Alas postizas


Bueno, bueno, cómo está el panorama de los gadgets. Se vuelven a poner de moda los de muñeca, pero esta vez, atiborrados de funciones y sin apenas botones. Aún recuerdo esos relojes calculadora con más botones que una mercería.

¡¡ Estooooy adivinaaaaando el futuuuuuro !! y veo brazaletes en los antebrazos izquierdos estilo cyberpunk con todos los complementos posibles en cuanto a redes sociales. O en el derecho si eres zurdo.

Como siempre, comienzo escribiendo más tonterías de las que caben en una simple frase de presentación. Os dejo con el relato.


Alas postizas

La primer vez que me sentí mayor fue cuando una muchacha me interpeló:
—Oiga, SEÑOR, ¿me puede decir la hora?
Y ya ha pasado tanto tiempo que incluso se han vuelto a poner de moda los relojes de pulsera.

***

Batió las alas y levantó el vuelo. Aún le dolía, pero eran unas alas hermosas, cada cual como dos hojas de higuera una encima de otra; resultaban translúcidas con iridiscencias que insinuaban dibujos circulares.
Alargó el brazo hasta cuatro veces la longitud de su cuerpo y tomó un cilindro verde metálico de aquella cinta transportadora para inspeccionarlo.
Bueno, le habían enviado a la fábrica comprobar su funcionamiento y eso haría. Aquello le sonaba a venganza; no había necesidad de estar allí en persona para hacerlo, pero al incorporarse al trabajo tras la operación encontró la orden en su sistema de comunicación. Ella era muy envidiosa; ya se vengaría… pero eso es otra historia.
En este lugar no podía presumir de su nuevo implante, de las preciosas alas de polímero metálico que le habían costado una fortuna y media. Lo último en tecnología, que superaba, incluso, a sus brazos extensibles; le encantaba cómo titilaban las luces a su través cuando las movía despacio. Eran las primeras de ese modelo en venderse. Pero aquí no había quien pudiese apreciarlas. Todos eran unos catetos.
¡Mira!, qué patético. Se acercaba un capataz de bots. Avanzaba impulsándose para elevarse dos pisos y volvió a caer, volvió a impulsarse para encaramarse a una plataforma donde «conversó» con un bot. Bajó y se dirigió hacia él. Patético no, patético v3.0. Tenía desnudo el torso y apenas mostraba un par de implantes. En la sien un módulo anticuado de memoria; sobre el frontal, uno de comunicaciones; en la otra sien, increíble, un embellecedor para hacer más simétrica esa fea cabeza calva, en lugar de complementar la memoria de la primera. En el antebrazo, otro módulo de comunicaciones usado, ajado y muy, muy viejo. Y lo peor, en las piernas, una amplificación anatómica de salto, y esto es cierto, que no estaba implantada.
Ese paleto se le acercó, extrañado de verlo ahí, como si fuese uno de sus horribles autómatas trabajadores que se hubiese salido de su línea de producción. Cuando estuvo frente a él supuso que le preguntaría, con esa admiración empalagosa de los incivilizados, por sus alas. O por notable aspecto en general, que bastante dinero le había costado. Y, efectivamente, fue así:
—Oiga, señor, ¿es usted humano?

Francisco Torpeyvago

En Daimiel, a 21 de enero de 2016

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