Oro y sangre de herejes


Las vacaciones de Navidad me han alejado de la escritura, por lo que he retrasado una semana esta publicación, pero por fin está aquí. También me vale como excusa que estoy en proceso de presentar cuatro relatos a diferentes convocatorias. Pero es, insisto, una excusa: He tenido tiempo de sobra para terminarlos; mucha juerga, mucho sofá y mucho levantarse tarde.

Sin más preámbulo os dejo con el relato.


Oro y sangre de herejes

Por fin les alcanzó la Orden de la Orquídea. Llevaban casi un mes andando sin parar desde que se declaró la herejía contra ellos.
Hace unos años no lo hubiesen creído. No lo esperaban. Convivían con sus ritos particulares en todas las ciudades de la región de Lutinia Citerior desde hacía mucho tiempo, tanto que ya existía el olvido generacional por las diferencias.
El caso es que la diferencia era fundamental. Runa, Loado Sea, según la ortodoxia había existido siempre. Según la herejía demiurgista, sin embargo, se había creado a Sí mismo. Según unos, era Eterno; según otros, Todopoderoso. Según unos, se le mencionaba en la Gran Oración como «Runa», El Que Crea; según otros, «Runico» El Que Se Creó a Sí Mismo. Esta importante diferencia provocaría miles de muertes ahora y cientos de guerras en el futuro.
En tan sólo cinco ciclos del Sol Rojo la situación cambió por completo para los herejes: Se dio la orden de conversión obligatoria o muerte y muchos de ellos decidieron abandonar las ciudades y emigrar hacia el sur.
Los que permanecieron sufrieron la tortura, el escarnio, la ejecución, o la conversión forzosa y con ella el denigrante estatus de converso.
Pero el Primer Hermano de la Congregación no se conformaba. Los quería a todos o muertos o convertidos; ni huidos, ni escondidos. Comenzó la fatal persecución de los grupos que iban abandonando las ciudades. Los más cercanos a la frontera septentrional tuvieron suerte. El resto hubo de atravesar el país sin poder acercarse a ninguna población.

