Miedo en Daĥano.


El 10 de octubre de 2015 envié este cuento al primer concurso de la revista «Scribere», y no fue seleccionado. Dado no fue premiado ni editado ni publicado y ya no estaba pendiente de resolución en ningún concurso, me permití enviarlo a la revista «Alfa Erídani» el 10 de diciembre de 2015, donde tampoco tuvo éxito.

En él hay «cosas», llamémoslas así, de las que me siento muy satisfecho, aunque una lectura crítica dé como resultado una nota baja en general. Creo que el principio y el final son salvables, y, es duro reconocerlo, todo el desarrollo se queda un pelín —no digo bastante porque estoy hablando de mí— corto en cuanto a argumento y acción en general, pero sobre todo, poco claro.

En fin, otro relato a la «inclusa»; de todas maneras, espero que disfrutes de él. O con él.

PS.- El nombre proviene de la palabra árabe para «grasa» transliterada, conforme a mi propio criterio, al esperanto.


Miedo en Daĥano.

Recién levantada, bostezó mientras miraba por la ventana del puesto avanzado siete de Daĥano como se oscurecía rápidamente el paisaje; hoy sería el día más frío en varios años. Su traje especial le permitía aguantar la gelidez ambiente que se mantenía incluso dentro del puesto, gelidez que le llevó a hacerse un desayuno lo más rápidamente posible: Botón verde, botón azul, botón blanco, ¡et voilà!, un estupendo sucedáneo laxante asqueroso de cacao. Miró como una llamita azulada caramelizaba la cubierta de aquel brebaje, en un esfuerzo casi inútil por hacerlo más agradable. Hoy, y durante unos días, era obligatorio el empleo de protección específica por el frío.

Apretó la taza con las manos enfundadas, como si el calor de la taza pudiese transmitirse a través de los guantes. Se acurrucó mentalmente; realmente sólo sentía frío en la cara, que era la única parte del cuerpo al descubierto. Su aliento vaporoso se mezcló con el que emanaba de la bebida. Pensó, como el chinago, que algún día le gustaría tener un jardín de meditación, un jardín con vistas. Con vistas de verdad, no las de este satélite que mezclaba el naranja de su sol lejano con el azul verdoso reflejado por su planeta sobre una nieve gris, sucia. Siempre oscuro y siempre frío.

Besó el vaso una vez más. Meditó sobre las circunstancias que le habían llevado hasta allí, una base perdida en un satélite nimio del segundo planeta gaseoso de una anodina enana naranja.

Una exploración por sondas automáticas había supuesto, acertadamente, que ese satélite era rico en micrometales; y un par de expediciones que habían explotado las minas. Pero ambas habían terminado mal, desapareciendo en un mar de la mejor de las naftas. ¿Piratas? No sería la primera vez.

Entonces, la empresa de explotación contrató a un grupo de mercenarios. Ella era uno de esos mercenarios. Había estado en los peores destinos inimaginables, había luchado, protegido y hecho guardia en los lugares en los que nadie quería ni querría estar; necesitaba ganar lo suficiente para su casita con jardín en un planeta con mar; el jardín de la meditación.

Ese satélite tenía una espesa atmósfera de nitrógeno y oxígeno, y algo de metano. Por supuesto, el oxígeno era de origen biológico: Unos pequeños corpúsculos tenían una química basada en el anhídrido carbónico, metano, oxígeno y monóxido de carbono. Por suerte, este último sólo se encontraba en el interior de estos organismos.

Claro, la empresa no había declarado esta «vida microbiana sin peligro de extinción o amenaza para la humanidad». Ya pagarían la multa si se descubría.

La base tenía un destacamento permanente de seis personas, y cada puesto avanzado, dos. Periódicamente, subían a uno de los tres orbitadores que cada hora sobrevolaban el satélite para monitorizarlo por completo, con el fin de pasar un mes de recuperación muscular. Un octavo de ge no era desde luego saludable, y el sistema de gravedad artificial de los orbitadores mantenía en forma a la guarnición.

Ella estaba destinada en el puesto número siete. Estaba sola. Su compañero estaba en la base, eufemísticamente llamada el Centro Logístico, por culpa de una muñeca rota. Mejor dicho por su propia culpa; se había hecho el machito junto al lago de hidrocarburos que había cerca de la base. Y mira que insistían, con baja gravedad un objeto pesa menos pero tiene la misma inercia. Ocurrían accidentes constantemente por este motivo.

Al menos hoy no tendría mucho trabajo. Ni poco. Nada de nada: Lectura y ejercicio físico en el interior del puesto. No podrían salir al exterior; el periastro del satélite coincidiendo con el eclipse de su sol. Ni calor de su estrella, ni calor mareal, ni calor del propio planeta; es el punto más frío.

¿Qué hacían allí? ¿Qué esperaban? En más de cuarenta meses que llevaba en aquel destino, nada había ocurrido.

La explosión y la falta de gravedad hicieron que volase atravesando todo el ancho de la oficina.

Mientras caía tras golpear la pared pensó tres cosas.

