«Hierro fatuo», de Ana Katzen


La verdad, no soy mucho de hacer reseñas en un blog. Y el caso es que supongo que leyendo todo lo que leo, tendría tema para rato.

Pero eso no quita que, aprovechando el lanzamiento de esta novela el 29 de enero de 2016, haga un comentario sobre este título. Y que ponga el relato correspondiente al final, como siempre. Que sí, que hay relato.

Esta es la segunda novela publicada por esta autora venezolana afincada en Estados Unidos, y segunda de la serie «Los moradores del cielo»:

  1. Cazador y presa
  2. Hierro fatuo

La verdad es que la primera fue una lectura refrescante en este maremágnum que es el mundo del relato de fantasía, con una caída en tópicos tan habitual entre los autores de este género que casi me resultó desagradable leer el comienzo de una obra original. Además, es una novela que se puede leer de manera independiente, ya que el final, aunque algo abierto, es conclusivo. Y no doy detalles por no destripar —spoiler dicen los de la Pérfida Albión— el final.

En cuanto a la segunda, me autocito desde mi reseña de amazón:

La nueva novela de Ana Katzen, segunda de la saga «Moradores del cielo» me ha causado una buena impresión. Por lo pronto, más madura que la anterior y con un estilo más claro cuando debe y más descriptivo cuando ha de serlo. Además se ha quitado de encima los eufemismos en las escenas algo más duras.
Lo que no me ha gustado principalmente es que no es una novela independiente. Claramente te tienes que leer antes «Cazador y presa» —que recomiendo— y esperar a la tercera parte.
Y por último, aparece un personaje nuevo que me ha creado sentimientos contrarios. Por un lado, es de los más desarrollados e inteligentes de la saga, pero por otro tiene un comportamiento en alguna escena que no me ha gustado del todo.
Novela altamente recomendable.

Sí, a pesar de que tiene algún detalle que no me ha convencido, la verdad es que la recomiendo sin dudar.

Y a continuación, un relato. Un «fan» de «Cazador y presa». Aunque no creo que te chafe el final, ni mucho menos, léete la novela antes.


La aventura de Darino y los krossis. Y su hermano.

Darino, la niña, llevaba de la mano a su hermano pequeño, Hano. No se perdería, porque ya tenía nueve años y su hermanito de siete era muy espabilado.

Habían venido a la fiesta, el advenimiento de Nudiaderim, con su madre. Su padre trabajaba a turnos. Ella siempre lloraba cuando su padre se iba a trabajar y no podía quedarse con ellos; hoy también había pasado. Pero aunque llorase por su padre, era una niña valiente.

No habían encontrado buen sitio para el Festival de las Dos Lunas en parte porque su madre tenía miedo de las multitudes y en parte porque la gente había pasado mucho tiempo esperando en ese día tan frío. Al final tuvieron que verlo todo desde una calle lateral y apenas se oía el discurso del sacerdote, tan alejados como estaban de la Plaza de Grehim; pero vieron la salida de las lunas y los fuegos artificiales. Además, y para compensar, se colocaron al lado de un tenderete de chucherías y tenían las bocas llenas de golosinas. No parecía físicamente posible que el vaho condensado de su aliento pudiese ser expelido de aquellas boquitas tan repletas de «cosas» de colores.

Cuando comenzó la estampida humana, la multitud los separó de su madre. No importaba, vivían a unas manzanas de allí y ella ya se conocía toda esa parte de la ciudad; su madre se preocuparía más de lo que el peligro real merecía. Ahora lo que importaba era proteger a su hermano de la gente, así es que retrocedieron hasta la pared de ladrillo muy agarrados de la mano. Justo a tiempo. Hasta el carrito de las gollerías fue arrollado.

Cuando empezó a clarear la multitud vieron a la primera bestia, un horrible animal de cuerpo fibroso y muy negro, con unos intimidantes ojos violáceos, almagres; pero no del violeta que le gustaba a ella, no; era más bien el color de una herida vieja en la rodilla, y una enorme cola llena de pinchos del tamaño de cuchillos. Resultaban una especie de lobos gigantes, como los que se veían en los documentales, pero más «bestiales» y humanos al mismo tiempo.

Desde que se rompió la pierna hacía un poco menos de dos años había estado yendo a un gimnasio para recuperar la fuerza y la movilidad. Ejercitaba defensa personal y su maestro le daba consejos muy buenos. El primero era: «La mejor manera de ganar una pelea es evitándola».

A su izquierda, donde terminaba la parte más noble de ese edificio de ladrillos rojos, existía un hueco con una puerta de acceso «sólo para personal autorizado», cerrada, claro. El techo de ese hueco era una escalera metálica pintada de gris que se elevaba desde aún más a la izquierda hasta por encima de ellos pero que, como la puerta, también tenía cerrado el acceso.

Había entre la puerta y la escalera un par de palés abandonados y uno de ellos permanecía de pie. Llevó a su hermano hasta ese lugar; se atrincheraron tras las tablas y bajo los primeros escalones del arranque, al amparo de la oscuridad.

Vieron pasar muchas personas corriendo, perseguidas aparentemente por aquellos demonios. Unas criaturas negras como el miedo, que parecían buscar la oscuridad, al igual que ellos mismos.

Su hermano, callado pero muy inteligente, le acercó un palo, un trozo de madera desprendido de alguna de aquellas tablas en forma de cuña puntiaguda, casi tan larga como él mismo. Ella lo tomó por el extremo contrario a la punta, apoyando la palma en ese extremo en lugar de blandirla como una espada: «Cualquier cosa te puede servir como arma para herir a tu enemigo, pero también te puede herir a ti». No quería llenarse de astillas la mano si tuviese que usarlo.

Y en ese momento fue cuando conoció el miedo de verdad. Entre las voces, había una que sonó de manera especialmente estridente; un muchacho se había caído desde un tejado, produciendo un sonido escalofriante cuando llegó al suelo. Y enseguida apareció una cabeza bestial junto a ellos. Contuvieron la respiración, las lágrimas y la orina. La cabeza se volvió poco a poco. Darino había apoyado la punta del palo entre dos tablas por las que se asomaba al exterior de su trinchera. El animal pareció haberlos vistos y comenzó lo que parecía un movimiento de ataque: «Ten siempre compasión del enemigo vencido, jamás del que no lo esté completamente». Empujó el palo con todas sus fuerzas hacia el ojo de la bestia, que comenzó a dar saltos de forma errática y a alejarse de allí con la tabla clavada colgando.

Desde entonces, cuando Ēnor cuenta a sus enemigos en la oscuridad de la noche por el número de sus ojos cárdenos brillantes, éste resulta ser siempre impar. Y Darino narró a sus padres cómo se habían salvado su hermano y ella de los krossis.

Francisco Torpeyvago

En Daimiel, a 1 de febrero de 2016

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Un comentario en “«Hierro fatuo», de Ana Katzen

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