***

En aquel páramo neblinoso, húmedo y verde hasta el horizonte sólo destacaban afloramientos de la misma roca negra con la que se construían los templos de Runa, y por ello, llamadas runoas. El resto era una planicie cubierta por una hierba que no alimentaba y que producía llagas en la boca. Había creado un reguero de cadáveres desde que entraron en ese paraje hacía un par de semanas y no pararía hasta la frontera a más de veinte jornadas de distancia. A pesar de las neblinas intermitentes otearon a sus perseguidores un par de días antes. Aún así, seguían caminado hasta el final.
Eran como dos de docenas de ballesteros y alabarderos precedidos por cinco caballeros. De estos, el que llevaba en la capa la Orquídea se paró justo delante de la sacerdotisa. El resto rodeaba a los seiscientos y algo supervivientes de casi el millar que habían compuesto originalmente la forzada peregrinación desde la norteña ciudad de Karfaruna.
―Habéis llegado muy lejos ―interpeló él
―Hasta donde quiso Runa ―respondió la sacerdotisa.
―Loado sea. En cualquier caso, sabéis que no habrá piedad. Estáis condenados a muerte. Pero tendréis dos opciones. Podéis morir decapitados si renegáis de vuestra herejía. Si no, seréis desangrados hasta la muerte como vulgares animales.
―Y esto ¿lo hace vos por fe o por el dinero, el poder y las tierras?
Tras mirarla fijamente, se dirigió a uno de sus sargentos.
―A ella la matáis la última, que vea el sufrimiento de sus correligionarios. Y de paso, que éstos la odien en sus estertores. Que sepan que sólo un hombre puede ser sacerdote de Runa.
Todos los herejes miraban al suelo con las manos cogidas cuando la sacerdotisa dio un paso al frente sin apartar sus ojos de los del noble caballero. Le dijo, aferrando un colgante cilíndrico del cuello:
―¿Querría matarme vos mismo?. ―Incluso la briosa montura del caballero retrocedió ante la determinación de aquella mujer. ―Además tiene pendiente encontrar nuestro oro. Bien sabéis que renunciamos a nuestras riquezas, pero que no las abandonamos por atender a nuestro pobres. Vuestro superior os encargó encontrarlas, ¿cierto? Yo hoy os mostraré dónde están a cambio de mi vida. Si osáis, claro, acompañarme a solas.
A pesar de lo egoísta de la proposición, él sintió miedo. Parecía que todas aquellas almas de cuerpos inmóviles estuviesen pensando lo mismo que la sacerdotisa. Como si compartiesen la más absoluta de las comuniones. E intervino uno de sus caballeros:
―Mi señor jamás tuvo miedo a nada, y nadie lo tachará de cobarde…
Con una mano, el noble paró aquella diatriba.
―¿No pretenderá vos que la lleve de vuelta al norte y luego escapar a su sentencia?
―Jamás se me ocurriría. Tan solo me tiene que acompañar a aquella runoa. Vos solo. ―El tono era claramente desafiante; parecía una trampa. Y él tenía que aceptar el desafío.
―De acuerdo. Comenzaremos con la conversión, y cuanto más tardemos, tantos más herejes morirán.
―Si le parece, caminemos hasta la runoa.
Él descabalgo y anduvo junto a ella esos tres o cuatrocientos pasos. Era una mujer atractiva. Si no hubiese sido su enemiga, no le hubiese importado conocerla más a fondo. Incluso a pesar de sus votos, podría haber forzado un encuentro más que íntimo tras la runoa. Bastaría decapitarla después cumpliendo con su obligación.
Ella oía cómo se ejecutaba la cruel sentencia. Uno tras otro sus acólitos eran masacrados. No había piedad y nadie pedía piedad.
Al llegar a la runoa, que estaba compuesta por dos grandes rocas relativamente planas, inclinadas y apoyadas una en otra formando una pirámide, de tal manera que más que una agrupación natural, parecía el refugio de un pastor o un pequeño y antiguo templo dedicado a Runa, ella se descolgó el collar que no había soltado desde su encuentro. Éste era un cilindro broncíneo del tamaño de un meñique engarzado en una cadena dorada.
―Vos jamás creísteis que veríais nuestro oro. Pero es cierto que lo haréis. Runa lo puede todo.
―Loado sea por siempre. Sí, he desconfiado de vos, pero supongo que poco podréis contra mí.
―Ved. Aquí guardo la sangre de tres voluntarios de Runa― dijo ella descolgando el amuleto y volcando una mínima porción del contenido del cilindro sobre una pequeña roca que allí había. Dejó el colgante en el suelo, y acercó la roca ensangrentada a una puerta imaginaria que abrió.
―Tres creyentes que así lo quisieron dieron parte de su sangre para sellar esta cámara ―dijo ella, mientras dejaba caer la piedra antes de entrar―. Pasad. Parecéis incrédulo.
―Runa todo lo puede ―contestó él con voz trémula.
Asombrado, se introdujo poscediéndola en aquella cámara, que parecía invocarse de manera atemporal y ubicua. El espacio era mucho mayor que el que se presentía por el simple amontonamiento de esas dos rocas. El mito parecía cierto: Los herejes habían convertido todos sus bienes en oro, y allí estaba ese oro.
Él se volvió cuando la puerta se cerró a sus espaldas.
―No os preocupéis, caballero. Sólo necesitáis sangre de tres personas que la den voluntariamente para salir de aquí. Yo soy la primera en ofreceros la mía. ―Sin saber de donde, había extraído una pequeña daga que clavó en su propio corazón.
Muy inteligente ella. Así había vengado a sus mártires, y a la vez, había interrumpido de momento la cacería del resto, hasta que la Congregación se organizase tras su desaparición.
Porque él se daba por perdido. Afuera quedó el colgante con las tres sangres y allí dentro sólo quedaba el cadáver de la sacerdotisa y él mismo. Faltaba un tercero. Sin agua ni comida duraría apenas unos días.
Irónicamente, había cumplido su deseo de tener todo ese oro y una mujer bonita a sus pies para toda la vida.

Francisco Torpeyvago

En Daimiel, a 12 de Enero de 2016

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