Solsticio de invierno


Y por fin llegó el tercero de los «descalabazamientos» de la XXIII convocatoria de Calabazas en el Trastero: Casas embrujadas que comenté hace un par de entradas. Este tercero representa una gran desilusión. La verdad es que es el más trabajado de los tres, y sin embargo es el que peor ha quedado ―algo por debajo de la mitad; vamos, mediocre certificado—. Y es que de nuevo me traiciona mi gran defecto: me aturullo. De hecho, las penalizaciones vienen por la «ejecución algo atropellada» y por «defectos en la ejecución».

Pero si me conozco mis problemas a la hora de escribir ¿por qué no los cambio, por qué no los trabajo? Creo que esa es la gran pregunta.

Por otro lado, estoy pensando en dividir por capítulos los relatos de más de mil o mil quinientas palabras. Creo que las entradas tan largas se leen peor y espantan a los posibles lectores. Realmente no lo tengo claro. Ya veremos con los siguientes relatos —tengo otros tres pendientes de descalabazamiento en la XXIV convocatoria de Calabazas en el Trastero: Criptozoología—.

En fin, para terminar, esta historia inspiró otra de mis aficiones, y adjunto el vals que interpreta la protagonista en el saloncito blanco. Quizá si me hubiese centrado en la historia en lugar de ponerme a hacer otras cosas me hubiese ido mejor; pero es lo que tienen que sean aficiones y no trabajo, al final hago lo que me viene en gana. Y hay que asumir las consecuencias.

No os entretengo más, malandrines. Espero provocaros al menos un escalofrío con la historia. Aunque sea por que la redacción os da miedo.


Solsticio de invierno

Se produjo una pequeña pléyade de chispas naranjas cuando la colilla que había arrojado con fuerza llegó al suelo. Él no solía ser tan indeciso. Tomó de los finos pantalones negros un paquete del que sacó otro cigarro. Buscó en el largo y elegante chaquetón de cuero negro mate un mechero y lo encendió. Tampoco era de regalar calor pero aquella fría noche necesitaba disiparlo; se sentía acalorado. Por eso tenía la chaqueta abierta con la mano izquierda en el bolsillo del pantalón y el cigarro en la derecha, dejando al descubierto una camisa negra de anchos cuellos. En aquel cuello abundaba el oro. Y en sus muñecas y en algún dedo.

Al otro lado de la calle estaba la verja de la casa. Árboles en la calle, parecía que plantados hace una centena. La calzada en sí, estrecha. Casas adosadas, todas diferentes. Unas calles más allá se extendían los barrios de edificios altos, sucios y urbanos, pero en las casas de este vecindario existía un jardín frontal arbolado separado de la calle por una verja. Hasta en el lupanar de lujo de dos casas más allá; tan solo se diferenciaba del resto en la cortinilla verde que se había extendido para preservar la intimidad de los clientes.

Su sombrerito de ala estrecha para marcar estilo y su perilla trascendente levemente canosa. A sus pies, una bolsa de deporte de cuero claro muy vintage; se apoyó en el árbol. Tenía que atravesar la verja de la casa de enfrente y terminar de una vez.

La neblina no había desaparecido en todo el día pero comenzaba a espesar. Aunque era capaz de distinguir al cabrito que entraba en el prostíbulo, la pareja formada por un perrito negro y un chándal relleno de algo indefinido emitía al alejarse una serie de sonidos cada vez más confusos por la niebla. Cruzó la calle y atravesó la verja.

Sólo las mentiras basadas en verdades parecen verosímiles. Y es cierto que todo aquello había sucedido en esa casa. La señora, joven y menudita, guapa, quizá algo sosa, solía pasar la tarde en el añadido que había en la parte posterior de la vivienda y que consistía básicamente en una terraza cerrada con maderas decoradas y vidrios por paredes y techo, todo muy blanco y luminoso, casi un invernadero, que se alumbraba cuando faltaba la luz natural con una lámpara de techo eléctrica, aunque conservaban unos candelabros como adorno. Una chimenea le hacía especialmente agradable los tempranos anocheceres de invierno; la habitación se complementaba con una librería, el atril con la flauta y su piano, una mesita para el té y un par de sillones de lectura. Aquella semana tenían de visita a la hija de un proveedor o de un cliente de su marido. El señor de la casa era un conocido industrial textil de la capital y la visitante había llegado para conocer la ciudad.

