Demasiado justito en las Justas Literarias


Comenté que iba a participar en las «XVII Justas literarias» de OcioZero. Por supuesto, y como no podía ser de otra forma, fui a por lana y volví trasquilado. ¡No he pasado ni la primera ronda!  —Aún no se ha publicado el fallo, pero parece que en esta primera ronda van a pasar bastantes autores, incluyendo su seguro servidor. Sí es cierto que me han dado collejas «pahartar»—

Aunque —creo que— Schumann decía que si necesitabas explicar una obra era que no estaba bien hecha, en este caso hay que compartir algo de información antes de colocar los relatos. Así es que te pido paciencia. O que pases directamente al final de la entrada.

En primer lugar, un resumen de la mecánica del juego. El el foro correspondiente debías crear una entrada con el nombre de un libro y colgar un microrrelato de 50 palabras, título incluido. Luego había que responder en otra entrada a otro de los retadores. Y además por ese orden —que el saltármelo me costó el primer palo—. Las bases completas, aquí.

Mi reto fue «El rojo emblema del valor» con el relato ¡Mátame!, y contuvo un par de errores de forma que podría haber evitado si lo hubiese mirado con un poco más de cariño. En el relato de abajo los he corregido, incluyendo el título, que lo he cambiado por Valor para morir. Fue vencido por el relato Superviviente, de «El del Bancal» —peliculero el autor por la foto; no sé si es de Amanece que no es poco o de Total—.

Al reto «El hombre que confundió a su mujer con un sombrero», propuesto por «Mascarilla» con De buena educación, contesté con el relato Dime quién eres… . Como éste apareció en el foro antes que mi reto, y así lo indicaron los relojes, el mío fue eliminado, permitiéndoseme, eso sí, participar en otro desafío con otro relato. Debo decir que el de «Mascarilla» es el que más me ha gustado de todo el concurso y que fue el que me animó a participar, precisamente por la dificultad. O por decir al perder que el reto era muy difícil. Una buena excusa.

Una vez eliminado de este reto, decidí responder a «Un ciego con una pistola», propuesto por «Víctor Laszlo» —otro de película; el que le choró la novia a Bogart— con el relato Enajenación. Preparé dos, Ira y alcoholNo me digas, abuelito. Presenté el primero, aunque aquí os ofrezco ambos. Y, sí, fue para allá con faltas de ortografía que he corregido al transcribirlo. Fue vencido por el de Laszlo. Quizá debí presentar al abuelito.

Por último, en el foro, además de las entradas de los retos, de las bases y de dudas, hay una que es «La tasca del caballero del yelmo abollado», lugar donde puedes departir sobre cualquier tema de la justa o más allá de ella. Tras ser vencido en ambas justas, decidí poner ahí mi Oda a la derrota, que también publico —hacia el final de la página 7—. Lo que debéis saber es que «Morgana» es la posadera oficiosa de la tasca y que hay una convocatoria abierta en Ociozero de Saco de huesos ediciones, en su colección Calabazas en el trasteroXXIV convocatoria de Calabazas en el Trastero: Criptozoología, que, de momento, tiene menos participantes que las anteriores.

En fin, aquí os dejo los microrrelatos. Y un trío extra de críptidos.


Valor para morir — El rojo emblema del valor.

El enemigo le retorció el brazo y se lo cercenó de un hachazo.
Le esperaban horas de agonía, sed, dolor y frío.
―¡Mátame! ¡Mátame!— suplicó con la mirada.
El guerrero sonrió bajo el yelmo y dio media vuelta.

Dime quién eres… — El hombre que confundió a su mujer con un sombrero.

—Tengo, lo admito, una enorme dificultad para reconocer a mis amistades. Quizá es hora de abandonar la costumbre de arrancarles las caras. ¿Tu qué piensas, dilecta esposa? ¿O eres mi vecina del segundo? No recuerdo de quién es la piel de este sombrero.

No me digas, abuelito. — Un ciego con una pistola. No presentado.

—¡Abuelo, deje eso!— dijo ella.
—¡Los maquis! ¡¿«Ánde» están los maquis?!— El diabético sólo los veía en su imaginación.
—¡Pero no apriete el gatillo, yayo!— increpó él.—¡No me vuelva a coger la herramienta! Mira, todo perdido de silicona.

Ira y alcohol. — Un ciego con una pistola.

Ebrio hasta cerca del límite mortal, lleno de rabia y sin sus gafas de gruesos cristales, llegó a la pensión. Tomó la pistola y la apoyó, con torpeza, en la sien. Apretó el gatillo. Un chorro de silicona resbalaba por su mejilla. Él cayó de lado, roncando.

Oda a la derrota. — En «La tasca del caballero del yelmo abollado».

