Dos mil quinientas gotas y un viaje en el tiempo.


Para qué nos vamos a engañar. El relato de hoy es bastante espesito. Es de esas burradas, no tienen otro nombre, que se me ocurren cuando duermo poco. Pero una vez medio soñado, no he parado hasta escribirlo.

Además, debía agradecer las 2.500 visitas a mi blog. Si, dos mil quinientas visitas de las que me siento muy orgulloso y agradecido. Bueno, aún me quedan ciento treinta, que es que me entusiasmo y me adelanto(Ahora ya son más de 2.500). Y la mejor manera de celebrarlo —que sí, «marditos» malandrines, que hay relato y está al final, que te vas a hartar hoy, «ansiao»— es con esta narración. Y además de las visitas, os tengo que agradecer vuestra paciencia. Estoy en proceso de presentar varias historias a certámenes—sí, estoy escribiendo bastante y corrigiendo más, a ver si suena la flauta— por lo que apenas pongo historias en el blog. Ésta realmente ha sido una excepción, pero es que me ha salido como diarrea en corro —perdóneseme lo escatológico, pero es que es así—.

Es cierto, insisto, que la de hoy es un poco espesa, que me he metido en mucho fango, pero que, a pesar de ello, espero que sea entretenida. Es una manera más de las muchas que hay de terminar una epopeya de viajes en el tiempo, y que sea a la vez divertida y levemente amarga. Le sobra mucho comentario que parece no aportar demasiado a la historia, pero como me encuentro un poco presionado por escribir de forma escolástica para los certámenes, en ésta me explayo. Claro que, si tienes curiosidad y ganas, te podrías mirar el segundo principio de la termodinámica y lo comentamos después.

En fin, quizá hubiese debido haberlo depurado un poco más, porque lo he escrito conforme me ha ido viniendo, pero si no fuese así, no sería vago. Vamos, que os dejo con la historia porque, como siempre, se me alarga la introducción.

PS.- Hoy, 20160908, le he echado un vistacín para eliminar algunas redundancias que chirriaban mucho.


Dos mil quinientas gotas y un viaje al futuro

El equipo científico compuesto por media universidad había logrado el viaje en el tiempo. Aproximadamente.

Por otro lado, no habían contestado a una cuestión fundamental: ¿Todas las preguntas de ciencia profunda han de llevar esdrújulas? Analicemos la situación con la que trataban de solucionar ellos.

¿Es viable variar la flecha entrópica a nivel cuántico o simplemente no tiene sentido hablar de flecha entrópica a esa escala o, peor aún, es indecible todo lo anterior? Pues ellos sí habían logrado llevar unos cuantos al futuro. Cuantos de porción mínima energética, claro, no de personas. —En realidad habían sido cuark, porción mínima de materia, pero tal nombre no permite el juego de palabras que sí lo hace «cuantos»: ¿Cuántas cuentas de cuántos cuantos cuentas cantando cuestiones cuánticas? Con «cuark» una frase así quedaría en el ruido de un conjunto de patos desgañitándose cantando a la Luna o, en el mejor de los casos, como «Dis donc, dis donc pourquoi? Quoi?», de Rameau; pero yo no soy un genio como él—.

Alguien que había participado en, dirigido, de hecho, el proyecto estaba dispuesto a ir más allá, a llevarse a sí adonde no había ido nadie, si no es en un viaje lento como lo es el propio devenir vital.

Por supuesto, viajar en el tiempo no es algo baladí, hay que tener en cuenta muchos más factores de los que nuestras pobres y escasas mentes comparadas con las de nuestros héroes científicos imaginan.

Por ejemplo, está la cuestión del espacio y su movimiento. Tal cosa no importa para un minúsculo cuark que avanza en el tiempo unos nanosegundos, pero si decides ir adelante en el tiempo de verdad, con una cierta cantidad de materia —algo así que como ochenta quilos— y un tiempo considerable —meses, años— te debes fijar más en el «dónde» aterrizas que en «cuándo». Por hacer un supuesto rápido, si alguien viaja a dentro de seis meses, se encontrará a trescientos millones de quilómetros de la Tierra, justo en el punto opuesto de su órbita, inmerso en un vacío más perfecto que el de muchos laboratorios terrestres. Por supuesto, eso significaría la muerte instantánea —y la fama histórica— del imaginario héroe viajero.