Esa tarde ella tocaba al piano su recientemente compuesto «Solsticio de Invierno, vals para flauta y piano», tarareando con una bonita voz atiplada el papel de flauta; coincidía que ese día era el solsticio. Su nueva amiga tomaba un chocolate al agua en uno de los sillones de lectura con una novela no muy decente pero sí muy entretenida sobre el brazo del sillón y arropadas las piernas con una franela blanca estampada en blancos motivos florales. El marido se había ausentado en uno de esos larguísimos viajes y el servicio, por ser domingo por la tarde, libraba y por tal motivo ambas mujeres se apañaban con la merienda a base de té, chocolate y pastas del convento. La luz alba de la lámpara alumbraba las notas que emitía la pequeña señora y el calor del fuego acariciaba la quietud de la estancia. Su amiga se levantó y apartó con cuidado la manta, dejándola más o menos doblada en el otro brazo del sillón. Pasó por detrás de la cantante, tomó uno de los candelabros plateados y lo examinó con cierta negligencia.

Golpeó a la música, que cayó al suelo.

El marido, al oír el ruido a modo de señal, salió de su escondite y entró en la habitación. Ella los miró desde el suelo, incrédula.

Su esposo la asió por las axilas, ensuciando su chaqueta crema pálida de sangre que brotaba de la sien de su mujer. La traidora aportó una de las cuerdas de las cortinas. Entre los dos la izaron. Se regodearon besándose delante de la víctima que aún pataleaba colgada y abandonaron la casa.

Había perdido un zapato, tenía las manos asidas a la cuerda, también se le había caído el sombrerito y la falda se le bajaba levemente. Sintió el olor de su propia sangre goteando desde la sien por debajo de su nariz, la presión de la asfixia en la cara, el fuego en el pecho, el calor de la orina bajándole por las medias y, por último, las luces blancas de la agonía.

Sin embargo, no tuvieron todo el éxito que esperaban. Ella murió, sí, pero el asesino perdió sus influencias con los cambios políticos del momento. La traidora fue recluida en un manicomio y él condenado al garrote. Aún peor, él no llegó a ver cumplida su sentencia. Después de varios traslados por las «checas» y cárceles provisionales, una bomba le colocó el epitafio «DESAPARECIDO». Y el espíritu de su víctima, contaba la leyenda, aún vagaba por la casa buscando esa venganza que nunca se había cumplido.

Hoy en día la vivienda era propiedad de una sobrina bisnieta de la difunta, estudiante de magisterio. Lo mejor de todo es que la colección también la tenía ella. Esa colección era lo más valioso de su herencia. Y ocupaba poco. Ideal para robar.

—¿De verdad piensa que éste es el secreto de mi tía? ¿Seguro que así descansará en paz?

—Sí. Permítame llevar la colección a la casa, preparar el ambiente y realizaremos el rito. Este mismo solsticio, en el octogésimo aniversario. Su tía podrá, por fin, encontrar reposo. Y usted tomará posesión de la casa sin ningún miedo. Por supuesto, y dado el valor de la colección, firmaremos un contrato o un recibo de cesión temporal. No se preocupe, haremos las cosas bien.

Con la colección iba a vivir en condiciones el resto de su vida.

Él, como médium consagrado que era, había logrado contactar con ella, ofreciéndole sus servicios para liberar a su bisabuela de la maldición.