¡Albricias, caballeros! ¡Saludos, guerreras!
¡Yo soy el caballero del yelmo abollado, de la cimera castrada y de la cota rasgada! Mi escudo, pluma de sable en contrabanda sobre campo de plata, ha sido hendido en el campo del honor y mis armas rendidas.
Morgana, no he de llamarte posadera porque he las mías rozadas del arzón, por tanto ¡Mesonero, acuda por vida de!
¡Dó está Ares! ¡Dó Marte! ¡Do sostenido! ¡Dó las valquirias y las uríes que han de recoger a los valientes caídos en la batalla! Fue acaso una urdimbre del entendimiento el pensar que los derrotados habrían algún consuelo…
¡Mesonero, acuda, digo, o vive dios que…! Corran copas y cuartillas, trasiéguense azumbres y arrobas de lo mejor. Zumo de La Mancha, «Machaquito» para que crezcan las tetas, «Chinchón seco» para agrandar los penes… Y brindemos por la derrota.
Y, bueno, al caballero del fondo que pidió agüita de azahar, sírvasele; con popote, pajita o cañuto que parece que no levantará la celada para dejarnos conosçer el su rostro.
¿Acaso no velé mis armas? ¿Acaso no me fueron fieles? Mi lanza había la mejor de las tintas, mi escudo reçumaba bytes de procesador y mi caballo «Neurófago» comió las mejores letras que era gusto leer las heces. Mis tres plumas, «Trazante», «Pergeñora» y «Enhiesta» cumplieron en la más alta gesta que vieron los tiempos.
Pero yo caí.
Por eso brindamos ahora:
¡Por mis vencedores, «Víctor Laszlo» y «El del bancal», cuyas victorias son bien merecidas! Y por las estocadas, palos y lanzadas que me dieron hasta hacerme papilla los menudillos, que lo ficieron en buena lid.
¡Por «Mascarilla», con quien hubiese querido romper un par de lanzas, o de bolis, y me lo impidió caerme del caballo a montura parada! —Así de torpe soy, con ayuda de Cronos que me la jugó.—
¡Por los tres jueces, «Camelia», «RSMCoca» y «Piraña»! En justa justa que a las bases se ajusta, no folgada sino justa entra la razón del fallo. Si merecí su castigo no lo dudo, que fueron discretos, pero palos, mamporros y puñadas diéronme hasta en el cielo de la boca y dejáronme los huesos molidos.
¡Por los derrotados! Porque tras la confrontación éste es nuestro trofeo: Con buitres y merodeadores, los cadáveres de los vencidos quedamos dueños y señores del campo de batalla. ¡Sean nuestros cetros las lanzas quebradas y nuestros tronos los pendones ajados!
Por todo os digo, camaradas de armas y letras, bebamos y folgemos, refocilémonos, hayamos fornicio y diversión; paga el caballero tristemente desfigurado. Y ¡escribamos! que andan los críptidos abandonados.

El herpetólogo. — Un extra sobre criptozoología.

Joaquín Rodríguez viajó hasta el Tirol en busca de una nueva especie de ánguido. Un señor grande de pelo negro y un casi mostacho rubio, vestido de niño malo y con un fedora emplumado estilo navajo, le hacía de guía. Menos mal que no iba cantando, sino silbando. De cuando en cuando señalaba algo en el camino y se lo comentaba a Joaquín, que no entendía nada a pesar de chapurrear bastante bien el alemán y el italiano.
Llegados a un recodo del sendero que serpenteaba a través de los últimos ramalazos de un bosque de coníferas, recodo bordeado por unos pinos escuálidos y unas rocas aristadas grandes como casas, el niño grande comenzó a cantar con el típico cambio de registros en la voz. Al instante fue contestado.
—«¿Qué tenemos ahora? ¿Merienda familiar?»— pensó Joaquín.
Y así era. Desde un par de cuartas al tamaño de una persona, un grupo de tazelwurm saltó sobre el herpetólogo. Lo peor no fue que lo devorasen. Lo peor fueron los cantos tiroleses que acompañaron al banquete.

Yeti — Otro extra de críptidos

Avanzaba con paso firme, a pesar de la ventisca, con la práctica que dan varios años de investigación en el Tíbet, casi arrastrando a su montura.
Se encontró en el vivac con su superior.
—Hola.
—Noticias. ¿Pruebas?
—Incluso mejor. Por cierto, para reproducirse, ¡se quitan la piel!
—¿Los has visto? ¡Qué asco!
—Y los verás tú también— le indicó, señalando la jaula de la montura.
El jefe movió sus gigantescos pies hacia la manticora que rumiaba al último yak y se acercó a la jaula donde había dos humanos medio muertos de frío y miedo.

Cthulhu — +Críptidos. Un último esfuerzo, que ya llegamos.

El craquen serpenteó en agua y se hundió hasta reposar en el fondo arenoso.
—Qué chulo— dijo el invitado mientras pasaba su mano por el vidrio del acuario.—Te habrá costado mucho conseguirlo.
—¡Qué va!, en realidad…— El anfitrión se vio interrumpido por una voz en off
—¡Cthulhu!, la cena ya casi está. ¿Has bañado a los niños?
—¡Uf!, lo tenemos que dejar para otro día. Es que asear a cincuenta criaturas de apenas doscientos años me deja muerto sin estarlo…

(Vale: El craquen está entre mitológico y críptido, Cthulhu es fantástico, y la mujer y los hijos me los acabo de inventar. Como posible críptido sólo nos queda el invitado…)

Francisco Torpeyvago

En Daimiel, a 20 de marzo de 2016

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5 comentarios en “Demasiado justito en las Justas Literarias

  1. ¡Hola! Al fin me paso a leer y comentar tu blog (más vale un poco tarde que nunca ¿no?). Creo que… creo que me pasaré más seguido siempre que pueda porque, aunque no ganaras esas justas, considero que no lo haces del todo mal 😉

    Muchos saludos.

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    • La opinión de la lectora es la que le importa a este agradecido escritor aficionado. La verdad es que si quieres pasarte, hay un nivelón de «la leche». Son cuentos cortos de 50 palabras que se leen sin sentir.
      Y gracias por tu comentario sobre el abuelete, me alegro de haberte hecho disfrutar.

      Le gusta a 1 persona

  2. Pingback: Y al final… XVII Justas literarias | Historias malditas, malditas historias

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