Hambre saciada


Ana Katzen ha vuelto a hacer de las suyas. No conforme con publicar una magnífica serie sobre armas y luchas en la literatura —al final de su página tienes un índice con toda la serie—, busca un paralelismo entre el vicio de comer y la literatura. —Vale que yo hice otra referencia al vicio de la vagancia, y que es hora de un poquito de autopromoción (es que no tengo abuelas); y sí, el relato está al final, cansiiiino, tira para allá si tanta prisas tienes.—

Bueeeeno, para llamar la atención he exagerado. Lo que comenta Ana es que, a partir de su experiencia como librera, y estableciendo una similitud con el mercado alimentario —ojo, que estas afirmaciones se deben matizar, y Ana lo hace en la entrada—:

1) El lector no sabe lo que quiere hasta que se lo das
2) Cuando el lector cree saber lo que quiere, está equivocado
3) Cando el lector dice que quiere innovación, está equivocado

Bien, tras haber leído la entrada, tras haberla meditado, llega el momento de aplicarlo. Pero como me gusta tergiversar, no podía hacerlo directamente. Además de que resultaría difícil con un solo relato.

Y ya está bien de divagar. Os dejo con el relato. O con lo que sea «eso».


Hambre saciada

Se arrastró sobre la húmeda hierba con precaución. En ese lugar no era muy alta y casi no le ofrecía protección. El Pequeño Sol Rojo alumbraba apenas la noche, pero por el horizonte ya aparecía en Gran Sol Blanco, iluminando aquel desierto verde. Delante había al menos dos cadáveres y, por el aspecto abultado de sus estómagos, debieron caer en la tentación de comer aquella planta maldita. Se acercó con precaución: Los co no devoran carne muerta, pero suelen estar al acecho de lo que se acerque a la carroña.

Llevaba un trozo de estoque atado al dorso de cada antebrazo de tal manera que podía realizar manipulaciones, pero al cerrar el puño quedaban al descubierto como defensas. Y como herramientas. Se aproximó al muerto más cercano y, cerrando la mano, le hundió el acero con cuidado pero con prisa. Dos tajos certeros y extrajo el enorme estómago hinchado. Pinchó la víscera con cuidado y echó a un lado la cara para que saliese el gas y parte del líquido. Luego terminó de abrirlo. Allí estaba su tesoro: Hierba maldita parcialmente digerida. Introdujo las dos manos en aquel potaje pestilente, apartando de su cerebro el aroma a col hervida, riñones de vaca y huevos podridos y centrándose en el tibio y viscoso tacto que pasaba de sus manos a su boca. También obvió los sonidos burbujeantes que producían sus cucharas improvisadas al introducirse en el perol humano, su ruido a succionar con fruición el fluido verde y los crujidos de agradecimiento de su estómago vacío. El sabor a vómito no le importunó demasiado.

Horas y horas, días y días, no sabía cuántos, de hambre en aquella inmensidad verde. Agua no le faltaba. A costa de jirones de su lengua, lamer las hojas llenas de rocío le proporcionaba un líquido mentolado, agradablemente ácido y con un ligero toque de amargo ajenjo, muy refrescante, pero no las podía comer. Las hojas de esa planta estaban recubiertas de una capa coriácea trasparente por el día y levemente opalescente en los ortos y ocasos que rasgaba los tejidos internos de casi cualquier ser vivo. Tan solo los grandes güencásticos eran capaces de alimentarse de ella.

Más y más horas con el sabor amargo del vacío en la boca, arrastrándose siempre en lugar de caminar por un lugar en el que, cuando no había niebla, una persona podía ser vista desde casi una jornada. ¡Qué había sido de aquello de andar erguido y comer caliente todos los días!

Él era aprendiz de herrero a punto de realizar su ópera prima. Pero la guerra con los herejes lo sustrajo de estos quehaceres y de los brazos de todas las mozuelas que era capaz de seducir; le apartó de los olores de continua primavera, del espliego de las mujeres o del tomillo de los asados.

Pasó a ser soldado. Para eso le bastó una manta, una pica y un capacete de cuero. Dos o tres batallas parando a la imparable caballería pesada, dos o tres cruces con la muerte, dos o tres momentos de lanzas clavadas en animales o en hombres, de los casi invencibles armados de acero contra los débiles malprotegidos por un poco de piel curtida, de sesos de sus compañeros esparcidos con mazas que galopaban a toda velocidad, de caras reventadas por maguales, de pechos aplastados por cascos de caballos de guerra, fueron suficientes para él. Y el hambre y el frío de la campaña tampoco ayudaron.

Los desertores se acumulaban en los bosques cercanos a la frontera sur, al único espacio habitable justo al norte del desierto verde. Y allí se dedicaban al bandidaje. Al final eran tantos que sólo se podían robar los unos a otros. A esto se le añadió la presión de ejército deseando reclutar más soldados, castigar a los desertores y mantener el control sobre el bosque. El empuje obligó a muchos a intentar la aventura de atravesar aquella estepa insalubre de treinta jornadas del Gran Sol Blanco de ancho. Cerca de treinta jornadas si se cuenta con un grupo numeroso que pueda ir andando normalmente y bien alimentados y pertrechados, no un grupo de desertores desesperados y famélicos que por las noches asesinaban a sus compañeros por un trozo de carne reseca y medio pútrida, un par de botas con las suela sin agujeros o una manta raída.