Primero, que no había sentido ola de calor, y ella había notado ese calor en otras explosiones.

Segundo, que tendría que cerrar su escafandra ya. Aunque la atmósfera exterior era rica en oxígeno, no lo era suficiente para una exposición prolongada, y el aire frío acabaría congelándole los pulmones. Además, parte de la atmósfera se iba a congelar durante esa larga noche de frío.

Tercero, había que establecer la conexión con el orbitador. En vista de como había quedado este puesto avanzado, pocas posibilidades tenía de sobrevivir cerca de una hora, pero al menos transmitiría todo lo que ocurriese.

Notó una viscosidad negra en la unión del techo y la pared, colándose, o mejor, goteando, por el agujero que había creado la explosión. Y oyó un fuerte golpe en el techo. Algo se estaba acumulando en torno y sobre el puesto rápidamente. Parece que tenía poco tiempo. Pensaba, se comunicaba con su base y actuaba a la vez.

Distinguió varias formas, como manchas, amebas grasas, avanzando desde el lago de hidrocarburos. Los guerrebots estaban desconcertados. No eran capaces de percibirlos. Claro, estaban especializados en detecciones en el infrarrojo: Piratas e inspectores gubernamentales. Aquellos seres apenas eran perceptibles en el visible. Nada en el infrarrojo ni en el ultravioleta.

Tenían una extraña forma de avanzar. Parecían recorrer sus amorfas extremidades miles de contracciones eléctricas y se hinchaba su centro ¿acaso gasificaban el hielo de la superficie? Aumentarían la presión, permitiendo luego un escape controlado, produciendo los pequeños saltitos con los que se desplazaban.

Quizá eran capaces de controlar la presión tanto como para provocar la explosión que había volado la pared.

Todo eso lo pensó en un instante, y buscó inmediatamente la forma de actuar. Para éso la habían entrenado.

Comunicaba con la base, emitiendo vídeo y audio, y sus propios comentarios. Trató de detener a las «amebas» con todo el arsenal que tenía en la base, pero los proyectiles parecían atravesarlas sin producir daño alguno. Los guerrebots cayeron rápidamente uno tras otros; apenas eran capaces de defenderse de lo que no podían detectar y a lo que no podían dañar con sus armas de inducción; los proyectiles de aluminio ni les afectaban. Fenecieron los seis brevemente.

Transmitió a la base una serie de deducciones algo caóticas: El «día» de esos seres parecía durar unos tres años, periodo en que se producían los apoastros «fríos» del satélite. Conforme avanzase la noche, el resto de puestos estarían en peligro; el puesto cuatro en menos de media hora. Esos seres no podían, por su naturaleza, destruirse con proyectiles, pero sí con explosivos térmicos o con lanzallamas; había que proteger el resto de los puestos con ese tipo de armas, pero ya. Para ella era demasiado tarde, no tenía nada de eso.

O sí.

Buscó la conexión de metano y la reventó de una patada mientras se reajustaba la máscara de respiración autónoma. Inmediatamente fue a la cafetera y levanto la tapa. Tiró del tubo del caramelizado hacia afuera y pulsó los botones. Botón verde, botón azul, botón blanco. Lo primero que notó fue la descarga eléctrica del ignitor de la llama, incluso a través del traje de protección. Después hubo una explosión. Pero una de verdad.

Mientras yacía tumbada en mitad de la nieve rodeada por los escombros de la base, sin poder mover su cuerpo mutilado, percibió como unas pequeñas llamas, por momentos azuladas o amarillentas, prendieron de algunas de las amebas. Estas llamas fundían las grasas que formaban a esos seres. Se comportaban como las hormigas envenenadas. Las que llevaban las llamas «tocaban» a las que aún estaban intactas, transmitiéndoles el fuego. Pronto llegarían al lago de hidrocarburos, y la atmósfera de oxígeno haría el resto.

Su transmisor no funcionaba y ella no podía hablar. No sabía si seguían recibiendo vídeo, pero desde luego creía que había enviado hasta la explosión suficientes datos.

No le quedaba mucho. Se sintió desangrar; el frío ambiente y su pérdida de sangre, que no paraba ni la congelación, se conjugaban para bajar su temperatura. Parecía paradójico que ella estuviese muriéndose de frío mientras aquellas criaturas lo hacían abrasadas.

Francisco Torpeyvago

En Daimiel, a 16 de febrero de 2016

 

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3 comentarios en “Miedo en Daĥano.

    • Gracias por tu comentario. La verdad es que los certámenes me ayudan a escribir de forma regular y a comparar —aunque no soy, en absoluto, competitivo; comparar desde mi punto de vista se refiere a «aprender de los demás»—. Y creo que todos los concursos a los que me he presentado han tenido fallos justos, al menos me lo pareció tras leer los relatos ganadores.

      Pero agradezco, de nuevo, tu comentario y, para que veas hasta qué punto estoy de acuerdo contigo, creé este blog para los relatos huérfanos.

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  1. Pingback: La Nebulo | Historias malditas, malditas historias

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