Cambio casa encantada por piso en barrio tranquilo.


Del trío de «descalabazamientos» de la XXIII convocatoria de Calabazas en el Trastero: Casas embrujadas que comenté en la entrada pasada, presento ahora  el segundo.

Éste también me gustó su escritura por la rapidez con la que lo hice. Pero, eso sí, lo revisé y lo envié… el último día. Además, es de los menos farragosos graforreicos que he escrito —ojo, no es que no lo sea, es que es menos—; ése es precisamente mi mayor defecto. Creo.

Lo único que, y según críticas muy cercanas, quizá es demasiado obsceno en algunos pasajes. O, más que obsceno, demasiado explícito. Porque también es éste otro defecto: Enumero, cuento, describo pero no «muestro». Más cosas a corregir.

Y siempre pretendo ser breve con los comentarios, pero al final me enrollo. En fin, malandrines impacientes, aquí tenéis el relato.


Cambio casa encantada por piso en barrio tranquilo.

—Binita, es que, de cuando en cuando, hay que modernizarse.

—Jijiji —rió Winifredia.— Qué cosas tienes, Usebín.

Eusebio era hombre de sombrero de paño, camisa a cuadros, jersey de pico y chaqueta de pana con coderas. Winifredia era su trasunto femenino con tocado en el pelo, gafas de pasta, abrigo sintético con un broche y pequeño bolso en el antebrazo. Caminaban ambos muy cogiditos del brazo y a buen ritmo, con pasitos cortos al compás el uno del otro.

—¿Crees que se lo creerán? —insistió Winifredia, manteniendo la risita.

—Claro que sí.

Llevaban años, décadas, estafando a corredores inmobiliarios y viviendo de las señales de compra que les proporcionaban sus clientes; coger el dinero y salir corriendo. Pero eran malos tiempos para esas prácticas: la informática y los bancos se lo habían puesto muy difícil. Incluso para ser ladrón tenías que pasar por la oficina del director de la sucursal. Ahora tuvieron la idea de acudir a los anuncios de venta por particulares e intentar sacarles una especie de cambio de vivienda por vivienda, con una señal en metálico, claro. Había que visitar a muchos para obtener una respuesta adecuada, pero ya había funcionado alguna vez. La ventaja de hacerse mayor es que todo resultaba mucho más creíble, la gente confiaba más en ellos.

Llegaron al piso en venta y salió a recibirles una guapa muchacha morena de pelo liso, largo y negro con el flequillo cortado horizontal sobre la frente, ojos muy maquillados y muy oscuros, y un sencillo pero elegante vestido corto blanco, fresco para la época del año en la que estaban.

—Pasen ustedes, por favor. —Binita y Usebín se miraron riéndose interiormente y avanzaron hacia dentro del pisito. Allí había dinero.

Este dúplex estaba recién estrenado, y se encontraba en una urbanización suburbial, un nuevo barrio dormitorio que sería ideal para dos ancianos, alejados del ruido y de las prisas del centro.

El piso llamaba especialmente la atención por la inmensa cantidad de antigüedades que acumulaba combinado con una moderna y funcional decoración. Muy buen gusto, el de esta chiquilla.

—Lo compré hace apenas unos meses, cuando aún estaba sola, pero mi novio y yo nos queremos mudar al centro y comenzar a vivir juntos —les comentó mientras les mostraba el piso—. Es una pena tener que dejarlo, pero lo tenemos que vender si queremos comprar otra vivienda.

Usebín aprovechó para intentarlo:

—¡Qué casualidad! Nosotros tenemos una casita muy cerca del centro. Una casita preciosa en un barrio estupendo, con otras parecidas alrededor, y árboles en las calles; parece una casa de hadas, una casita encantada. Pero es demasiado grande para mantenerla este par de vejetes—dijo, terminando la frase a la vez que miraba con cariño a Binita, quien le devolvió la mirada.

—¿Sí? —se interesó ella, mientras los introducía en una cocina muy actual que ella había personalizado por completo. Se veía claramente que le gustaba cocinar. Caros cuchillos profesionales se complementaban con woks y pasapurés en perfecto orden y limpieza.— ¿En qué zona?

—«La tenemos en el bote.» —le guiñó Usebín a Binita.— Pero pasen ustedes, subamos a ver el dormitorio principal. —les sugirió ella mientras atravesaban un pasillo decorado con unos estupendos jeroglíficos egipcios pintados en las paredes. Si los había hecho ella misma, era habilísima, y si eran de encargo, eran carísimos. Fantástico, eso confirmaba que tenía dinero. Y parecía interesada en su ficticia vivienda.

Subieron un piso para ver la terraza del ático, atestada de plantas, y el dormitorio.

—¡Uy, estas escaleras para mis piernas…! —se quejó Binita.

—«¡Muy bien!» —pensó Usebín. No había que ponérselo tampoco demasiado fácil, que no notase que no eran una pareja normal de jubilados dispuestos a regatear por todo.

El dormitorio era la última habitación, completamente aislada de la calle y los vecinos.