El plan primigenio era muy sencillo. Había preparado el suelo del salón naranja de aquella casa deshabitada con un revestimiento de polietileno. Él llevaría dos monos desechables puestos y un martillo. La atraería a la casa sola y la golpearía hasta matarla; se regodeaba pensando que se podría ensañar con ella. Después la envolvería con el polietileno, la arrastraría hasta el jardín y la dejaría en una arqueta relativamente nueva de la vivienda trasera, junto con el más exterior de los monos. Iban a pasar años antes de que la descubriesen. Luego saldría de la casa, caminaría un centenar de metros o algo más y tiraría los cubrezapatos y el otro mono a un contenedor. Todo limpio. Todo fácil. Todo eficaz.

Pero tuvo que cambiar de plan. Cuando la chica le presentó a su novia, con la que convivía en el piso, la deseó. Así es que jugaría con las dos.

Iba a usar el mismo escenario: El saloncito naranja del piso superior. Ya tenía preparado el polietileno. Pero esta vez había que trabajar mucho más.

Volvió a dejar la mesa, muy grande y pesada y originalmente atornillada al suelo, en el centro de la habitación. Preparó una especie de cepo cuya parte baja tenía un relieve similar al de las vigas que había sobre el techo; le había costado mover una de las falsas vigas, que debería caer de las primeras. Añadió un curioso mueble que parecía un galán de noche y que le ayudaría más tarde a hacer que se quemasen por completo las ropas. Colocó varias teas de parafina, y un par de botellas de este combustible donde él pensó que podría ir mejor para sus propósitos.

Ellas llegarían, y lo primero sería sentarse a la mesa, alumbrados por la luz ámbar de las teas. Luego se tomarían las manos sobre las señales que había hecho en el tablero. Iba a ser fácil hacer funcionar los cepos; parecería que durante un ritual les habían caído las vigas encima. A partir de ahí, eran suyas por completo.

La ropa se puede cortar con un escalpelo. Lo difícil es que quede completamente quemada para evitar ver los cortes. No hay que dejarla amontonada en el suelo porque hay partes que no arderían. Era mejor colgarlas en aquel cochambroso galán color yema.

Ahora podría empezar a jugar. Después de poseerlas, lo que además podría hacer viendo la cara de una de ellas, podría golpearlas, e incluso romperles algún hueso. Luego daría lugar al incendio. La parafina líquida era un buen acelerante y estaba justificada por las teas. Le quedaba un momento peligroso; debía controlar el progreso inicial del fuego. Luego, todo iría solo.

Una idea de última hora fue especialmente morbosa. Escogería a una de las dos, le rociaría la cara con parafina líquida y la encendería. Disfrutaba imaginándose el miedo a lo que vendría, el dolor producido por la parafina en los ojos y nariz, y, sobre todo, el horror de su compañera. Después la vería en llamas, las voces de su amiga, pero ella moriría al intentar gritar porque se le abrasarían los pulmones; su último aliento sería una llamarada que iluminaría la cara de su novia. Casi podía oler el miedo y la carne quemada.

Muy excitado por este último pensamiento, entró, por fin, en el jardín frontal tras atravesar la verja. Abrió la puerta principal, cárdena a la luz de las farolas, y penetró en la planta baja. Encendió la linterna. Ésta hizo luz en un círculo sobre las escaleras, una zona blanca casi azulada flanqueado por una circunferencia morada. Esa escalera le resultaba especialmente agradable a pesar de su estado. Los peldaños de madera habían perdido algo de su pátina, una especie de barniz o cera muy oscuro, dejando no ya la madera desnuda, sino astillada al descubierto en varios sitios, pero no había perdido su encanto. La base de la baranda, en forja blanda, probablemente sin nada de pintura, se mantenía negra, y sobre ésta, el pasamanos, de madera también negra.

Al frente, a la izquierda de la escalera, en la habitación acristalada del fondo, parecía estar iluminada. Al menos, aparecía cierta luminosidad blanquecina bajo la puerta. Debía ser la luz de las lámparas urbanas. La niebla había terminado de caer y difundía esa luz por todos lados. Volvió a centrarse en la escalera.