Poco a poco, su grupo fue disolviéndose en tríos o parejas. Él quizá tuvo la suerte de quedarse solo. Y de encontrar los restos de un estoque que anudó a sus antebrazos. Fue persiguiendo a varios de estos grupos, y hallando entre sus restos algo con lo que sobrevivir. Hasta que cualquier vestigio de los que huían, y de tantos otros osados predecesores, comenzó a ralear.

Ahí se veía con el estómago lleno a más no poder de una comida repulsiva y poco nutritiva, pero comida al fin. Al andar, todo el líquido de su vientre producía una sensación de cieno casi vivo en su interior. Se acercó al otro cadáver y le extrajo el estómago, pero no lo abrió. Cortó el duodeno y el esófago y los usó como asa. A lo lejos había una runoa, un afloramiento de una roca negra con la que se edificaban los templos del dios Runa, El Cielo, y que por formar habitualmente el amontonamiento de dos o tres placas rocosas, solía servir de refugio a los pastores.

Porque allí hubo pastores que guiaban y protegían a los enormes güencásticos, esos animales que consistían en cuatro columnas de carne, cada una del tamaño de un hombre, dos ingentes estómagos para fermentar y digerir la vegetación de la tundra y montones de pelos y lanas. Pero con la guerra, los güencásticos habían quedado casi extintos, la hierba dejaba de crecer por falta de sus excrementos y los co se habían hecho más pequeños y hábiles a falta de su sustento habitual.

Los co, una especie ser escamoso y rastrero, con una cola enorme, garras largas retráctiles y poderosas y cabeza plana de forma triangular con potentes mandíbulas armadas de cientos de pequeños dientes, atacaban a los pacíficos güencásticos. Sólo se podía ver a un macho alterado en presencia de los co: Era impresionante observar a ese animal gigantesco ponerse a dos patas e intentar aplastar a aquellas alimañas carnívoras. Varios de estos co distraían las defensas del rebaño mientras uno o dos se adosaban al vientre de alguna cría desgarrándolo y dejándola después. Cuando la cría, desventrada, condenada a muerte sin remedio, era abandonada por la manada, los co acudían a comer.

Los pastores ayudaban en la defensa contra los co; manejaban su jabalinas con una habilidad que después fue codiciada por los señores de la guerra. Los pastores se unieron a los dos ejércitos, la carne de los güencásticos fue consumida hasta su casi extinción, y los co se quedaron sin comida. O mejor, cambiaron la dieta; se alimentaban de aquellos peregrinos, refugiados o desertores que en su desesperación se atrevían a atravesar su territorio.

Avanzó medio agachado sujetando el estómago ajeno a modo de bolso. Su intención era abrirlo y extender su contenido sobre una de las dos losas que formaban aquella runoa para secarlo al sol y poder conservarlo.

La hierba se acumulaba en el estómago desgarrando el interior visceral del comensal y atascando toda función digestiva. Sin embargo, comenzaba a fermentar, diluyéndose la cubierta coriácea, por lo que pasadas unas horas, con el comensal ya muerto, su contenido estomacal era comestible.

Él tenía esperanzas de encontrar al resto del grupo, ya que había reconocido a aquellos dos cadáveres como parte de una partida formada por media docena de desertores. Con esos seis fermentadores llenos podría avanzar casi una semana hacia el sur.

Al acercarse a la runoa, sin embargo, desaparecieron esos pensamientos. A la entrada había un chuzo de los que empleaban los pastores, chuzo que se movió. Dejó el improvisado bolso de comida, fijándose en dónde lo abandonaba, y se dirigió de manera lateral hacia la runoa.

—Hay co cerca —dijo una joven voz que salía de la runoa.

—Y ¿qué haces ahí?

—Mejor aquí dentro, ¿no?

Se acercó con precaución a la apertura de la runoa. Un joven de sexo indefinido estaba tumbado boca abajo y agarraba con miedo la apenas mitad de una jabalina de pastor. Si venían co, iba durar un instante. Pero le podría servir la compañía esporádica.

—¿Dónde los has visto?

—Por aquí cerca. ¿Ves? Por ahí enfrente.

Se tumbo dentro de la runoa a su lado, pendiente de los co. Si los había por allí y no se había dado cuenta era que había perdido la capacidad de concentrarse. El sol estaba ya claramente por encima del horizonte, por lo que aprovechó para coger algo de hierba de la entrada y desgarrarse aún más la lengua echando el último trago de agua de la jornada.

Apenas oyó el movimiento, tan solo vio cómo su compañero de doblaba hacia atrás en una postura imposible, con parte de la cabeza y del cuello atrapado por las mandíbulas de un co que tiraba hacia atrás, mientras que sus garras penetraban en la espalda sujetándolo contra el suelo. Los dedos aún se crispaban en torno al chuzo, pero lo harían por poco tiempo.

