Sirenas en Ruidera


Un nuevo «descalabazamiento» me ha caído encima. Me siento cabello de ángel. ¡Uy!, no me he dado cuenta de que no he empezado a explicarlo desde el principio —ansias, que sois unos ansias, que el relato está al final—.

Me presenté, de nuevo, a las «Calabazas en el trastero» de la editorial «Saco de Huesos», en su XXIV convocatoria de Calabazas en el Trastero: Criptozoología. Y, de nuevo, había presentado tres relatos, tres relatos a los que les han dado calabazas.

La verdad es que he intentado ser original, y eso creo que lo he conseguido, pero a costa, como siempre, de resultar algo farragoso. E incluso, como el que presento, críptico sobre críptidos. ¿Seríais capaces, malandrines, de identificar al verdadero críptido en este cuento?

En fin, que me enrollo, os dejo el primero de esos relatos.

PS.- Un relato de Unserdeluz también sobre sirenas:  https://serunserdeluz.wordpress.com/2016/10/16/las-tres-sirenas-de-la-isla/


Sirenas en Ruidera

Me apoyaba tumbado boca abajo una roca repleta de poros y aristas, desde la que contemplaba el reflejo de un sol que sobre el agua creaba la definición de turquesa. La visión espectacular de ese enorme círculo verde estaba tan solo restringida por un pequeña parte del mineral que me servía de soporte y por una beldad femenina de tez pálida y gesto amable que me miraba con cierta fijación; una sirena me sonreía al revés.

Claro, que quizá no fuese exactamente así. Porque la superficie que veía formaba una circunferencia de luz cuyo borde deformaban las olas. Eso era que estaba viendo la superficie desde abajo, desde el fondo. Ahora todo tenía más lógica. Excepto por la sirena y el sabor a cieno en mi boca.

No, de nuevo me equivocaba: La sirena no, las sirenas. Preciosas, con el pecho al aire y el cabello no rubio pero no demasiado oscuro flotando. Quizá es verde claro.

Y ésa de enfrente me arroja una mirada fija, curiosa pero sobrecogedora.

Trato de moverme, pero debo tener el torso atrapado por la roca en la que me creía apoyado.

No, el pelo es muy claro, es el contraste con la luz de la superficie lo que me lo hace ver oscuro.

—¿Qué hacías ahí arriba?

—Pescando —contesté.

—Respira por la nariz y expele por la boca. Mis compañeras te siguen bajando burbujas de aire. —Eso explicaba muchas cosas. Al menos, algunas. Su piel blanca marcaba las venas, o lo que tuviese en su interior, con toda claridad, dándole el aspecto de una estatua esculpida en una piedra veteada. Pero la cola era llamativa. Parecía más la de un congrio que la de un delfín. Y no debían medir más de tres cuartas, o cuatro a lo sumo. Unos ojos muy negros, labios expresivos, muy llamativos, barbilla ovalada, pómulos con carácter, pero no excesivos, hombros equilibrados, unos brazos que daban ganas de acariciar, los pechos blancos lechosos y de apariencia turgente y una cintura que daría envidia a cualquier mujer de la superficie.

—Supongo que ahora me pasará algo terrible.

—Bueno, pasarte ya te ha pasado. Mírate, hace un rato estabas pescando, dices, y ahora estás en un pozo de la laguna. Ya sabes, quien entra en un «ojo» no vuelve a salir. Deberías haberte ahogado.

—Entonces ¿me vais a ayudar? —Juraría que pararon por un instante su actividad ictícola, sea lo que fuere que estaban haciendo sin parar, y se rieron. O algo parecido.

—Todo eso lo estás elucubrando tú.

—Y quizá esté a punto de ahogarme y por eso veo alucinaciones de mujeres preciosas con forma y tamaño de una anguila; o la alucinación es más completa y veo anguilas con forma de mujeres atractivas. —Sí, me imaginé a mí mismo imaginando que imaginaba justo eso, anguilas albinas. Bellísimas anguilas albinas.

—Si te vamos a hacer daño, ¿porqué te bajamos aire? Y si te vamos a ayudar, ¿porqué no sacamos tu cuerpo del pozo?

—Esas son buenas preguntas ¿Porqué? —Pensé en el teléfono móvil de seiscientos euros en mi bolsillo. A la porra con él. Y todo el equipo de pesca que llevaba encima, que costaba unos miles. Bueno, una parte lo podría salvar, ahora que lo pienso. A fin de cuentas es para el agua. Pero ¿qué hago elucubrando todo eso cuando estoy a punto de morir? Creo.

Antes, el torso de mi interlocutora permanecía estático y vertical frente a mí mientras agitaba la cola. Ahora, sin embargo, comenzó a moverse en torno a mi cara. Miré a una ova por ver si me estaba mareando, pero no, la ova permanecía fija. Era ella que comenzaba a no estarse quieta. Sus compañeras traían una actividad incesante que hacía oscilar aquellos senos como péndulos que me hipnotizaban.

—¿Qué coméis?

—Jajaja, por fin una pregunta sensata —dijo, pienso, para aumentar mi inquietud.— Sí, somos carnívoras, sí, cazamos en grupo, no, no comemos carne muerta. Pero las gambusias también son carnívoras, solo que comen larvas de mosquito.

—Y vosotras también coméis bichitos, ¿verdad? O al menos a las putas gambusias.

—Jajaja —rio por segunda vez ese bellezón. ¿Por qué mi voz sonaba amortiguada, grave, y la suya era tan clara, tan agradable?— Alguna de ellas, despistada, que se atreve a bajar por estas cuevas faltas de luz. No solemos salir tanto de estos huecos si no es por un buen motivo.

