Ĵangpejo e.


Bien, éste ha sido mi primer «descalabazamiento».

La editorial «Saco de huesos» en su sección «Calabazas en el trastero» realizaba su XXII Convocatoria para relatos, con el tema «Space Opera». Se me ocurrió lo que creo que es una buena idea de argumento. Aunque este relato siguió el proceso habitual de correcciones —lo dejé en reposo un buen tiempo y lo releí, de hecho lo presente el último día—, al leerlo después de dos meses se me hace un tanto pobre literariamente , si bien el argumento, como ya he dicho, y el final si estuviese bien descrito, sí que aparentan ser buenos. Con el nivel que suelen tener estas antologías, se me quedó corto.

En fin, que tras tres meses de espera, terminó huérfano, y por tanto, destinado al blog.

Pero prometo volver a probar con las calabazas —«Casas embrujadas»—. O me dan calabazas, o me ponen entre las calabazas. O me harto de «cabello de ángel».


Ĵangpejo e

Alguien, incumpliendo sus órdenes, se elevó. Aunque con la niebla no lo distinguía bien, no debió subir más de veinte metros. Apareció una línea recta azul verdoso rodeada de una incertidumbre nebulosa que terminaba en la luz que desprendían los propulsores; al momento, la explosión. Unas líneas más finas trazaban las trayectorias de proyectiles de menor calibre y velocidad que dispararon sus enemigos al tanteo de la certeza del blanco que habían alcanzado. Tampoco podía culpar a la víctima, a fin de cuentas él mismo llevaba activada la función de vuelo por si acaso. Prefería morir instantáneamente en una explosión que tragado por aquella maldita laguna lechosa.

***

Habían perseguido a los rebeldes de manera silenciosa desde el ataque al planeta minero Verdaŭranio hasta este sistema. Éste era un sistema con dos planetas en la zona de habitabilidad, pero que no habían sido colonizados por carecer de recursos reales y porque sólo uno de ellos, Ĵangpejo e, tenía atmósfera respirable. En cualquier caso de poco valía, sin recursos y con una calificación de habitabilidad no muy buena. El informe de cuatrocientas páginas que pudo audiover durante el descenso se podía resumir en:

> 1,2 g

> T: -2ºC

> Insolación: 0,3 Soles

> Vida microbiana: existente, sin especial interés.

> Vida vegetal: Ídem. Dominada por plantas flotantes y rodantes de tamaño arbustivo.

> Vida animal: Terrestre y anfibia dominada por animales pequeños e inofensivos. Acuática especialmente agresiva. No inteligente.

> Atmósfera: 19 % O2; CO2 y N2 resto. 0,9 bar. Nieblas prácticamente continuas y espesas con altas concentraciones de mercaptanos y aminas.

O sea, frío, olía mal, oscuro y neblinoso, cansado por el sobrepeso y la falta de oxígeno, y de naturaleza peligrosa. Bien. Ideal. Lo que les faltaba.

Los rebeldes habían aterrizado en la zona desértica del planeta, la única no cubierta por ese sistema de pantanos y lagunas mal olientes; bien sabían lo que se hacían.

Lo que no supieron ellos mismos hasta que aterrizaron es que los rebeldes querían montar la base de operaciones en ese planeta escondido, que la concentración de tropas era muy superior a la esperada y que aguardaban a muchos más de las diversas bases dispersas por varios sistemas estelares.

***

Hacía un buen rato que acababa de ayudar a aquel muchacho. Estaba atrapado en la laguna, embozado por el agua sin apenas poder respirar. Aún sujetaba el fusil ligero, de munición sin casquillo, sobre su cabeza como ordenaba el manual. Aunque él mismo había prohibido la ayuda a los rezagados, se le acercó en aquella oscuridad relativa. Con uno de los brazos mecánicos le quitó el fusil, y con el otro le ayudó a salir del fango. Dio unos golpes con la pinza sobre la escafandra. El muchacho lo entendió; se la quitó y la abandonó allí mismo. En cualquier caso, no parece que tuviese muchas posibilidades de llegar a tiempo a la orilla; el pobre había arrastrado a su compañero hasta darse cuenta de que estaba muerto y lo había abandonado unos metros antes. Dos héroes que quedarían en aquella laguna por la eternidad. Él siguió avanzando.

Notó el impacto cerca de la nuca, en el hombro izquierdo. Probablemente uno de los disparos al azar realizado tras derribar a su soldado desobediente. Su vehículo, una ampliación anatómica con forma de mantis, se quejó emitiendo un ruidoso chirrido. Su escafandra prácticamente había desaparecido, no podía mover el brazo izquierdo y el calor del impacto pronto se convirtió en abrasador.

