La casona del aparecido


Traigo un trío de «descalabazamientos» de la XXIII convocatoria de Calabazas en el Trastero: Casas embrujadas. No fue seleccionado ninguno, y eso que le tenía puestas esperanzas especialmente en uno de ellos. En fin, que ahí va el primero.

De este primero estoy muy orgulloso, no tanto por la calidad sino por el récord: Leí la convocatoria por la mañana en el trabajo —en el café, malpensados, que por cierto, no tomo— y por la tarde lo tenía ya escrito; justo, justito, justo para entrar a tiempo ese mismo día, el 20151001. Pero no os he contado cuál era el concurso y por qué me llamó tanto la atención. La revista Filmtropía —ahora están de vacaciones— es una de esas páginas curiosas que publican una serie de tonterías inteligentes, de las más inteligentes que he oído —leído— nunca. Habla de cine pero añade sal, mucha sal, especialmente en la sección «morralla news» que aconsejo fervientemente.

El concurso era sobre el tema «Cómo acabar con Hallowen de una vez por todas», cuyos relatos ganadores han sido publicados recientemente. No me digáis que el tema no es sugerente…

Dio la casualidad de que al enterarme de que no había sido seleccionado también me enteré de la XXIII convocatoria de Calabazas en el Trastero: Casas embrujadas. ¡Qué casualidad!

Lo pulí —algo—, lo adecenté, y lo mandé con otros dos a esta convocatoría… a ultimísima hora el mismo día 20160228. En cualquier caso, objetivamente, creo que no lo reelaboré lo suficiente, me sigue pareciendo que hay alguna parte bastante enrevesada. Comienza el «reventón» —spoiler para los anglorteras—: La parte de los males de la familia, con las muertes y suicidios, creo que es demasiado farragosa. Y fin del «reventón».

Y no os entretengo más, aquí os lo dejo.


La casona del aparecido

I

Los nietos, ella y él, agarrados del brazo subieron por las otrora majestuosas escaleras imperiales en dos tramos. Él no se colocaba el pelo engominado con el gesto característico con el que había conquistado a tantas mozuelas en edad de merecer, ella intentaba que no sonase el frufrú de su falda en contacto con los pantalones de su hermano menor. A él le sobraba el cuello almidonado, a ella se le desprendía el tocado de tul. Ambos intentaban no hacer ruido con los charoles de su calzado. Subían por la escalera de la casona.

Su fortuna había sido la mayor del pueblo y luego la de la capital. Contaba la leyenda que el abuelo, un simple gañancico, se había enriquecido de forma poco clara; su primer hijo había tomado esa fortuna y la había multiplicado, subiendo a la familia a lo más alto de la escala social de esa provincia.

Llegaron a la abuhardillada habitación del abuelo. Él se había mantenido siempre agazapado en sus costumbres rurales, incluso en aquel palacete de provincias, cuando se había mudado desde el pueblo. Un lavadero con palancana y aguamanil, y su toallero con algunos paños de algodón ya amarillento. La cama con el cabecero de bronce y el colchón de lana, desventrado por las ratas. Una mesita con un despertador del tamaño de un melón. Un ventanal claraboya con salida a un balconcillo. Y al fondo, el espejo.

Pero la fortuna les había dado la cara sólo hasta la muerte del abuelo; desde entonces, su familia había sido un caos. Cierto es que siempre, aunque acomodados, no habían estado cómodos. Su tío pequeño se había suicidado cuando ellos eran niños. Su tía, la segunda en orden de descendencia, se había metido a monja de clausura y no quería saber nada del resto del universo. Y por fin, su padre, aunque centrado en los negocios, tampoco es que fuese muy estable que se pueda decir; pero desde lo del abuelo… tuvieron que internarlo en un manicomio. Y económicamente no les había ido nada bien a pesar de la herencia: padre haciendo sus locuras y abandonando el negocio por completo al final, madre ignorante total de los asuntos financieros y ellos dos, bueno, no es que sirviesen para mucho excepto para gastar.

