Reto «El libro del escritor» 5


5. Escribe una historia con tu canción favorita como argumento.

¿Cuántos se han ido a la mili pensando que eran los de la «Quinta del Lobo» sin saber que tenían que ver con un organista del Renacimiento Español?. Pues hablando de quintas, éste es el quinto de los retos de «El libro del escritor» —los relatos al final como siempre, cansino, que te ansias enseguida—. Como comenté en la entrada 52 Retos de escritura de «El libro del escritor», se trata de responder a las 52 propuestas, si bien, como empecé tarde, creo que no los haré todos.

Eso sí, quisiera hacer algo especial: En cada entrada intentaré colgar dos o tres micros, y me gustaría que los calificases —gracias, Dori—. Sí, malandrín perezoso, te pido que en los comentarios escribas el título de cada uno y una puntuación de 0 a 5:

0: Qué asco de relato. No vomito por no ensuciar el teclado.

1: Malo con ansia. Me has hecho perder el tiempo. Me vengaré.

2: Seguro que un niño de tres años escribe mejor.

3: Bien… para un día aburrido.

4: Estupendo, la verdad es que, para ser tan feo como eres, no lo haces mal.

5: Eres un genio comparable a Cervantes, a Quevedo, a Borges, a Belén Esteban…

Pero no puntuéis demasiado alto, «marditos» pelotas, y decidme qué es lo que menos os gusta. —Quiero hacer de esto un curso de escritura creativa gratis y tú serás la estafada víctima que me lo propicie.—


No creo ser capaz de escoger una sola canción como preferida. Pero es verdad que determinadas circunstancias me han llevado a acordarme últimamente de «Hijos de Caín» de «Barón Rojo». Nostalgia, básicamente, supongo, de mis momentos más rebeldes —que tampoco ha habido muchos ni demasiado profundos, lo reconozco— y que vuelve por muchos motivos. Uno contable es una reciente —para mí— referencia en el magnífico blog de Henar de Andrés, donde le propuse y me impuse contar la anécdota «cebolleta» que aquí presento.

 

De cómo monté en mi bicicleta, en cuyo transportín llevaba un clarinete, en el escenario en el que actuó Barón Rojo de un concierto al que no fui

Me lo dijo Pedro, mi mejor amigo:

—Este viernes viene Barón Rojo.

—Mierda. ¿No era el sábado?

—Es igual: Tenemos concierto.

Nos pusieron otra. Un blanco gas de medio litro en jarra fría y una cacho cerveza tamaño familiar. Por un rato, y apoyados en la barra de Anca Uge, nos quedamos pensativos.

Él tocaba, en aquel momento con nuestros dieciocho o veinte añitos, el saxófono tenor segundo y yo el clarinete segundoyalgo en la banda de nuestro pueblo. ¡Ojo! Una gran banda de reconocimiento nacional. Pero teníamos que acudir a los ensayos, y a las actuaciones. Y a las clases. Cinco horas al día, y luego a dar una vuelta a ver qué terracitas  —es que era ya primavera o verano— estaban abiertas. El Cactus, La Nacional Cuarta, El Chagüite, El Risasana…

Pero a la hora del concierto nos encontrábamos ensayando: Lucalsax, Joaquín Pedro, Clavileño —qué gran pasodoble— y otras de las grandes.

Realmente, no recuerdo por qué mi amigo no me acompañó, el caso es que até el clarinete al trasportín de la bici, y salí corriendo la Nacional Cuarta por la calle Estación.

La Nacional Cuarta era un chiringuito un tanto peculiar que me gustaba especialmente. Una antigua vivienda o quintería transformada en un local de copicervecas. La entrada era un antiguo patio descubierto hormigonado y con varios coches cuyas capotas habían recortado para organizarlos como mesas con asiento para echar los litros en buena compañía. A la derecha, una barra, a la izquierda unas portadas que daban a la zona cubierta, antiguo almacén de aperos. Justo al frente, otra barra, que yo pensaba más sofisticada, porque en la primera servían cervezas y en esta era más para copas y cubalitros; a la derecha habían improvisado un escenario en el que había estado tocando … ¡Barón Rojo!

Por supuesto, había llegado tarde. En la última barra encontré a un amiguete tipo llavero hablando con un gigante jevi que no recuerdo de qué pueblo era:

—¿Qué te ha pasado en el ojo?— le dije mirando uno de ellos morados y sus gafas rotas.

—¡Ná! Que estábamos botando cerca del escenario y me ha metido el codo en las gafas. Y para compensar, se ha empeñado en invitarme a unas gordas.

—De a trago— intervino el gigante.

—¡Venga!— les dije yo. Unos litricos de cerveza, aunque yo soy más de vino, no vienen mal cuando pasas el calor que se pasa tocando. Ya sabéis, se pide de litro en litro para que no se caliente, pero te lo tienes que beber de un trago.

