el indicador de capítulos, dos en este caso, y creo que en todos los que ponga, que no soy de hacer cosas muy largas. En fin, a ver qué pasa con esta entrada, y, malandrines, dad vuestra opinión.

Para ayudar un poquito en la comprensión del relato, pongo un enlace que puede ser instructivo: http://www.motilladelazuer.es/

Y sí, ansiaos, que ya está aquí el relato. Bueno, el primer cacho.


Teutoneju: Pueblo Serpiente (I de II)

—¿Que no sabes lo que son las motillas? Bueno, es que ésta está muy restaurada; incluso se ha reconstruido en parte. Son montículos que se encuentran en la llanura manchega cerca de las zonas húmedas. Debajo de esos montículos aparecen estas ciudades de la edad de bronce. Mira, la estructura es más o menos ovalada y ese murallón alto de dentro es la verdadera muralla. Lo que ves alrededor es el pasillo de acceso, paralelo a la muralla. Así se podía vigilar perfectamente la entrada al recinto. Todo lo que la rodea eran viviendas exteriores a la muralla. Pero pasa, pasa, que te enseño lo que te decía. Tú venías a ver urodelos, ¿no?

El guía, un becario de la facultad de historia de la universidad, dirigió sus chanclas y su vaquero cortado por la rodilla hacia el interior del pasillo que indicaba. Se quitó un momento la gorrilla para echarse algo del pelo moreno húmedo hacia atrás y prosiguió:

—Todo esto que ves a los lados son depósitos para el grano, realizados con la misma piedra caliza plana que el resto de la construcción, y el acceso lo forma esta rampa ascendente que llega hasta esta especie de torre.

La paciente guiada, treintañera bastante anodina de no ser por el sombrero de paja de ala ancha y por su aspecto de aventurera experta, resoplaba. En pleno verano y a la hora de la siesta, La Mancha podía ser infernal. Además allí, a las altas temperaturas y al sol contundente, se sumaba la humedad del cercano río. A ella le había parecido algo guarro aquel chaval que la recogió en la estación de Ciudad Real todo cubierto de un sudor pegajoso; treinta quilómetros en coche sin aire acondicionado oliendo a humanidad rancia. Pero a estas alturas lo comprendía. Estaba empapada desde la uña del dedo gordo del pie hasta la coronilla. Suponía que tras varios días en aquellos andurriales su cuerpo lograría regular la transpiración y pasar de esa humedad chorreante a la asquerosa sensación pegajosa. Notaba como le corrían las gotas por la columna hasta pararse en sus pantalones técnicos. Tenía la impresión de que se le notaba todo el trasero mojado.

—¿Y dices que éste es tu segundo doctorado? ¡Qué fiera! ¿Ves? Eso es lo que te quería enseñar. —Bajaron desde la torre hacia el patio interior.— El pozo que hay dentro es el corazón de esta ciudadela. De hecho, es el motivo de que se encuentre aquí, a pesar de los mosquitos en verano y del frío en invierno: agua.

»En aquella época, todo el secarral que hay alrededor eran bosques de tarayes en las zonas más cercanas al río y encinares espesísimos al alejarse. Pero mira aquí, asómate al pretil.

Este pretil era un murete también de caliza que rodeaba lo que parecía una alberca de forma irregular de unos cuatro o cinco pasos de diámetro y que llegaba poco más arriba de la entrepierna.

—El pozo fue profundizándose durante siglos según «pintase» el agua. Ahora está en uno de sus momentos más altos. Fíjate ¡Allí! ¿Los ves? Me habías dicho que querías observar tritones en las lagunas temporales, pero aquí los tienes. Y conviven con nuestra ranita. —La señaló, y luego se volvió hacia la investigadora:

—Oye, yo ahora me voy a ver otra motilla a unos quilómetros de aquí. Como han subido las aguas, se han abierto un buen número de afloramientos, ojos se llaman aquí, y ha afectado uno de ellos a la excavación. Vuelvo en unas horas y te recojo si quieres. ¿Me has dicho que te gustaría ir y venir en bici? Esta tarde te agencio una. Hasta luego. ¡Ah! se me olvidaba, toma las llaves de la caseta.

