La Nebulo


Hace poco comentaba que se había cerrado la revista «Cosmocápsula». A esta revista le tengo especial cariño por los motivos que explico en mi entrada, pero, sobre todo, porque han sido los primeros en publicar un relato mío.

Claro que, como fue en el último número, —que también fue el primero en no ser gratuito en su edición digital— mi conciencia me pregunta constantemente si no tuve algo que ver en su cierre. Es que este relato fue uno de los primeros que escribí, y no sé si está muy «pallá» porque le tengo mucho cariño como para verle defectos. Tanto, que lo presenté a tres concursos —con variantes según la longitud exigida por el concurso— y a la revista. El resto de mis relatos no pasa de un concurso o dos, como mucho.

Fue también el primero en llevar el título relacionado con el esperanto, si bien en la versión que se publicó me aconsejaron dejarlo en español —Ĵangpejo e. y Miedo en Daĥano. son los otros dos—. Pero no es nada difícil intuir que el título se puede traducir por «La Nebulosa». Sí, con mayúsculas, como un nombre propio.

En fin, que ahí os quedáis con el relato, que ya bastante he escrito. Espero que lo disfrutéis.


La Nebulo

Al principio tuvo miedo, como todas las madres del Universo. A pesar de  que, o porque como todas ellas, conocía lo que tenía que venir y lo deseaba. Con todo lo bueno o malo que esa situación implicaba.

Todo comenzó con la estúpida supernova que explotó al lado. Hasta aquel instante, su vida como nebulosa había sido bastante cómoda; la vida muelle de una nube de gas y polvo intergaláctica de baja densidad, que se dejaba llevar por las fluctuaciones gravitatorias de su zona sin más objetivo ni fin que su propia existencia.

Pero desde la explosión, con la compresión, notó el aumento de densidad, y con ello, el comienzo del giro. Cuanto más se contraía, más aumentaba la velocidad y la densidad. Y el calor. Sentía como le empezaban a arder las entrañas.

Qué mal, ella que siempre había sido tan hermosa, reflejando la luz zarca de las gigantes azuladas circundantes, incluyendo la de la estrella que le había llevado a aquella situación; con su forma filamentosa cambiante a lo largo de los eones en los que giraba, presumida, alrededor de la galaxia; y verse así, gradualmente más aplanada y grumosa.

Comenzó a emitir luz propia debida sólo a la contracción; a la vez se sentía nostálgica de su estado anterior y orgullosa de esa luz, preludio de la que emitiría su hija.

Un nuevo dolor apareció cuando se diferenció el núcleo de lo que sería la estrella, cuando su centro se hizo opaco y buena parte del calor no podía ser radiado, aumentando la temperatura en su interior hasta quemarla literalmente, hasta llegar a la ignición, la fusión «sucia» del deuterio.

El momento había llegado. Apretó con decisión, sin dudarlo. El hidrógeno empezó a fusionar al principio de manera pulsante, insegura; al poco, por fin, fue haciéndose más estable. Ese fuego la mató: La joven estrella expulsaba los gases sobrantes, los restos de la antigua nebulosa, por sus polos. La estrella sería una bella verdeamarillenta con un carrusel de planetas en rededor suyo, y que regalaría su luz por miles de millones de años.

Los chorros de gas formaron una sonrisa de adiós mientras acariciaban, suavemente, a su hija recién nacida.

Francisco Torpeyvago

En Daimiel, a 8 de agosto de 2016.

¿Te ha gustado? ¿O era demasiado «pastelero» para ti?
¡Pues, sea lo que fuere, dilo!
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2 comentarios en “La Nebulo

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