Junto al escenario vi a mi hermano y sus amigos:

—¿«Cacís»?

—Aquí, de concierto, oyendo a los grandes— dijo el Chicojevi. Los ojillos «coloraos» indicaban algún exceso inenarrable, un trasiego casi infinito de líquidos fermentados entre escenario y barra.

Compartimos unos litros, distintos de los de antes, claro.

—¿Qué haces con la bici?

—Es que en estos sitios, y con el clarinete, no la dejo ni a sol ni a sombra.

La verdad, es que nunca soltaba la «chota Telesfora». Sólo pasaba a los bares a los que me dejaban entrar con ella, o Anca Uge, que tenía reja para engancharla.

—¿Y como no te das una vuelta por aquí con ella?

Debía llevar una o dos horas por allí y unos cuantos tragos de cerveza. Me molestaba que no hubiese vino, que es lo que más me refrescaba, pero a falta de pan, buenas son tortas. Y me dije a mí mismo:

—«Dar vueltas: una buena idea».

Subí las escaleras del escenario con la bici al hombro. Unos quince o diecisiete quilos, incluyendo clarinete. Arroba y media. Y comencé a dar vueltas montado en bici sobre el escenario en el que habían tocado mis admirados.

Sí, unas vueltas. Alguien me alcanzó un litro, que enganché al vuelo y seguí montando en bici, mostrando la extraña habilidad de beber y montar a unos tres metros de altura en un escenario de unos pocos metros cuadrados. Fue la expectación de la noche; claro, después de los Barones.

Bajé del escenario —no lo recuerdo muy bien, seguro que me habían pasado un submarino— y me ofrecieron varias invitaciones. Por supuesto, ninguna de chicas. Motivos:

  1. Había pocas a aquellas horas. Recuérdese que eran tiempos históricos en los que no cualquier chica podía salir de paseo tan tarde.
  2. Además, esas hazañas eran muy de «macho». ¿Cómo habría de considerar cualquier chica que aquello era de interés?
  3. Y luego estaba mi escasa habilidad con el sexo femenino, que no todo van a ser excusas.

El caso es que esa noche, a pesar de mi conformismo habitual, me sentí algo:

«Caín rompió con un gesto su yugo de esclavitud »

—Vámonos ya. ¿Echas la bici al porta del coche? —dijo el chófer rodeado de los cuatro o cinco amiguetes.

—No. Os echo una carrera por la calle Estación.

Lo peor es que aceptaron el reto. A sesenta por hora —sin exagerar, totalmente cierto— bajando la cuesta hasta San Pedro y con la dinamo puesta —y sólo quien haya montado en una bicicleta con dinamo sabe lo que esto significa—. Gané; el coche no era capaz de seguirme a esa velocidad.

Vale que no soy un buen ejemplo ni para la UCI, ni para mis hijos —menos mal que en aquel entonces no había ni «caralibro» ni «piopío» ni más «guasa» y cachondeo que el que te buscabas; y «chatear» era cosa de echarte chatos con los amigos—, pero, para mí, aquel día fue memorable. Cierto es que perdí la oportunidad de ver a mis admirados músicos —Jachaturiam ya estaba muerto, con lo que resultaba difícil: de Albéniz o de Cabezón, ni hablamos— pero ¡cómo me lo pasé!

Esta historia no tiene ni un final claro ni una moraleja. Es un trozo de mi propia historia que tuvo su continuación con mi propia vida durante muchos años. Es un capítulo más de la Historia de los Anodinos.

A Henar

Yo quiero

El frufrú de la falda de tergal fue excesivamente sonoro. Notó las enaguas moverse dentro de ella, y tomó la posición adecuada delante del piano. Pisó la tecla de sordina para no molestar a sus vecinos. Pero no se molestó en disimular su pasión con el estudio «Revolución» primero y con «Asturias» después. Eran unas horas para no extenderse, pero no podía parar de tocar.

Al final, por lo menos a la una de la mañana, llegaron su padre y su hermana mayor.

¡Qué diferencia en todo! Su ascético en impuesto vestido azul barca, acompañado de una camisa de cuello cerrado, frente al vestido turquesa con arabescos [estampados] y camisa abierta de su hermana.

Su padre, de levita, entró voceando con el bastón y el sombrero en la mano:

—¡Es injusto! ¡Se van a enterar de quién soy yo! No se nos puede negar. Eres la mejor mezzo de los últimos tiempos. ¿Cómo que te has puesto tan nerviosa? ¿Es que no sabes que eres la que mejor canta? Tú no te preocupes, que se van a saber quién soy.— Tomó aire y se encaró con ella.