Tuvieron que abandonar el palacete, la madre y ambos hermanos. Pero eran incapaces de venderlo. La gente murmuraba que lo que había vuelto loco al padre aún seguía allí. Así quedó prácticamente en el olvido casi un lustro. Y ahora les faltaba madre; tenían que venderlo como fuese.

De nuevo, no podían. El corredor decía que los clientes se espantaban, y que él, desde luego, no volvería por la casa. Fue ella, la nieta, quien tuvo que retornar primero al palacete; las limpiadoras aducían no sé qué de un espejo que quitaban y se ponía solo y de una aparición. Después de estar allí y llevarse un buen susto, afrontó lo inevitable; salió corriendo para avisar a su hermano, que seguía con su vida muelle en la metrópolis.

Y ahí se veían, frente al espejo. Contaban del abuelo que en el pueblo había estado en un asunto tenebroso. Trabajaba para el alcalde, o más bien cacique, y un día de cacería el hijo del alcalde había sufrido un accidente. El alcalde al verlo se había ahorcado dentro de la casilla que empleaban como cuartel para las cazas, precisamente donde yacía su hijo con el vientre abierto de un disparo accidental. El abuelo descubrió los cadáveres y corrió a dar parte.

A los dos o tres años de aquello, comenzó a comprar tierras y a hacerse cada vez más rico, hasta mudarse al palacete en la capital. La maldicencia de la gente obraba miles de argumentos para relatos de misterio y terror; incluso de ciencia ficción y fantasía de capa y espada. ¡Ah!, y lo del médico de la familia, que se había quitado la vida justo delante de la casona, décadas después. Todo tragedias.

La cabeza casi esférica, con las sienes cubiertas de canas y una buena calva en medio, el rostro levemente congestionado y la nariz como una morcilla pero pálida y rojiza; camisa casi cerrada sin cuello, y chaqueta gris de tejido indefinido; mirada escorzada y labios carnosos pero resecos. Indudablemente, en la imagen del espejo, además de la los dos hermanos, estaba la del abuelo.

Les faltó escalera para bajar.

II

Ya nadie se acordaba de los nietos. Ni del alcalde, ni del médico. El edificio cayó en las manos del ayuntamiento capitalino, que lo convirtió en un casino y círculo de las artes. Pasado el tiempo, y con el descubrimiento de un importante yacimiento arqueológico, tomó ínfulas de museo etnográfico, paraíso de la microhistoria y de esos pequeños historiadores paletos que le añadieron alguna exposición de unos intrascendentes artistas locales. Por supuesto, no faltó el arquitecto visionario, con decenas de obras premiadas por otros arquitectos a los que a su vez él premiaba, minimalista ―perdón, minimal – listo ― él, que contribuyó a transformar aquella bella muestra de arquitectura rural de finales del XIX en la entidad horrorosa que era hoy en día. Oye, que capital pequeña, pero capital, y había que modernizarse.

Decían, eso sí, que el museo estaba encantado, que había un fantasma en su interior. Pero de las leyendas del espejo que se echaba a la basura y volvía a aparecer en su sitio, ya no se hablaba. Con las reformas, la buhardilla se había transformado en un almacén de obras de arte de diversa índole. Cada vez que tiraban el espejo, con su horrible marco dorado, nadie se percataba de que recuperaba su sitio al poco tiempo. De hecho, incluso tenía varias entradas en el catálogo de fondos del museo.

III

―¡Psssshhh!

―¡Niña!, ateacapacá.

Ella se echó la mano izquierda a la frente y la derecha al piercing del ombligo, a la vez que se agachaba levemente.

―¡Tiaputaquesustomehadaoelyayo! ―borbotó ella, en tanto se llevaba las dos manos a la boca y bailoteaba con una pierna en el aire.

La imagen del espejo volvió a llamarla.

―¡Niña!

