La pluma y el pene


La relación de un escritor con sus lectores tiene un fuerte componente sexual. Vale que quizá quien piense tales cosas sea un obseso del sexo, esto es, un obsexo. Pero siendo la atracción sexual una de las mayores fuerzas de la Naturaleza —pudiendo según algunas teorías (inventadas por mí) ser el origen real de la materia oscura— y activando la imaginación más que cualquier otro elemento, hecho o energía natural, no parece tan descabellada la afirmación inicial.—Como siempre, si mis desbarros te parecen cansinos, al final está el relato; sírvete.—

Existe, pues, esa relación tan sexual, y que, según diversos autores —yo, básicamente—, se puede clasificar de esta manera:

  • El  generoso: Hay escritores que sienten verdaderos orgasmos cuando un lector disfruta de su historia.
  • El onanista: Disfruta sólo con leerse a sí mismo. O disfruta tan solo con leerse a sí mismo. O ambas.
  • El amante insano: O tóxico. Es ese que no nos gusta pero nos empeñamos en leer. O es ese escritor maravilloso pero asqueroso como persona, y del que acabas tratando de alejarte de él, no siempre con éxito.
  • El gran amante: ¿Qué podemos decir de quien ha yacido literariamente con cientos de miles, millones, e incluso diría que cienes y cienes, de amantes lectores? Su vida debe ser un continuo orgasmo inacabable. O tal vez se encuentre hastiado. No sé, lo de estar hastiado por los lectores o por el sexo nunca me ha pasado. Si es de comer, en alguna ocasión he llegado al hartizón. Pero ya se me ha olvidado.
  • El mirón: O voyerista, palabra que a mí no me gusta porque me suena a que te digo que voy pero luego no. Es el que se excita viendo cómo los lectores leen a otros autores.
  • El BDSM: «¡Oh, sí!, critícame más, ¡insúltame en las redes! ¡quiero polémica insana!». O al revés: «Eres mi esclavo, maldito: ¡Bésame los sintagmas nominales! ¡Lámeme los adverbios! ¡Te voy a fustigar con mis más rancios adjetivos!»
  • El decente: Puede ser por erección elección propia o no. Es el que redescubre qué sexo tiene cuando va a orinar. Y lo mismo ocurre con la literatura. Se las dan de trascendentes para mitigar su hecho asexuado.
  • El exhibicionista: Aquel que alcanza el orgasmo simplemente por ver su texto publicado, independientemente de la calidad de éste o el interés de la persona lectora. —¡Gracias, Dori!—

Como llevo poco tiempo con esto, aunque no soy estrictamente mocito —es que lo de «virgen» también me suena mal; me sabe a figurita fosforescente puesta al lado de una flamenca encima de la tele—, no sé cómo definirme. Me gusta verme como amante generoso que, por falta de pareja, se convierte en onanista. Pura realidad vital del adolescente. Y de algún adulto.

PS.-Aparece en el relato la palabra dictadactígrafo. En caso de que en un futuro exista realmente dicho aparato no se llamará así. ¿Se abreviará como DIDAC, o DICDAC, o DD? ¿O DDT? ¿Recibirá el nombre de la primera marca o modelo que se fabrique? ¡Quí lo sá!.

PPS.-Por motivos personales estaré un tiempo alejado de la red —no tanto como tú desearías, amable lector—. Digamos que publicaré o leeré cada quince días durante un par de meses. ¡Cuánto tiempo alejado del sexo literario!

PPPS.- ¡Que sí! ¡Que ya está bien de chorradas y viene el relato! Que lo disfrutes… ¡Uy! no sé si después de lo escrito es realmente correcto manifestar este deseo…


La pluma y el pene

Las gafas de sol mínimas de color violeta y carísimas eran el remate del atuendo de Brandegüín, la famosa escritora. A Brandi le gustaba llamar la atención pero sin parecer que lo hacía. Toda la prensa había publicado sobre su retiro para escribir su novela. El universo especulaba sobre su soledad ¿iba a estar realmente sola o se llevaría a alguno de sus polémicos amantes?

Acababa de llegar a la cabaña. El aroma, ácido y fresco mezclado con la fragancia de la tierra húmeda, invadía toda la orilla del lago. Los dos soles alumbraban la fachada, uno verdoso casi blanco y el otro rojo; formaban ambos contrastadas sombras armonizadas por las falsamente arcaicas líneas ovaladas de la construcción.