Sí logras controlar el «dónde» —que lo supondremos, total, ya le hemos dado un buen golpe a las leyes fundamentales de la física saltándonos el segundo principio de la termodinámica; sí, hombre, sí, lo de la entropía— después quedan muchas cuestiones por resolver. De nuevo, un ejemplo y, de nuevo, una pregunta ¿qué ocurriría si dentro de cinco años los nazis deciden volver al poder? Te encontrarías con una preocupación que podría ser peor que la del vacío.

Otro problema más, que casi todos los escritores de ficción científica se empeñan en mencionar, es el caos que produciría una intromisión temporal de este tipo, recitando —mal— el antiquísimo proverbio chino: «El aleteo de las alas de una mariposa se puede sentir al otro lado del mundo». Esto indica que un pequeño cambio puede propagarse derrumbando todo el mundo, todo el universo conocido, e incluso los universos paralelos en una especie de hecatombe de Clase Z según una extraña clasificación de apocalipsis en relatos de fantasía. Pero no se comenta el propio hecho inercial de muchos sistemas complejos que tienden a ahogar esas pequeñas alteraciones en la inmensidad de su propio ser como si nunca hubiesen sucedido. Esa misma mariposa se cae al estanque, y las olitas que produce desaparecen en pocos segundos, continuando el resto del universo con su historia como si tal cosa, aunque ella, pobre, se haya ahogado o haya sido comida por una ranita —que también tiene derecho, ¡qué leches! a alimentarse; ¿quizá fue la propia rameauniana y raniana Platea?—. Pero este efecto es menos espectacular y, por tanto,  suele pasar desapercibido entre los escritores, buscadores incansables de lo sorprendente.

Hablando de lo espectacular, qué decir de las paradojas de los viajes al pasado. Harto me quedo de las fantasías sobre «¿Y si voy al pasado y mato a mi padre antes de que me engendré, habré vivido para viajar al pasado?». Que, hablando de ese tipo de paradojas, también hay que considerar el regreso. Pongamos más «Y si…»: ¿Y si resulta que se puede viajar, más deprisa, eso sí, pero sólo en una dirección, cómo narices vuelvo? O: ¿Y si el aparato en sí no viaja al futuro, tipo cabina de teletransporte, que tan bien conocen los artistas de estos temas, cómo regreso?

Quedamos en que nuestra heroína —seguro que alguien había pensado que era un hombre; pues no, una señora entrada en quilos y años, guapetona de cara ella y con unos ojos que daría gusto zambullirse en ellos de no ser por las horribles gafas de titanio blanco que gasta— había logrado superar todos estos problemas y algunos más que nos saltamos por no cansar. Incluso fue a un gimnasio por primera vez en su vida a ponerse en forma, por si acaso. Fabricó el equipo, casi arruinándose, lo puso a punto, hizo un par de experimentos que, como los amigos del protagonista del relato de Wells, no pudo comprobar sino la «desaparición» de los objetos del ensayo.

Por fin, llegó al día de la prueba definitiva —esta frase también es muy de autor de ficción científica—.

Se introdujo en o se colocó el aparato. Pulso botones, pasó el dedo por pantallas o simplemente dictó las órdenes. Allá que fue. Mejor dicho, a ese momento.

Y en ese preciso instante ocurrió lo que no había pensado. Supuesto el perfecto aterrizaje sobre la superficie terrestre, su cuerpo ocupó en de repente el mismo espacio que cien gramos de aire, unos miligramos de polvo en suspensión, dos mosquitos muy perdidos y dos mil quinientas gotas de agua de niebla. Su cuerpo se vaporizó en unos milisegundos, junto con los mosquitos y la niebla, en una explosión que dejó un cráter de varios metros en el parque en el que pensó aterrizar.

Se habló largo y tendido del estallido de cometas que ingresan en la atmósfera. Pero de ella no quedó ni rastro del que decir algo.

Moraleja: No juegues con la entropía ni para barajar las cartas.

Francisco «Torpeyvago»

En Daimiel, a 9 de septiembre de 2016.

¿Demasiada entropía, entalpía y exergía para tan poca chicha? 
¡Pues dímelo, mardito! ¡Comenta, comenta!

 

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24 comentarios en “Dos mil quinientas gotas y un viaje en el tiempo.

    • Gracias por tus felicidades y por tus buenos deseos. Estoy aprovechando los certámenes para escribir de manera regular —me refiero a establecer una norma de escritura, no a la calidad, que ésa es la que es, de regular para mala, jeje—.
      Pero sobre todo, gracias por leer.

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      • Agradezco tus buenos deseos. Aunque reconozco que no soy nada competitivo —simplemente me duele un poquito cuando me tiran al cubo de la basura, que es siempre— por lo que la confianza en mí no es una de mis virtudes. Yo soy más bien estilo burro: Me pongo las orejeras y tiro para adelante.
        Pero total y absolutamente de acuerdo contigo en que es una buenísima forma de aprender.