Mientras que se apartaba un mechón dorado, y lo dejaba junto con el azul en el negro zaino de su pelo liso, se acercó al espejo apartando baratijas.

―¿Qué coño es …?¿Pantalla plana? ¡Si casi se ve en tresdé!

―¿Qué me cantas, arradio? ―bramó el espejo ―. ¡Un respeto, que soy una aparición!

En aquel momento, el universo dejó de funcionar unos instantes. Ella, más que agacharse, adelantó la cabeza dejando las enormes plataformas negras con forma de bota militar clavadas en el suelo. Él parecía expectante, inquieto por ver la reacción de ella. Quería que fuese suficiente para recuperar la gloria de terror ya perdida.

―¿Un aparecido? ―dijo, apartándose, de nuevo, el mechón del ojo izquierdo―. No me lo puedo creer, cuando lo cuente van a flipar ―. Y mientras toqueteaba el espejo, separándolo de la pared, y mirando detrás con unos ojos maquillados a lo Cleopatra, espetó: ―¿Y qué has hecho para estar aquí?

―En mis tiempos iba a tratarme una zagala así…

―¿Qué dices? ―contestó preguntando, mientras seguía hurgando al espejo por todos lados. Había una especie de cierre de madera que lo mantenía sujeto a la pared, por lo que no pudo descolgarlo ―. Tío, ésto seguro que es una broma. A ver, hazme una demostración fantasmal.

―¿Demostración? Niña, ¿tú qué te has creído?

―Pues mira, que ésto es una cosa que han montado los colegas de la fiesta para echarse unas risas.

―¡¡¡Que soy una aparición, coñoooooooo!!! ―berreó el espejo con tal volumen que vibraron los cristales de la claraboya, a la vez que temblaban todos los objetos en el más puro estilo *poltergeist*.

Ella comenzó a revisar un horrible jarrón post-post-moderno con incrustaciones metalizantes, que era el objeto cercano que más se había movido, como probando que no estaba trucado. ―¡Hot-tia, qué guapo!

―Pero bueno, ¿es que no te vas a asustar? ―soltó él también a buen volumen, sin llegar al nivel que antes, como con una cierta furia contenida.

―Qué dices, pero si casi me meo en las bragas ―recitó poéticamente ella, mientras apoyaba una mano en el trasero, en el tatuaje que empezaba en su cadera, y masticaba nerviosamente un chicle ―. Si es broma, te juro que es la mejor hecha que he visto jamás. No pongas esa cara colorá, yayo, que me lo estoy creyendo. De verdad que van a flipar.

Terminó con un gesto de la cabeza que hizo quedar a las dos ristras de pequeñas calaveras rosas de sus pendientes como badajos después del toque.

IV

―¿Quiénes van a «flipar»?

―Los colegas de la fiestuqui.

―Pero si hoy es día de difuntos. No podéis estar de fiesta.

―Que sí. Mira. ―Señaló con un dedo su camiseta, que dibujaba una sonrisa en el cuello por contener lo que contenía, y que dejaba al aire un canalón que ya lo quisiera el trasvase Tajo – Segura, en la que había una calabaza naranja y la palabra Hallowen. ―«Jálogüin»…

―Mira, niña que sé las letras y las cuatro reglas ―dijo el abuelo, bastante mosca―. Ahí dice «ayogüen» ―continuó, remarcando el acento en la «o».

―¡Jajaja!, que no te enteras ―rió ella, mosqueándolo aún más―, que está en inglés…

―¿Y en qué consiste ese hallazgo de «ayoooogüen»?

―Tío, una noche loca, loca ―contestaba ella al irónico comentario de la aparición ―, de mucho miedo. Antes íbamos al cementerio, pero estos años ya está muy vigilado. Y la morgue de los juzgados, no veas, cualquiera entra ahí con la Guardia Civil todo el día. Así es que nos vinimos al caserón encantado, que también da miedo.