No es necesario ser dueño de cualquier cosa para saberse su amo. Él tenía la agradable sensación de poseer aquella mansión sin ser suya. Allí estaba él solo, subiendo una escalera que destruiría en unas horas porque él así lo había decidido. La sensación de dominio le resultaba muy agradable, pensó mientras se asomaba desde la curva central de la escalera y observaba el haz de que proyectaba desde un par de metros de altura. Especialmente dominio sobre seres humanos. Ya había logrado el poder mental sobre muchas de sus clientes, y sobre las carteras de sus maridos, pero hoy iba a ser especial por poder dominar físicamente a estas dos señoritas. Sí, era muy agradable, reflexionó. Hasta le gustaba la música que le llegaba del piano de algún vecino.

Llegaba al final de la escalera. Se percibía un cierto olor rancio, como el de la casquería que regentó su madre en el pueblo: urea y amoniaco. Ya no se sentía tan bien. Cuando llegó al rellano en el que se hallaba el salón naranja le temblaban las piernas. Sus pies levantaron una polvareda reflejada en fucsia por el borde del haz luminoso. El sonido del piano se hacía mucho más perceptible, acompañado por la voz de una mujer. Cantaba muy bien, la melodía era preciosa, pero producía cierta desazón. En su boca se alojó un sabor empirreumático matizado de miedo. Apenas podía avanzar. De hecho, apenas podía moverse. Las cónicas que dibujaba la linterna sobre el suelo y las paredes eran ahora mucho más temblorosas, más inseguras. Incluso el blanco del haz parecía menos vivo.

Quizá había gastado baterías, quizá no veía claro, quizá era por la neblina cárdena que comenzaba a formarse delante de él. Sin tener claro porqué, le temblaba todo el cuerpo.

Parecía que había perdido el tiempo de forma poco inteligente allí de pie. El vapor morado había crecido hasta el techo y hacia él; prácticamente ya lo había alcanzado. Dio un paso inseguro hacia atrás. Le tembló la linterna. El ectoplasma, o lo que quiera que fuese, casi le había llegado al pie izquierdo y tenía un aspecto cada vez más líquido, más concreto. Con el pánico en el cuerpo y en el alma, realizó varios movimientos bruscos que fueron poco eficientes: apenas se movió unos centímetros. Echo de nuevo el pie atrás sin darse cuenta de que había pisado el final del último escalón. Tropezó hacia atrás y se agarró al borde de la baranda, dejando la pierna derecha extendida para equilibrarse. La linterna había caído hasta la entrada, produciendo un ruido cavernoso en cada rebote hasta que quedó parada, ocultando por un momento la música que no paraba de sonar. Olió su propia carne quemada cuando aquel humo infernal le rozó la pantorrilla; se comía todo aquello que tocaba. Aquel bocado en su pierna le hizo reaccionar. La encogió, se giró sin llegar a levantarse, y trató de bajar las escaleras en la penumbra púrpura, apenas alumbrado por la linterna unos metros más abajo y por lo que parecía una ligera fosforescencia de aquella nube que olía a riñones de vaca. Al llegar a la curva de la escalera se percató de que lo que le perseguía caía a chorros por los huecos de la barandilla cortándole el paso hacia la puerta. Apoyó su muñeca dolorida en el pomo al final de la balaustrada, y cojeó el último escalón.

La otra salida era por el patio. Atravesó la cascada nebulosa por su parte más débil. Recibió en su cráneo el mordisco de diez mil agujas, pequeñas heridas producidas por gotas mínimas de aquel fluido maldito que atravesaron su cuero cabelludo llegando hasta el hueso. Siguió avanzando lo más rápidamente que pudo; su pie sin tendones era más un lastre que una ayuda.

Tomó la maneta de la puerta. Le dolía la garganta. Debía haber estado gritando sin parar. A la vez, se dio cuenta de que fue guiado hacia allí. Era una trampa. La luz que se filtraba era blanca; la de la calle, ámbar. Pero ya no había remedio.

Cayó en la entrada de la habitación invernadero. Su hombro recibió el golpe de la caída.

Levantó la vista y vio a la mujer sentada al piano, cantando. Sólo él supo lo que ocurrió cuando ésta se volvió a mirarlo.