En los astropuertos no había pasado desapercibida y había sido el centro de atención en las diversas salas por las que había discurrido. Pero también había aprovechado para mirar y devorar los comportamientos humanos que le servían para dar a sus novelas ese toque mágico distintivo. La insípida pero sensual camarera de la cafetería con el pelo negro cortado en cascada, peinado pasado de moda, pero con unos ojos verdes capaz de enamorar a cualquiera. O el hipermacho del guarda jurado en el control de acceso, jugando con el detector de metales manual como si fuese una espada; y para mejorar la cosa, la enorme y generosa rascada de huevos que realizó para todos los presentes sin vergüenza alguna. Alto, feo y poco apetecible, salvo por algún pequeño detalle que ella no alcanzaba a captar.

La cabaña era, en realidad, una vivienda moderna que disponía de los últimos adelantos. Y hablando de adelantos, una vez dentro, su mayordomo, una especie de espíritu cibernético que poseía a casi cualquier objeto que hubiese en la vivienda con un microcontrolador y que la había acompañado en el viaje, se acercó en forma de cuadrúpedo camarero.

—Su vermú señora. —Perfecto como siempre. Limón natural, hielo y su marca favorita, fabricado para una selecta minoría.

—Bien, caro. Voy a la ducha. —El cuadrúpedo, ya con órdenes precisas, fue abandonado por el espíritu wifi del mayordomo y siguió a la señora hasta el baño cargado con la bebida.
Tras el aseo, y debidamente instalada, se sentó en su escribanía frente al dictadactígrafo. La luz de ambos soles, más débil pero aún presente, iluminaba el cuarto y su sofisticado mobiliario. Un sofá junto a una cálida y antigua microcentral de fusión, el atractivo bar automático, un ventanal que daba al jardín y al lago donde abundaban plantas carnívoras —inofensivas para el ser humano, pero se aconsejaba no dejar sueltos pequeños mamíferos, especialmente gatos—. Mas ella no podía disfrutar de aquellas tentadoras instalaciones. Estaba allí para terminar su novela.

—Señora, —el mayordomo era la única entidad en todo el universo autorizada a interrumpírle —me permito sugerirle los programas pornográficos «Un falo para conquistarlas a todas» y «La mama valiente contra el caballero enhiesto». Tras su análisis, he concluido que serán de su agrado.

—Ahora no, caro, he de terminar mi novela.

Debían haber pasado como un par de horas. El horizonte por el que se habían puesto los soles estaba oscuro y el cielo tenía un precioso tono grisáceo; el anillo del planeta marcaba la línea nebulosa que se había hecho famosa como símbolo del romanticismo. Varias lunas refulgían con mayor o menor brillo según les hubiese distribuido Runa, deidad local, su tamaño, albedo y distancia al despacho.

—Señora —preguntó tímidamente el programa; tímidamente porque había estimado en un 78% la posibilidad de una mala respuesta y en un 56% la probabilidad de un objeto arrojado contra la domótica de la cabaña en cualquiera de sus avatares.

—¿Qué coño pasa ahora? ¿No ves que tengo que terminar mi novela? —Bien, mala contestación sí, objeto arrojadizo no. De momento.

—Me permito indicarle que ha ido al baño diecisiete veces en dos horas, ha pedido seis bebidas que no se ha acabado, ha salido siete veces al jardín y ha vuelto a entrar inmediatamente, ha mirado ciento cincuenta y cuatro veces su telecomunicador implantado, a pesar de ordenarme que lo desconectase de la red. Incluso ha ordenado el escritorio ¿Se encuentra bien?

—¡No, no me encuentro bien! ¡No he escrito ni una puta línea en todo el rato! ¡Déjame en paz!

Ella cerró los ojos y echó hacia atrás la cabeza. Inspiró profundamente. El fuerte olor de las aromáticas de la bebida, la frescura de aquella naturaleza y su propia fragancia se le clavaron en el cerebro. Contuvo la respiración. Lentamente, muy lentamente, los dedos aflojaron algo la presión sobre la mesa. La decisión estaba tomada. Soltó el aire, más relajada.

—Oye, mira una cosa. ¿Te lo has traído? Completo, quiero decir.

