Reto «El libro del escritor» 1


1. Escribe sobre un sueño o pesadilla que hayas tenido esta semana.

Señoras y señores, ahí va el primero de los retos de «El libro del escritor». Como comenté en la entrada 52 Retos de escritura de «El libro del escritor», se trata de responder a las 52 propuestas, si bien, como empecé tarde, creo que no los haré todos.

Eso sí, quisiera hacer algo especial: En cada entrada intentaré colgar dos o tres micros, y me gustaría que los calificases —gracias, Dori—. Sí, malandrín perezoso, te pido que en los comentarios escribas el título de cada uno y una puntuación de 0 a 5:

0: Qué asco de relato. No vomito por no ensuciar el teclado.

1: Malo con ansia. Me has hecho perder el tiempo. Me vengaré.

2: Seguro que un niño de tres años escribe mejor.

3: Bien… para un día aburrido.

4: Estupendo, la verdad es que, para ser tan feo como eres, no lo haces mal.

5: Eres un genio comparable a Cervantes, a Quevedo, a Borges, a Belén Esteban…

Pero no puntuéis demasiado alto, «marditos» pelotas, y decidme qué es lo que menos os gusta. —Quiero hacer de esto un curso de escritura creativa gratis y tú serás la estafada víctima que me lo propicie.—


No todas las pesadillas incluyen un ente sobrenatural persiguiéndote por un callejón / cementerio / bosque brumoso para merendársete el alma o alguna víscera. No, qué va. En mi caso me encuentro en demasiadas ocasiones repitiendo exámenes. Sí, los exámenes son mis demonios. Aún rememoro de forma muy exótica, completamente onírica, los exámenes de termodinámica; el protagonista soy yo en un estado un tanto acrónico —cinco esdrújulos y medio en una sola frase; y con el del comentario, seis y cacho—. Y no es que el profesor —que ya falleció el hombre hace años— fuese una de esas entidades satánicas mencionadas; de hecho era buen profesor, y tan serio que dudo que sea él quien me persiga en mis pesadillas tras tantos años. Supongo que le podría parecer un tanto indecorosa esta acción fantasmal.

Pero hay más malos sueños, sin duda. Y muchos tienen que ver con situaciones comprometidas. Por ejemplo, verme a mi edad tumbado en una cama semidesnudo, con una buena erección y una mujer desconocida a los pies —ojo, que es un sueño, no sea que se enfade, con motivo, mi propia— puede parecer el preludio de algo bueno. Salvo que de repente aparezca tu madre, pero la que tenías con catorce años, y con cara de haberte pillado, porque te ha pillado, y no poder moverme para eliminar el pecado visual —que el otro ahí queda—. ¡Qué mal rato, señoras y señores! Con algunas variaciones, creo que a todos los hombres nos ha perseguido esa pesadilla. Hay otras, por supuesto, como salir de casa demasiado ligero de ropa, o en pijama. Y las mujeres podrían aportar las equivalentes a las muestras de vara en púbico público.

PS.- Son dos cuentos completamente independientes sobre el mismo mal sueño. —¡Gracias, Valeria!—

El día antes de mi boda

Es bueno que la despedida haya sido la semana anterior; aún así, ayer me cogieron mis compis y me llevaron de jarana. Perro viejo que soy, al comienzo bebí con ellos, pero pasado un rato me agüé la fiesta tomando brebajes sin alcohol o muy aligerados; al fin, en unas horas me habría de casar y no es cuestión de llegar demasiado bebido a la ceremonia.

Llevaba algunos años trabajando, además de vivir, en casa de mis padres; mi pequeño despacho formaba una antesala al dormitorio. Como éste último estaba abarrotado con el traje y accesorios varios, cuando llegué casi amañanando, decidí dormir en el sofá del despacho.

Y por fin me despertaba el día de mi boda cuando mi madre me comenzó a llamar desde el piso de abajo. Una enorme y agradable erección me hacía sentirme saludable. Sentía algo de fresco en los pies desnudos que se salían de la toalla que había empleado para taparme. Para completar la sensación decidí aliviar mi presión ventral dejando escapar gases de vaya usted a saber que extraña fermentación a la vez que me estiraba de manera salvaje, gruñendo como un poseso.