La mañana era gris, triste, fría. El técnico forense se acercó desde la casa a la policía de paisano que se encontraba en la puerta abierta de la verja. Al otro lado, conversaban con ella dos jóvenes, una de ellas con una férula en el pie y un par de muletas.

—Subinspectora, como habíamos supuesto, ha muerto al simular el ahorcamiento que tenía previsto. Ha debido sufrir bastante, porque los pies casi le llegaban al suelo y podía apoyarse con las manos en los junquillos de la ventana. Lo que no hemos encontrado es el superácido que le ha producido las heridas que tiene en la pierna y la cabeza.

—¿Superácido…? —respondió ella, volviéndose al técnico, molesta por la interrupción.

—Si, una mezcla de un ácido de Lewis con…

—Díaz…

—Bueno, jefa, que seguimos en ello. ―A él no le gustaba que le cortasen sus monólogos y a ella no le gustaba que le llamasen «jefa». Empate a uno.

—Gracias, Díaz. —Y volviéndose hacia las muchachas, comentó:

—Como ven, han tenido mucha suerte. Pensamos que había preparado el ahorcamiento de ambas y luego el incendio de la casa. Lo que comenta el técnico del ácido me suena a hacer desaparecer alguna prueba, como prendas o herramientas. —Paró un momento como para reflexionar:— ¿Cómo es que no acudieron a la cita?

—Sí que vinimos —contestaron ambas.

—Perdona, tú.

—No, tú. Vale. Bueno, vinimos, pero justo al entrar me torcí el pie. Mire que hago deporte a diario y nunca me había lesionado de una forma tan tonta. Fue abrir esta puerta, poner el pie dentro y torcérseme como si se hubiese movido el suelo solo.

—La llevé al hospital y llamamos al médium para anularlo todo. Pero no contestaba.

—Ese esguince les salvó la vida. Bueno, pues el juez ha levantado el cadáver y nosotros estamos terminando aquí. Esta misma tarde podrán volver a tomar posesión de la casa y de la colección. Buenos días.

Las muchachas se volvieron y comenzaron a caminar hacia un auto gris que habían aparcado en la misma acera.

—¿Tomar posesión de esta casa? No sé cómo no la has vendido, con lo supersticiosa que eres y las cosas que han pasado aquí.

—¿Pues sabes qué te digo? Que nos vamos a venir a vivir aquí. Que no sé por qué, pero me da mucha seguridad. Me siento como protegida.

—¡No jorobes! Eso sí que es una sorpresa.

—De repente me ha parecido agradable. A mí me apetece. ¿Nos mudamos?

Su compañera tomó las muletas de aluminio. Ella miró las sombras difusas que sobre el gris de la acera proyectaba su dibujo a cuadros y abrió la puerta metalizada del coche. Antes de entrar, volvió la vista hacia la casa. Resultaba agradable verla así, enmarcada en la neblina matutina a pesar del blanco ajado de la fachada. Hasta el árbol hibernante de la entrada parecía querer reverdecer antes de primavera. Además, era un buen barrio. Alguien al piano tocaba una evocadora melodía a modo de despedida.


Extras

Audio «Solsticio de invierno – Vals nostálgico para flauta y piano» —redirige hacia SoundCloud—

Guion en pdf «Solsticio de invierno – Vals nostálgico para flauta y piano» solsticio de invierno guion

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Francisco Torpeyvago

En Daimiel a 28 de febrero de 2016

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20 comentarios en “Solsticio de invierno

  1. Pingback: Reto WordPress: 3 DÍAS DE FRASES FAVORITAS. Segunda parte. | Junior

  2. Reblogueó esto en Historias malditas, malditas historiasy comentado:

    ¡ATENCIÓN, ATENCIÓN! Esto es una excusa. Repetimos: esto es una excusa. Por favor, mantengan la calma y acudan al punto de encuentro. No pierdan la calma.

