Reto «El libro del escritor» 3


3. Empieza una historia con: “Estoy de pie en mi cocina…”. Debe ser una historia de suspense.

Como no hay dos sin tres, para allá que va el tercero de los retos de «El libro del escritor» —los relatos al final como siempre, cansino, que te ansias enseguida—. Como comenté en la entrada 52 Retos de escritura de «El libro del escritor», se trata de responder a las 52 propuestas, si bien, como empecé tarde, creo que no los haré todos.

Eso sí, quisiera hacer algo especial: En cada entrada intentaré colgar dos o tres micros, y me gustaría que los calificases —gracias, Dori—. Sí, malandrín perezoso, te pido que en los comentarios escribas el título de cada uno y una puntuación de 0 a 5:

0: Qué asco de relato. No vomito por no ensuciar el teclado.

1: Malo con ansia. Me has hecho perder el tiempo. Me vengaré.

2: Seguro que un niño de tres años escribe mejor.

3: Bien… para un día aburrido.

4: Estupendo, la verdad es que, para ser tan feo como eres, no lo haces mal.

5: Eres un genio comparable a Cervantes, a Quevedo, a Borges, a Belén Esteban…

Pero no puntuéis demasiado alto, «marditos» pelotas, y decidme qué es lo que menos os gusta. —Quiero hacer de esto un curso de escritura creativa gratis y tú serás la estafada víctima que me lo propicie.—


¡A ver quién dice que una cocina no da juego! Tras el dormitorio es la habitación en la que más cosas se pueden hacer. Y no, no seas mal pensado. «Eso» también pasa, por tanto, no eres mal pensado; piensas de manera realista.

Hay ya muchas escenas así. Recuerdo una especialmente bien, de la película Blade Runner en la que el protagonista, que ha recibido una soberana paliza, se toma un licor blanco para tranquilizarse. El vaso se llena de rojo del labio partido. Impresionante.

En fin, que no os cansineo más y aquí os quedáis con los tres relatos.

El caso más fácil.

Estoy de pie en mi cocina. Con la mano derecha trato de ponerme un vino. Miro hacia abajo, hacia mi mano izquierda. La separo del lado correspondiente del abdomen y destapo el líquido rojo viscoso que mancha mi camisa. Bebí el vino tratando de tranquilizarme.

La vida del detective privado es mucho más monótona de lo que se presume. Paso muchas horas vigilando lo que hace gente normal, o sea, nada. Y eso cuando tengo trabajo. Otras veces, eso sí, la rutina se ve alterada por un caso interesante. O por un caso aburrido que te lleva a una situación interesante, como el actual.

Como aburrido era el actual, quiero decir.

Vine a casa a comer y entonces ocurrió. Preparé pasta. ¡Por qué no me pondría el delantal!

Delincuente habitual.

Estoy de pie en mi cocina. En mi propia cocina. Ser mujer comisario no es sencillo; aún quedan muchos prejuicios, sobre todo en los mayores. Y cualquier hecho fortuito se vuelve, siempre, contra ti.

El Ladrón había vuelto a actuar. Conocía su identidad y su modus operandi. Atrapar a un delincuente no es sencillo. Incluso sabiendo quién es y el delito que ha cometido no es fácil sentarlo frente a un juez.

Y ya eran tres veces. Tenía que resolver este caso y encontrar mi dinero. Y esta vez en mi cocina. Sí, lo conocía, y también su manera de actuar… ¡Eso era! ¡Tenía que ponerme a su altura! ¡Allí estaba, en la rejilla del horno! La primera vez metió un billete en el DVD, la segunda en la mesita del dormitorio. Una risita juguetona y unos pasos precipitados sonaron por el pasillo. Ya sacaría el billete. De momento iría a detener a la ladronzuela y a condenarla a besos forzados y risas varias.

Soy inocente.

Estoy de pie en mi cocina. La sangre me cubre toda la ropa. De frente un policía y a mis pies mi mujer, degollada. El policía me ha tomado declaración.

—Yo estaba cocinando con mi mujer y he ido un momento al baño, he oído un ruido fuerte y he salido a ver que pasaba. Me la he encontrado así. Me he agachado sobre ella para tratar de detener la hemorragia y he pedido ayuda a voces. A los pocos minutos, no sé cuántos, en vista de que nadie me auxiliaba y que parecía que no había remedio, les he llamado a ustedes.

—Muy bien, espere ahí que hablo con la subinspectora.

Lo sabía, sabía, soy sospechoso. ¿Es que no lo ven? Es fácil acusarme a mí, con la cabeza gacha, todo mi traje manchado.