—Y tú ¿qué de provecho estás haciendo? ¿Es que no ves las horas que son? ¿Tocando el piano? ¿No te he dicho mil veces que tocar el piano muy bien no deja de ser mediocre? Si fueses cantar como tu hermana… pero no, te empeñas en hacer lo que te viene en gana. ¡Búscate un buen marido! ¡Habla con tu tía otra vez! Que te ha presentado a no sé cuantos pretendientes…

—Padre ¿qué ha pasado? ¿No le han dado la obra?

—No. Se creen que mi hija no vale. —Arrojó con demasiado ímpetu el sombreo y el bastón sobre un tuyyó en el que se sentaba madre hasta que murió hace un par de años. Siete, pero parecen menos. Le costó quitarse la levita. Era la buena, pero él no era el mismo. Anquilosado, avejentado y, sobre todo, que la levita tenía ocho años. Se encendió otra pipa, sacó la botella de las grandes celebraciones y se puso un copón. La asistenta cada vez acudía menos horas. Ella le vio la cara: El antiguo trompa de la orquesta del Teatro Aurora que se casó con la diva, ahora era un triste reflejo de su pasional musical.

—¡Búscate un novio ya!

—Padre, no quiero. —Él se la quedó mirando con unos ojos que no presagiaban una velada tranquila. —De hecho, —ella se irguió adquiriendo una dignidad inimaginable con su corta estatura— no quiero saber nada de novios.

Incluso su hermana, la diva, se volvió hacia ella. Se creía el centro del universo músico teatral. Su cara iba maquillada más allá de lo decente de no ser por su ocupación artística. Su caro vestido lo empleaba para las mejores audiciones, incluyendo los recitales públicos. Sus manguitos magníficos pero pasados mostraban su «quiero y no puedo». Manguitos que se estaba intentando quitar cuando oyó a su hermana. Aquella vez merecía la pena escucharla.

«El destino no está marcado al nacer, yo he elegido ser lo que siempre seré»

—Quiero ser médico. Quiero ir a la universidad.

Dedicado a todas las personas que se han levantado de su comodidad para hacer de su vida un servicio a la sociedad. A mi madre, y a mi mujer en especial.

Francisco Torpeyvago

En Daimiel, a 2 de agosto de 2016

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17 comentarios en “Reto «El libro del escritor» 5

  1. ¿Sabes que no se me había olvidado, pero no te decía nada para no parecer cansina? La espera ha merecido la pena. Me gusta especialmente. No sé. Le pondría un 4 aunque no me lo hubieras dedicado, pues tienes salero. Veremos si algún día usas el pimentero. En serio, he sonreído mientras lo leía imaginándote y transportándome a una época en la que seguramente no había nacido. En la segunda historia, sospecho que tampoco estaba viva, pero ñah… para esa un 3. Quizá porque, después del buen rollo anterior, esta deja un sabor agridulce.

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    • Me alegro mucho de que te haya gustado. Sí, como ves, es algo cebolleta, pero para mí fue muy divertido. Espero haber sido capaz de transmitirlo. Y haber pagado mi deuda.
      En cuanto a la segunda, pues sí, agridulce. Pero acababa de leer sobre María Elena Maseras, y la frase de la canción parecía que ni pintada —ojo, que el relato no tiene nada que ver con su vida, excepto la época y los estudios de medicina.—
      Gracias por comentar y puntuar, pero, sobre todo, por leer.

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  2. Pingback: 52 Retos de escritura de «El libro del escritor» | Historias malditas, malditas historias

    • Sí, la verdad es que cuando se trata de contar cosas relacionadas con localismos es difícil hacerse entender por otras personas. Pero si desde la lejanía hay un esfuerzo de comprensión, se aumenta el conocimiento mutuo. A mí me pasó con Borges y Les Luthiers, y reconozco que me enriquecieron culturalmente, pero muchísimo.
      Yo no pretendo ser ni siquiera una fracción de lo que suponen ellos, pero me alegra que haya alguien con el suficiente interés como para leer mis desbarros.
      Y, bueno, tu pobre teclado, es que ya lo tienes quemadísimo. Apiádate de él, que seguro que le haces echar humo todos los días.
      No hay nada más infinito que el vacío ni nada más vacío que el infinito. Lugar para llenar de infinitos abrazos.

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      • Coincido contigo, es aprendizaje también. Por lo menos yo soy muy curiosa, entonces me intriga lo que desconozco. Si no lo comprendo, lo busco. Bueno, tú también… jaja, a Borges no lo entendemos ni nosotros! No nos ha quedado más remedio, digamos… 😉
        Mi pobre teclado pide auxilio… síiiiii.
        Gracias, Francisco, por tu cálida respuesta. Van los infinitos de siempre 😉

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    • Llevas toda la razón del universo y parte del extranjero 😉
      La verdad es que estoy escribiendo mucho, pero para certámenes. Como seré rechazado en todos, supongo que a partir de octubre no me faltará qué publicar, porque no me gusta retocar y volver a mandar a otros. Vamos, que no suelo reciclar relatos, por lo que todos los que estoy enviando acabarán aquí.
      Es que me gusta participar en certámenes por obligarme con los plazos y con las correcciones, porque los que publico directamente aquí… mmm… debería revisarlos un poquito más.
      Pero gracias por pasarte por aquí, por comentar, … y por regañarme.