Tras la rotura de la escafandra fue perfectamente consciente del olor pútrido y de la disminución del oxígeno disponible. Eso no lo mataría. Lo apremiante era el calor. La propia máquina bloqueó todos los sistemas para permitir la refrigeración en la zona del impacto; esa situación provocó que el vehículo cayese de boca en la laguna con él dentro.

Caer en esa postura, sin protección y sin poder moverse era la mejor manera de ahogarse. Pero no todo era malo: al menos sintió cómo se refrescaba, al mojarse, la zona del impacto. Se encontraba boca abajo dentro del agua en el estrecho cilindro que formaba la cabina, con la cara contra el lodo pegajoso y grasiento de la laguna; por encima de él, el ataúd de metal y fibra de su vehículo. Tan solo lo separaban de la superficie unas decenas de centímetros de blanquecina agua sucia. Unos pocos centímetros de falta de aire.

Para liberar el brazo se deshizo de la armadura, del exoesqueleto polimérico. En cuanto logró soltar la hombrera pudo extraer el brazo, pero aún estaba atrapado bajo la cabina. A pesar de la desesperación asfixiante, trató de mantener la calma, de no hacer movimientos bruscos, porque ayer, por fin, descubrió el secreto del pantano.

***

El era suboficial de las unidades de asalto. En aquella época significaba comandar un grupo de más cinco mil soldados y diez mil guerrebots con motorizaciones ligeras; desde vehículos de orugas o ruedas con varios ocupantes hasta amplificaciones anatómicas de movimiento y exoesqueletos activos, algunos estaban preparados para vuelos «saltos» o para la exploración a baja altura. Y, por supuesto, la élite de las tropas de asalto a pie equipados con exoesqueletos pasivos. Su misión era atacar y desmontar la base rebelde y apenas contarían con apoyo espacial ni aéreo. Aterrizaron en la zona pantanosa para no ser descubiertos por medio de las indetectables lanzaderas FANTOMOJ.

Tras unos pocos cientos de pasos por el pantano descubrieron lo que quería decir «vida animal agresiva», cuando algunos infantes, e incluso alguna ampliación anatómica, desaparecían súbitamente en la laguna. No lograron encontrar a los animales que les atacaban ni a los soldados desaparecidos. Hubieron de retroceder y bordear aquella laguna en concreto; esto al final les salvó la vida porque les permitió conocer la orografía de la zona de una manera que no mostrarían los mapas tridimensionales trazados por telemetría durante el descenso.

Fueron descubiertos mucho antes de llegar siquiera a amenazar la base por las escuchas electrónicas de última tecnología de los rebeldes, que se supone que no debían tener. Comenzó un fuerte ataque aéreo del enemigo, que, por suerte, fue ineficaz debido a la niebla, pero que les obligó a recular hacia el pantano. La infantería comenzó a hostigarlos para aprovechar su superioridad numérica y tener las menores bajas posibles. Pronto llegaron al pantano, y el enemigo había logrado cerrar la tenaza a los lados largos de ese complejo de lagunas reniformes. Sin embargo, sus perseguidores directos habían ido mucho más lentos; al menos conservaban algo de ventaja.

***

Aunque sentía una enorme presión en los pulmones y en la cara, trató de bracear suavemente para salir a la superficie. Las piernas se le hundieron en el fango; justo cuando había logrado mover el tronco fuera de su vehículo, éste se movió dejando clavadas las rodillas en el fondo, con las corvas atrapadas por los restos del policarbonato de la cabina. Sus ojos lograron sobresalir, no así su nariz. Con un último esfuerzo, volvió a sumergirse y apoyando las manos en el plástico destrozado logró moverse lo suficiente para sacar unos centímetros la pierna izquierda; por fin pudo sacar a la superficie la cara completa. Y respirar. Un par de inmersiones después era capaz de incorporarse, libre al fin.

Más que agua, parecía leche; la niebla verdosa y la luz de una de las lunas iluminaban aquel líquido confiriéndole un color grisverdoso. Gracias a la escasa luz, era más o menos fácil orientarse. El caos de luces y sonidos que era la batalla de la primera línea de guerrebots con sus perseguidores debía dejarla atrás. Aún así, los ecos de los combates aéreos y las luces que producían, creaban un ambiente de luz cenicienta que desorientaba sus pasos.

