El dos cuatro.


Sí, necesito alimentar mis neuronas; y también necesito que circulen los neurotransmisores: para arriba, para abajo, para aquí, para allá… y así todo el día. Pero no todo el pienso o la cebada van a ser relatos de ficción científica, clásicos o «Mortadelo y Filemón». No. También leo los blogs de los maestros. Y en ellos aprendo. Mucho.

Precisamente ahí, en los blogs, y en el último mes, más o menos, me he encontrado que los «profes» han hecho repetidas menciones a los juegos como herramientas. Y no concreto el concepto porque al decir herramientas me refiero a casi toooooodos los aspectos relacionados con las técnicas de escritura. —Si ves que me pongo pesado, ya sabes, ve al final de la entrada, donde está el relato. A tu gusto.—

Permítaseme una cita:

La ficción en general funciona mediante ardides alimentados con la imaginación, o, en palabras menos románticas, mediante preguntas respondidas con mentiras.

Ana Katzen

¿No se observa el claro paralelismo entre lectura y juego —creativo—? Creo que sobran las palabras. Ese paralelismo es el que demuestran los «profes» en sus respectivas entradas.

Empezando por Ana Katzen, a quien le debo muchas lecciones desde que volví a escribir —¡vaaale!, algunas tan de colleja como la diferencia entre «escusa» y «excusa», pero su blog es un filón de lecciones de todo tipo—. Nos muestra cómo crear un antagonista fijándonos en un videojuego. Grisel, en cafetera de letras nos plantea cómo emplear un juego de rol —no necesariamente digital— para crear personajes. En Pluma en Acción, y guiados por Marcos García, podemos a aprender a usar unos curiosos dados para pergeñar personajes. —Por cierto, que me he permitido, la osadía de la ignorancia, escribir un pseudoartículo en el número actual; te lo digo por si sientes curiosidad y lo quieres visitar.— Por último, Guillermo Jiménez habla de algo tan concreto como son los sistemas de magia y qué se puede aprender de los videojuegos. —A las pocas horas de la publicación de esta entrada apareció en Inteligencia narrativa otra de juegos de mesa narrativos.

Dando rienda a mi pedantería habitual me permití comentar en el blog de Grisel, y, para completar lo anterior, me autocito respondiendo a la pregunta planteada de ¿Qué otro beneficio tendría el juego de roles al momento de escribir?:

Si me permites sugerir, el propio juego como búsqueda de argumento; jugar es poner en marcha la imaginación: Una partida a cualquier juego conversacional es una historia aleatoria que te ocurre. Es una forma de «¿qué pasaría si…?». O el metajuego: Qué ocurre alrededor de una partida de dominó ―no sólo de juegos de rol vive el escritor―. O el intrajuego: «El Ocho».

Al final, ¿quién soy yo para llevarle la contraria a los expertos? Por tanto, me dije, a escribir un relato con estas técnicas. O no, porque me gusta llevar la contraria. Quizá por llamar la atención. Ya empiezo a desbarrar. Mejor os dejo con el relato.


El dos cuatro.