***

—¡No me gusta! —chilló la abuela, con un intestino en una mano y medio cerebro en la otra.— ¡No me gusta! Este trozo ha tenido un tumor.

—Abuela, no se me queje —dijo ella sonriendo mientras manejaba un balde lleno de sangre en la cocina—. Y siga comiendo.

Sabía que, pese a su mal humor, estaba contenta. Desde que se mudaron a ese piso, hacía menos de un año, no habían parado de conseguir visitas para comprarlo. Incluso se habían merendado a un municipal que vino haciendo ciertas inquisiciones sobre no sé qué agente de la promotora desaparecido.

—¡Me gustaba más la otra casa! —insistió la abuela— Estaba mejor pintada. —Claro que esto último no se le entendió muy bien porque masticaba a la vez que hablaba, escupiendo saliva, restos de vísceras y sangre todo mezclado.

—No se preocupe abuela, que lo mismo la siguiente vez aparece una pareja de novios, y le dejo jugar algo con él antes de degollarlo. Incluso podremos hacerle chillar un poco, que no nos oirán. Acuérdese del de la promotora. —Aprovechó que pasaba a su lado para colocarle en broma el sombrero de paño a la abuela.

¡Menudo iluso, el agente!, pensó. En el dormitorio estaban ambos separados un par de metros, como le había pedido ella. Él se había desnudado ya y estaba completamente empalmado. Ella se terminó de quitar la ropa interior mientras veía como la abuela salía de la pared de detrás de él sin que éste se diera cuenta, pendiente como estaba de la progresiva desnudez de la agraciada joven. ¡Qué cara puso cuando la abuelita, aún incorpórea en parte, lo aferró por el manubrio! Pasaron una tarde divertida; con un conjuro de la abuelita el agente permaneció dolorosamente envergado, incluso después de haberlo despellejado vivo. El último orgasmo, con los estertores de la muerte del agente, se lo cedió la abuela a la joven; como para no adorar a la abuelita. Era un cielo, gruñona pero un cielo.

Lo de comer estaba bien, pero a veces había que hacer un poquito de sexo, o al menos así pensaban ambas.

—¡Me gustaba más la otra casa! Cabía mejor entre las paredes.

Este comentario hizo reflexionar a la joven. La otra casa. Un caserón antiguo y desvencijado en el campo al que nadie acudía ya. Este dúplex era precioso. Y los sortilegios, los «ro», diecisiete, treinta y uno y cincuenta y siete habían quedado magníficos en las paredes. Por supuesto, éstos eran los de verdad, los auténticos, sin figuras mutiladas ni oraciones inconclusas.

Todo el piso era actual y con los mayores adelantos, y permitía albergar todos los recuerdos de tantísimos años en un ambiente a la vez sofisticado y funcional. La abuela Montuhotep podría quejarse pero, de cuando en cuando, había que modernizarse.

Francisco Torpeyvago

En Daimiel a 28 de febrero de 2016

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10 comentarios en “Cambio casa encantada por piso en barrio tranquilo.

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  3. me gustan las dos historias. La primera me quedo con ganas de más; la segunda he fantaseado con que está unida a la primera de algún modo macabro…quizá la abuelita que deleita el sucento plato es la joven de la primera historia años después??? 🙂 mi imaginación no tiene límites…

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    • Sí, acertaste. En realidad es la misma historia, pero la abuela y la nieta, que es la joven, se «zampan» a los vejetes; por eso al principio se narra la historia con la pareja como protagonistas y después son la joven y la abuela fantasmas o vampiros las protagonistas.
      De todas maneras, debo ser más claro. Todos los comentarios sobre los tres presentados —el tercero lo publico en breve en el blog— son similares. «Aturullo» mucho la historia.
      Muchas gracias por pasarte, por comentar y, sobre todo, por leer.

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  4. Me leí tu historia hace unos días y es fantástica pero sí, cuesta un poco de entender: no sabía a quiénes se había merendado la abuelita-fantasma. La pista la da el “sombrero de paño” que la joven le pone a la abuela en medio del banquete. Tampoco hasta el final acababa de entender si estaban en el caserón o en el moderno dúplex…Pero por lo demás, me he reído bastante. Es muy original el cambio de perspectiva. El nombre Montuhotep me encanta…

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    • Inma, ése es mi mayor defecto. Tiendo a aturullar las historias, bien porque doy cosas por sobrentendidas, bien porque resumo demasiado. Alguien muy cercano me ha propuesto hacer novelas en lugar de relatos.
      En fin, a trabajar me toca.
      Ese nombre realmente es el de una egipcia en cuyo sarcófago aparecen los primeros sortilegios del libro de los muertos hacia el 1.600 a.c.
      Y finalmente, darte las gracias por pasarte, por comentar y opinar, y, sobre todo, por leerme.

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  5. Sin lugar a dudas, me has enganchado a tus relatos. Me ha encantado. Quizá poque has despertado en mi los resquicios que, “geneticamente”, se nos atribuye a las mujeres de tu pueblo y el mío. Pero no se lo digas a tu hermano, aunque creo que ya lo intuye.

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