Sin vísceras y a lo loco.


Vale que me he retrasado mucho con esta entrada, pero tenía pendiente cinco relatos en tres convocatorias y un «articulillo», que, por supuesto, os recomiendo.

Además, he osado comenzar las XVII Microjustas Literarias de Saco de Huesos. A ver qué sale.

En esta ocasión, presento un nuevo relato tras su eliminación en el Segundo concurso internacional de cuentos, de la Editorial Sopa de Letras. Puesto que me he estrellado, lo podría calificar como «sopa de estrellas»… —Bien, estoy de acuerdo: me he pasado con el chiste.— Me parece que éste sí que está escrito de una manera «correcta» pero sin aspavientos, sólo que quizá no sea genial, en el sentido de no destacar sobre la mediocridad; y, por supuesto, que es, literalmente, visceral, por lo que a lo peor no es adecuado para publicarse en según qué sitio. Y además, que aunque Cervantes escribiese su LIBRO para criticar a los libros de caballerías, no deja de ser un libro de caballerías. Con este relato pasa lo mismo: también lo ha escrito un manchego —si elevamos hasta Alcalá de Henares el norte de La Mancha en el s. XVII—. Estas dos últimas frases son irónicas, claro. Pero lo de los libros de caballerías es cierto.

Lo que sí que tengo que avisar es que puede herir la sensibilidad del lector por sus escenas de violencia y de sexo. Así es que, menores abstenerse.  Insisto, hay mucha «casquería» y algo de romanticismo. Si al lector le resulta repulsivo cualquiera de los dos temas o no sabe español, no debería leerlo.

Sin más que añadir, por suerte para vosotros, os dejo con el relato.


Sin vísceras y a lo loco.

Notaba cómo mi pecho se hacía más grande. Y enfrente estaba el señor Corpofrío claramente excitado.

Antes de ser completa me había dedicado a la medicina. Estudiaba la enfermedad, y tenía un postdoctorado como ayudante del ayudante del ayudante en una de las facultades punteras en la investigación de la epidemia. Era la primera vez que se veía un conjunto de virus simbiontes, un tetraedro formado por cuatro virus distintos que entraba a través del torrente sanguíneo a partir de una mordedura de un individuo infectado.

En la sangre de la víctima el tetraedro se disociaba. Dos de los virus modificaban el tórax convirtiéndolo en una especie de saco fermentador anaerobio, matando al paciente. Los otros dos se transmitían, a través de los axones neuronales, como el virus de la rabia, e iban directos al cerebro; uno de ellos lo transformaba para recibir alimentación anaerobia. Del otro se desconocía su función, y yo trabajaba con el equipo de investigación que se dedicaba a la labor de descubrir esa función.

La mujer se resistía, blandiendo una catana, en defensa del niño que la acompañaba. Ya había descerebrado a seis de los completos, pero no se dio cuenta de que Corpofrío se había desplazado detrás de ella. La atacó sujetando el brazo que sostenía la catana y le mordió el hombro hasta casi arrancárselo. Ella se zafó y se apretó con el niño contra la pared. Con la mano izquierda, aún sana, extrajo rápidamente un estupendo cuchillo militar del puñalero del tobillo. Se lo clavó al niño en la coronilla hasta la empuñadura. Después lo cogió por el filo, lo colocó debajo de la barbilla y se dejó caer de boca hasta el suelo. Por un lado era una lástima, porque parecía muy en forma y hubiese sido una buena completa. Por otro lado, esta vez podrían comer hasta más allá de la saciedad, sin cuidar de dejar ninguna parte del cuerpo intacta.

Elegí el nombre de Tafita cuando fui convertida por Corpofrío en mi propio laboratorio por un fallo de la seguridad. Me pilló desprevenida, asomada a la estereolupa de conteo, pero respetó bastante mi físico; se conoce que le gusté desde entonces. Luego esperó pacientemente las casi cuarenta y ocho horas necesarias para alcanzar la completud. Había atrapado al segurata y lo tenía escondido vivo para iniciarme. Cuando entramos, estaba dormitando, se abalanzó sobre él sujetándolo pero también amedrentándolo hasta el punto de casi paralizarlo por miedo más que físicamente. Me invito a comenzar la comida. Al principio sentía ganas de vomitar y daba bocanadas intentando, sin éxito, claro, respirar. De repente note el ansia, y de un movimiento que jamás hubiese esperado de mí, me lancé sobre el lateral de su cabeza y le arranqué de un bocado toda la oreja, dejando colgando jirones de la mejilla. El alarido debió oírse hasta en la zona del centro de investigación aislada por seguridad para los humanos. Luego comenzamos a morder su vientre y el cuello, que era la mejor forma de matarlo sin destrozarle demasiado el cuerpo; después de un par de días habría de ser un completo. Yo, por ejemplo, aunque no lo había perdido del todo, tenía muy dañado el ojo derecho, que prácticamente me colgaba del nervio óptico cuando antes de ser completa me defendí de Corpofrío y casi me reviento el globo ocular con la lupa. Menos mal que la vista no nos era especialmente necesaria.