Flotando se le acercó una de las plantas de aquel planeta, una especie de esfera a medio hacer de color muy oscuro, y que en diversos tamaños poblaban las lagunas. La dejó pasar y continuó andando; tiritaba con el agua hasta el pecho. El terreno ascendía levemente y en unos pocos pasos el nivel le llegaba algo por encima de las rodillas; trataba de andar sin sacar los pies del agua para no producir ruido. Tropezó con algo.

El peto de un exoesqueleto salió a la superficie. Quizá un impacto lo había devuelto de las entrañas del lago. Volvió a tropezar y cayó sobre el resto de la armadura.

El pelo se conservaba bien, así como las cejas y parte de la barba incipiente; quizá era uno de los que perecieron en el primer avance.

La cara, en sus partes no cubiertas por vello, se había esfolado formando burbujas, la mayoría abiertas, como mechada por un cocinero maldito. Los ojos aún existían, pero eran dos pelotas completamente blancas y deshinchadas. Los dientes, perfectamente visibles entre las cortinas cárnicas de los labios, habían perdido su esmalte.

Es comprensible lo que pasó. La tensión de los últimos combates, el cansancio de la retirada, el frío, y la presión de haber llevado a muchos de sus hombres a una muerte segura atravesando el pantano, del que sólo él conocía el secreto fue demasiado para su ánimo. Comenzó a bracear y a patalear el agua quedándose en cada golpe con trozos del combatiente muerto, a medio digerir. El meñique y el anular de la mano derecha de aquel soldado inane quedaron en su mano izquierda cuando espontáneamente fue capaz de calmarse.

***

El plan era complicado. Sólo podían huir atravesando la laguna.

El enemigo, diez veces más numeroso, le ofrecía una rendición por todos los canales. Pero había visto lo que hacían con todos sus exploradores que habían intentado rendirse tras ser rodeados. Llegaron a disparar un cañón antiaéreo de plasma a bocajarro de uno de aquellos soldados. No, la rendición no era una salida. Ya había tenido cuatro mil bajas en guerrebots y casi mil en hombres.

Las lanzaderas estaban al otro lado de la laguna, lo que no parecía conocer el enemigo, que, de momento, los tenía prácticamente rodeados en aquella ribera.

Su superior, una mujer de gran carácter, envió ayuda aérea, aunque la misión en un principio no iba a disponer de ella; pero tenía que evacuar a sus hombres y a sus valiosísimas máquinas de guerra.

Se le ocurrió una solución precisamente cuando alguien desesperado, conduciendo un vehículo ligero, huyó laguna a través. En esa zona el agua no llegaba ni a las rodillas y, sin embargo, fue completamente engullido incluyendo el vehículo. Tenía delante un mapa que había levantado el sistema de telemetría al descender. Le llamó la atención que todas las lagunas de aquel sistema pantanoso tenían la misma figura reniforme. Cuando lo comprendió, dio las instrucciones precisas.

En primer lugar, había que cubrir la retirada. Lo que iba a hacer le costaría un consejo de guerra, pero el lo consideraba necesario. Tenía que sacrificar a los seis mil guerrebots que aún le quedaban.

Puso una línea a seis quilómetros de la ribera, en un frente que tapaba ese embudo de terreno que bajaba hasta las playas en las que estaba ahora mismo. Todo maquinaria ligera que le daría trabajo al enemigo con unos blancos móviles dispersos en un frente amplio, pero con una orografía favorable.

La segunda línea la formó prácticamente pegada a la playa. Totalmente en silencio y camuflada para sorprender al enemigo en el avance confiado tras acabar con la primera línea. El embudo se estrechaba; les causarían un gran daño y sobre todo un gran retraso, ellos en un frente escaso y bien defendido y los rebeldes bajando por grupos directos a su fuego.

Para la retirada, ordeno el máximo silencio electrónico. Eso incluía a las transmisiones y a los camuflajes activos; mientras siguiesen en esa niebla no los necesitarían.

Una primera oleada con los vehículos más pesados cargados al máximo con heridos y armas pesadas no autodestruibles, a muy baja velocidad y en absoluto silencio.

Tras ellos, los infantes que no hubiesen podido motorizarse, en pelotones. Sólo armas ligeras, de disparos a gas. Sin comunicaciones, silencio electrónico, movimientos cuidadosos: nada de sacar los pies del agua cuando su nivel fuese bajo. En caso de ser atacado, succionado, alguno del pelotón el resto debían andar justo por encima de donde hubiese ocurrido el accidente. Él sabía por qué.

Dándoles tiempo, tras varias horas, partirían las anatomías ampliadas con las mismas restricciones: La electrónica mínima para el funcionamiento. Y nada de «saltos» para ahorrar tiempo. Él mismo esperaría una hora a que hubiese partido todo el mundo para salir.

