1.001 Piojos


1.001 Visitas lleva mi página desde su «fundación» allá por el seis de diciembre de dos mil quince. 167 días, o 23 semanas y media, o 5 meses y tercio. O cinco meses, una semana y cinco días.

Me siento orgulloso. Mejor me siento bien —con la espalda bien colocada para evitar lesiones—, y además, orgulloso. Orgulloso de que mis hijos literarios hayan tenido padres adoptivos. Y padres adoptivos que además los han mirado con cariño, a pesar de sus defectos. Ese era y es mi objetivo.

Sólo puedo decir una cosa: ¡¡GRACIAS!! Claro, que no sería yo si me limitase a dejaros libres con tan poca cosa.

—Sí, gracias, malandrines perezosos, pero aún necesito ayuda con el blog; si es sólo resolver algunas dudillas. Escribidme, malditos, al menos algún voluntario voluntarioso habrá digo yo: torpeyvago@gmail.com.—

En primer lugar, debería comentar que no os comparo con piojos, que estos insectos son los protagonistas del relato de hoy. Bueno, no exactamente. Quiero decir de los protagonistas, no de vosotros, que, aunque sois los protagonistas de esta página no sois piojos. Al menos, no todos.

En segundo lugar, que vuelvo a incumplir mi propósito de acudir quincenalmente, o al menos semanalmente, para poder cumplir con mis autoimpuestas obligaciones de presentarme a certámenes. Pero qué le voy a hacer, soy un impenitente y pertinaz procrastinador —hasta que no me salga el trabalenguas completo no voy a parar—.

Y que, en fin, como agradecimiento a vuestra presencia —o como castigo, tú dilecto lector decides—, aquí os dejo otro cuentecillo, aún menos meditado que los anteriores. Pero espero que te resulte divertido. O no.


1.001 Piojos

—¡Te «viadar» una hostia a mano abierta…!

—Pero mi sargento…

Los piojos mutantes son una realidad. Ni permetrina ni butóxido de benzoilo. Ahora pasarán de unas decenas por cabeza a centenares, o miles. Mil y un piojos por cabeza.

—¡Ni mi sargento, ni pollas en vinagre, cabo! ¡Es que hay que ser muy gilipollas!

El cabo era un motón de carne, plástico y metal, de sexo indefinido —total, para lo que les valía—, en especial feo sin el casco: tenía al descubierto todo ese acolchado biosintético que protegía el cráneo.

El veterano de mil batallas temblaba, sin embargo, ante la voz agradable como un esputo de segunda mano de su comandante de puesto, el sargento, mucho más bajito, de un par de generaciones anteriores de soldados artificiales.

El vinagre sigue ayudando a que el mucílago que une los huevos a la raíz del cabello se afloje y se puedan eliminar con un lavado.

El puesto era una prisión de máxima seguridad con mil celdas. No había problemas de espacio: Al aparecer un nuevo reo se ejecutaba al más antiguo. De hecho, todo aquel planeta era un conjunto de prisiones cuyo máximo exponente y castigo último era aquella en la que tenía lugar esta amable conversación.

Había, sin embargo, aún sentimientos. En los pocos silencios que quedaban entre improperios de uno y excusas del otro se percibían los emotivos, a veces hasta desgarradores, metales del cuarto movimiento de la segunda sinfonía de Jachaturián. Vestigios humanos en esa cárcel custodiada por una veintena de personas y otros tantos guerrebots

—Vamos, comienza de nuevo el informe.

—Como le decía, mi sargento, estaba usted descansando cuando me llamó el comandante del puesto 114. Nos mandaban un nuevo preso, que iba a llegar en unos minutos, y me adelantó los papeles. Todo estaba en orden. ¿Para qué le iba a molestar a usted?

—¿Para qué? Yo te mato. ¿Y dónde cojones lo ibas a alojar si tenemos las mil celdas llenas?

—En el calabozo, mi sargento, en realidad tenemos mil una celdas. Hasta que usted dispusiese otra cosa, claro.

—Tú no tienes autorización, por mucho que te lo ordene otro sargento.El calabozo no es un lugar de retención, sino de cuarentena para enfermería, y requiere vigilancia especial. —El sargento se dirigió al armario donde tenía custodiadas las armas más mortíferas.