—Sí, señora, incluso los últimos complementos que adquirió. —Ella recordó el suave tacto de esa piel sintética morada y verde o de aquella otra con un matiz oliváceo. Se estremeció.

—¿Cómo desea que se lo configure?

—Vamos a ver… pelo corto negro, ojos verdes, piel aceitunada, vestido de guarda jurado.

—Y ¿personalidad y voz?

—Tú, caro mío, quiero que seas tú. Pero eso sí, una cosa rapidita, que tengo que terminar mi novela.

Francisco «Torpeyvago»

En Daimiel, a 11 de abril de 2016

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23 comentarios en “La pluma y el pene

  1. Acabo de leer “La mano izquierda de la oscuridad” de Ursula K. LeGuin, cuya trama se desarrolla en un mundo cuyos habitantes son asexuados la mayor parte del tiempo, adoptando uno y otro sexo unos pocos días al mes, momento en que se entregan a las premuras del cuerpo incluso teniendo derecho a un día festivo para ello. Es interesante como estos seres, al conocer a un habitante terrícola, claramente sexuado, se preguntan como se puede gestionar el deseo sexual en el día a día, con toda la inversión de energía y esfuerzo que ésto implica. Obviando ciertas apreciaciones claramente sexistas en cuanto a la diferenciación de los géneros, es interesante destacar, lo que a los Guedenianos asombra, y tu afirmas: cómo damos presencia a nuestra sexualidad en cada placer de la vida.
    Yo soy claramente onanista, hasta el punto de sentirme cogida en falta cuando descubro a alguien que me lee. ¡Dime tonta, pero eso de publicar siempre me coge cómo por sorpresa!. Mi sexualidad es muy mía pero uno de mis mayores placeres es compartirla, ¿quizás eso me hace tertuliana además de lectora?.
    Por último, creo que te has dejado a “El exhibicionista”, aquel que alcanza el orgasmo simplemente por ver su texto publicado, independientemente de la calidad de éste o el interés de la persona lectora.
    Hasta dentro de 15 días.

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    • Jajaja, creo, por el contrario, que eres generosa, puesto que tú disfrutas cuando alguien disfruta con lo que escribes, aunque el hecho te sorprenda.
      Me apunto el libro que mencionas, y en cuanto a la presencia del sexo en cada placer de nuestra vida, yo diría que incluso en cada aspecto, por ejemplo, y sin entrar en detalles, Hacienda y la sodomía… 😉
      En cuanto a apreciaciones sexistas en un texto sobre sexo… ¡buf! Creo que hasta el humano mejor intencionado metería la pata. Todo un reto. ¿Me atreveré a meterme en esas aguas?
      Y también me apunto lo del «Exhibicionista»… le tengo que dar un par de vueltas.
      Muchas gracias por pasarte por aquí y por comentar.

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  2. Pingback: Reducir, reutilizar, reciclar | Historias malditas, malditas historias

  3. No creo que el sexo tenga más importancia que la literatura. Más bien, es cuestión de aunar ambas y de dejar que se comuniquen entre ellas, que se compensen diría yo. Dejar a la imaginación que cumpla su función, ya sea a la hora de escribir un libro, ya sea a la hora de experimentar sensaciones con nuestro cuerpo. Y es eso nada más; cuerpo y mente las que deben navegar juntas en el universo de la lectura.

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  4. Hola, Adtelka. Gracias por el comentario.
    El sexo, como parte que es del Universo —real e imaginario—, tiene cabida en la literatura. Es cierto que cada autor lo debe tratar según le convenga al escrito que realice, encontrando el justo equilibrio entre contenidos que él desee y que marque su propia personalidad. La palabra clave creo que es «equilibrio», concepto que tan bien expresas al decir «compensar», «aunar» y «comunicar».
    De nuevo, gracias por pasarte por aquí y por leerme.

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    • Por favor, no te sientas presionada. Al revés, como «generoso» que trato de ser yo, me gusta que quien quiera disfrutar lo haga con tiempo, que se relaje y lea a gusto. No te sientas comprometida a nada, de verdad, sé libre. —Y, sin que se entere quien comenta, pienso, ¡qué bien!, una persona que quiere quedarse, mientras doy saltos de alegría y me quedo afónico voceando—.
      Muchas gracias por pasarte, por comentar, y, sobre todo, por leerme.

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