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    • Mi bolígrafo estocástico y caótico, pocas veces escolástico, siempre errático, agradece, que no soy ávaro, en todos los términos tu comentario, cálidamente, con el corazón y con el páncreas. Respuesta entrópica, antípoda de la claridad, pero así soy yo.
      ¡Muchas gracias por pasarte y comentar! Y más, por leer.

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      • ¡Jajajajajaja! Por cierto que el detalle del desplazamiento espacial a la hora de hacer un viaje temporal es un gran olvidado. Que yo recuerde, solo lo he leído en Cronopaisaje, de G. Benford.
        Y cuenta con que seguiré leyéndote 😀

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      • Cronopaisaje, apuntada para leer. Por cierto, en el resumen que he visto habla de los taquiones para el el envío de mensajes. En los cuentos que le narro a mis hijos un personaje emplea una nave taquiónica. Quizá me decida pasar esos cuentos al papel —o a los bytes—.
        Y por supuesto, nos leemos 😉 —Es que soy muy sensible con lo de mis criaturitas: deben tener, al menos un lector que los apadrine; por eso agradezco tanto las lecturas.—

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  1. Pues mira que me has quitado la idea de la cabeza. Estaba yo dispuesto a fabricar un aparatejo de esos que te trasladan en el tiempo (O a fumarme un porro para lograr los mismos efectos pero a menor coste).y, chico, me lo has puesto tan crudo que he desistido de ser un pionero temporal (temporal por lo de viajar en el tiempo no porque vaya a ser un pionero durante un breve periodo de tiempo y luego todo se acabó) Además que se me ha atravesado la segunda ley de la termodinámica que a mí me suena rarito cuanto menos.
    Alguna vez mi cerebro mahoustático ha intentado plantearse alguno de los imponderables que planteas en tu magnífica exposición, pero… soy de rendición fácil y a la que veo que dos más dos no me van a dar cuatro… lo dejo todo y me dedico a algún affair más pragmático como reflexionar en el retrete o similares.
    Gran entrada maestro.

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    • Darse a la mau, dormir poco, en cualquier caso es falta de aire en la sesera. Lo de ser un genio temporal para hacer, temporalmente, una máquina del tiempo puede ser peligroso. Acuérdate de Doc en «Regreso al futuro»: Un golpe en el temporal y fuera barreras temporales. ―¡Uy!, me empiezo a marear—.
      La segunda ley de la termodinámica hay que afrontarla con un libro caro en la mano derecha, un bocata de jamón con aceitillo y tomate —a mí me gusta más en «rulajas» que rallado— en la izquierda, un blancogás o similar en la otra y, en la que falta, el mando de la cajatonta. Eso sí, no esperes revender el libro pringoso al mismo precio que lo compraste.
      Y como yo también me tengo que ir al trono a reflexionar, sólo me queda decir, gracias por pasarte y por los halagos, y muy especialmente por leer. Nos vemos por esos circuitos de la red, maestro.

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  2. Estupendo relato. Lástima que no exista ese aparatejo para viajar en el tiempo. Yo invitaría a más de uno a un viajecito (a sabiendas de su desintegración total).
    Este es el primer relato tuyo que leo, pero creo que has logrado “engancharme”.
    ¡Larga y prospera vida escribiendo!

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    • Sí que estaría bien conseguir una especie de autobús gigante del tiempo, peeeero, acabaríamos con tendencias nacis. Mejor organizar viajes voluntarios, a ver cuántos se apuntan.
      Muchas gracias por pasarte y comentar. Y, sobre todo, leer.

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  3. Jaja, yo a esto de “burrada” no le veo nada! ¿Por qué será que necesitamos fabricar máquinas del tiempo para modificar la existencia? Lo bueno es que algunos lo hacen muy bien; otros… bueno. Prefiero salir a caminar… 😉
    Felicitaciones por las tantas visitas, que seguro irá a más.
    Abrazo infinito!

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    • Bueno, pues cambiamos el adjetivo: Borriquería 😛 .
      ¿Por qué? Por si acaso es posible. Es nuestra curiosidad —léete, si te apetece «Los amantes de Jordan», que es otro de este estilo—, que nos hace ir siempre más allá de lo que podemos digerir. Y eso no es incompatible con disfrutar del placer de un paseo por el campo a la luz del menguante.
      Muchas gracias por las felicitaciones y, sobre todo, por leer.
      ∞+1

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