Una pequeña rampa, obra para mejorar el acceso a minusválidos, daba acceso a aquella taberna urbana. Cuatro hombres estaban sentados en la mesa más pegada a la barra de las tres con las que contaba el local, más otro vestido de faena apoyado en los respaldos de dos sillas. Echaban los cuatro un dominó mientras el quinto juzgaba la partida en silencio.
Al otro lado de la barra se encontraban unos estantes con botellas en formación de combate. Arriba, las menos utilizadas, todas con las etiquetas descoloridas, los licores ambarinos del tiempo y polvo pegado de muchas vidas quemadas en alcohol. Abajo, las empleadas con más asiduidad, una plancha y una máquina de café. Bajo la barra, el fregadero con su bayeta maloliente, el lavavajillas, y un cajón con cuatro o cinco herramientas básicas para hacer funcionar aquello.
La barra era anticuada, de acero, y el camarero, ausente amo de la misma, era uno de los jugadores.
Las sillas eran de resina que imitaba madera y de hierro negro. Sobre una de ellas, de espaldas a la calle pero cerca de la entrada de la barra, estaba el fugado tabernero. Como unos cincuenta años, camisa blanca con grandes manchas de fluidos internos y externos indefinidos. Completaba el vestido unos pantalones de azulina y una tensa correa en la que no se distinguía el cierre. Desde la entrada se podía ver su coronilla calva rodeada de pelos grasientos.
Pensaba en ese momento que su compañero se encontraba en apuros. Él mismo había colocado el tres para darle opciones, pero no tenía claro a quién le quedaba el último, aparte del doble de su pareja.
Jacinto, «Chiri», estaba fregando los platos en aquella cocina miserable pegada al comedor. Él y su novio trataban de mantenerla, al menos, habitable. El piso se completaba con un dormitorio estrecho y un baño que apenas se merecía ese nombre.
Llegó José Luis, «Jose», con dos bolsas de compras. Jose ya había vuelto calentito: Hacer la compra sin casi dinero no era algo agradable. Además, estaba el asunto de que su novio había salido del armario y esto no había hecho sino producir problemas. A él no le importaba, pero su Chiri lo estaba pasando mal.
Por fin el siguiente jugador, su mano de partida, se decidió. Tapó el tres. Su compañero se acababa de comer el tres doble. Extraña partida en la que se habían quedado varios dobles pillados. Su compañero puso el cinco cuatro con la mano indecisa de quien se sabe manejado por las circustancias.
—Chiri, ¿qué tal?— preguntó Jose, dándole un beso.
—Mal.— La respuesta de Chiri fue dubitativa.—Me he vuelto a encontrar con Paco el cabrón.
—¿Y?— Por el sobrenombre ya había adivinado que se trataba del casero y del dueño del bar de abajo. Y de medio edificio.
—Aparte de llamarme maricona y de tratarme como una mierda, me ha dicho que nos sube el alquiler.— Jose abrió el paquete de los estropajos de manera algo brusca.—No debería haber pregonado a los cuatro vientos que somos novios. Ni te deberías haber venido a vivir aquí.
Chiri no siguió hablando. Las espinas más dolorosas son las de las lágrimas que no se vierten; pasan por la garganta y el alma rasgándotelas. A él la vida lo había llevado y traído como a un papel sucio en un día de viento.
En la taberna se notaba la satisfacción del oponente que ponía ficha a continuación. Parecía que los iba a machacar jugando a doses.
Pero no se esperaba la jugada de Fatu, el camarero. A Fatu le molestaba de manera especial quedarse con puntos, pero debía hacerlo por su compañero, por los dos, que era lo que importaba. Si cerraba a cuatros, su compañero tendría siete puntos probablemente, y él otros diez.
—«¡A tomar por saco! Todo sea por mi compañero»— pensó y levantó el dos cuatro para cerrar.
Jose se sacrificaría por su novio. Por los dos, que era lo que importaba. Se despidió de Chiri con una sonrisa pero con las orejas acaloradas; le dijo que se había olvidado de algo. Bajó las escaleras, cuatro pisos, saltando los escalones de dos en dos, como hacía habitualmente.
Salió a la calle y entró en el bar de Paco. Sin saludar, fue a la barra y tomó un martillo de debajo.
Se dirigió hacia donde estaba sentado de espaldas y le golpeó. El martillo transmitió las vibraciones del hueso roto y la blandura de tejido dañado. Le hundió la coronilla. Francisco Fatuarte «Fatu» o «casero cabrón» cayó sobre la mesa, soltando el dos cuatro.
Jose subió a echarle un polvo a Chiri antes de que llegase la policía.

Francisco Torpeyvago

En Daimiel, a 28 de marzo de 2016

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10 comentarios en “El dos cuatro.

    • La verdad es que dio la casualidad de que leí todos esos artículos en muy poco tiempo y se produjo la mezcolanza. Eso conjugado con dormir poco, o sea, con falta de oxígeno en el cerebro :), dio lugar al relato.
      Me alegro de que te haya gustado, y, por supuesto, gracias por comentar.

      PS.- No soy capaz de seguir el enlace de Ambrosia Innovata. ¿Algún problema técnico temporal?

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