Efectivamente, el nuevo Museo Etnográfico Provincial daba miedo. Con ese recibidor lleno de acero inoxidable, que había tapado a la piedra primigenia, esos paneles en fuertes colores «orgánicos» que cubrían artesonados, y ese vacío «minimal» que ocupaba todo. Y lo mejor, peor, el inquietante macrocubo de hierro oxidado, acero cor-ten lo llamaban ahora, que habían plantificado en el patio de entrada. Parecía un lienzo listo para las pintadas ―arte urbano―; pero en realidad, se sospechaba, se decía , se murmuraba que eran …unos baños públicos … ¡Éso es dar miedo!

―Y ahora está toda la fiestuqui ahí abajo. Calimocho y rock gótico. Hay un colegui que se ha traído para grabar psicofonías. Yo creo que sólo va a grabar eructos y potas, jajaja.

―A mí me gustaba más el día de los difuntos que lo que me estás contando ―plañó él a modo de respuesta―, con sus viejecillas murmurando rezos alrededor del brasero en una habitación en penumbras. Entre el ambiente, y lo que quemaban en el brasero, que vete tú a saber lo que ponían, eran muy fáciles de asustar ―concluyó con nostalgia―. Y ¿cómo es que has subido para acá?

―Porque buscaba algo más gore, no sé, como más castillo encantado o mazmorras. Pero con toda esta luz fluorescente, ¡buf!. Bueno, y porque tenía que colocar un chuzo y no veía dónde. ―No, no era, desde luego, una Galatea ―. Ya verás mañana cuando lo encuentre la de la limpieza, jijiji.

―Es un chico de allende los mares que va siempre con los auriculares escuchando el «reguerón» o algo así; por más que voceo y que muevo cosas, ni se entera. ―Pero él quería llevar la conversación a su terreno ―. Oye, tivadecir…

―¿Pasa, yayo? ―contestó cruzándose de brazos, y dejando que los hombros luciesen los flecos raídos con tijeras de la camiseta, y un par de serpientes tatuadas.

―Que si tantos estáis, digo yo, que me los podrías subir para ir asustándoles de uno en uno, y…

―¡Jajaja! ¿pero qué dices? ―casi vomitó más que dijo, dejándolo cortado, a la vez que bailoteaba con la pierna como antes. Lo cual tenía su mérito teniendo en cuenta que llevaba una falda ultraentallada hasta los tobillos.

―Que si me…

―Tío, si me has asustado de milagro, si no das miedo…

―¡Ah!¿no? ―casi tronó él por la mezcla de indignación, impotencia y nostalgia―. Te crees que no soy capaz de asustar.

―Yayo no te pongas así. Vamos, si fueses un cýborg psicópata con una motosierra, o, no sé, un zombi con una espada láser, incluso un virus, eso sí, de los que dan canguelo, pues todavía. Pero un aparecido, así, en un espejo… pues no ―y añadió: ―Siquiera un asesino en serie.

―¡Ah!¿no? ―volvió a repetirse el abuelo ―¡Ah!¿no? ―se ve que ya chocheaba―¡Ah!¿no? Pues te voy a contar una cosa. Te diré por qué estoy aquí.

V

Dirás que todos los abuelos decimos lo mismo, pero yo sé lo que es pasar hambre. Mi padre me puso a trabajar con el alcalde como chico para todo. Cada día me levantaba dos horas antes del amanecer y caminaba seis quilómetros hasta la casilla que tenía al lado del río. Hasta la comida me la tenía que poner mi madre, porque el desgraciado del cacique ni siquiera eso quería pagar. Y el sueldo era una miseria; la más de las veces lograba engañar a mis padres para no pagarles o pagarles menos, y quedar como si me estuviese haciendo un favor. A fin de cuentas, eran unos pobres analfabetos muertos de hambre.