—Y yo soy un buen motivo. Una buena masa de carne para vuestra despensa. Por eso me mantenéis vivo. Me comeréis sin matarme para que os dure más, ¿o soy un ikizukuri humano?

—No, qué va. ¿Sabes lo que es el sadismo? Se desarrolla en algunos animales, tanto más cuanto más inteligentes son. El sadismo, además, apetece en especial si la víctima es también inteligente y puede apreciar el tratamiento. Nosotras lo somos mucho: inteligentes y sádicas.

—Ya veo de qué vais. Lo sabía o me lo imaginaba. Estaba pescando y me habéis llamado. Es lo que hacéis las sirenas, o lo que queráis ser. Yo, tonto de mí, ni me he dado cuenta y me he tirado al agua.

»Pues exijo un último deseo.

—¿Tú crees que debes pedirlo?

—Sí, quiero sexo. —La risa, esta vez clara y corporativa, les interrumpió durante un buen rato. —Que sí, que estáis muy buenas, y que me da mucho morbo. Y ya que me vais a matar, que sea como castigo de ese pecado. —Debía estar ya al borde mismo de la muerte porque mi cabeza fallaba; no tenía mucho sentido lo que estaba diciendo. Pero estas ondinas me parecían cada vez más guapas y más apetecibles. Y proseguí:

—En todos estos asuntos se cuenta siempre que un pardillo peca sin comerlo ni beberlo y una entidad superior lo castiga. Me parece injusto. Si he de morir, primero peco y luego ya…

—Vamos a ver, alma cándida. ¿Tú te has fijado en nuestro tamaño? ¿Y cómo te imaginas que se reproducen los peces?

Entonces, al intentar comparar las dimensiones de lo que pensaba usar con ellas con las de aquella guapa malhumorada, me dí cuenta de que me habían desnudado; pero no tenía ni idea de como lo habían hecho porque seguía atrapado entre las rocas con una corriente succionándome hacia la cueva.

—¿Y vuestros machos? —Ella seguía sonriendo, pero sus ojos negros, dos cuentas del color del odio profundo, ardían con luz silenciosa.

—Ves, otra pregunta inteligente. Crecemos todas como hembras. Una vez que estamos en edad de reproducir, bajamos el río por sus cuevas, cavernas y grutas subterráneas hasta el mar y, allí, algunas de nosotras se transforman en macho. Y luego los alevines remontan hasta aquí. ¿Te parece que tienes cabida en ese hermoso ciclo, bicho repugnante?

Los primeros bocados en el abdomen fueron dolorosos, sobre todo cuando llegaron a las vísceras. Dolió como si me diesen una patada en todo el estómago mientras padecía una indigestión. Pero lo que me hizo estirarme de verdad fue la primera mordida en los testículos; deseé haberme ahogado hacía rato. No sólo me iban a comer, iban a disfrutar viéndome sufrir desventrado mientras me masticaban. Yinyangyú

Ya sólo faltaba que me mordisqueasen algunas de las zonas más sensibles de la cara.

Y lo hicieron.

Francisco Torpeyvago

En Daimiel, a 1 de octubre de 2016

¿Os gustó?¿No os gustó? ¡Manifestaros, «marditos» malandrines! 
Y comentad, ricos míos, comentad.
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14 comentarios en “Sirenas en Ruidera

  1. Sí, pero acuérdate de todos esos pobres parias mitológicos: Adán, Paris, Peleo…
    Todos se veían metidos en un lío y pagando por un pecado que no habían cometido. ¿De qué se puede culpar a este pobre hombre que pedía algo de justicia mitológica, pecando para recibir castigo en lugar de recibir castigo directamente?
    No sé quién dijo que la naturaleza nos había dotado con dos cerebros, pero con sangre para sólo uno. Pues eso: ¡La mitología es más injusta que la vida! 😛
    Por cierto, no has visto, o no lo has comentado, cuál es el críptido. Creo que lo puse demasiado difícil o que el argumento, que debería girar en torno a los críptidos, se me fue de las manos.
    Muchas gracias por pasarte y comentar, y, sobre todo, por leer.

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  2. Me encantó tu cuento, muy sui géneris, como todo lo tuyo. Por lo pronto, te puse 5 estrellas.
    En cuanto al críptido, creo que son las sirenas, pues son seres cuya existencia es improbable y son comúnmente denominados criptidos,

    Tengo un cuento sobre sirenas, algún día lo publicaré, por ahora estoy muy ocupada con Sussy y sus historias.

    Por cierto, se un ángel y cuando publiques, avísame, si no me tienes buscando inútilmente un post tuy

    Le gusta a 1 persona

  3. Vale, solucioné, creo, lo de los comentarios repetidos. Muchííííísimas gracias por las cinco estrellas.
    Pues ese fue el problema. La sirena más que críptido es mitológico. Me temo que el críptido quedó demasiado críptico —ja juarl ja juarl (risa de pijito ¿rosas decís por allí?), me parto y me mondo con mis propios juegos de palabras 😉 — y que eso, al final, fueron votos negativos. Debo ser más claro.
    Y publica, cuando puedas, que todos andamos patas arriba y sabemos lo que es andar apurado, el de sirenas, que te lo enlazo desde aquí.
    En cuanto a los avisos, ¡no te preocupes! lo tengo solucionado hasta diciembre —salvo que me premien «La Mano» o alguno más que hay por hay suelto—, porque ¡TODOS LOS JUEVES A LAS 21:00 HORAS VOY A PUBLICAR! —a las 14:00 hora de México— Es que ya me están viniendo negativas de certámenes… Lo bueno es que presentarme ha valido para lo que pretendía: Más de un cuento por semana.
    Gracias por pasarte, comentar, por alimentar mi ego —me agrada que me digan que tengo personalidad escribiendo— y, sobre todo, por leer.

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