Casi nos habíamos acabado a la mujer y estábamos comiéndonos al chavalín; Corpofrío me miraba intensamente mientras arrancaba a bocados la vejiga y parte de la uretra con un desagradable pero excitante sonido. El olor era muy intenso y enseguida acudieron otros completos a alimentarse. Por supuesto, compartimos con ellos la comida, e incluso le acercamos algo de la joven carne a un completo de sexo y edad indefinida al que habían intentado quemar y del que sólo quedaba de medio cuerpo hacia arriba; se arrastraba hincando los óseos muñones de los antebrazos en el suelo. Los humanos pensaban que nos mataban si nos reventaban el cerebro. Y era cierto, pero también si nos rompían la bolsa torácica que dejaba de fermentar y en pocos días fenecíamos por falta de energía.

Algo tenía que hacer con este hombre. Situado justo enfrente de mí, me miraba las tetas mientras sacaba la vejiga que reventó de un solo bocado, llenándolo todo de orina y del olor a úrea. Desde luego, le dejaría comerme las mamas, se lo merecía. De hecho, me erguí para mostrarle cuánto las había hinchado la putrefacción y la bonita textura que la grasa enranciada estaba formando sobre la piel.

Salimos cogidos del brazo; él me pellizcaba de forma bastante desagradable un pezón, lo que me excitaba enormemente. También me daba unas pequeñas tobas en el ojo colgante, muy dolorosas, que me ponían a dos mil.

―¿Grunfu hhuggku offfuuu? «¿Follamos?»― me dijo. Me reía sin parar.

―¡Uguru udo oghgh!― le respondí. Le señalé su bajo vientre. Cuando lo habían devorado, no le dejaron ni el pene. Él también se rió.

Tales convulsiones me producía la risa que se me cayó el ojo que tenía colgando. Él, con la gracia tan especial que poseía, lo tomó del nervio como si fuese una cereza y lo colocó por encima de su cabeza.

Mirando hacia arriba, abrió la boca y sacó la lengua, bellamente ennegrecida por los fluidos anaeróbicos. Con la punta comenzó a acariciarlo mientras me miraba de reojo, como pidiéndome permiso.

Yo no podía parar de reírme. ¡Lo que me hacía disfrutar! Por supuesto asentí, y él se lo metió en la boca. Qué sensación cuando noté la eclosión dentro de la boca. Creo que ha llegado el momento de pasar a algo más fuerte con este chico.

Hablando de ojos, justo en ese instante una flecha de ballesta me atravesó el bueno llegando hasta el cerebro. Entonces fue cuando morí de verdad.

Francisco Torpeyvago

En Daimiel, a 15 de marzo de 2016.

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6 comentarios en “Sin vísceras y a lo loco.

    • Muchas gracias, Cándido, por pasar y comentar —y porque el comentario sea halagador y «alabatorio», qué lessches—. Por eso digo siempre que todo ser vivo tiene derecho a disfrutar de lo que le ha dotado la Naruraleza. Bueno, o aunque sean casi vivos y la naturaleza al pobre lo haya dejado un poco «pallá».

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      • El frote frote le gusta a todos los mortales… y por lo que se deduce de tu relato también a los no mortales, o los casi vivos, ja,ja,ja. Y en cuanto al pequeño detalle del miembro perdido ya sabes lo que dice el proverbio italiano (perdón por mi estrafalario italiano):
        Si la cosa va bene… avanti con il pene.
        Ma si la cosa mingua… avanti con la lingua.
        E si tutto eforzo e nulo… avanti con el culo.

        Le gusta a 1 persona

    • ¡Claro! Esta entrada es para mayores de edad y no – mojigatos. ¡Qué honor que la Reina de la Oscuridad me visite! Y además me haya leído y halagado. No puedo sino expresar mi más sincero agradecimiento inclinando levemente mi cabeza cuidando, eso sí, de que no eche a rodar de nuevo debajo del sofá.
      —Eso sí, su excelencia sabrá disculpar, señora, el hedor que inevitablemente me acompaña.—

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