Pero toda esa parafernalia ruidosa se vio interrumpida por la excesivamente cercana voz de mi madre llamándome. Había entrado de improviso en el despacho; supongo que esperaría que estuviese en el dormitorio. Y la fotógrafa, una morenita guapa de pelo recogido en un moño y pendientes de grandes perlas falsas entró tras de ella. Comenzó a mirar con disimulo a un lado, sonriendo.

No era para menos, tardé unos segundos en reaccionar y en abandonar la rigidez de mi estiramiento. Con un ojo cerrado y la cara en mueca estiratoria, sólo alcanzaba a ver parte de la mesa de trabajo con el viejo ordenador y las paredes pintadas de un vivo granate e, insinuado, el estor pistacho; al frente mi madre peinada de peluquería con el pelo recortado y subido hacia la coronilla, gafas de pasta cuadradas, vestido de lana azul marino negro muy elegante, tras ella, la puerta abierta. Su expresión, que sólo definiré como de austero asombro era alumbrada en vertical, deificándola, por la claraboya. La fotógrafa no sabía dónde meterse, porque se quedó de medio lado  sin decidirse a salir o permanecer allí. Aunque algo miraba de reojo.

Cuando logré reaccionar, pensé que la verdadera víctima era el cuesco que comenzó con fanfarria vencedora y había dejado estrangulado, sonando al final como trompetilla de feria. Él sí quedo ridículo.

Sin verte

Me encuentro tumbado en la cama. De frente tengo la pared empapelada en arabescos florales rosas y granates, escoltados por manchas de miseria. Arriba, justo encima de la puerta blanco hueso, un trozo mediano de papel está desprendido dibujando un siete demasiado equilibrado. O mejor un cuadrado en dos tonos sucios separados por una diagonal. A mi izquierda adivino el tocadiscos y la colección de discos dominada por rumba catalana y flamenco gaditano. Hacia mis pies, los de la cama de bronce con su elaborado entramado, los propios con unas uñas negras y la toalla flácida sobre una colcha en la que se hunde mi cuerpo por falta de consistencia del colchón. La cortina está amarilla del humo del tabaco y el cenicero, en el suelo junto a la cama, distribuía la pestilencia que no notamos los fumadores.

Más hacia mí, mi pene enhiesto. ¿Mi pene? Yo jamás habría hablado así. Tenía la polla tiesa.

Mi madre me mira con el hieratismo casi divino que produce el sabor amargo de la vida. Su efigie parece extirpada de un camafeo. Alguien le ha colocado unas gafas cuadradas de pasta de aire moderno que contrasta con su pelo recogido en un moño. Los blancos heterogéneos de su piel se mezclan con los de la puerta, el techo, los trozos de pared al descubierto y alguna cana y resaltan su traje azul oscuro apagado, como tinta sucia de pluma. La luz de la lámpara con bronces y cristales del techo la ilumina, deificándola aún más.

Nunca había visto a una mujer policía. Aquella, guapa, volvía la cara para no verme. El pelo recogido con la sobriedad de su encomienda dejaba ver unas orejas adornadas con dos grandes cuentas de plástico blanco. Dijo:

—Señora, quédese fuera, ¿quiere?.

Sí, es lo mejor. Ver a tu hijo con la cara contraída y la lengua negra fuera no es agradable. El ahorcamiento con un cable trenzado en el cabecero de la cama no era agradable. Ni para ellas, ni para mí.

 

Francisco Torpeyvago

En Daimiel, a 31 de mayo de 2016.

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11 comentarios en “Reto «El libro del escritor» 1

    • Sí, más que pesadilla es un mal sueño contado de forma , espero, graciosa.
      Es cierto que no me he expresado bien. Más que votar es puntuar del 0 al 5 —seis grados— cada cuento.
      ¡Muchas gracias por comentar!
      PS.- ¿No es una pesadilla estar casi desnudo, o sin casi, con una erección mañanera y que te pille tu madre 😛 ?

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      • Sí, reconozco que mi madre tiene un gran sentido del humor, pero de todas maneras ¡menudo trago! Y seguro que tienes una pesadilla equivalente. Como digo en la presentación, no todas las pesadillas son de un tío a medio hornear con las manos convertidas en cortapizzas persiguiéndote por un callejón oscuro ¡Seguro que has soñado alguna vez que sales de casa descalza! y el mal rato es igual o peor.

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