—Mi sargento, si le puse custodia especial nada más bajar del furgón.El prisionero, o mejor, la prisionera, es una mujer sin apenas implantes, pero catalogada de muy peligrosa. Por eso le coloqué como custodia un soldado y un bot. Casi dieciséis veces la proporción que tenemos en el resto de la prisión.

»Lo primero, le dimos de comer. La llevamos al comedor a ella sola. Una vez allí, y con sus guardias, pidió sal. Por los sistemas de vigilancia vimos como la echaba con cuidado en la palma de la mano y la espolvoreaba soplándola sobre la comida. El bot la vigilaba desde detrás y el soldado desde delante. Volvió a echar sal y esta vez la sopló sobre el rostro del soldado. El bot sólo vio una emergencia de salud hacia el soldado, por lo suave de el movimiento de ella. Pero es que con la otra mano, que tenía oculta, arrancó un cable de la iluminación inferior de la mesa – barra donde estaba comiendo, e inutilizó al bot simplemente acercándoselo. Ya le digo, movimientos muy suaves que no parecían agresivos y que nos hizo responder tarde.

—Toma, coge esto. ¿Cuántos quedáis?

El problema natural de los piojos es que no hay estrategia preventiva. Ni pelo sucio, ni pelo limpio. Alguna loción repelente, pero ninguna realmente efectiva.

La señora presa, tras la actuación contra el bot, remató rápidamente al soldado y manipuló al androide. Cuando acudieron los refuerzos ella está perfectamente armada con lo raqueado en el pecio del soldado; además había dominado las funciones del bot, y despistando con ello al resto de los combatientes artificiales.

El comedor daba a las celdas y a la salida de enfermería. En lugar de intentar escapar, alteró los cierres de las celdas dejando libres a mil presos que sitiaron a los celadores.

—Dieciséis cýborgs. Los bots están inutilizados. Las armas automáticas de paso, también, y sospecho que podrían emplearlas contra nosotros.

—Los dieciséis ¿están todos en este pasillo?

—No mi sargento. Desde los ventanales vemos a cuatro que se defienden en la entrada al garaje. Aquí sólo doce, incluyéndole a usted.

—Reparte esto entre los que estáis ahí. Vamos a por ellos.

La batalla contra los piojos humanos, de momento, está perdida. El enemigo avanza implacable. La tolerancia a los venenos se amplía por su capacidad de regeneración, por lo corto de sus generaciones.

Y lo peor, es que las posibles armas se podrían volver contra nosotros. Venenos exteriores más peligrosos de fabricar y de utilizar. Medicamentos de uso interno de mayor impacto en la salud. De momento, no hay salida. 1.001 piojos por cabeza, ese es el futuro.

Soy cobarde. Me gustaría unirme al enemigo vencedor. Pero con ellos, ¿cómo se hace?

Francisco Torpeyvago

En Daimiel, a 18 de mayo de 2016

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21 comentarios en “1.001 Piojos

    • Gracias, Junior, porque sois vosotros los que lo hacéis posible.
      PS.- Lo que hace una letra, la primera vez que lo he leído me he quedado pasmado:
      «seguro que dentro de poco tendrás muchOs mas.» ¿Piojos? 😛
      En serio, agradecerte que te pases por aquí, lo que es un honor para mí.

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    • De verdad, ¡qué ignorante es la gente! Mire usted que confundir Pediculus humanus capitis con Pulex irritans. ¡Si es que no se pueden hacer unas gachas curiosas! 😛 😛 😀
      Gracias por las felicidades, aunque el mérito es tuyo por pasarte por aquestos lares aún a riesgo de pasarte la mañana con picazón.

      Le gusta a 1 persona

  1. Te llamas Francisco, no lo sabía…, encantada, así no te llamo ni torpe ni vago.
    Muchísimas felicidades, un honor ser un piojo, aunque recuerdo con sufrimiento los tirones en los rizos para sacarlos cuando proliferaban en primavera en el colegio!!! Besitos!!!

    Le gusta a 1 persona

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