    Este mes, lo reconozco, no he escrito apenas nada. Ya lo dije en la entrada anterior, estoy saturado. Y sin embargo, traigo una buena noticia. No soy de hacer reseñas, como sabéis, pero…Leer más…
    Un gran escritor que conozco desde hace poco, pero que admiro por su especialmente genial prosa —Lord Alce, seguro que ya lo habías adivinado—, acaba de publicar «La sombra dorada». Reproduzco el resumen del gran río comercial —sí, malandrín, me refiero a amazon—:

    Tiempo atrás, en el momento más oscuro de la humanidad, el dios de la luz de oro fue derrotado y su nombre quedó en el olvido para todos, excepto para aquellos que siguieron siéndole fieles.
    Pero ahora ha regresado y se cierne sobre un mundo que no es capaz de imaginar la marea de muerte que está a punto de desatar, pues es el enemigo de todo lo vivo y desea reinar sobre huesos blanqueados.
    Esta es la historia de la batalla desesperada contra Abaven.
    Esta es la historia de quienes se alzaron contra él.

    En La sombra dorada, las vidas de numerosas personas darán un vuelco cuando se enfrenten al mayor peligro que el mundo ha conocido jamás. La familia de Necto, un humilde escribano de un pueblo pequeño; la reina Adía, exiliada de un reino ha caído bajo las huestes enemigas; Baako, el arrojado líder de los esclavos rebeldes de las tierras del este; Glabro, que se convertirá en el motor intelectual de la lucha… todos ellos unirán sus fuerzas ante el peligroso dios de la luz de oro, que ha vuelto a manifestarse a una humanidad desprevenida y que no sabe de lo que es capaz.
    Que cuenta con aliados que no lo han olvidado. Que anhelan su regreso. Y desean el poder que les puede ofrecer.
    Desde los inclementes parajes semidesérticos del sur continental a la espléndida capital del Imperio Vetero, desde los bosques de colosales árboles norteños a los estados marítimos del oeste, nada volverá a ser igual después de la guerra contra Abaven.

    Me podría autocitar de mi comentario en amazon, pero paso. Simplemente os diré que se trata de una gran novela de fantasía épica, con una prosa clara, contundente, rica y muy, muy sabrosa. Os lo recomiendo muy sinceramente.

    Por otro lado, y aprevechándome de mí mismo y de las circusntancias actuales, es decir, el recién pasado solsticio de invierno, republico —qué maravillosa palabra me acabo de inventar— una de mis anteriores entradas. No os preocupéis, no es tan mala como parece y, además, he tratado de que tenga que ver con el tema. Además viene con música.

    PS.- ¡Recuerda que aún te quedan dos minutos para votar el mejor relato de este año en Infinitos monos. Más uno!

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    • La verdad es que fue de las peores consideradas de todas las que he escrito. Según la información recibida —la verdad es que no me hartaré jamás de agradecer que desde la Editorial Saco de Huesos se trate tan bien a los participantes, ya podía cundir tan buen ejemplo—, fue por: «la idea era muy original, aunque la ejecución algo atropellada, como si de no querer contar demasiado para que quedara más ingenioso le faltara algo de espacio para respirar». Eso suena mucho «a mí», y no puedo dejar de estar de acuerdo.
      Pero me alegro de que te gustase en su día y ahora te siga gustando.
      Un megabrazo gama

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  3. Yo no había leído esta historia. Se ve que soy un alma errante por las redes. Me parece fantástica, narrada con gran detalle y con una historia muy interesante, que atrapa. Sigo pensando en por qué no te animas con algo más gordo, con un libro.

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  4. Mira que me ha gustado bastante. La ambientación, el caserón, el paralelismo (frustrado por fortuna) de los crímenes… Y la justicia poética-fantasmal que castiga al baranda ese. ¡Porque no veas qué elemento, el tipo!
    Tampoco he visto síntomas de aturullamiento, como señalas en la intro, por cierto. Se entiende perfectamente y no parece que la narración se vaya por las ramas, salvo, quizá, en el “epílogo” de los asesinos de la pianista, quizá un pelín innecesario aunque desvele qué ha pasado con ellos.

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