***

Trató de respirar para tranquilizarse; consiguió unas bocanadas de aquel aire escaso de oxígeno y de fuerte olor a gallinaza. Quizá por haberse desprendido de buena parte de su armadura notó un cierto movimiento del agua. Reaccionó subiéndose encima del cadáver, que fue rápidamente succionado. Él, abriéndose algo de piernas, quedó clavado en el fango del suelo, esperando el ataque.

Era consciente de que aún sujetaba los dedos de su compañero en la mano y que los apretaba tanto que, gracias a su digestión parcial, se iba separando la carne del hueso; pero no era capaz de actuar, incluso apenas respiraba. No quería que aquello notase su presencia.

Pasó así bastante tiempo, puede que horas. Se dio cuenta perfectamente cuando disminuyó bruscamente el ruido de la batalla detrás de él; los guerrebots de la primera línea habían caído.

El comienzo de la batalla por parte de los de la segunda línea le hizo salir de su terror.

El terror que había sentido, eso sería su tercera sorpresa, su tercera línea de defensa.

***

Si eran cuidadosos, el enemigo supondría que tratarían de romper el cerco en las zonas más próximas a las orillas no controladas.

Pero llegarían al otro extremo para embarcar en las lanzaderas. Las desocupadas, más de la mitad, encargadas del transporte de todos los guerrebots que quedarían en el campo de batalla y por los más de mil hombres que de momento habían caído, las emplearía como cebo, lanzándolas con piloto automático y en modo visible. Con el resto partirían en modo fantasma hacia las naves nodriza, y de allí huirían antes de que llegasen los refuerzos espaciales de los rebeldes.

***

La luz se hacía algo más intensa, pero no sabía si era porque estaban las dos lunas fuera o porque amanecía en Ĵangpejo e y la niebla se disipaba algo. El caso es que pudo distinguir a unos cuatrocientos metros y algo a su izquierda, movimiento en una playa. Casi lo había logrado. Él salió el último para dar tiempo al resto a llegar. Y allí estaba después de un par de decenas de quilómetros andando por ese albañal; temblaba por la hipotermia y aún dudaba que aquello no se lo merendase.

No era capaz de distinguir la tropa convencional de negro de los especialistas de rojo, pero se encontraban diseminados a lo largo de toda la playa ayudando a los que aún iban llegando. A los que sí distinguía bien era a los espaciales, con sus uniformes blancos, su esperanza de abandonar el planeta.

A pesar de las dificultades debidas a la pobre iluminación, a lo disperso de los hombres y vehículos, y a su propio cansancio, su costumbre de contar tropas le indicaba que habían sido pocos los perdidos en la retirada.

Aún combatía la segunda línea, aunque era de esperar que no les quedase mucho. La batalla aérea parecía que se estaba decidiendo a su favor, por lo lejos que se veían ahora los resplandores. Mejor, al irse levantando la niebla comenzarían a ser un blanco fácil.

Lo que él esperaba era que las tropas que venían detrás de ellos lo hicieran con rabia y con inquina.

Porque así desaparecerían en esas aguas: Ellos mismos habían tenido dificultades en su primera marcha y eso que fueron avanzando con cierta prudencia.

Cada laguna reniforme era un animal, un único organismo, y aquellas aguas, sus fluidos digestivos. Conforme los persiguiesen con la furia esperada, sin precauciones de ningún tipo, sencillamente, el pantano se los tragaría.

Francisco Torpeyvago

Daimiel, a 28 de octubre de 2015

 

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5 comentarios en “Ĵangpejo e.

  1. Pingback: La Nebulo | Historias malditas, malditas historias

    • Gracias por tu comentario. Pero si hubiere algo de meritorio en el relato no fue cosa mía, sino de estos hechos históricos —la parte de los cocodrilos, claro—:
      https://es.wikipedia.org/wiki/Batalla_de_la_isla_Ramree
      También se llamaba Yambye, de ahí el nombre del relato , esperantizado, claro—la «e» hace referencia al número de orden del planeta dentro de su sistema solar—.
      Muchas gracias por pasarte y leerlo.

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      • Estoy preparando varios certámenes , incluyendo uno en el que tengo que escribir el relato más largo que he hecho jamás. Y me acabo de meter en un proyecto de relatos históricos, o mejor, de ambiente histórico que está creciendo muuuucho. Aparte de mis muchísimas aficiones, y, sobre todo, mi familia. Estoy ahora mismo al doscientos por cien sin exagerar. Pero seguiré en ello 😉 .

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