Turrón y mierda en órbita


Como tengo varios relatos por ahí comprometidos y estoy preparando tres para «Calabazas en el trastero», no me quedaba ninguno para esta semana. Así es que pensando un poco en la manía que le tengo al señor gordo de colorado y al desenfreno comercial que representan estas fiestas, ahí os suelto este poco meditado relato.

¡Felices fiestas del nacimiento de Mitra! o ¡Feliz Solsticio de Invierno!


Turrón y mierda en órbita

—Sigma – sigma – dos a base.
Una mierda como un asteroide de los grandes. Todos abajo hartándose de turrón, y él dando vueltas a más de cincuenta mil quilómetros.
—Sigma – sigma – dos a base. Punto de control 12:00. Sin novedad.
Habrase visto cosa más absurda. Pues claro que sin novedad. Lo primero, que ellos recibían, como él, la señal de las dos mil sondas automáticas en órbita. Lo segundo es que a qué pirata espacial pirado se le ocurriría atacar aquel satélite de mierda.
Sin embargo, él y otros nueve permanecían en órbita en sendas estaciones espaciales, en turnos de a dos. Diez horas de turno aburrido, y catorce de aburrimiento. Y así tres meses en esa estación que era pequeña, que olía a orina rancia, que traqueteaba y que, francamente, estaba para tirar. Todos abajo hartándose de turrón, y él dando vueltas a más de cincuenta mil quilómetros.
Pero como el Gran Consejo creía obligatoria la seguridad en todas las instalaciones mineras, la compañía cumplía con el reglamento; eso sí, con lo mínimo imprescindible. Y, por supuesto, nada de disparos automáticos, no; según el reglamento, el permiso de disparo había de ser siempre humano. ¿Para qué leñes querían tanta sonda automática si al final le tocaba a él la guardia, el disparo, el acta de disparo y toda la parafernalia asociada? Para cuando hubiese terminado, los piratas habrían entrado, dado veinte vueltas, salido y escrito dos novelas cada uno.
Hasta los mismísimos estaba. Todos abajo hartándose de turrón, y él dando vueltas a más de cincuenta mil quilómetros.
Sonó la alarma. En su pantalla aparecieron los datos de las sondas que habían detectado al objeto. La proyección tridimensional mostraba la trayectoria desde la primera detección y la trayectoria prevista en naranja y verde, respectivamente. Parecía una órbita de transferencia a otra de muy baja altura.
La imagen de los telescopios automáticos de momento sólo mostraban una luz roja y otra blanca unidas.
El radar lo describía como objeto alargado, de unos veinte metros, con tres módulos dobles anteriores y uno posterior.
Envió órdenes a las sondas cercanas a la trayectoria. Listas para disparar, envío de imágenes en todas las longitudes de onda, identificación electrónica.
Increíble, el módulo trasero tenía forma de troika, pero sin los tres caballos. Y efectivamente, delante había una luz roja de navegación. ¿Qué tripas sería aquello?
Por fin una imagen detallada cuando pasó al lado de una sonda a menos de diez mil quilómetros. Emisión electrónica en todas las bandas de de tres sonidos graves en sí, una sucesión triple de la letra ĥo cada medio segundo, repetida cada tres segundos. Y los módulos de delante, no podía ser que aquello estuviese en el espacio.
Mierda, mierda, mierda. Tendría que haber ordenado el disparo antes de que le enviasen el permiso de circulación, al menos le habrían despedido. Mira que tener que aguantar aquello. Todos abajo hartándose de turrón, y él dando vueltas a más de cincuenta mil quilómetros.
Aquel objeto era un puto anuncio de la «Poca Loca Compañía».

Torpeyvago

Daimiel, a 18 de diciembre de 2015

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