Allí, en la casilla, tenía que hacer todas las labores del campo de fuera de temporada. Y durante la temporada, tenía que bracear como el resto para la siega o la vendimia, y a más, llevar la intendencia: preparar los aperos y el avío por las mañanas y recoger por las noches. Los braceros trabajaban de sol a sol; yo más. Y los fines de semana, prepararles la caza a los señoritos. Los domingos los esperaba desde que amañanaba; ellos, el alcalde y su hijo, un mozo un par de años mayor que yo, iban a la misa primera y después allí se presentaban. Les había preparado las escopetas y la munición, hacía el almuerzo, y mientras ellos reposaban, yo recogía todo y quedaba listo para seguirlos a que ellos pegasen cuatro tiros a lo que saltase.

Fue un día de aquellos. Yo había estado un par de años fuera como peón de granaderos en las Américas. Llevaba como tres o cuatro de meses de nuevo allí. Hacía frío. Mucho frío.

Les estaba preparando unas gachas de pito al lado de la casilla. Como a ésta la empleaban como almacén de caza, el amo no quería ver lumbre allí dentro, no fuese que la pólvora nos diese un disgusto. Y yo afuera, pasando frío a pesar de la lumbre. Para malconsuelo, llevaba una bota con un vino medio rancio de la última prensa, que además estaba helado como un muerto.

Entonces llegaron ellos. Llevaban una garrafilla empitada de buen vino, y nada más llegar se apretaron un par de dobladas que yo no sé cómo no se partieron por la mitad, acompañándolas de un par de tasajos con los que yo hubiese comido un mes. Yo quería beber de ese vino, y probar las gachas que estaba aviando, pero ni lo uno ni lo otro me permitían. Yo llevaba una cebolla con un consuelo de aceite para todo el día.

El caso es que fue medio improvisado, medio preparado. El padre solía darse una vuelta para ver si había encamada alguna liebre por el plantío, y se alejaba bastante. El chico se entraba en la casilla para aprestar escopetas y munición. Y yo quedaba al lado de la lumbre liado con el almuerzo.

Ese día entré en la casilla. Ésta había sido de labranza durante mucho tiempo. Ya sabes cómo son. Un rectángulo de murallón hecho con barro pisado y techado con un armazón de madera, cubierto de carrizo y de teja también de barro a dos aguas. Apenas cuatro pasos de ancho y diez o doce de largo. La puerta estaba en mitad de una de las paredes largas. Nada más entrar había, a la izquierda dos poyos flanqueando a una chimenea con un estante corrido. A la derecha, un murete hasta el ombligo que era a la vez pesebre, partido en dos para que pasasen las bestias. Y allí, en esa habitacionzucha mal jalbegada, convivían hombres y mulas.

Pero ésta se había acondicionado para la caza. En el primer poyo de la izquierda yo limpiaba las piezas del día. En la estantería de la chimenea se guardaban zurrones, armas y municiones en sus cajas. En el poyo de enfrente se limpiaban y se preparaban las escopetas. Y allí estaba el niñato, de espaldas, con la botella de vino al lado, cuatro escopetas listas y un zurrón en la mano. Entré con decisión. Como si tuviese algo que hacer allí. Me puse a su lado, cogí una de las escopetas ya cargadas, y sin mediar palabra la baje. En cuanto se volvió hacia mí, le descerrajé un tiro en el vientre y tire la escopeta al suelo con violencia, para que pareciese que se había caído.

Mientras él me miraba gimiendo, no podía ni hablar, con ojos lacrimosos, fui deprisa a los pesebres tras los que se habían almacenado los aperos que había antes en la casilla y que no se usaban. De allí tomé un cabo que desenrosque de una garrucha y la pasé por una viga, haciéndole una horca al final. Di voces.

En cuanto apareció el alcalde, que entró y se fue a por su hijo, me abalancé y le pasé la cuerda por el cuello, estrangulándolo con ella primero y luego colgándolo.

Por fin pude echar un trago de buen vino.