Cerró sus dos manos dejando al descubierto los aguijones y, tumbado de medio lado, comenzó a dar puñadas hacia el bicho, horadando la piel parda y escamosa. «¿De dónde habrá salido?».

El dolor de la pierna le subió hasta la nuca y lo dejó, de momento, paralizado. Se revolvió y le clavó uno de los estoques en la sien de aquel co que le masticaba la pierna. Debió dar en un sitio importante, porque el bicho le soltó y comenzó a dar saltos como loco, sin poder zafarse de la puñalada, dando zarpazos a diestro y siniestro. La covacha comenzó a moverse muy deprisa hacia la derecha, y colocándose de nuevo en su sitio, en una iteración que parecía infinita. Aparecieron puntos blancos donde antes no los había. No tenía fuerzas, y el brazo, inane, subía y bajaba al ritmo que marcaban los espasmos del co. Quiso cerrar los ojos, pero no sabía si ya lo había hecho.

El dolor era generalizado. Hubiese preferido seguir inconsciente para morir sin agonía. Una punzada en el pecho le hizo fijarse en el sonido burbujeante de su respiración y el sabor a sangre de su boca. Sí, tenía un pulmón perforado. Miró a su lado; su compañero estaba plegado hacia atrás y tenía la camisa, originalmente blanca y ahora color hueso, llena de medallas rojas de una batalla que había perdido con las zarpas del co.

Al fondo de la cueva vio al co que quiso suponer que era el que había atacado a su compañero, muerto en apariencia. El que le había agredido a él no aparecía, pero debía estar también muerto o muy malherido, porque si no no habría abandonado a su víctima. Pero no era capaz de verlo.

Se fijo de nuevo en el co del fondo de la cueva. Allí había lo que parecían huevos. Por eso les atacaron desde atrás, porque tenían allí la puesta. Su compañero fue un imbécil por no fijarse bien. Y él más por fiarse de que aquello era seguro, por el mero hecho de que había alguien.

Buena oportunidad para comer antes de morir: Un bicho bien hermoso que trocear y secar y una gruesa de huevos al menos en la puesta. Miró a sus piernas: Una bastante dañada, la otra como a dos cuartas de la rodilla correspondiente. Vaya, no podría disfrutar de todos esos manjares que se encontraban a menos de un par de pasos.

Volvió a notar el movimiento inhabitual y repetitivo de la cueva y los puntitos amarillos, pero remitieron con un cambio de postura. Se colocó mirando hacia su compañero. A él sí lo podría alcanzar con las manos. ¿Qué tendría en el estómago?

Francisco Torpeyvago

En Daimiel, a 19 de mayo de 2016

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4 comentarios en “Hambre saciada

  1. ¿Sabes que puedes llegar a ser muy desagradable? creo que voy a tardar mucho, pero que mucho tiempo, en volver a comer potaje. Plato que, por cierto, nunca fue mi devoción, ahora entiendo por que… Y yo sí se lo que quiero como lectora, aunque resulta muy difícil explicarlo.

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    • Dori, por supuesto las afirmaciones que hace Ana, y por eso digo que lo matiza en su entrada, son afirmaciones en cuanto al gusto concreto, momentáneo, volátil, y no genérico de cualquier lector. ¿No te ha pasado jamás que vas a tu biblioteca a releer algo con una intención y vuelves con un libro muy distinto? Y lo mismo puede ocurrir con las comidas, de ahí el paralelismo que se establece y su uso en la promoción de libros. Por supuesto, no es, en ningún caso, un menosprecio al criterio del lector, sino una referencia a esa apetencia velut Luna y a esa necesidad de variedad. Y, como bien dices, además, resulta muuuuy difícil explicarlo y concretarlo a quien te vende.
      En cuanto al potaje, ayer mismo cayeron unas judías con chorizo sin en más mínimo remordimiento 😉 … y bueno, desagradable… mmm, sí 😛 . A ver si con práctica paso de lo gore al terror, o misterio, o humor de verdad, aquel en el que no necesitas ser explícito para producir las sensaciones que buscas. Práctica, práctica y más práctica…
      Muchas gracias, como siempre, por pasarte por aquí, y, sobre todo, por leerme. —Aunque sea una miajita desagradable, espero haberte emocionado un pelín.—

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      • Yo soy lectora muy ecléctica, que me gusta probar y arriesgar, y muchas veces me pasa eso que dices, y situaciones más esotéricas aún. Pero eso no quita que sepa que tipo de lectura o escritura detesto o me resulta molesta. ¡Y que conste que no soy de cortar cabezas a la ligera! (que de Dan Brown me leí hasta dos libros antes de desterrarlo por cansino). Una cosa que tienen los libros es que hasta que no los lees no sabes lo que contienen… así que , nunca pierdo la fé.

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      • Me ha gustado eso de:
        «Una cosa que tienen los libros es que hasta que no los lees no sabes lo que contienen»
        En mi pueblo hay un refrán que dice que no sabes cómo es el melón hasta que lo abres. Qué cierto que es. —Y sí, es «mu» cansino, pero yo tuve menos paciencia; ni medio libro le aguanté.—

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