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      • Jajaja, te merecías el regaño.
        Bueno, quedo en espera y te deseo éxito en todos los certámenes, y si en algunos no lo tienes, pues aquí te leeremos.
        Sólo te pido que en algún comentario en mi blog, me avises cuando hayas publicado ¿sale?

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  3. Pingback: Infinitos monos. Más uno | Historias malditas, malditas historias

  4. Sobre “De cómo [etc.]”:
    Primera reflexión personal. Cuando yo era jovencico y tenía las melenas que debían ser cepilladas todos los santos días (hasta cuando iba con pintas jevi era un poco metrosexual yo), “Hijos de Caín” lo petaba. Lo petaba en el grupo de amiguetes, claro, que nos iba más el jevi que a un tonto un lápiz. Lo petaba en el radiocassette que llevábamos a la piscina. Lo petaba en las noches (tardes, que los padres nos decían que a las diez en casa) cuando lo cantábamos por la calle. Coño, lo petaba hasta cuando lo gritábamos en el recreo entre bocadillos de nocilla y chorizo (nunca juntas ambas, por mucho que se repitiese el chiste)
    Segunda reflexión personal. Ahora, cuando viene un grupo y el telonero es Barón Rojo, lo primero que me pregunto (ahora ya no tengo banda de colegas y a los conciertos voy con mi señora o yo solico, que me basto y sobro) es ¿otra vez estos? Cuando los has visto hasta la saciedad, es lo que tiene.
    Tercera reflexión personal. Barón Rojo siguen siendo un referente del jevi español. Aunque los últimos (muchos de los últimos) discos no pasen de “psché”. Aunque las canciones que canten en el escenario se ciñan por lo general a sus dos primeros discos. Aunque los años les hayan tratado peor incluso que a sus adorados acedecé. Pero solo por lo que han sido, alzo mi copa por ellos (metafóricamente hablando, no voy a pillar nada al bar ahora…)

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    • Había, recuerdo, tres de las mal llamadas tribus urbanas: Los jevis, los nonainos y los pijos. Luego se añadieron otras como los pintas y los chundas. Yo fui comodín predecesor de los pintas. Pero me gustaban los Barón Rojo, Ñu, Obús y alguno más. No terminaba de encajar exactamente con los jevis porque me iban también los Chunguitos y Jachaturiam —que ha sido Kachaturian de toda la vida—. En fin, te acompaño en el brindis con copa que la madurez nos ha vaciado.

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      • Buen brindis es ese 😀
        Cierto, por estos lares donde vivo también se podían, en mis años mozos, reducir las tribus a esas tres categorías, que luego se diversificaron en los noventa. Claro síntoma de la apertura del país al exterior 😀 😀 😀

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      • Ahora mi hijo se ríe cada vez que pasa un «Ibiza tuneao» con unos bajos que me ponen los calzoncillos en los tobillos y le digo: «¡Mira, hijo, un chunda!». Sí, se llaman de otras mil maneras, pero esa es la palabra que aprendí antes de que se me cayera el flequillo.

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  5. Sobre “Yo quiero”:
    Capta la imagen esencial de la canción, el centro de la misma y le añade un grito feminista que, además, pone de relieve la estupidez del padre. Hay que joderse, decir que tocar el piano bien es de mediocres…
    Y un texto que contiene “frufrú” nada más empezar no puede hacer otra cosa que gustarme. Es una palabra que me acaricia el cerebro 😀
    Frufrú. Ains. Frufrú 😛

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    • Has captado perfectamente lo que quería contar. Lo del piano se lo he oído decir a más de un músico que después «triunfó». Mejor, se lo he leído. Y es que es cierto que el piano en aquella época es como la guitarra de hoy en día. El que más y el que menos —yo soy de los que menos— sabe hacer ruido con ella. Había que diferenciarse mucho para ganarse la vida tocando el piano. En cualquier caso, el secreto está en una frase de mi madre:
      «Tocar la guitarra es fácil. Tocar bien la guitarra es muy difícil.»
      Y ¡que me place lo del «frufrú»! Este pobrecico salió muy deprisa y siempre que lo releo me digo que lo tengo que editar, que tiene muchas erratas. Pero la pereza me puede.
      Gracias por pasarte, comentar, pero, sobre todo, por leer.

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