Cuando por fin se quedó sola, decidió subir a la torre. Dejó la mochila gigante, todo su equipaje, al lado del pozo, echó un buen trago de agua fresca y se dirigió a lo más alto de la ciudadela. Aprovechó para fotografiar toda la motilla desde allí.

Resoplaba como un fuelle viejo. Había perdido mucha forma. Cuando fue a bucear a los cenotes de Costa Rica sí que estaba en su plenitud física; dos años viviendo de verdad en la selva tropical le hacen endurecerse a uno en muchos aspectos. Y ahora hacía tres años que estaba engordando el culo en un despacho.

Una vez que bajó, y acomodada a la sombra, comenzó a ver juguetear a los tritones en el agua; eran ibéricos, no pigmeos, y distinguió tres, seguro que dos machos y una hembra. Y sabía que alguno más de ellos estaba observándola desde una piedra de ese pozo en la húmeda umbría de un hueco. Abrió el portátil y se entretuvo releyendo su tesis actual; de cuando en cuando fotografiaba a los tritones.

… las poblaciones de estrategia r tienen descendencia en gran número, pero dedican un cuidado mínimo a sus crías; producen grandes explosiones demográficas cuando las condiciones son favorables …

A pesar de estar a la sombra, el calor le agobiaba, la humedad comenzaba a no dejarle respirar con comodidad; y, sin embargo, trató de seguir leyendo.

… la población de estrategia K tienen un menor número de descendientes, pero los cuidan con gran derroche de energía …

Las nubes se juntaban coloreando la tarde de ámbar. ¿Por qué había una muralla alrededor del patio del pozo? No parecía muy normal. Se quitó el sombrero, uso la cantimplora para empaparse la cabeza y el agua del pozo para sumergir el gorro; no encontró demasiado consuelo al mojarse, parecía que la humedad seguía aumentando.

… pero existen especies que, en función de las condiciones ambientales, pueden ser vivíparos, esto es, estrategia r u ovovivíparos, estrategia K. En el primer caso, ponen una gran cantidad de huevos y los abandonan o les prodigan unos cuidados mínimos, y en el otro los huevos se desarrollan en el interior de la madre en menor número, y, en algún caso, las crías llegan a practicar el canibalismo en el interior de la madre, pariéndose un número reducido de ellas …

Aquello parecía una tormenta inminente y no sabía cuánto iba a tardar aquel muchacho en volver. Por si acaso, iba a buscar refugio en la caseta de visitantes. Recogió todas sus pertenencias, le añadió el sombrero a un enganche de la mochila y comenzó a andar hacia el hueco que daba al patio ¿Habría algo techado por allí además de la caseta? Empezó a dar vueltas algo desorientada.

Le sorprendió un ruido similar al de un retrete a su izquierda.

***

Taraduc, el Guardián de la Oveja, recibió una contundente colleja de su abuela. Él había adquirido aquella responsabilidad por influencia de la matriarca del clan, a pesar del error de su desaparecido abuelo. Y se atrevía a defraudarla de esa manera, dejando que desapareciera la oveja. Lo deberían condenar a ser pescador y a vivir en el barrio de los pescadores, como al inútil del abuelo y sus historias.

Taraduc salió a la puerta de la casita. Dio un paso adelante usando la lanza ceremonial como cayado y alzó la mirada hacia la muralla; se preguntaba qué había pasado. Un escalofrío le recorrió la espalda al recordar las narraciones, ahora olvidadas por el resto de la nación, de su antepasado.

Decía que la oveja tenía la finalidad de avisar cuando los hombres del clan del reptil iban a atacar desde el pozo, y que recordaba la última gran batalla con ellos. Primero intentaron colarse desde el mismo pozo, pero los pudieron rechazar; luego, desde el río. Le contaba que por lo menos cincuenta de ellos atacaron la ciudadela y, no obstante de superar a los humanos en número, los rechazaron toda una tarde. Durante la tensa noche, y a pesar de la continua vigilancia, desaparecieron los cadáveres humanos y reptilianos y las armas del campo de batalla. El abuelo hizo guardia al lado de la oveja, que tan bien había funcionado como alarma, con la lanza ceremonial hasta el amanecer. Pero el tiempo pasó y el viejo guerrero se quejaba de que la gente ya no hacía caso a estas historias, que cualquier día los teutoneju volverían y la oveja no serviría de nada porque la usaban de forma ritual y no práctica. De hecho, de doce Guardianes de la Oveja, se pasó a sólo uno: El fuerte Taraduc. Por contar estas historias que incomodaban conciencias el anciano, en aquel entonces apuesto hombre, fue destituido como marido principal de la matriarca, y desterrado al poblado de pescadores. Incluso allí seguía practicando los extraños ejercicios del uso de la lanza sagrada, que Taraduc tuvo que aprender y repetir todos los días de su vida.