Me limpio las manos en la camisa. No vale de nada, la sangre de las palmas ya está seca y camisa aún húmeda me ensucia las manos. Pero no puedo dejar de frotar.

Escucho al policía hablándole bajo a una mujer de paisano. Debe ser la subinspectora que ha mencionado:

—Señora, ¿me lo llevo?

¿Por qué no creen mis protestas de inocencia?

—Un momento, Marcial. ¿Y el arma?

—Ese cuchillo que hay en el suelo. Es de la finada. Al parecer, es uno de los que estaba usando.

Claro, y sólo puede haberlo empleado el marido. ¡No me creen! No quiero que me lleven detenido.

La subinspectora se vuelve ligeramente, y casi susurrando le dice:

—Llévelo, pero al psicólogo. Hay indicios de que alguien anduvo por la casa de unos zapatos más pequeños que los de este señor. Debieron sorprenderle dentro de la casa llegaron. Además, ¿se fijó con qué mano le cogía el trapo de cocina? Este hombre es diestro, y el corte termina a la izquierda y hacia abajo; el asesino es zurdo y de la misma estatura que la mujer o algo más bajo.

¡Bien, por fin lo han resuelto! ¡Ya puedo respirar tranquilo! Con lo que me costó calzarme ayer unos zapatos una talla menor y pasearme por un polígono para mancharlos; después otro paseíto por casa y a la basura esa misma noche. Hoy me senté en el taburete detrás de mi mujer, y, usando la izquierda, que tampoco es tan difícil, le corté el cuello mientras le tiraba de la coleta hacia atrás con la derecha.

Francisco Torpeyvago

En Daimiel, a 3 de junio de 2016

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19 comentarios en “Reto «El libro del escritor» 3

  1. Pingback: 52 Retos de escritura de «El libro del escritor» | Historias malditas, malditas historias

  2. Uffff, el tercero es terrorífico, supongo pq toca un tema muy en boga que moviliza conciencias… te daría un 5 porque me parece impecable, pero lo siento, duele, y te lo dejo en un 4.
    El primero me ha gustado, un 4.
    El tercero me ha parecido más previsible, te lo dejo en un 3.
    Venga, ¡encargo cumplido!

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  3. Bien… si es porque duele, porque conmover era el objeto, me doy por satisfecho.
    En cuanto al segundo, que es al que supongo que te refieres, sí, lo confieso, es previsible. Eso me pasa por querer contar algo, en este caso una anécdota de un amigo. Lección aprendida: Que te guste lo que escribes, no escribas lo que te guste. Me refiero a lo que te guste sin más criterio que el tuyo propio
    Muchas gracias, Dori. No te sientas obligada por favor; sabes que lo que me gusta es simplemente la lectura. Te reitero el agradecimiento.

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  4. ¡Gracias por pasarte y leer!
    Yo en principio sólo lo pongo en mi blog. Por lo que leí, si completas el reto, mandas la lista de vínculos a «el libro del escritor» y te dan un «certificado». O algo así.
    Un abrazo.

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  5. Pingback: Infinitos monos. Más uno | Historias malditas, malditas historias

  6. El muy breve “El caso más fácil” mueve a la risa y al giro de ojos en las órbitas (en el buen sentido). La escena tiene unas pinceladas suaves, muy fáciles de leer, que describen una foto fija al tiempo que permiten atisbar algo del personaje. Muy divertido, sí señor.
    Con “Delincuente habitual” me has retrotraído a la única vez que en mi infancia me atreví a abrir el monedero de mi madre. La bronca me quitó las ganas de hacerlo más veces. El texto es, como el anterior, divertido, y el final resulta cariñoso y entrañable, dejándote con una sonrisita.
    “Soy inocente” me ha gustado menos, mira… No por la temática (es ficción, joder, no tengo empacho en leer lo que un asesino piensa o hace), sino por algo de deslabazamiento, tanto en el párrafo en el que el marido se explica (demasiado atropellado para ser racional, demasiado frío para ser visceral) como en el de la subinspectora, con frases que precisan una revisión para ser perfectamente comprensible, faltando palabras incluso 😉

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    • ¡Que me place que te hayan gustado los dos primeros!
      En cuanto al tercero, sí es cierto. Por intentar ser breve —y por escribir rápidamente, que todo cuenta—, parece que quedó como con flecos o, al menos, no redondo. Gracias por señalármelo.
      Es un auténtico placer darle la bienvenida por estos lares.

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