Corrí al pueblo para dar aviso, y cuando volví a la casilla con la autoridad no se notó que faltaban la mitad de las gachas que me había comido antes de salir: Dejé, aposta, que se quemaran, y pareció que las había abandonado con las prisas.

Parece ser que al muchacho se le escurrió una escopeta que se disparó, y el padre, al verlo, se ahorcó. No, yo no me enteré, me mandó el amo que bajase a la mina del pozo a ver el nivel; cuando oí el tiro pensé que estaban ya cazando fuera, antes de almorzar, como habían hecho otras veces.

VI

―¡Hostia, qué gore! ¿Y te libraste?.

―Por supuesto, claro que el dinero, porque yo sabía donde lo escondía el alcalde, y su mujer en la inopia, no empecé a gastarlo hasta pasado un par de veranos. Y era dinero, no oro, como decía la gente. Me dio hasta para comprar una buena mujer. Ya de ahí «palante, tó fue rodao». No volví a beber vino malo jamás, mandaba en el pueblo y en la provincia, y en mi familia no había quien me tosiese. Así los tenía ―afirmó mientras levantaba un dedo tieso―. Ya me encargué de amargarle la vida al maricón de mi hijo pequeño hasta que la palmó.

―¡Qué fuerte!¡Eres un cabrón!

―Quia, pa cabrón el medicucho ése de mierda. ¿Pues no va y me dice que si no dejo de beber me iba a ir al otro barrio? Después de lo que yo había pasado. Después de cuarenta años hecho al buen vino, ahora lo iba a dejar.

»Esa noche apagué la luz de esta buhardilla y me asomé al balconcito de la claraboya. El hijoputa salía de casa y se paraba a esperar en la acera a que llegase su coche. Cogí el crucifijo de la mesilla, que era como dos alambres cruzados e hincados en una piedra, y separé la piedra. Me volví a asomar; a la que llegó un coche a una docena de pasos de su altura, le tiré una pedrada como hacía años que no. Le acerté en la cabeza de tal suerte que pareció mismamente que se había tirado a los pies de los caballos. Y allí se quedó.

»Lo malo es que el hijoputa llevaba razón. Dos meses duré.

―¡Por Satán, tú si que eres un demonio!

―¡Nchss!, y éso no es ná, luego, cuando me vi condenado en este espejo, traté de volver loco a la familia. Y lo hice bastante bien.

»Con el abandono de la casona, la cosa ya fue a peor. No viene nadie a quien asustar o a quien martirizar. Cuando montaron este almacén, apenas podía aparecerme, y me llevaban constantemente a la basura. ¡Qué trasiego inútil! ¡Un par de sustillos mal contados! ―Quedaba patético con esos brazos elevados y los ojos medio en blanco― Y ya ves tú si no asusto. ¿Qué podría hacer ahora? Tú que estás en eso del ayogüen, y sabes de estas cosas, a ver si me ayudas un poco.

―Flipante, yayo, flipante. Lo de asustar tú no sé, pero lo de fardar yo… ―Agarró un mazo de madera de ahí al lado. Probablemente era una escultura valiosa. O no. La blandió y se dirigió al espejo.―¡Que voyyyyyy!

Él levantó las manos, cubriéndose la cabeza.

¡Crock!

VII

Habiendo reventado el cierre de madera, le fue fácil descolgar el espejo y echarlo en la mochila; anda que no iba a presumir de fantasmagórica con aquel hallazgo.

Pero él no estaba nada contento. Sólo tenía dos alternativas. La primera, seguir en el bolso de la muchacha para ser una atracción de feria en la que, desde luego, no iba a participar; no se iba a aparecer ni aunque se lo pidiesen de rodillas. La otra, volver a la buhardilla, a no asustar a nadie porque ya nadie iba a pasar por allí.

No ya la garrafilla empitada, siquiera la bota de vino rancio querría para consolarse en su futuro aburrimiento eterno.

Francisco Torpeyvago

En Daimiel a 3 de julio de 2016

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3 comentarios en “La casona del aparecido

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