El Guardián miró el delta con el bocado en forma de luna de la punta de la pesada alabarda de bronce. Demasiado valiosa, ésta también la fundirían. Atardecía y el agua caía fuerte, refrescando por un momento el ambiente; los relámpagos se reflejaban en metal pulido del arma sagrada y los truenos, sus fieles seguidores, parecían un continuo redoble del tambor de alarma. Juró a la diosa de las centellas, que antes de que llegase el castigo de la tribu, le haría honor a ese báculo.

***

La señora se asomó al ventanuco de la lujosa galera. Las seis mulas tiraban de ella a buen paso, pero la tormenta se les había echado encima; había oscurecido tanto que era difícil distinguir individualmente los árboles.

—¡Mozo! ¿Cuánto falta?.

El cochero, un cuarentón con blusa y boina se volvió:

—Como un par de leguas, señora. Si no fuese por las nubes, que parece que se junta el cielo con la tierra, casi que llegábamos de día.

»Y tendríamos que buscar refugio, que una tormenta aquí «enmedio» no es «ná» bueno.

—Pero ¿no me decía que se podía acortar?

—Sí, señora, por lo Ojos, pero así, casi sin ver… Hace un rato que llevo los farolillos «encendíos», pero con esta luz que sí que no, «ná de ná».

—¡Pues coja por allí! Hoy tengo que hacer noche en Daimiel por las buenas o por las malas.

El ventanillo formaba un marco alrededor de su cara, tétrico camafeo. Un relámpago alumbró sus facciones duras y el óvalo de metal del portillo con el escudo de su familia: Una serpiente con cabeza de hombre sobre fondo azul.

***

La bióloga se dirigió al ruido. Parecía provenir de unas escaleras descendentes que había al junto al pozo, pero por el otro lado del muro. No las había visto al entrar y el hueco estaba sin señalizar, además tenían el borde húmedo y los escalones mojados y llenos de escombros; parecía una zona rehundida. Esta parte de la ciudadela no la había visto y además le ofrecía un refugio. ¿Cómo le había dicho el becario que se llamaban? ¿Las minas de los pozos? ¿O era uno de esos refugios de pastores que le había contado que se encontraban enterrados? Tenía una buena confusión gracias a la verborrea de este chaval. La tormenta comenzó con unos fuertes truenos en seco que debían perseguir a rayos que habrían caído en los postes eléctricos de la línea cercana o en alguna de las solitarias encinas de los alrededores.

La espiral descendente la llevó en apenas dos vueltas hasta muy por debajo del nivel del pozo, lo que le llamó la atención. La linterna alumbró un dintel semisumergido. Metió los pies en el agua, total no creía que se fuese a acatarrar con ese calor, y llegó hasta la altura del dintel; rememoró sus aventuras americanas. Al alumbrar vio que era parte de una puerta y que, por lo que insinuaba la escasa transparencia del agua, el pasillo al que daba paso ascendía suavemente. Siguió bajando hasta que el agua le llegó al cuello, dejando la linterna por encima del nivel del agua. Allí delante había luz que no eran reflejos de la suya; recordó su habilidad en los cenotes americanos y su enorme experiencia como buzo. Terminó de bajar y con el agua hasta la frente y la linterna rozando el techo avanzó. Como en vez de subir, aquello parecía bajar, determinó volver al punto anterior. Pero la luz continuaba allí, y no se explicaba lo que era. Decidió dejar la linterna en la escalera como referencia y bucear hacia la luminaria. Al cabo de unos pocos metros pudo sacar la cabeza en lo que parecía un pasillo interminable. El suelo era el agua por la que nadaba, las pareces ascendían con ciertas irregularidades en forma y color hasta unirse en un techo en bóveda de cañón. Allá al fondo, una candela débil insinuaba las formas de la construcción, y se reflejaba en una línea infinita sobre el agua.

Avanzó, atraída como un insecto.

***

Francisco Torpeyvago

En Daimiel, a 6 de octubre de 2016

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 un capítulo aunque sea más largo? 
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12 comentarios en “Teutoneju : Pueblo Serpiente (I de II)

    • ¡Gracias por el cinco! Siendo la colección Calabazas en el Trastero, hubiese preferido que me hubiesen dado «calabazas», jaja. El porqué, pues porque tienen un nivelón extraordinario. No sé si has leído algo de esta colección, pero son increíbles. De las mejores antologías de relatos «foscos» en español.
      Y vale, tomo nota de tu voto para publicar relatos enteros.
      PS.- Dejo un enlace que puede ser instructivo sobre las motillas y para entender mejor este relato: http://www.motilladelazuer.es/

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      • Antes de leerlo, te comento, según entendí, las motillas son lo que aquí en México, supongo que en Latinoamérica, Turquía y otros lugares, llamamos “tepes”, montículos bajo los cuales hay construcciones muy antiguas, como las de Göbekli Tepe (tepe, en náhuatl significa cerro, monte, montaña).
        En cuanto pueda leo lo que me enviaste, me interesa quiero escribir sobre los tepes del mundo.
        Aprovecho para decirte que como va el relato, da para una novela, tipo Dan Brown o Javier Sierra.

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  1. Pues sí, efectivamente eso son. Y me alegro mucho que te interesen porque yo las creo fascinantes. Aunque en su época fuesen ciudades de lo más normales y corrientes para una época, ahora resultan evocadoras.
    Y muchas gracias. Ya hay varias personas que me han comentado que mis relatos resultan atropellados porque intento contar mucho en muy poco espacio. Si no fuese tan vago, quizá podría animarme a hacer una novela.

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  2. Pregunta, de curiosa que soy, no más… ¿tú no estás montando una novela con todos tus relatos unidos en una sola trama, con personajes redondos y con tu estilo particular? Lo de “vago” queda para tu apodo, y apúrate que el tiempo pasa y aquí hay más de uno que espera leerte (fuera de WordPress, digo) 😉
    Van de los míos…
    (Y piénsalo seriamente con tu almohada… quién te dice que es más inteligente que tú y yo juntos!) 😛

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    • Jajaja, pues el haber hecho este puzzle creo que me costó puntos, según comentarios de los jueces. Porque sí que este cuento en concreto está hecho reuniendo varias «consejas de viejos» de la zona. Y el final debería haber sido más completo para todas —y estoy adelantando algo de la segunda parte—.
      No, no me veo capaz de escribir algo más largo, porque te aseguro que tanto lo de «torpe» como lo de «vago» son ciertos. Se me haría muy cuesta arriba, y sería otro proyecto sin acabar. Lo que sí te agradecen mis personajes son tus alabanzas y mi ego lo de mi «estilo particular». Pero me veo aún poco experimentado como para salir de este cómodo rincón de la red.
      Sí, mi almohada es muy inteligente, por eso siempre para a la osadía de mi ignorancia 😉
      Vaya para allá un álef tres o cuatro , si es que existen. Hoy soy incapaz de poner el simbolito 😀

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      • Jajaja, menos mal que estoy lejos, que si no te empujo por el barranco y a soltar la zona de confort… Tú agradece que estoy en la otra punta del mapa! jajaja 😛
        Esa es una identidad que te has puesto encima con apego (torpe y vago), que yo sin conocerte NO te creo, jeje 😉
        Gracias por tu hermosa respuesta.
        Van más infinitos (no, mejor no adelantes nada, así nos quedamos con la intriga!)

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      • ¡Ay, lo de la zona de comfort! ¡Cuántas decisiones equivocadas se tomaron al abrigo de un aserto mal empleado! Algún día escribiré al respecto 😛 . De momento, agradezco que no me tires por un barranco 😉 . Y encima me llamas mentiroso 8O, dices que no me crees :D.
        Sí, adelantaré algo. El próximo relato NO tendrá ratas, jejeje.

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